El fíu de César

Unos apuntes sobre 'Cabeza alta', el nuevo libro de Paco Álvarez

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Paquita Suárez Coalla
Paquita Suárez Coalla
Escritora en asturiano y en castellano, traductora y profesora en el Borough of Manhattan Community College, de la Universidad de la Ciudad de Nueva York.

En mi reciente viaje a Asturies tuve la satisfacción de presentar en el Palacio Valdés Bazán, de San Román de Candamu, el libro Cabeza alta. Relatos de lucha y dignidad, de Paco Álvarez. Aunque nacido y criado en el barrio xixonés de Pumarín, Paco tiene sus raíces paternas en el mismo concejo de Candamu donde yo me crie, una anécdota biográfica que, vivida desde Nueva York, alcanza para mí mayor transcendencia. César, su padre, era de Cueru —ese pueblo de cesteiros donde se cuenta que dio un discurso La Pasionaria desde el balcón de Ca Libertá— y mi padre lo recuerda de chaval, trabajando de albañil en la casa de Consuelo Cuervo, que está al lado de la nuestra. Mi padre recuerda también cuando se empezó a comentar que César se había ido a Brasil y que había vendido la moto —dato imposible de ignorar en aquellos tiempos— a un maestro gallego que ponía escuela en Grullos y al que llamaban don Jesús. Al otro lado del Atlántico, César trabajaría de azulejista en Brasilia y São Paolo, coincidiendo en las obras con otros emigrantes españoles, además de italianos y portugueses, y al cabo de cinco años —dice Paco que sin apenas ahorros por la debilidad monetaria del cruzeiro, pero con un puñado de palabras en italiano que más tarde le enseñaría a su hijo— abandonó América y se dirigió a Sudáfrica. En Ciudad del Cabo seguiría trabajando como azulejista y, aunque las posibilidades de prosperar en un país en el que la cotización del rand era superior en ese momento a la del dólar, el nivel de segregación racial con el que se encontró y el racismo brutal en este país africano controlado entonces por la élite blanca europea le hizo volver a Asturies antes de lo pensado. Dos años, cuenta Paco, fue lo que su padre estuvo allá, en la década de los sesenta, dando fin a un trayecto vital que tuvo que haberlo marcado para el resto de su días.

Estas son, en realidad, las únicas líneas biográficas que conozco de César, ese hombre que está ahora enterrado junto a su mujer, Natividad —una extremeña que pasó la mayor parte de su vida en Asturies—, en el cementerio de Cueru. No muchas, ciertamente, pero yo creo que esenciales para poder acercarme con mayor lucidez y entendimiento a la obra de su hijo. Aunque no sé cuáles pudieron haber sido las conversaciones de Paco con su padre, ni qué era lo que uno y otro compartían, el simple hecho de saber que a César le pareció intolerable que un encargado de obra sudafricano —obviamente blanco— lo amonestara cuando intentaba enseñarle el oficio de azulejista a un peón negro, argumentando que los negros no podían aspirar más que a ser peones de la construcción en su propio país, me parece suficiente para sospechar que buena parte del mundo literario de Paco está en deuda con la visión del mundo de su padre.

Cabeza alta es la mejor prueba. Los veintiún cuentos que forman parte de esta antología, originalmente escritos en asturiano y reunidos por primera vez en esta edición en castellano que publica Hoja de Lata, se desarrollan en diferentes países y tienen lugar en los más diversos momentos de la historia, pero los une un fuerte compromiso con la justicia social y con la defensa de los derechos de aquellos a los que se los han arrebatado. De esta manera, y con este guion elemental, cada uno de los relatos de Cabeza alta es un homenaje a cuantas personas han luchado para que el mundo sea un lugar un poco mejor para todos —un mundo más habitable, menos hostil, más humano— aunque esta lucha les haya costado en ocasiones la vida, o los haya llevado a pagar con la cárcel, el exilio, la marginación social, o aunque muchas veces no hayan llegado a beneficiarse de aquellos logros por los que pelearon. La dignidad es otra de las señas de identidad de los personajes de Cabeza alta. Todos y todas saben, o intuyen, que por mucho que te golpeen, o te humillen o te obliguen a arrodillarte sin más finalidad que quien te ha golpeado o humillado o te ha puesto de rodillas se sienta por encima de ti —como decía la escritora afroamericana Toni Morrison— no hay que agacharse nunca. Paco Álvarez —ejemplo él mismo de disidencia— es muy consciente de lo que esto significa, de manera que una y otra vez, insistentemente, y yo estoy casi segura de que sin poder evitarlo, nos encontramos en sus cuentos con esos personajes que se han sabido mantener erguidos en el momento en que caerse y echarse abajo hubiera sido no solo comprensible sino lo más lógico. Cada uno de ellos defiende el espacio que le pertenece y le corresponde, lo reclama, y obliga al lector a sentirse cómplice de sus luchas y a entender que es absolutamente inadmisible ponerle la bota encima al que ya la vida ha pisoteado.

Con valentía, sin miedo, con el temple de aquel hombre de Cueru al que se le hizo intolerable que los obreros negros de Sudáfrica no pudieran aspirar al mismo sueldo y a la misma categoría laboral de la que él disfrutaba, Paco escarba en las páginas de la historia, desentierra los cuentos que tantas veces nos han obligado a olvidar, y nos ofrece el único modelo a seguir para alcanzar, humanamente hablando, el auténtico progreso: el modelo de las luchas mineras, el de la resistencia maqui, el de la oposición a los fascismos, el de la conquista de los derechos civiles de los afroamericanos, el de la fortaleza de los pueblos originales de las Américas y, también, el de la defensa universal y continuada de los derechos de las mujeres.

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