“El 23F a mi ex y a mí nos tenían en una lista negra para llevarnos al campo de Llaranes”

Laura González, ex consejera de Bienestar y Medalla de Asturias, repasa su larga trayectoria social y política en el PCE e IU.

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Pablo Batalla
Pablo Batalla
Es licenciado en historia. Colabora con medios como La Marea, Público o Jot Down y es coordinador de El Cuaderno. Es autor de 'Los nuevos odres del nacionalismo español' (2022).

El avatar de WhatsApp de Laurita de la Paz Mercedes González Álvarez —tal es el nombre completo, nos enteraremos conversando con ella, de esta avilesina del cuarenta y uno— es el sello del centenario del Partido Comunista de España, célebre por la denuncia de Abogados Cristianos que pretendió cancelar su publicación. Tiene sentido, como lo tienen siempre los avatares de WhatsApp, mirilla abierta al corazón de nuestra identidad. En el medio siglo que abarca su militancia en el Partido Comunista de España e Izquierda Unida, Laura González ha vivido decenas de esos momentos en los que la izquierda alternativa se abre en canal y se sume en un virulento debate sobre sí misma. Hay querellas que se repiten como la piedra subida y despeñada de Sísifo, mito del que ella misma se acordará en esta conversación, y sobre todo dos. Partido o movimiento sociopolítico. Pactar o no pactar con el PSOE. En ellas, en Perlora, en la Laboral, ante la ola Podemos, González se ha guiado siempre —lo reflexionará así ella misma, expresando la duda de si es un defecto o una virtud— por el mismo principio: la organización y su pervivencia por encima de todo. Defendió la del PCE; hoy defiende la de Izquierda Unida. Nos cita la exconcejal, exdiputada de la antigua Diputación Provincial, expresidenta de la Junta General del Principado, exeurodiputada y exconsejera de Vivienda y Bienestar Social en una cafetería de Piedrasblancas, capital de un concejo, Castrillón, gobernado por IU. Charlamos sobre su vida desde el principio: un edén perdido, arrasado por la industria, como el bosque de Fangorn por las usinas de Isengard. Hablaremos del Avilés en el que estaba todo por hacer, y de cómo se hizo; de las placentas que salían negras en el hospital de una ciudad asfixiada por la contaminación; de las contradicciones cabalgadas como presidenta de la Junta; de cuando buceó con Fidel Castro. Laura es locuaz y divertida. Le acaban de dar la Medalla de Asturias.

Laura: naces en Avilés en 1941. Tu infancia y adolescencia transcurren en el barrio de San Sebastián, donde tu abuela Mercedes tenía una tienda-chigre. Háblame de tu familia y del paisaje de tu niñez.

Antes de que llegara ENSIDESA, que fue la que nos quitó de allí, aquello era un poco un paraíso. Teníamos, efectivamente, una tienda-chigre como las que hay ahora en los pueblos, y, por detrás, salíamos a la ría de Avilés. Mi padre era mucho de bañarse, de ir al mar, pero también a la ría; a donde fuese. Y bajábamos a bañarnos a la ría, que estaba limpia en aquel momento. Íbamos mucho a la playa de San Balandrán. Probablemente hubiera entre seis y siete kilómetros, pero íbamos caminando, fíjate tú: ahora no vas caminando a ningún lado. Recuerdo a mi padre y a mi madre con el serón del pequeño en una mano, las tortillas y las empanadas en la otra y pasar el día en la playa, que es donde yo aprendí a nadar. Era una maravilla. Sobre los trece o catorce años míos, llegó ENSIDESA, y acabó con ese paraíso de la manera más dura.

En plan La aldea perdida de Palacio Valdés, ¿no?

Sí, exactamente igual. Empezaron a llegar con grandes tubos y todo aquel paisaje detrás de mi casa, todo lleno de praos hasta la ría, donde lavaban las mujeres, empezó a cubrirse de barro, porque había que rellenar. Una vez, mi hermano Iván, que es el segundo, y vive en Lanzarote desde hace muchos años, se resbaló, porque no paraba, y cayó como en unas arenas movedizas: nos costó sacarlo. Nunca se me olvidó aquel susto tan grande que llevamos.

La tienda-chigre empieza a llenarse de trabajadores de ENSIDESA.

Se convirtió en un comedor para muchos de ellos, sí. Venían de Extremadura, de Andalucía, de todos los lados. Llegaban sin nada, con un pañuelo de aquellos de cuadros y poco más.

Se los llamaba coreanos, porque a la gente, su miseria le recordaba a los refugiados de la guerra de Corea.

Sí, sí. Nosotros nunca los llamamos así por una razón: porque una cuarentena de ellos comía en mi casa, y de la misma pota que hacía mi abuela para toda la familia, una pota así de grande, comían ellos. Me acuerdo como si fuera ahora: un plato de comida, un bollo de pan y una botella de vino, cinco pesetas. Y por la noche, un plato de pescado y patatas, media botella de vino y un pan, cinco pesetas. Eran como familia. Hubo mucha gente que se enriqueció poniendo comedores en los que entrabas y había un olor terrible: aquello ni era comida, ni era nada; era comida de gochos. Pero en mi casa, comían lo que comíamos nosotros.

Cinco de aquellos clientes murieron en un terrible accidente que se llevó por delante a diez personas: la explosión de una caldera de vapor y agua sobrecalentada en la acería LD-I en 1971. Una lluvia de metal cayó sobre los barrios próximos, el estruendo llegó a oírse en Oviedo, la onda expansiva mató a un camionero, a una mujer que compraba el pan, casi a un sastre que planchaba en su sastrería de Llaranes, casi a unos niños del colegio… Aquello, la posibilidad de que volviera a suceder, aterrorizó a los avilesinos durante años. ¿Cómo lo recuerdas?

Como un desastre, y que nos afectó mucho, pero como difuminado, y no estábamos en primera línea. Sí recuerdo que mi padre, que era un personaje —era vegetariano ya en aquella época, naturista y demás—…

¿Era anarquista?

Era anarquista, sí. Un personaje distinto, que ya en aquella época recibía unas revistas de Suecia de naturismo que no se veían en ningún lado. Bueno, pues recuerdo que, cuando aquel accidente en el que murió gente de la que comía en mi casa, mi padre estaba empeñado en ir a sacarlos. No se daba cuenta de que no podía; él no entendía lo de no poder. Claro, no lo dejaron entrar. Tal y como me explicaron a mí lo de las campanas, yo creo que era imposible sacarlos.

Laura González. Foto: David Aguilar Sánchez

Volviendo a lo de La aldea perdida, me cuesta imaginarme lo que es ver desaparecer literalmente un paisaje que has amado. No he tenido ni lejanamente esa experiencia.

Por una parte, era riqueza para Avilés, en cuanto a empleo, y también para aquellas personas que venían de fuera a trabajar y que sin duda mejoraron sus condiciones de vida: ahí están los barrios de La Luz, de Llaranes y todos los de alrededor. Por otra supuso una pérdida terrible. A Avilés la llamaban la Atenas de Asturias; era una villa pequeña con un casco histórico único y demás, y toda aquella naturaleza alrededor. Nosotros, pequeños como éramos, solo sentíamos esa parte terrible de la pérdida del paraíso; del barro que lo iba tapando todo.

Tú misma trabajas en la tienda-chigre.

Sí. Me acuerdo de anécdotas increíbles, como por ejemplo que había un personaje gallego, uno de los que cenaba y comía allí, que tenía muy mala leche y era muy serio, muy poco empático. Y había otro pobre hombre que le llamaban Arreburra y que, cuando bebía, era muy faltón. Y un día se fue a meter con aquel hombre y aquel hombre sacó una navaja. Yo estaba detrás del mostrador y salté por encima a separarlos, fíjate tú que ilusa. Cogí al que era más débil, que era Arreburra, que era muy enclenque, y lo saqué para fuera.

¿Tu familia estaba politizada?

Mi abuela materna era socialista, admiradora de Julián Besteiro, aunque luego fue variando en la clandestinidad y acabó colaborando con el partido comunista, mandando ayuda a los presos, firmando por Horacio Fernández Inguanzo y demás. Mi padre, anarquista. Un hermano de mi padre, franquista; otro, republicano; otro, franquista. Había unos debates políticos enormes. Yo podía haberme decantado por la derecha o por la izquierda. Mi padre y mi abuela, en lo único que se ponían de acuerdo, era en que Franco no duraba más del año siguiente. Al final duró casi cuarenta años más que el año siguiente. Eran discusiones fuertes, pero nunca acababan en sangre, y te iban creando conciencia. Mis dos tíos de derechas, uno más de derechas, el otro algo menos, me querían mucho. Por otra parte, no tenían nada que ver. De hecho, el menos de derechas me compraba los bonos del PCE, pero el más de derechas fue jefe local del Movimiento, y cuando me vio en la mesa en la legalización del PCE casi se muere de un infarto el pobre, porque no lo sabía.

