Silverio Cañada, el editor que dio a los asturianos una enciclopedia

Caótico, apasionado y con olfato comercial, editó tanto obras asturianas como a Paul Auster o Leonard Cohen.

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Pablo Batalla
Pablo Batalla
Es licenciado en historia. Colabora con medios como La Marea, Público o Jot Down y es coordinador de El Cuaderno. Es autor de 'Los nuevos odres del nacionalismo español' (2022).

Una nave custodia en Tremañes (Gijón) un inmenso arsenal de libros. Los gijoneses saben que inmenso no es un adjetivo hiperbólico aplicado a este stock que conocen bien: es el que nutre año a año el “Supermercado del Libro” de la Semana Negra, donde se vende lo que queda del catálogo de Ediciones Júcar. Libros de color rojo: los de la “Biblioteca histórica del socialismo”, de la Doctrina social de Fourier al Para ser un buen comunista de Liu Shaoqi. Libros negros: los de la colección “Etiqueta negra”, emblema del género policiaco en España, que dirigiera Paco Ignacio Taibo II. Libros sobre Jacques Brel, Joan Baez, Los Beatles, Víctor Jara o Carlos Gardel: los de “Los Juglares”, serie consistente en selecciones de textos y un estudio biográfico y crítico de grandes cantantes. La “Crónica general de España”, la “Biblioteca Júcar de política”, guías turísticas, artísticas, poesía, la ciencia-ficción de “Etiqueta futura”… Entre 1967 y 2000, Júcar editó de todo y en cantidades ciclópeas, no reñidas con la calidad. Y aunque su nombre invitase a pensarla radicada en tierras levantinas, era una editorial gijonesa, como su fundador: Silverio Cañada Acebal.

Una calle del barrio gijonés de El Cerilleru homenajea hoy a un hombre nacido en 1938, fallecido en 2002 y cuyo primer éxito fue el mayor, sustentó los que vinieron después, y permitió algún fracaso que se solventaba con los réditos torrenciales de aquel. Durante años, casi no hubo hogar asturiano que no reservara un estante para la Gran Enciclopedia Asturiana, lanzada en 1970. Sus tomos rojos se hicieron parte del paisaje de una generación volcada a levantar un país nuevo, y que en ellos halló un tótem de la recuperación de una identidad adormecida. A juicio del editor Álvaro Díaz Huici, director de Ediciones Trea, una anécdota referente al bautizo de la enciclopédica criatura quintaesencia al “tipo lleno de audacia” que, por encima de las cosas, fue Cañada. Reunidos preliminarmente Cañada y sus dos codirectores, José Antonio Mases y Luciano Castañón, al hablar estos de titularla Enciclopedia asturiana, Cañada hizo valer su condición de financiero de la cosa para imponer un adjetivo extra: gran.

Una enciclopedia contra un letargo

Fue ciertamente grande la que era la segunda enciclopedia regional editada en España, tras la catalana lanzada en 1968 por Ediciones 62. “Asturias”, razonaba su presentación, “estaba pidiendo esta obra. […] Se imponía el esclarecimiento de nuestra cultura, la revitalización de nuestros conocimientos aletargados”. Venía a desarrollar avant la lettre aquella introducción la sensibilidad cosmopolita-pero-de-algún-sitio que Juan Cueto, una de tantos jóvenes brillantes que inició su carrera escribiendo entradas para la GEA, bautizaría más tarde como glocal:

“[Pareciera] que una obra de carácter regional no ofrece excesivo interés en una época como la que vivimos, en que cada circunstancia vital tiende a ensanchar horizontes, abrir puertas y derribar pequeñas fronteras. El fenómeno es falso; las implicaciones de una región determinada exigen y proclaman el derecho a un reconocimiento de ámbito nacional e incluso universal, ya que, a nuestro juicio, la cultura de masas empieza en el individuo, y la de los pueblos, en el más humilde de los lugares”.

