Ana Valero: soberanas de sus propias fantasías

La jurista presentó en Gijón su último ensayo, "La libertad de la pornografía", en un acto organizado por la asociación "Acción en Red".

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Víctor Guillot
Víctor Guillot
Víctor Guillot es periodista y dirige el Centro de Interpretación del Cine en Asturias. Ha trabajado en La Nueva España, Asturias 24, El Pueblo de Albacete y el diario digital migijon. Colabora en la Cadena Ser. Su último libro, junto a Rubén Paniceres, se titula "Ceniza a las cenizas. David Bowie y la revolución visual de la cultura pop" (Ed. Rema y vive).

Desde las películas pornográficas reservadas a Alfonso XIII hasta el postporno feminista y alternativo de Erika Lust, ha transcurrido más de un siglo sin que los límites del derecho a la fantasía sexual hayan podido ser jurídicamente determinados. Entre un hito y otro en la historia de la cultura, se construido un tejido eminentemente heteropatriarcal que determino los hábitos de consumo cultural desde el espacio oculto de la obscenidad hasta el consumo de masas digital. Han nacido y han caído imperios del porno, el capitalismo de plataformas lo devoró y en todo ese periplo el papel de la mujer como sujeto político ha evolucionado hasta reclamar su espacio y su derecho a consumir y producir sus propias fantasías sexuales. La jurista Ana Valero Heredia presentó su último ensayo, La libertad de la pornografía, publicado en la editorial Athenaica, acompañada por la constitucionalista María Valvidares en el museo Barjola, en el marco de la conferencia organizada por la asociación Acción en red. El libro es un estudio histórico, jurídico, social y cultural que trata de trascender el marco normativo y procesal de la pornografía, repasando algunos hitos en los que la censura determinó el espacio legal que le correspondía al arte erótico.

María Valvidares y Ana Valero, en el Museo Barjola, durante la presentación de La libertad de la pornografía. Foto de David Aguilar Sánchez.

El descubrimiento de las ruinas de Pompeya provocó una verdadera conmoción en la sociedad victoriana del siglo XIX, recordaba ayer Ana Valero. Descubrir que en la Roma clásica se exponía la sexualidad en frescos y muros de calles y casas con absoluta normalidad marcó un antes y un después en la conciencia colectiva y el consumo de masas. La cultura de la obscenidad iniciaría en el siguiente siglo sus primeros pasos de democratización de la imagen pornográfica. Lo mismo se puede decir de la primera exposición fotográfica que lanzó a la fama a Robert Marplethorpe a finales de los años 60, cuando el artista logró que un fotógrafo pudiera colgar de las paredes de una galería de arte de Nueva York los retratos sadomasoquistas del underground del Green Village de Nueva York. Después vendría Garganta Profunda y toda una industria que, desde la sátira, el pastiche, y las pretensiones de reformular un género cinematográfico, iría germinando la industria del porno hasta convertirse en el océano de videos, storyes particulares que inundan la red y a las que tiene acceso todo el mundo, en detrimento del arte.

“Hoy cualquiera puede hacer porno”

El debate sigue presente y más aún en el seno del feminismo. Ana Valero recordó ayer que en Estados Unidos, la libertad de la pornografía se empezó a tratar en los años 70, en las llamadas guerras del sexo, y en España el debate se está produciendo ahora. Están las abolicionistas y las “prosex”. Las primeras dicen que la teoría es el porno y la práctica, la violación. La segundas, que si el porno mayoritario se desarrolla en un marco heteropatriarcal, que lo es, y su solución no es prohibirlo, sino hacer un porno distinto, lo que Erika Lust, directora porno, denominó en su día porno feminista y hoy califica de “alternativo”. Las herederas de las corrientes más radicales siguen observando la pornografía como una invitación a la violencia en un marco eminentemente patriarcal pero desde los años noventa, las corrientes más vanguardistas han optado por integrar la pornografía al discurso feminista como una herramienta de empoderamiento y emancipación de las fantasías sexuales de las mujeres.

María Valvidares y Ana Valero, en el Museo Barjola, durante la presentación de La libertad de la pornografía. Foto de David Aguilar Sánchez.

Sea como fuere, son varios los bienes jurídicos que entran en juego a la hora de determinar la extensión de la libertad a la pornografía: la integridad física y moral, la protección del menor, la libertad de creación y de expresión. Al mismo tiempo, como reconoció Ana Valero, la pornografía es un concepto inestable que ha evolucionado mucho desde las primeras películas hasta los videos que hoy se pueden ver en streaming en cualquier web porno y que forman parte de la cultura de masas. Puede afirmarse que la pornografía se concibió como una mercancía de las élites que, a medida que se democratizada, ha pasado a estar en manos de cualquier usuario de internet. La primera consecuencia: el brodcasting en el porno ha destruido a las productoras. Hoy cualquiera puede hacer porno.

El debate en España se ha polarizado. En este asunto, feministas como Amelia Valcarcel o Rosa Cobo, coinciden con las tesis del feminismo radical que vinculan la pornografía con la violencia hacia las mujeres: la pornografía es al teoría, la violación es la práctica. De esta reflexión ha surgido una corriente de opinión que atribuye a la pornografía una de las causas principales que impulsa las violaciones sexuales. Ana Valero ha indagado todos los estudios a su alcance para certificar que no hay una sola investigación concluyente al respeto, excluyendo aquellos que sí evidencian una relación entre los consumidores de pornografía menores de edad.

Ana Valero reivindicó el derecho de las mujeres a sus propias fantasías sexuales, con una pornografía liberada del cliché heteropatriarcal, libérrima, alternativa, y por qué no, en la que también se incluya en el catálogo de filias el deseo de la mujer a sentirse dominante y también dominada, sometida o “empotrada” por un hombre. Valero reivindicó la madurez de las mujeres y criticó el paternalismo con el que se las trata cuando intentan ser soberanas de sus propias fantasías y deseos sexuales.

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