“Mi padre y mi abuela, en lo único que se ponían de acuerdo, era en que Franco no duraba más del año siguiente”

A tu abuelo materno lo mataron en la Casa Pedregal, el gran centro de tortura y exterminio de la posguerra en Avilés, ¿no?

Al materno, sí. Era policía municipal de Avilés. Mi abuela Mercedes y él también eran personas fuera de lo común. Ella trabajó siempre, primero cosiendo y después de carnicera. El fin de semana, cogía todos los periódicos de la semana y los leía uno por uno. Para que te des cuenta de qué carácter tenía, mi abuelo, Ángel se llamaba, había tenido una herencia, tenía dinero, y le dijo de casarse, pero ella le dijo: «No, no, tú gasta ese dinero, que yo quiero saber si puedes mantener una familia». Coño, el tío marchó para Estados Unidos, lo gastó todo y, cuando vino y le demostró que podía mantener a la familia con su trabajo, mi abuela se casó con él. Lo torturaron en la Casa Pedregal, sí. Desapareció en el año treinta y siete. No sabemos exactamente dónde está. Algunos nos dicen que está en el cabo Peñas; otros, que en La Toba, bajando ahí para el aeropuerto. Es uno de los desaparecidos de las cunetas. Yo siempre vi a mi abuela recordar aquello; nunca lo olvidó. El día que hubo el golpe de 1973 en Chile, la vi llorar. Le dije: «Güeli, ¿qué te pasa?». Dice: «No saben lo que les espera». Efectivamente, así fue. Ella ya lo había vivido. Eso me marcó mucho.

Tú te llamas Laura, y me dices que un hermano tuyo, Iván. Son nombres comunes en mi generación, pero no lo eran en la tuya. ¿Impronta de ese padre anarquista?

Cosa de mi padre, sí. Por una parte, por anarquista; y por otra, por hijo de una cubana. Mi abuelo había nacido en Laviana, al otro lado de la ría de Avilés, y se fue a los catorce años a trabajar a Cuba, como tantos otros. Dormía en unos sacos en la tienda en la que trabajaba. Vino con un capital y casado con una cubana, doña Celia. Una mujer de derechas, a la que quise también, pero no tanto: hay que decirlo todo. Ella y mi abuelo, de mano, pensaron que venían de viaje de novios, pero nunca volvieron. De mi abuelo, Baldomero, nunca supe lo que pensaba políticamente, pero recuerdo que tenía un almacén mayorista, y encima de la mesa, siempre una bolsa de manzanas y libros de filósofos de la época: Julián Marías, Unamuno…, con un papel de estraza marcando dónde estaba leyendo. Era un hombre muy poco comunicativo, muy serio, aunque a mí me llevaba al cine, cosa que no hacía con ningún nieto. Recuerdo ver con él Los crímenes del museo de cera. Y nada, lo del nombre: en Cuba, en Latinoamérica en general, ponen más de un nombre. Una hermana mía se llama Isabel Luisa Catalina; otra, Gelina Cecilia; y otra, Georgina del Carmen. Y yo me llamo Laurita de la Paz Mercedes.

Foto: David Aguilar Sánchez

¡Ahí va!

Nunca me lo quité, porque me lo puso mi padre. Es un incordio, porque, si quieres sacar un billete de avión, tienes que poner «Laurita de la Paz Mercedes», porque, si no, igual tienes un problema al no coincidir con el nombre que sale en el DNI. Cuando todo se pasó por el ordenador, me decían: «Todo el mundo te conoce por Laura, quítalo». Pero mi padre me puso de la Paz porque era pacifista, y Mercedes por la abuela, y me da pena quitarlo.

Comienzas a trabajar en el ambulatorio de Avilés.

A los diecisiete años. Después pasé al Hospital de San Agustín. Era auxiliar de enfermería. Recuerdo algunas de esas anécdotas que te hacen saber dónde estás, y dónde debes estar, y dónde quieren los otros que estés. Trabajaba con los médicos de familia: les escribía las recetas, los partes de baja y todo eso. Y había uno que era muy de derechas que me apreciaba mucho, pero que era un cantamañanas; y un día, en bromas con otro médico… Porque había poco que hacer, no era como ahora, ¿eh? Teníamos cuatro consultas al día y, entre consulta y consulta, yo tejía trescientos jerséis para mis hermanos. Bueno, un día, jugando esos dos médicos, tiraron al suelo una cosa que había en la mesa, y este me dijo: «Laura, cógelo». Le dije: «No, disculpe. No estoy aquí para cogerle cosas. Estoy aquí para atenderle en sus necesidades profesionales». Yo tenía solo el bachiller; después hice inglés, mecanografía y taquigrafía para hacer un secretariado, pero estas cosas que te salen del alma, ¿no? Después, empiezas a trabajar en el Hospital de San Agustín, y te encuentras con una huelga de mujeres de la limpieza. Hablas con ellas, y empiezan a contarte las aberraciones que se hacían con ellas, cosas que no te puedes creer: les quitaban de las nóminas, les ponían horas que no les pagaban… Un horror. Pues te pones al lado de ellas. Te pones como sin querer, de manera no premeditada; la vida, de forma natural, te lleva ahí. Comisiones Obreras, en aquel momento, no tenía nada en el Hospital de San Agustín, pero en menos de un año los afiliados a Comisiones Obreras eran ciento cincuenta de trescientos.

Te afilias al PCE.

Año setenta y cuatro. Yo, paralelamente a lo del sindicato, había empezado a participar en el Club Cultural Delta de Avilés; uno de tantos otros clubes culturales.

La Sociedad Cultural Gijonesa, Amigos de Mieres…

Detrás de todas ellas estaba el PCE. Empecé a colaborar con ellos, y vino Triqui, el sindicalista, a hablar conmigo y me dijo: «Laura, tú, que estás trabajando tanto en Comisiones Obreras, ¿cómo no te haces del PCE?». Fue muy simpático, porque también me dijo: «Mira, tú solo te tienes que afiliar; es una cuota pequeña, y aquí hay militantes y hay adherentes; tú te quedas de adherente y no haces nada, ¿oíste?». Todo mentira (risas).

¿Qué tal la clandestinidad? ¿Cuál es tu experiencia? ¿Recibiste palos?

Una vez estábamos en una casa de Villalegre a la que habían venido a darnos una conferencia de urbanismo. Una conferencia de aquellas que no tenían nada que ver con la legalidad en aquellos momentos, muy avanzadas para lo que se podía hacer en aquella España.

¿Vinculada al Club Delta?

No, no, aparte del Delta, en un piso al que vino gente de Madrid y demás. Si hubiera algo detrás, no lo sé, pero era una charla de urbanismo. Llegó la Guardia Civil, que debió de creer que allí había una reunión clandestina, aunque no lo era. Nos mandaron salir a todos y a algunos militantes muy queridos por mí, como José Manuel Díaz, que todavía está por ahí, los llamaron al cuartel. A mí me llamaron para que hablara en el cuartel de la Guardia Civil de Bustiello. Me trataban de manera distinta a los otros, porque apuntaron mi nombre, pero se enteraron enseguida de que era sobrina del jefe local del Movimiento. Se lo diría mi tío Mario, no sé; yo a él no lo llamé. El PCE, de hecho, tenía alguna reunión en mi casa, porque, al ser sobrina de un jefe local del Movimiento, era poco sospechosa. Pues bueno, los guardias civiles me dijeron muy finamente que pasara a sentarme en un despacho. Les dije que no; que yo esperaba ahí fuera y que me llamaran cuando tuviera que hablar. Y en esto veo llegar a la mujer de José Manuel Díaz y preguntar si está su marido allí. Se lo negaron repetidamente, pero yo estaba viéndolo en una ventana. José Manuel había estado en la cárcel y había llevado más palos que pelos tenía en la cabeza, el pobre. Luego vi que, cuando salió, uno de ellos le puso la zancadilla, y el otro lo cogió y le pegó un par de hostias sin venir a cuento: «¡A ver si miras por dónde pasas!», y tal. Cosa completamente estúpida, porque no sacaron nada, pero es que no había nada. Yo les expliqué la verdad: que aquello era una charla de urbanismo, y nada más. Todo esto, ya casi en la Transición, ¿eh? Año setenta y seis, setenta y siete.

Leí contar a tu hija, Noemí Martín, que el día que comulgó, tú estabas en un mitin de Carrillo.

Sí, sí (risas). De eso se acuerda ella siempre, la pobre. Las comuniones, tampoco las celebrábamos mucho. Y ella fue la única vestida de calle de todas las que había, cosa que en aquel momento no le gustaba mucho, porque, claro: sobresalía. Las demás iban todas vestidas de novia y ella iba con una chaqueta de punto de estilo marinero y una falda.