Tomos de la Gran Enciclopedia Asturiana

Chema Castañón —hijo de Luciano y jubilada alma, junto con José Luis Álvarez, de la librería Paradiso— recuerda bien la gestación de una enciclopedia de la que evoca  que “todo el mundo decía que iba a fracasar”, así como los recelos que despertó a un lado y al otro del espectro político: “Recibió embates de todas partes: de los de derechas, que decían que era muy de izquierdas, y de los de izquierdas, que decían que era muy de derechas”. El prudente progresismo de la GEA no podía ser suficiente para una generación con altas ambiciones revolucionarias, pero en su plantel —recuerda Castañón— convivían comunistas como Gabriel Santullano o José Antonio Vega con anarquistas como Andrés de la Fuente o Félix Guisasola.

“Era la segunda enciclopedia regional editada en España tras la catalana”

En una entrevista con este mismo periodista en 2016, José Antonio Mases —hoy ya muy anciano y retirado de la vida pública— recordaba con nostalgia una “aventura” que acabó abarcando dieciocho volúmenes. Todo había empezado tomando un café con Cañada. El entonces conocido como el Veri era propietario de una librería, La Universal, regentada por su esposa, Tina Estébanez, muy apreciada en los ambientes antifranquistas por su trastienda de libros políticos; trabajador también en la empresa de su padre, Toldos Cañada; participante, además, en grupos de teatro y en la formación de la Sociedad Cultural Gesto. Aún no había editado nada, y la idea de hacerlo provino de Mases. “Yo me había topado hacía poco”, evocaba en 2016 el escritor, “con un libro que se titulaba Dos mil nombres gallegos y que recogía alfabéticamente todo lo relativo a Galicia: desde ‘aturuxo’ hasta ‘pote gallego’ pasando por ‘Castro, Rosalía de’. Una especie de enciclopedia mínima. Le propuse a Silverio hacer algo similar, pero en varios tomos”.

¿Cómo se hace una enciclopedia? “Agotando materias”, respondía Mases en aquella conversación: “Cogíamos una materia, por ejemplo folclore, y la agotábamos: ‘xana’, ‘nuberu’, ‘trasgu’, etcétera. Luego pasábamos, por ejemplo, a literatura y acudíamos a Escritores y artistas asturianos, de Constantino Suárez Españolito: eran diecisiete volúmenes, y en ellos estaba todo”. Los problemas de actualización de aquella obra de 1934, no resueltos del todo por apéndices posteriores, se resolvían en ocasiones acudiendo directamente a los interesados; pidiendo a, por ejemplo, Ángel González que remitiese a la editorial una reseña de sí mismo. “El gasto de teléfono”, recordaba Mases, “era brutal: docenas de llamadas diarias”. De la bibliografía se encargaba Castañón, gran bibliófilo, y con lo recopilado de este modo, los autores escribían unas fichas tamaño cuartilla: de “ixuxú” a “Pérez de Ayala, Ramón”, pasando por “tonada”. Trescientos colaboradores recibían cuatro o cinco de estas fichas cada día, que recibían el encargo de rellenar. En ocasiones, se acudía a expertos como Ignacio Ruiz de la Peña, Juan Uría Ríu, Javier Fernández Conde o David Ruiz. Y se trabajaba —rememoraba también Mases— “a contrarreloj, porque Cañada, ante el temor de que alguien se adelantara y nos copiara el proyecto, anunció la publicación y sacó los primeros tres fascículos muy rápidamente. Los tuvimos que ir a tirar, recuerdo, a Heraclio Fournier, en Vitoria, que era donde nos salía más barato”.

David Ruiz. Ilustración: Mybro.

De cincuenta mil ejemplares fue la primera tirada, y se agotaron con rapidez. “Castañón y yo”, recordaba Mases, “nos llevábamos veinticinco céntimos por fascículo. Fue la mayor tajada económica que conseguí en mi vida. Me compré un piso gracias a aquello”. La Gran Enciclopedia se convirtió en una venerada Wikipedia analógica en la que todo el mundo quería salir. “Todos los días venía alguno”, rememoraba Mases, “con un escudo debajo del brazo diciendo: ‘Oye, que mi padre tenía este escudo en casa’; o diciéndonos que en su pueblo había aparecido una estela de no sé qué siglo. También había, como siempre pasa, personajillos de poca monta que querían aparecer. ‘Oiga, es que yo he escrito un poema’. ‘Bueno, ¿y qué?’. Así todos los días”.

