La vida como music-hall

Declan Donnellan se decanta principalmente por la reflexión política y la ética del perdón en su montaje de "La vida es sueño".

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Roberto Corte
Roberto Corte
Roberto Corte (Oviedo, 1962). Vinculado al teatro asturiano desde 1980, y ligado a la autoría y dirección en el ámbito escénico, en la actualidad colabora como crítico en revistas especializadas.

La vida es sueño, de Calderón de la Barca

Dirección: Declan Donnellan

Con: Ernesto Arias, Prince Ezeanyim, David Luque, Rebeca Matellán, Manuel Moya, Alfredo Noval, Goizalde Núñez, Antonio Prieto e Irene Serrano.

Viernes, 2 de noviembre, Centro Niemeyer, Avilés

Segismundo es, tras el Tenorio (Celestina aparte),  nuestro clásico teatral más icónico. Con nivel y rango filosófico, porque al Tenorio y a la Celestina les tenemos por más populares y ramplones (no lo son, evidentemente). Hay miles de enfoques y ensayos que pormenorizadamente desgranan el texto de Calderón. Palabra a palabra, verso a verso, diálogo a diálogo, personaje a personaje, intención tras intención… pues todo es susceptible de interpretación y nada se resiste al empeño triturador de la filosofía, la política, la religión, el psicoanálisis, la semiótica y la pedagogía. Hay para todos los gustos y colores. Algunos son tan divertidos como especulativos. Mostrar la trama e incidir en cualquiera de estos aspectos es lo que hacen los directores que se embarcan en La vida es sueño y quieren llevar la aventura a buen puerto. Donnellan se decanta principalmente por la reflexión política y la ética del perdón, la responsabilidad que conlleva la ostentación del poder a través de una ambientación años veinte, interferida y cortocircuitada permanentemente por el music-hall y la radio años treinta, como elementos sustanciadores de todo el entramado artístico. Si la vida es sueño o no, realidad o apariencia, importa menos. No es relevante. Aunque es un tema transversal –qué duda cabe,  imposible rehuirlo– que aquí también aparece como retórica de distanciamiento, juego declamatorio o metateatral. El espectador que conoce el texto original disfrutará contrastando el extraordinario impacto que produce el espectáculo con su idea preconcebida. El aplauso espontáneo del público a media función al oír “Que toda la vida es sueño/ Y los sueños, sueños son.”, dice mucho de lo arraigada que está la frase en el subconsciente colectivo.

La escenografía de Nick Ormerod, puertas verdes seriadas, abisagradas a modo de presidio, tan oníricas como reales, es poderosa y efectiva con su abrir y cerrar, al igual que la excelente y precisa iluminación de Ganecha Gil, siempre sincronizada ejemplarmente con el sonido, especialmente en su apogeo belicista y fundidos intermitentes con las canciones. No hay duda de que es en estas ráfagas y flasheados de music-hall, en esta chispeante sucesión de estímulos visuales y sonoros donde reposa la gravedad de la propuesta. Una deconstrucción postmoderna que algunos considerarán frívola, pero que tiene el encanto del ritmo trepidante y la seducción de una estética de ensoñación nostálgica, evocadora de unos felices años veinte, donde incluso hasta las guerras y bombardeos –junto al camuflaje de los uniformes– pasan por ser los fuegos artificiales de la fiesta. Teatro dentro del teatro, donde la búsqueda de sintonía en un dial de radio es la metáfora de la existencia.

La comprensión del verso es total, naturalizado y desnudo de acento, gracias a las excelentes interpretaciones. Alfredo Noval como Segismundo es niño juguetón, monstruo salvaje y hombre compasivo a un tiempo. Verlo subir furioso el patio de butacas con un criado a hombros para defenestrarlo dice mucho de su energía. Basilio, –nuestro Ernesto Arias–, siempre presente en escena, es la voz de la consciencia que sufre atormentado entre la perplejidad y la culpa. El bello encanto de la andrógina Rosaura de Rebeca Matellán encaja muy bien en el juego de equívocos. Goizalde Núñez, la popular Lourditas televisiva, imprime con éxito toda su comicidad ingenua y juguetona al criado-bufón Clarín, al igual que el resto del reparto, todos muy bien perfilados y sobresalientes. El público es un personaje más en el papel de pueblo y corte, sometido a arengas, guerras y revoluciones. Las risas enlatadas y la tramoya a la vista para la pantomima de vodevil tienen su encanto, alejando aún más La vida es sueño del tenebrismo barroco.

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