¿Cómo vives la muerte de Franco?

Mi abuela Mercedes, la única alegría que llevó fue la muerte de Carrero Blanco. Se murió dos días antes de los claveles de Portugal, que le hubieran alegrado tanto como si hubiera sido aquí. La muerte de Franco ya no la vivió. ¿Yo? Pues con champán, con la gente del PCE. Yo, personalmente, la viví con indiferencia, porque, a pesar de lo de mi abuelo, todavía no era consciente de la magnitud del mal. Vas conociendo lo que te dice el partido comunista, vas a conferencias, pero la magnitud de ese mal, yo no era consciente de ella; de la rémora de cincuenta años que supuso el franquismo para este país. La República duró cinco años, y en uno y pico o dos teníamos el voto de la mujer, el divorcio, las tierras repartidas, la reforma agraria hecha… Se cometieron errores, claro que se cometieron, pero la República hizo muchísimo por cambiar este país, y el país hubiera seguido cambiando, pero llegó Franco y acabó con todo; barrió todos los avances que hubo. Cuando murió, sí recuerdo mucha alegría en los comunistas de aquí. La gente se olvida pronto, pero los comunistas sufrieron mucho en la clandestinidad. Los masacraron. Mataron a unos y a los que quedaron vivos, los torturaron; y los que todavía resistieron, estuvieron en las cárceles en las condiciones en las que estuvieron. Este país ya no se acuerda de eso; de la capacidad de lucha, de sacrificio y de recuperación del partido comunista; y de cómo fue el partido comunista el que, en el año cincuenta y seis, empezó a hablar de reconciliación nacional, porque, muy atinadamente, se dieron cuenta de que este país no podía seguir dividido. Tenía que haber un acuerdo, una fórmula que permitiera a los españoles vivir en paz. Y eso fue la raíz de lo que fue la Transición, tan criticada ahora.

“Se hizo la transición que se pudo hacer”

¿Te molestan esas críticas a la Transición?

Está muy bien que los jóvenes la critiquen, porque seguramente no llegó adonde tenía que llegar. Pero los que la vivimos sabemos muy bien que, cuando el golpe de Estado, algunos estábamos en el alambre. Y nos acordamos de la matanza de Atocha. Cuando ahora escuchas a los del PP decir cada día más chorradas, más tonterías, yo no puedo entender cómo alguien con media neurona puede votarlos. Las amenazas que recibíamos los comunistas no eran ninguna broma. Se hizo la transición que se pudo hacer y el partido comunista cometió errores, naturalmente, pero, hombre, habrá que ver en qué medida contribuyeron a que hoy vivamos en un país democrático.

En 1979, eres elegida concejal del Ayuntamiento de Avilés, donde permanecerás hasta 1991.

Fui de número dos. De número uno iba Manuel Ángel Menéndez Quintero, y estaban también José Manuel Díaz, del que te hablé antes, y Alejandro [Rodríguez Morales], que era profesor. Sacamos cuatro concejales que le sirvieron al partido socialista para tener alcalde, porque el PSOE tenía diez, y UCD, donde estaba el que había sido alcalde franquista, Ricardo Suárez, había sacado once. Podían haber retenido el alcalde de no ser porque el Partido Comunista de España apoyó al partido socialista. Yo recuerdo esa época como la más ilusionante de toda mi actividad política. Llegábamos al Ayuntamiento sin tener demasiada idea, pero teníamos nuestro programa y sabíamos lo que queríamos hacer. Y en ese programa venían cosas tan increíbles como la creación de un centro de planificación familiar o la rehabilitación del [teatro] Palacio Valdés; cosas muy modernas para aquella época.

Lo del Palacio Valdés os costó grandes enfrentamientos con el PSOE, igual que la ubicación de la Casa de Cultura y la Escuela de Música. Discutíais sobre ubicaciones, sobre la rapidez del proceso…

Efectivamente. Muchos. Los del PCE teníamos más experiencia política que los del PSOE, sobre todo Quintero, que llevaba toda la vida en el PCE, y también José Manuel y Alejandro. Se notaba mucho. Estuvimos cuatro años trabajando como mulas para el PSOE, que luego, en las siguientes elecciones, se benefició de todo el trabajo que habíamos hecho, como en tantos otros sitios en los que los alcaldes parecieron la cabeza de todo y se llevaron el mérito y los votos.

¿Cómo son esos años ochenta en tu ciudad; una ciudad que había crecido muy rápido y de cualquier manera, y en la que había bolsas chabolistas y barrios carentes de servicios elementales?

El tema del chabolismo lo conozco bien. Yo estaba en el consejo escolar del instituto de La Luz; y entonces, en La Luz, había un grupo grande de chabolas. Recuerdo cómo gracias a profesores que trabajaban en ese instituto, los chiquillos gitanos se escolarizaban, y que a veces hasta los duchaban en las duchas del colegio, para que pudieran estar con los otros chiquillos y no crear problemas de convivencia. El Ayuntamiento de Avilés trabajó muchísimo para acabar con el chabolismo. De hecho, hace años ya que no queda ninguna chabola, y eran grupo enormes, ¿eh? Al calor de la siderurgia, muchas familias que vinieron, sobre todo de la etnia gitana, no tenían siquiera dónde vivir, e iban juntándose como podían. De todo aquello, por suerte, ya no queda nada. Detrás de mi casa, en San Martín de Laspra, bajando ya para la playa de Salinas, quedan unas, pero es porque el terreno es de los que viven allí, y aunque les den una vivienda, van a la vivienda, pero quieren mantener aquello allí. En Avilés se erradicaron todas. Recuerdo que, en lo que llamamos L’Estrellín, donde estaba la antigua ENSIDESA, se hicieron unas casas para erradicar las de allí, pero como después se esas casas también se convirtieron en un gueto, llegó un momento en que se trasladó a la gente a otras viviendas, y se destruyó aquello. Fue un trabajo de muchísimos años, que se debe, no nos engañemos, también a que en Avilés y en Asturias gobernó la izquierda. Por eso tenemos las mejores cifras de sanidad, de servicios sociales… Solo hubo un momento en que Navarra y el País Vasco nos superaron en cantidad de dinero por habitante gastado en sanidad y servicios sociales, pero en este momento, ni siquiera nos pasan ellos: es Asturias la primera comunidad autónoma en gasto sanitario. Y eso que ellos tienen un régimen financiero mucho más favorable. Podrá haber errores también, no digo que no, pero la época del covid aquí no fue la de Madrid, ¿eh? Aquí, gente de noventa y de cien años salió viva del covid, porque se les atendió, no se les mandó a morirse. En el Hospital de Caridad de Avilés se crearon unas unidades específicas para llevar a personas mayores de las residencias y atenderlas allí. ¿Qué pasó en Madrid? Ni se sabe los que murieron. Se nota mucho cuando gobierna la izquierda, con todos los errores que pueda haber, que yo no digo que no los haya, porque somos humanos, y errores siempre los hay. Ahora hay listas de espera y los centros de salud están desbordados, pero lo están porque el covid paralizó en alguna medida todos los servicios sanitarios, y ahora para coger el ritmo es la hostia.

Mencionabas antes la propuesta del PCE de un servicio de planificación familiar. Te he leído enorgullecerte especialmente de ponerlo en marcha.

Lo creamos una concejala socialista con la que siempre me llevé muy bien, Nelly Fernández Arias, que luego fue senadora del PSOE, y yo, que estábamos en sanidad y servicios sociales. Creamos el centro en la calle Galiana, en un antiguo edificio, muy guapo, por cierto. Fue el primero de toda España. Estoy muy orgullosa de eso, sí, y también de la ampliación de las zonas verdes, y de un mapa que hicimos de las necesidades sanitarias, apoyándonos en las parroquias. De hecho, hoy los centros de salud tienen ese mapa que mandamos en aquel momento a Juan Luis Rodríguez-Vigil.

Cuando era consejero de Sanidad de Rafael Fernández, y luego de Pedro de Silva, ¿no?

Eso es.

Foto: David Aguilar Sánchez

En aquella legislatura, todavía preautonómica, también fuiste diputada de la antigua Diputación Provincial, abolida en 1982, ¿no es así?