Poetas y criminales

Sobre el pilar de la Gran enciclopedia asturiana edificó Cañada su imperio editorial, que luego incluyó otras, tales como la Enciclopedia temática asturiana o la Gran enciclopedia gallega, elaborada entre 1971 y 1991 y que vino a representar en la región vecina —como ha estudiado un grupo de historiadores franceses, autores de una monografía sobre la GEG subtitulada La forja de una identidad— el mismo papel de emblema protoautonómico que en Asturias. Con ella se dotó Galicia —reza la sinopsis del libro de Rivalan Guégo et alii— “de un primer instrumento de conocimiento, casi exhaustivo, que ha llegado a ser un verdadero monumento de papel para su propia celebración”. Cañada llegó a proyectar una enciclopedia aragonesa, que no fructificó.

Gran Enciclopedia Gallega

Las ventas enciclopédicas, conseguidas por el consabido ejército de esforzados comerciales, eran un seguro. Recuerda Álvaro Díaz Huici, que lo conoció bien, que “Silverio era un poco caótico en la gestión, en la producción; a veces no organizaba una programación bien ordenada, bien canalizada, sino que lo hacía todo con prisas, un poco a la trágala”. En ocasiones, la editorial entraba en barrena económicamente. Pero Cañada tenía un desatascador infalible para estas situaciones: “Ordenaba parar todo, detener la sala de máquinas por así decir, y daba un tiempo de reposo para dejar que las ventas de la enciclopedia, que era implacables, constantes, fuesen llenando otra vez las arcas”.

Uno de los libros de la colección dedicada a la historia de España.

Júcar —dirigida por José Manuel Caballero Bonald— fue sobreviviendo de ese modo a todos sus colapsos y nutriendo un catálogo capital para la formación cultural de una generación. Entre las cosas que Díaz Huici —poeta él mismo además de editor; responsable, en Trea, de una de las colecciones de poesía más prestigiosas de España— elogia en Cañada, destaca cómo “contribuyó en mucho a forjar la sensibilidad poética” de sus coetáneos poniendo a su alcance “un elenco amplísimo de obras de poetas, sobre todo antologías y ediciones completas de poetas tanto nacionales como hispanoamericanos y de otros países”. Un anuncio reciente en el portal Todocolección, de un lote de doce títulos de aquella colección llamada “Los poetas”, nos ofrece una cata de su nivel: en ella vemos los nombres de Eugenio Montale, Jorge Guillén, William Blake, Rafael Alberti, Miguel Ángel Asturias, Rubén Darío, Octavio Paz, Odysseas Elytis, Unamuno y Mallarmé, así como una Antología de la poesía surrealista y una Antología de la poesía modernista.

Uno de los libros de la colección Los Juglares

La editorial se volvió una referencia española, algo muy difícil de conseguir no radicándose ni en Madrid, ni en Barcelona; una resonancia nacional con hitos como la primera traducción de Paul Auster en España: La ciudad de cristal. Del propio nombre del sello, Cañada solía explicar que lo había escogido justamente para despistar, buscando de manera deliberada una onomástica que no remitiera a Asturias, aunque Chema Castañón conoce otra versión del asunto: Júcar era en realidad un acrónimo del nombre de la esposa, llamada Julia Carrera, del poeta, también gijonés, Ángel Pariente, cofundador del sello. Sería Pariente el encargado de abrir en 1972 una sede de Júcar en Madrid, que se radicó en la calle Chantada, y no tardó en convertirse en punto de atracción de —rememoraba tiempo más tarde Caballero Bonald— “personajes de muy distinta condición, aunque los más frecuentes eran los inclasificables: especímenes de vagas afinidades con traductores espontáneos, noveles pretenciosos, diseñadores incomprendidos, proveedores de hachís y desocupados crónicos”.