Sí. Fui tantas cosas que a veces ni me acuerdo (risas). En la antigua Diputación se elegían dos diputados de Avilés, y en el pacto nuestro con el PSOE se decidió que uno fuera de ellos y el otro, nuestro. Fui yo. Y eso me permitió estar presente también en aquella época de transición y de empezar a plantearse el Estatuto de Autonomía. Participé, sin darme cuenta en ese momento, de procesos históricos de este país y de esta región. Yo, en aquel momento, no había pedido excedencia todavía, y continué trabajando en la concejalía y en la antigua Diputación mientras ejercía de lo mío. Después, hubo un momento en el que, en la antigua Diputación, me nombraron presidenta del Hospital General Psiquiátrico; del consejo que lo regía. Allí conocí a gente muy interesante que no se podía creer que una auxiliar de enfermería y una mujer presidiera el consejo del hospital por primera vez, pero con la que me llevé bien. Recuerdo que el oficial mayor, a pesar de ser un viejo funcionario que podías pensar que te fuera a poner la propia, todo lo contrario: me ayudó mucho. Guardo muy buen recuerdo de él y de la que era responsable de la biblioteca del hospital: Amparín. Las dos hicimos lo posible y lo imposible por que las colecciones médicas, las revistas y demás, del Hospital General no se perdieran. Cuando no había dinero, lo buscábamos de debajo de las piedras. Amparín, una mujer soltera que era de Oviedo y «de derechas de toda la vida», como decía ella, se llevó siempre muy bien conmigo. También me acuerdo bien de que había una rivalidad enorme entre el Hospital General y la nueva Residencia Covadonga, y hubo una especie de enfrentamiento entre el servicio de cardiología del Hospital General y el de Covadonga, que quería llevar un nuevo aparato de hemodinámica. Yo hablé con el jefe de cardiología del Hospital General —porque yo no sabía, era auxiliar de enfermería, no era otra cosa— y le pedí que me explicara muy bien cómo había que defender que esto tenía que realizarse en el Hospital General. Debí de hacerlo tan bien en la antigua Diputación que el señor Cortina, que era jefe del Covadonga, me odió siempre, hasta que se murió. Pero la gente que estaba cerca de mí me apreciaba. Yo creo que nunca fui sectaria por esto; por este tipo de experiencias. No lo fui en el PCE y nunca lo fui en relación con otras fuerzas políticas. De hecho, ahora que me dieron la Medalla de Asturias, recibí una felicitación preciosa, cariñosísima, de otra persona de derechas de toda la vida, responsable de una oenegé de discapacidad que lleva toda la vida ahí. Me dijo: «Nunca olvidaremos el paso tuyo y de Noemí por la Consejería de Vivienda y Bienestar Social». Cuando tienes una oenegé de discapacidad, no puedes pensar en si el que te va a ayudar es de derechas o de izquierdas…

Te preguntaba antes por el Avilés de los ochenta. Otro asunto clave era la contaminación, por la que, en 1980, hasta el Rey, de visita oficial en Asturias, mostraba su preocupación. Los ambulatorios estaban atestados de enfermos con deficiencias respiratorias. El País informaba en 1980 de que había 30.000 bronquíticos, y el cáncer de pulmón había aumentado un 141%.

En el Hospital de San Agustín, en el que yo trabajaba, los ginecólogos decían que las placentas salían negras. El Ayuntamiento de Avilés creó con mucho acierto la Oficina de Medio Ambiente. Creo que estaba Antonio [Suárez Marcos] de responsable. Se empezaron a hacer mediciones de contaminación y a corregir cosas. Contaminar, contaminas rápido, pero la descontaminación lleva muchos años. Recuerdo que vino al Ayuntamiento de Avilés un hombre que había sido el que había dirigido la descontaminación del Támesis en Londres, y nos dijo: «Esto os va a costar veinticinco años». Y efectivamente. Pero se creó esa oficina y se fue trabajando en la descontaminación de la ría y en la mejora del aire que respirábamos. La producción en ENSIDESA, por otra parte, fue cambiando de signo, avanzando en nuevas tecnologías y demás, y eso mejoró también la situación. Pero fue una época mala que produjo mucha enfermedad en la población, y la produjo a la vista de todos.

1981. Golpe de Estado. ¿Cómo lo vives? Vine leyendo No hay país, el libro de Xuan Cándano, en el tren, y leí que Manuel Ponga, el alcalde socialista de Avilés, no apareció por el Ayuntamiento, en el que solo se presentaron los comunistas.

Yo estaba en Soto del Barco con una señora, viendo una carretera en la que podía influir la antigua Diputación. No me enteré del golpe en el momento. Cuando llegué a la sede del Partido Comunista de España en la calle Libertad, encontré la puerta cerrada, cuando en aquella época siempre estaba abierta. Piqué y Quintero se asomó a la mirilla a ver quién era: «¡Ay, Laura, pasa, pasa! ¡Hubo un golpe de Estado!» «¿Qué dices?». No me lo podía creer. Llamé a mi ex enseguida y le dije: «Coge a las chiquillas y llévalas a casa de tu madre, que es menos conocida». Por lo que podía pasar si la cosa se ponía seria. Pero recuerdo que Quintero y la gente del PCE no perdieron el sentido del humor. Dice: «Tenemos dos opciones: o nos comemos el carné, o lo enterramos en un prau que hay ahí detrás». Luego supimos que a mi marido, que era en aquel momento presidente del comité de empresa de ENSIDESA, y a mí nos tenían en una lista negra para llevarnos al campo de Llaranes. Y sí: el PCE llamó al PSOE para decirles que nos reuniéramos en el Ayuntamiento para lo que pudiera ocurrir, pero el PSOE no aparecía por ningún lado. Estaban en León ya, ¿oíste? (risas). Lo que hicimos nosotros fue ir a casa de un viejo militante, Zubiela, y la mujer, Maruja; militantes luchadores de toda la vida, de esos de siempre, pero poco conocidos. Estuvimos allí hasta las cinco o las seis de la mañana, después de que saliera el Rey, que ya nos fuimos para casa. Aquella noche nos reímos. Hay que pensar cómo eran los comunistas, con lo que habían pasado. Zubiela había estado en la cárcel, y todavía era capaz de reírse de aquello.

¿Qué recuerdo tienes en general de Manuel Ponga, qué valoración haces de su figura, de su alcaldía?

A ver cómo te lo digo. Hay cosas que quiero decir y cosas que quiero decir pero no quiero que se… Porque además falleció ya. A ver, tú llega un momento en el que convives con unas personas con las que, aunque discrepes durante muchos años, llegas a cogerles aprecio. Manuel Ponga siempre fue una buena persona, igual que su mujer, Juana Mari. Buenas personas que pusieron voluntad en lo que hicieron y demás. Pero en la primera corporación, como comentaba antes, entre la capacidad de afrontar los problemas y de resolverlos que había en los cuatro concejales del PCE y en los del PSOE no había punto de comparación posible. Todavía el otro día, Nelly Fernández Arias, hablando con un periodista y estando yo también, le dijo a uno que llegamos al Ayuntamiento sin tener ni idea de nada; que no sabíamos por dónde empezar. Yo le daba codazos para que no lo dijera. No se puede decir eso. Nosotros llegamos con un programa y lo pusimos en práctica.

Pablo Batalla y Laura González. Foto: David Aguilar Sánchez

Es cierto que casi nadie sabía cómo era un Ayuntamiento, porque no se había formado parte de uno, pero el PCE tenía la experiencia de los colegios profesionales en los que se había hecho entrismo, las asociaciones de vecinos…

Evidentemente. Ellos estaban en la asociación de vecinos de Villalegre, y yo estaba en la de Versalles, desde la que dimos una batalla por el parque Ferrera contra el último alcalde, Ricardo Suárez, a quien ya mencioné, que falleció el año pasado. Quería meter la autovía por el medio del parque Ferrera. ¿Conoces el parque?

Sí, claro: el del centro de Avilés. Para mi gusto, y soy de Gijón, el parque más bonito de las grandes ciudades asturianas. Me gusta más que el Campo San Francisco, y también que el parque Isabel la Católica.

Pues él decía que quedaba una isla verde para un lado y otra para el otro y que quedaba todo muy bien. Hubo una batalla campal. Yo era vicepresidenta de la asociación de Versalles. El presidente era Manuel Ángel, que ya falleció también; concejal nuestro, que luego fue del PSOE, porque abandonos en favor del PSOE sí que hubo algunos. La manifestación que organizamos en favor del parque Ferrera fue enorme. Veníamos de eso. Y por eso digo que no se puede comparar la idea que ellos tenían de lo que podíamos hacer con la que teníamos nosotros, por muy buenas personas que fueran él y Juana Mari.

En 1983, pasáis de cuatro ediles —los que volveréis a tener en 1987— a dos. El rodillo socialista. ¿Cómo lo vivís?

Me quitaron el despacho, y me senté en una mesa de playa debajo de la escalera. Al día siguiente la fotografía salió en todos los periódicos. Les jodió mucho, pero era una manera de explicar que no era justo que, después de haberle hecho alcalde, ahora que tenían mayoría absoluta nos quitaran el despacho. Con el PSOE hemos topado; eran la hostia. Lo son. Hay que entenderse con ellos, porque es la manera de avanzar, y yo estoy convencida de que el Gobierno del Estado, ahora mismo, está consiguiendo muchas cosas justamente porque es un gobierno de coalición. Pero también hay que tenerlos muy controlados, porque se te desmadran y…Yo tengo muy buen recuerdo de ese gobierno, pero también el de que fue una batalla en todos los sentidos.

Vayamos un poco atrás en el tiempo para hablar de la interna, como se dice ahora. ¿Cómo habías vivido la Conferencia de Perlora de 1978, aquel momento traumático que había partido en dos al PCA?

Lo viví como siempre viví este tipo de momentos, lo que no sé si es un defecto o una virtud: muy apegada a la supervivencia de la organización. No es que fuera oficialista, pero creía que había que retener la organización y el espíritu de la organización, y por eso me quedé con la mayoría cuando vi a Areces —a quien yo conocí de secretario general del PCE— y a Herrero Merediz y demás levantarse e irse. Decían que se iban porque Santiago Carrillo había quitado el leninismo sin discutirlo en la organización, cosa sorprendente, porque todos o casi todos acabaron en el PSOE, que se había deshecho del marxismo. Yo no me fui con ellos, pero no porque me sintiera oficialista, sino porque siempre puse a la organización por encima. Lo hice siempre y sigo haciéndolo. Nunca estuve de acuerdo, por ejemplo, con la ventaja que se le dio a Podemos en la organización, pero no me oirán desbarrar en contra de eso. Pude decir que no estaba de acuerdo, y desde luego lo dije en la organización. Creo que hay ocasiones en que lo primordial es defender a la organización, y la de Perlora fue una.

¿Un poco lo mismo en 1991: Gaspar Llamazares contra Gerardo Iglesias?

Siempre fue lo mismo en el PCE, para qué nos vamos a engañar. Yo fui del Comité Central, y una vez dije allí que tengo la sensación de que, cuando vamos avanzando, cuando tenemos más presencia en las instituciones, es como lo de Sísifo: llegas a lo alto de la escalera, alguien te da una patada y vuelves para abajo otra vez. Esa es la historia del PCE. Avanzamos, mejoramos, la gente nos va aceptando mejor y de repente hay una división que impide ir a más, y que te devuelve a la casilla de salida. Yo creo que lo de Izquierda Unida sí fue un avance. En aquel momento, hubo mucha ilusión de reunir a otras fuerzas políticas, pero de una manera en la que cada uno mantenía su organización. La fundamental era el PCE, claro. Nos aglutinó la batalla contra la OTAN, en la que estábamos todos de acuerdo. La OTAN que, por cierto, está jugando ahora un papel con lo de Ucrania que bendita sea la madre que los parió a todos. Ahora mandan tanques. ¿Van a mandar aviones también cuando el chifleta este pida más? No me fastidies. Bueno, yo siempre puse la organización por encima. En 1991, no era que Gaspar me gustara más que Gerardo, o Gerardo menos que Gaspar. Era retener la organización.

“Llegar a acuerdos siempre me pareció bien, también con Podemos”

Entiendo que ambos bandos aceptaban que Izquierda Unida —unirse a otras fuerzas— era la estrategia correcta y necesaria, pero el grupo llamazarista, del que tú formabas parte, defendía una coalición fría, en la que las organizaciones que la formasen retuviesen su autonomía y su identidad; y Gerardo, la disolución del PCE dentro de la nueva organización.

Claro. Como ahora. Hubo gente que quiso, hace cinco años, disolver la identidad en Podemos, y yo siempre dije que nosotros éramos una organización muy vieja y con una imbricación fuerte en la sociedad, y que eso tenía un valor. Piensa que, aquí en Asturias, Izquierda Unida es la segunda fuerza municipal. No lo es Podemos, ni lo es el PP. Tenemos más alcaldes y más concejales. Y ese bagaje se nota muchísimo. Voy a ponerte un ejemplo. Yolanda Díaz y el resto de Podemos. Yo conocí a Yolanda Díaz cuando estaba —yo— en Europa, en el Parlamento Europeo. Ella era concejala en Ferrol y fui muchas veces para allá con temas de medio ambiente, porque yo, en el Parlamento Europeo, llevaba temas medioambientales, sociales y de derechos de la mujer. Con el tema del medio ambiente viajé por toda España, porque me interesa mucho personalmente, además. A ella ya le dolían las pelotas de hacer política en favor de la gente, ya estaba como una moto, en aquel momento, y yo marché del Parlamento Europeo en 2004. Yolanda, además, tiene una tradición familiar: su padre, Suso, era sindicalista y del PCE. Tiene esa experiencia que le da sopas con ondas a todos estos cantamañanas que están en la política hoy; a todos. Sabe lo que cuestan las cosas, sabe lo que significa una organización de izquierdas para la población. Ves eso y ves a estos inocentes de… Mira, no me tires de la lengua, que son compañeros de la izquierda alternativa y no quiero hacer sangre. Quiero destacar lo nuestro; esa experiencia política que, en organización como la nuestra, vale para lo bueno y también para esas discusiones que yo creo que no eran ideológicas, porque tú ibas a preguntar a cada uno qué defendía y todos defendíamos lo mismo. Efectivamente, hubo gente que defendió la disolución en Izquierda Unida, pero yo siempre creí que el PCE seguía siendo una columna vertebral. Desde que se fundó Izquierda Unida, está en un segundo plano, pero yo, disolución, en ningún lado. Llegar a acuerdos siempre me pareció bien, también con Podemos. No me pareció bien lo que pasó en algunas comunidades autónomas que se fueron al puto garete, y ahora el que se va al garete es Podemos.

Entre 1991 y 1993, eres diputada en la Junta General del Principado de Asturias, como cabeza de lista de Izquierda Unida. Presides el parlamento como parte de un pacto con el PSOE que se rompe rápidamente. Es la legislatura del Petromocho. ¿Qué tal esa experiencia?

Huy, eso fue la leche, sí. Ja, ja. Me asusté muchísimo cuando me propusieron para presidenta de la Junta. Siempre me pasó cuando me propusieron para un cargo nuevo; siempre pensé que tenía unas limitaciones enormes y no sería capaz de hacerle frente; de hacerlo bien. Luego afronto lo que sea, pero al principio… Yo había sido cabeza de lista, y es verdad que habíamos obtenido un buen resultado, con seis diputados. Cuando me propusieron para eso, me pareció un gran honor, pero me dio vértigo. Era una época convulsa, sí. Todos los sectores estaban en crisis: la siderurgia, el campo, la minería… Era la de Dios. Hay dos anécdotas que describen muy bien cómo era.

Foto: David Aguilar Sánchez

Cuéntame.

La primera es que mi marido seguía siendo presidente del comité de empresa de ENSIDESA, y estaba la siderurgia en huelga e iban a ir a la Junta. Les digo: sí, podéis ir a la Junta, porque hay unos balcones arriba, pero no podéis hacer nada, porque si sacáis pancartas o gritáis o lo que sea, como presidenta del parlamento me veo obligada a echaros. Coño, llegan para allá y lo primero que hacen es sacar una pancarta tan larga que tapan la cara de los diputados de IU. No me quedó más remedio que decir: «O retiran ustedes la pancarta de manera inmediata o no puede ser». Bueno, pues retiraron la pancarta. Otra anécdota. Hubo un debate allí del plan de urbanismo de Llanes. Muy cruento. Estaba Gustavo Bueno y su familia por una parte, un grupo que se llamaban no sé qué de Llanes por otro, no me acuerdo ya, y el Ayuntamiento de Llanes, que en aquel momento estaba gobernado por el PSOE. Armaron la de Dios y tuve que volver a decirles que no podían estar así en el parlamento asturiano. Y luego hubo otra que fue la más seria, pero yo, si vuelve a pasar hoy, vuelvo a hacer lo mismo.

A ver.

Fue cuando una huelga de la minería. Coincidía que había pleno, y me dijo mi organización: «Laura, el jueves hay pleno, pero hay huelga en la minería, así que ese pleno no debería poder hacerse». Dije: lo siento mucho, pero yo soy presidenta en este momento del parlamento asturiano; no soy solo de IU y del PCE. Y hay más diputados, y si no hacemos el pleno, se va a armar. Os hago una propuesta. Yo presido el pleno, pero no cobro la dieta, digo que mi voto no cuente y es como si no estuviera, pero presido. Creo que es la solución más razonable. ¡Si además yo voy a estar en la manifestación de la minería!

Cabalgando contradicciones.

Me parecía la mejor salida. Bueno, pues hubo gente que se dio de baja de determinados organismos. José María Laso me mandó una carta dura. Otros militantes del PCE de los que no me acuerdo ahora del nombre también me mandaron cartas. Pero sigo pensando que fue la mejor solución. La oposición dijo en seguida: «Si llegas a suspender el pleno, la que se arma es la de Dios, y pedimos tu dimisión y la desaparición de Izquierda Unida de la presidencia del parlamento». De esas cosas, pasaron muchas. Pero era seguramente la primera vez que un presidente del parlamento asturiano estaba en las manifestaciones de la minería, de la siderurgia, del campo… A mí, el cargo me sirvió mucho para conocer Asturias. Anduve toda Asturias. Podía ir lo mismo a un mercado de ganado que a una entrega de viviendas. Mira, ¿sabes qué fue lo primero que hice?