Paco Ignacio Taibo. Foto: Fondo de Cultura Económica

En Júcar, Madrid era una sucursal de Gijón. Aquella era —recuerda hoy Paco Ignacio Taibo II— “una de las pocas editoriales que estaba fuera del circuito del poder editorial español que se depositaba en Madrid y Barcelona. Silverio puso Asturias en el mapa del mundo editorial hispanoparlante”. Taibo fue el director de otro de los emprendimientos más recordados de Silverio Cañada: la colección “Etiqueta negra”, pionera del género policiaco en España junto con Cosecha roja, de Ediciones B, que en todo caso se creó a imitación de la primera. Se habían conocido tiempo antes, cuando el escritor hispanomexicano trabajaba en el proyecto de un libro sobre la revolución asturiana de octubre, fundamentado en cuatrocientas entrevistas orales a protagonistas aún vivos de la comuna del treinta y cuatro. “Un día”, recuerda Taibo, “se me apareció de repente Silverio Cañada en bicicleta, y me dijo: ‘¿Estás haciendo un libro sobre la revolución de octubre’. Nos sentamos, le conté la historia y tuvo una idea genial, que fue editarlo por fascículos. A mí se me abrió el mundo, porque era la posibilidad de convertir este libro que yo reivindicaba como de recuperación de la memoria asturiana en un libro de divulgación de masas”. Asturias 1934, editado en dos volúmenes,pasó a ser uno de los grandes títulos de la colección “Crónica general de España”. Y años más tarde, la relación iniciada así volvió a alumbrar una criatura gozosamente grandona: “Etiqueta negra”, recuerda Taibo, “duró cuatro años y editó ciento cuarenta títulos, una cosa tremenda”.

La última aventura

En los noventa, Júcar entró en un declive marcado, por un lado, por el agotamiento del ciclo de la Gran Enciclopedia Asturiana; y por otro, por la fracasada última aventura de Silverio Cañada. Quiso convertirse el editor en promotor inmobiliario, un extraño impulso en el que algunos vieron un cierto ajuste de cuentas con un padre a quien nunca le agradaron los emprendimientos editoriales del hijo, si bien los sufragó siempre que este le demandó ayuda. La cosa no acabó bien por motivos que, para sus allegados, incluyen el boicot de un medio en el que no se recibió bien a un advenedizo en quien se veía un peligro, y que contó con el apoyo de una prensa conservadora que veía en disparar a Cañada y airear polémicas en torno a sus promociones —polémicas que no se airearían en torno a un constructor afín— una manera de hacerlo contra el alcalde Vicente Álvarez Areces, con quien mantenía una estrecha relación. “Yo veía”, recuerda Taibo del Cañada de aquellos años, “cómo se desgastaba en un espacio que no era el suyo y que se volvió una trampa para elefantes”.

Portada de la colección dedicada a la novela negra.

Apenas conocería el nuevo siglo el editor y promotor: falleció en 2002, a sus 64 años, en un quirófano del Hospital Central de Asturias, en el que se complicó una operación para tratarse una enfermedad neurológica. Poco antes —recuerda Chema Castañón— había tenido, como quien en el derrumbe de su éxito optara por volver al punto de partida de su edificación, la iniciativa de relanzar la Gran enciclopedia asturiana. “Buscaba”, evoca Castañón, “un equipo y financiación y decía que estaba hablando con la Consejería de Cultura para ver si la conseguía; la iba a coordinar Javier Rodríguez Muñoz, que ya había coordinado los apéndices de la primera, y tuvimos un par de reuniones, pero no debió de conseguir el acuerdo, ni con la Consejería, ni con los grandes periódicos”.

Ya no era tiempo de enciclopedias; Cañada, que había revolucionado el sector mediante la idea de la publicación por fascículos, se marchó con ellas. Dejó tras de sí el recuerdo de Díaz Huici de “un tipo atrevido, valiente, con un carácter realmente entusiasta, que arrastraba detrás de él a gente interesante, y que lo que imaginó y se propuso, en el mundo de la empresa y de la vida en general, lo hizo”. También el de “un gran sentido del humor”. Abunda en la semblanza Taibo, que remembra con nostalgia sus expediciones gastronómicas: “Nos veíamos en la oficina donde trabajábamos, allí en Gijón, y a lo mejor me decía: ‘¿Has comido burrín?’. Yo decía: ‘No’. Y de repente agarrábamos el carro y nos íbamos a no sé qué sitio que él conocía, y donde había muy buen burro. O de repente, te llevaba a comer la mejor tortilla de patata, en El Chabolu. O el mejor arroz con leche, no sé dónde”.

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