¿Qué?

Encontré que tenía un poco de poder y unes poques perres para utilizarlas yo en lo que quisiera. Lo primero que hice fue mandar quinientos kilos de leche en polvo para Cuba. Y la primera visita que recibí, fue la de un traumatólogo cubano muy conocido, que si me matan ahora no soy quién a decir el nombre. Vino con un grupo de cubanos al que recibí en el parlamento.

En aquella legislatura visitaste Cuba con una delegación del Gobierno asturiano, con el presidente Rodríguez-Vigil al frente, poco después de que lo hiciera Manuel Fraga. Xuan Cándano cuenta en No hay país que buceaste con Fidel.

Sí, sí (risas). Yo puedo decir que conocer a este personaje fue extraordinario. Era una persona con una inteligencia fuera de lo común; de eso no hay ninguna duda, y el que diga lo contrario, miente. Recuerdo ese viaje con muchísimo cariño, y también con indignación.

¿Por qué?

Te cuento. Él nos recibió al pie del avión. A una región de un millón de habitantes, ¿eh?

Era ya el Período Especial, y Cuba estaba desesperada por suplir el hueco que había dejado la ayuda soviética firmando acuerdos de cooperación con quien fuese. Hasta a las visitas del Ayuntamiento de Gijón se las recibía como si fueran de Estado.

Nos llevó a una de las casas que tenía de protocolo, y nos pusieron una cena allí. Fidel era una persona muy curiosa, te preguntaba muchísimo. «Bueno, ¿y tú qué haces aquí? ¿Quién eres?». Yo: «Soy Laura González, militante del partido comunista, y, por un acuerdo con el partido socialista, estoy en la presidencia del parlamento asturiano». «¿Ah, sí? Y cuéntame». Te preguntaba. «Y cuéntame». Yo estaba emocionadísima, tengo que confesarlo. Fuimos a visitar una plantación de plátanos en la que la gente no sabía que iba, y salieron y lloraban por hacerse la foto con él. Más tarde, visitamos un sitio donde criaban cocodrilos. Tengo una foto cogiendo un cocodrilo. Había un paisano ahí en pechos, que era el que trataba con los cocodrilos, y dijo: «A ver, ¿quién de la delegación se atreve a coger un cocodrilo?». Dice Vigil: «Ah, no, yo no». «¡No pasa nada, les amarramos la boca!». Digo yo: «Bueno, venga, a ver, tráigame un cocodrilo, pero de esos pequeños, ¿eh?». El cabronazo de él me dio un coletazo así que… Me acuerdo también de que había un chiringuito en el que vendían carne de cocodrilo a la plancha, y Fidel no quería ir, pero empezaron a llamarlo: «¡Comandante, Comandante!». Nos ofrecieron una tapa de cocodrilo, con un chumichurri por encima.

¿Sabía a pollo?

¡Sabía a pollo, sí! Fidel: «Bueno, nada, si lo tengo que comer… Yo nunca lo comí, ¿eh, Laura?». Cuando el que estaba con los cocodrilos vio que hablaba tanto con él, me dijo: «Oiga, ¿no puede decirle que nos hagamos una foto con él?». Dije yo: «Sí, hombre, no te preocupes: se lo digo». Nos hicimos una foto y el tío lloraba. Otro día nos llevó en barco a una isla que tenía él muy pequeña. Lo recuerdo como si fuera ahora. Él pescaba, y me dijo: «Laura, vente aquí a pescar». Yo le dije: «Mire, yo esos peces de colores tan guapos no quiero que se mueren. No se preocupe, que no pesco». «Que sí, Laura, que sí». El paisano que le daba los guantes y se los quitaba, un asistente personal, me daba los guantes de él como si me diera los guantes de Dios. Me puse a pescar, pero en cuanto vi un pez amarillo y azul, una cosa preciosísima, muerto, dije: «No, mire, yo no pesco más, Comandante, yo no pesco más». Luego nos llevó a comer. Y recuerdo que, antes de llevarnos, se habló de darnos un baño. Fuimos toda la delegación a bañarnos. Yo siempre nadé bastante bien, y él nadaba mejor todavía. Me puso, además, una ayuda para que no me ahogara, que era el más guapo de todo el grupo; tengo unas fotos con él. Era guapísimo aquel fulano. Jaime. Me decía: «Mire, Laura, mire cómo pesca las langostas para comer». Y efectivamente, Fidel bajaba buceando y yo lo veía coger las langostas, que luego eran las langostas que comimos.

Traía preparado el recorte. El País, 1991: «La reunión que sostuvieron el sábado Juan Luis Rodríguez-Vigil y el presidente cubano, Fidel Castro, se desarrolló en un yate de pesca. […] Castro cambió su legendario uniforme verde-oliva por un bañador, y charló durante más de 12 horas con el presidente asturiano [… P]ara no aburrirse demasiado […], entre parrafada y parrafada Castro se zambullía en las aguas del Caribe y subía las langostas, que fueron luego el menú de la jornada marinera».

Fue la única vez que comí langosta en mi vida, porque a mí el marisco no me gusta. Le decía a Fidel: «Bueno, si la pescó usted…». La comida eran los peces, las langostas y una ensalada, no más. Pues bueno, fue muy interesante. Yo me fijaba en una cosa: cuando estábamos en público, el protocolo exigía que yo estuviera al lado del presidente Juan Luis; pero cuando estábamos en un entorno interno, solo hablaban conmigo.

¿Por qué decías que recuerdas aquel viaje también con indignación? ¿Viste algo que no te gustase?

Al final del viaje, estos tontorolos del Gobierno no nos dijeron nada a Conchita Valdés, que era la única compañera que me acompañaba, y a mí, y se vieron con los llamados disidentes. Pensaron que habían toreado a la policía de Fidel cogiendo un taxi, luego otro y no sé qué más, cosa absurda, porque, de noche, Fidel ya lo sabía todo, con quién habían estado y demás. Al día siguiente marchábamos. Vamos al aeropuerto y veo que Fidel no hablaba con Juan Luis Rodríguez-Vigil ni con el embajador; solo hablaba conmigo. Me trajo unas fotos del cocodrilo y eso, y estuvo hablando todo el tiempo conmigo. Yo le expliqué que mis dos hijas se quedaban allí. Habían ido en el viaje que hacía la Caja de Ahorros. Noemí —se lo expliqué a Fidel, y no lo olvidó nunca— trabajó unos meses haciendo un censo y pagó el viaje a plazos de la hermana y de ella para que pudieran venir a conocerle. Luego, ellas me contaron que las fue a buscar al hotel un militar que no me acuerdo cómo se llamaba, y que se las llevó a conocer a Fidel y al segundo de abordo. Él, hablando con ellas, les preguntó: «¿Ustedes creen que su madre sabía algo de la rueda de prensa que dio Juan Luis ayer?». Dice Noemí: «No, mi madre no sabía nada, porque habló con nosotros por teléfono y no tenía ni idea. Tuvieron la tarde libre». Juan Luis, nosotros no lo sabíamos, llegó aquí al aeropuerto y dio una rueda de prensa poniendo verde a un Gobierno que lo había recibido como si fuera un jefe de Estado. Aunque solo sea por educación, eso no se hace. Hay que ser… Yo lo puse verde: nos trataron a cuerpo de rey, firmasteis unos acuerdos culturales, ¿cómo hacéis eso?

Supongo que a Cuba volverías muchas veces, después de aquella.

Sí. A Cuba hice catorce viajes más, porque estuve en la delegación de Latinoamérica en México del Parlamento Europeo, y en los viajes que hacíamos, Cuba siempre estaba incluida. Fue cuando nos enseñaron lo que es uno de los logros de la Revolución de los que aquí no se habla jamás, que es la Escuela de Salud Latinoamericana. Se creó a raíz del huracán Mitch, en el que se mató tanta gente y se vio que en Centroamérica no había médicos ni nada que atendieran a la gente. Usaron unas naves militares al lado del mar. La primera vez que nos lo enseñaron, tenía cinco mil alumnos que venían de todos los lugares de Latinoamérica; indígenas que jamás hubieran podido estudiar medicina, gente también de Norteamérica… De esa escuela ya salieron treinta y seis mil médicos a los que se forma gratis. Se les da la ropa, la comida, todo, para que vuelvan a sus países y puedan hacer lo que no hacen esos países, que es atender a la población más pobre. También conocimos el Centro Oftalmológico Cubano, que operó a más de tres millones de personas de Latinoamérica que se quedarían ciegas si no. De todo eso, aquí no se sabe nada, ¿qué se va a saber? O de las vacunas creadas por el instituto de biotecnología que tienen allí, que es uno de los más fuertes del mundo, y acaba de conseguir que Cuba sea el único país del llamado Tercer Mundo que tiene vacunas propias. Los empresarios con los que iba cuando lo conocí no daban crédito, porque mandaban gratis las vacunas cuando se necesitaban en Latinoamérica. No entendían, no comprendían. Y bueno, cada nueva vez que iba a Cuba, yo ya no necesitaba presentación. Me acuerdo que a la tercera o la cuarta, Salafranca, uno del PP, fue presentándonos a todos, y cuando llegó a mí, dijeron: «A Laura no nos la presenten; a Laura ya la conocemos». Y nos sentábamos alrededor de la mesa y Fidel decía: «Laura, pa’ este lado». Un hombre excepcional. Cometería errores, no digo que no. Aquel no es un país tan libre como el nuestro, no digo que no. Pero los avances sociales son indiscutibles, y la Organización Mundial de la Salud lo reconoció en varias ocasiones. No hay mortalidad infantil en Cuba, están erradicadas todas las enfermedades que se pueden erradicar, y después ayuda a los demás países. Tal y como va el mundo, no tiene mucho futuro, pero bueno. Eso está ahí.

En 1995, hubo una pequeña polémica cuando llamaste «nazi» a Sergio Marqués en el Consejo Político Federal de IU, donde se discutía con ardor sobre un posible pacto de IU con el PSOE que evitara que gobernara el PP. Pacto que finalmente no se produjo, y por el que Marqués fue presidente en minoría entre 1995 y 1999.

Je, je, je. Vamos a ver. Yo soy visceral en algunos momentos. Me caliento en seguida. Me caliento ahora viendo la televisión; menos mal que descubrí el mando a distancia y apago las voces. A mis ochenta y un años, ya no estoy dispuesta a oír según qué cosas. Pero no me gusta insultar a la gente; que la gente se sienta mal por lo que yo digo. Eso fue en una discusión interna de Izquierda Unida por ese motivo: dejar gobernar a Marqués o no. Yo me ponía mala. «¿No queréis gobernar con los socialistas? Vale. Votemos. Pongámoslos ahí y, luego, no gobernemos con ellos. Pero no permitamos que gobierne la derecha. ¿Qué queréis, que gobierne un nazi?». Yo no sabía que estaban grabando, y salió en todos los telediarios, ¿qué más quería el PSOE? Yo, luego, le pedí disculpas. Pero se las pedí, no desdiciéndome, no diciendo que no lo tenía que haber dicho, sino en la medida en que se hubiera sentido mal. Me mandó una carta y me agradeció esas palabras.

Xuan Cándano recuerda en No hay país —lo estoy citando mucho en esta entrevista— que en 1977 Marqués formó parte, con loden verde, de una manifestación de extrema derecha que obligó a Carrillo a salir por la puerta trasera de la Facultad de Derecho, adonde había ido a dar un mitin. Un poco nazi sí que era.

Bueno, es un hombre que ya falleció. No quiero yo… Él me mandó una carta cariñosa en aquel momento, y yo se lo agradecí. Lo que más me dolía era que gobernara la derecha, y mira cómo salió. Una mierda de gobierno. El Pole y yo defendimos hasta el final lo que ya no defendía la organización; hay que reconocer que la organización estaba hasta los cojones del PSOE en ese momento, y no digo que sin razón: estaba lo de ENSIDESA, etcétera. Pero no se daban cuenta de que el PSOE es el mal menor. La derecha no puede gobernar. Vamos a ver, ¿qué hace Lula ahora con Brasil? Explícamelo. De un tipo como Bolsonaro, que destruye la Amazonía, que mata a cantidad de gente con el covid, ¿cuánto tiempo hace falta para recuperarse? ¿Diez años? ¿Veinte años? Como venga la derecha, estamos jodidos. ¿No lo vemos en Castilla y León? ¿Adónde van a parar las leyes de igualdad o la subida del ocho por ciento a los pensionistas si gobierna la derecha? Me cago en la puta, y todavía os manifestáis: ¡teníais el cero veinticinco por ciento! ¿No os dais cuenta? Cuesta mucho avanzar y es muy fácil destrozar en un pispás todos esos avances. A veces apetece… No sé. Vamos a dejarlo ahí.

Te vas a Europa, donde permaneces diez años, hasta 2004. ¿Qué tal la política europea? ¿De qué cosas te ocupas allá? ¿Fue grande el choque entre la política municipal y autonómica a la que estabas acostumbrada y esa política bruselense, tan distinta en muchos sentidos?

Sí, sí, eso es otro mundo. Primero, un mundo muy gastizo. Ahí se pagan unos sueldos y unas dietas y se hacen unos gastos que no deberían hacerse. Por ejemplo, pasar de Bruselas a Estrasburgo todos los meses con camiones de documentación y gente p’alante y p’atrás. Claro, hay una relación en Europa que no se puede romper y siguen haciendo eso, pero es una aberración. Y lo que se paga a funcionarios no tiene nombre. Estos corruptos que gobiernan hoy hay que matarlos a garcillazos, porque tienen una cantidad de perres que no saben ni qué hacer con ellas. Yo lo cedía a Izquierda Unida y se compartía y tal, pero joder, que es un dineral. Sin embargo, es otro mundo. Y es un mundo que te permite ver las cosas de manera más alejada de los avatares de la política regional y nacional, y con una visión estratégica mucho mayor. Hay que viajar a Latinoamérica o a África como yo viajé para ver lo que está pasando, ¿eh? O estar como estuve en el campamento de Yenín, cuando la matanza en su día. O en Cuba, o en El Salvador, o en Guatemala, y ver lo que hacen las oenegés y cómo es la cooperación. Me acuerdo de una vez que estuve en la frontera de Guatemala con México, cuando Guatemala estaba en conflicto, con unas mujeres mexicanas, una médico y una enfermera, que enseñaban a las mujeres indígenas cómo atender a un bebé, un parto… Aquellas mujeres aprendían y era una cadena: enseñas a una, esa enseña a su compañera, esa a otra… Una cadena enorme. Se redujo la mortalidad en el nacimiento, la infantil y la de las madres enormemente gracias a esa cooperación de la Unión Europea que yo visité. Fue un periodo interesantísimo. También me fui aterrada, porque había olvidado el francés y el inglés que estudié de cría. Tuve que ponerme a marchas forzadas a mejorar. Pero estuve en temas que me interesaban muchísimo, que me gustaron muchísimo, como medio ambiente, derechos de la mujer, derechos sociales… Conocí a mucha gente, también: a Angela Davis, a Pérez Esquivel, el Premio Nobel… A Rigoberta Menchú la recibí aquí, que no la había recibido nadie, porque no había recibido el Nobel, y cuando lo recibió, se cagaban todos en sus propios muertos por no haberla recibido. También a gente a lo mejor menos de mi cuerda, como Mitterrand, al que vi en el Parlamento Europeo cuatro meses antes de morir, cuando era ya una figura de cera, y de quien sin embargo entendí por qué conquistaba a las mujeres y por qué había llegado adonde había llegado: estuvo una hora hablando y, aunque no estuviera de acuerdo con él, era magnético.

¿En plan Felipe González?

Huy, mejor Felipe González. A mí Felipe González me cae gordísimo, no lo soporto, no lo puedo ver. Se volvió de derechas total, qué barbaridad. Bueno, el Parlamento Europeo fue muy interesante. Yo todavía conservo en casa cuarenta teléfonos y direcciones de correo y demás de cuarenta oenegés de Latinoamérica. También visité toda España con el Prestige, con aquello de Aznalcóllar… Estuve en todos los lados: en las Canarias, en las Baleares… El medio ambiente me interesa mucho, y creo que es crucial para nuestro futuro. Estuve en la discusión de la directiva del agua, de lo de Kioto, en momentos históricos como cuando se quitó la publicidad del tabaco y se puso una publicidad negativa en las cajetillas…

La gente que está en el Parlamento Europeo siempre cuenta lo diferente que es la vida parlamentaria con respecto al Congreso de los Diputados o los parlamentos regionales, y que se parece más, sin ser lo mismo, a lo que vemos en Estados Unidos: negociaciones diputado a diputado, sin disciplina de voto.

Sí; yo aprendí lo imprescindible que es, si quieres sacar cosas adelante, llegar a acuerdos. Aquí se pegan hostias hasta en el carné de identidad, y les da igual no llegar a acuerdos. Pero allí sí importa. Se reúnen como si es tres veces, hay que llegar a un acuerdo sí o sí. Si quieres sacar una enmienda, como quisimos sacar nosotros, para el tema de la minería, para que quedaran unas minas de reserva por si acaso, tienes que dialogar. Votamos a favor todos los partidos. El que crea que en Europa no se pueden hacer cosas se equivoca. En Europa se pueden hacer cosas si tú quieres hacerlas. Yo invitaba a lo mejor a setenta personas cada año a viajar conmigo; a todas las oenegés. Lo pagaba el Parlamento Europeo. Saharauis, oenegés de medio ambiente, mujeres con problemas en las mamas… Hay diputados que no viajó nadie con ellos, claro. Conmigo viajaron setecientas personas en los diez años que pasé allí. Lleva mucho tiempo hacer un viaje de esos. Hay que contratar autobuses, restaurantes, hoteles y demás. O becarios que están allí haciendo el Erasmus y que nadie los cogía en sus grupos, pero por el nuestro pasaron tropecientos: chavales jóvenes a los que les sirve mucho aunque solo sea entrar al Parlamento Europeo. Tengo un gran recuerdo de esa etapa. De la Comisión de Peticiones, donde yo llevaba temas medioambientales, y que en algún momento algunos querían quitar, y dimos la batalla para que no se quitara. De gente que me sigue mandando tarjetas: por ejemplo, uno de los jueces de Manos Limpias que quedó vivo; un hombre extraordinario al que traje luego aquí a dar una charla. Traje también a varios eurodiputados de Los Verdes. Todas esas cosas se pueden hacer si las quieres hacer. Ahora, si quieres ir allí a vivir bien, también puedes. Hay ejemplos para todo.

En 2003, entras a formar parte del Gobierno de Vicente Álvarez Areces como consejera de Vivienda y Bienestar Social. ¿Qué tienes la satisfacción de haber conseguido desde esa Consejería?

La batalla del salario social. Me duelen las manos de los puñetazos que di en la mesa. Eso no lo sabe nadie, porque las deliberaciones del Consejo de Gobierno son secretas. Yo sé bien lo que es batallar con el PSOE. Pero también sé que no queda más remedio que llegar a acuerdos con ellos si quieres avanzar. Puedes tener una propuesta buenísima desde el punto de vista teórico, pero si no consigues llevarla a efecto, no ayudas a la gente a la que dices defender; es tonto. A los que critican estos acuerdos, siempre les dije lo mismo.

Por eso iba a preguntarte. El 15-M y Podemos nacieron lanzando una crítica al bipartidismo que, colateralmente, también sufrió en menor medida Izquierda Unida, acusada de ser muleta del PSOE y de haber acabado estando muy cómoda en esa posición subalterna. Se acusaba a IU de venderse barata y aceptar consejerías menores.

No sé si mi consejería era menor. Yo creo que fueron cuatro años muy fructíferos. Cuando se aprobó el salario social y se empezaron a hacer viviendas sociales, que se hicieron muchas, recuerdo una portada de La Nueva España en la que sacaban a una mujer que decía, con estas palabras: «Tengo el salario social y una vivienda: ya puedo vivir». Yo no necesito oír más. Gracias a esos acuerdos se consiguieron avances como esos. El salto que se dio en servicios sociales cuando estuvimos nosotros fue monumental. No digo que si hubiera estado el PSOE, eso no se hubiera hecho; pero hubiera tardado más, eso te lo digo seguro, porque empujamos como burros, como siempre hicimos, trabajando como animales. ¿El PSOE salió ganando? Pues sí. Pero si se consiguieron avances sustanciales para la gente, a mí no me importa. Se pasa mal con el PSOE. Debates, discutes, es duro. Pero es la fuerza mayoritaria de este país, y lo va a seguir siendo durante muchos años. No nos engañemos: la izquierda alternativa tiene un límite. No lo tuvo en Grecia y mira lo que pasó. Podrá ocurrir que un día gobierne este país, ¿no llegó Lula al poder? Pero yo me atengo a lo que hay ahora. Si yo no puedo transformar las condiciones de vida de la gente, ¿para qué valgo? Y si no impido que gobierne una derecha cada día más terrible y más extrema, con una visión de nuestro país que es aterradora, ¿de qué sirvo? Vivimos en un país muy libre, que avanzó muchísimo en derechos, pero eso se puede perder. No tenemos una derecha europea. Simone Weil era de derechas y aprobó la ley del aborto. Si esta derecha gobernase… Yo igual ni lo veo, porque igual no llego a diciembre: soy muy mayor. Pero si lo viera, sería terrorífico.

“Lo aprendí en Europa: sin una base industrial, los servicios no funcionan bien”

En 2003, protagonizaste otra pequeña polémica. Dijiste que los jóvenes asturianos estaban «refalfiaos».

¡Ja, ja, ja, ja! Acaba de llamarme un concejal de Llanera para decirme que no sé qué día de febrero se presenta el libro de Xuan. ¿Menciona eso ahí? Voi matalu.

No, no, esto no. De esto me acordaba yo, porque yo era uno de aquellos jóvenes (risas). Xuan, en el libro, solo menciona lo del buceo con Fidel.

¡La madre que lo parió! Es que no lo leí todavía. Me hizo una dedicatoria muy guapa, algo que es raro en él, porque Xuan es muy rompecojones y se mete con todo dios. Pero a mí, parece que me salva.

Foto: David Aguilar Sánchez

Conociste de cerca a dos presidentes del Principado: Vigil y Areces. Dos figuras muy diferentes. Te pedía antes una valoración de Manuel Ponga. ¿Cuál haces de esos dos presidentes?

Muy diferentes, sí. A Areces se le notaba algo que solo tiene la gente que estuvo en el PCE, que es la experiencia política y la escuela de la clandestinidad. Se notaba muchísimo. Era un gran trabajador; una persona que no tenía horarios ni límites para trabajar. Eso sí, era muy cabezota, y había que convencerlo de determinadas cosas. Pero no tenía límites para trabajar en lo que él consideraba que Asturias debía ser, y en lo que podíamos coincidir o no. ¿Juan Luis? Bueno, yo me llevaba bien con él, pero no era lo mismo.

En 2008, concurres a las generales como cabeza de lista por Asturias, pero no obtienes escaño.

Yo no estaba de acuerdo con concurrir. Habíamos dicho que se acababa. Yo había hecho un periplo político larguísimo, pasando por todas las instituciones, y creía que repetir era un error, como así resultó ser, a pesar de una estupenda campaña que hizo gente joven de la organización, como Pablín y Alejandro; un grupo de gente que trabaja muy bien y que ahora está un poco apartado por las cosas que pasan. Gente cercana a Noemí en aquella conferencia que hubo. Hicieron una campaña guapísima, prestosísima, de las que hacen solo los jóvenes. Pero…

¿Qué valoración haces de la figura, de la trayectoria, del papel en Izquierda Unida, de Gaspar Llamazares, alguien a quien has sido próxima?

Tan próxima como que entró al PCE con veinte años cuando yo presidía la Comisión de Sanidad. ¿Llamazares? Le tengo mucho cariño, lo aprecio mucho, lo quiero mucho. Creo que tiene una capacidad política enorme. Es un estudioso. Tú le preguntas sobre cualquier tema, y de cualquier tema sabe. Un tío muy capaz. Cometió algunos errores, por ejemplo, crear esa fuerza política en un momento determinado, ¿cómo se llamaba?

“Llamazares es un hombre bueno”

Actúa.

Eso es. Eso no se puede hacer. Pero es un hombre bueno. Y yo a veces casi pongo la bondad por encima de la inteligencia. Un hombre muy inteligente que no es bueno no me vale. Llamazares es las dos cosas. Es bueno, es trabajador, se estudia mucho los temas, no va a hablar a ningún sitio si no lo tiene todo preparado. ¿Que es un tío serio y poco comunicativo? Bueno. No es agresivo, pero no es tan empático como debe ser la gente que está en política. Como los médicos: si no eres empático, pierdes el favor de la gente. El problema es que hay que hacerlo si lo sientes. Si es artificial, no vale, porque lo notan.

¿A qué te has dedicado desde que abandonaste la actividad política?

Soy presienta de la asociación de vecinos de San Martín de Laspra. Llevo siete años. Yo ya quise marchar, porque tuve temas de salud, la pandemia, unas operaciones en la boca y tal, pero en la junta directiva, dos o tres me dicen que si marcho yo, marchan ellos. Y allí estoy haciendo cosines. Se consiguió sacar, en una zona rural, a personas de su casa, y a mujeres de su casa, con talleres de memoria, de costura, de reciclaje… Esas asociaciones son muy útiles en la zona rural.

Pablo Batalla y Laura González. Foto: David Aguilar Sánchez

¿Cómo ves el Avilés de hoy? ¿Qué cosas necesita el Avilés del siglo XXI?

El Avilés de hoy está más o menos encarrilado. La apuesta, ahora, es no perder la industria que tiene Avilés y su comarca. Lo aprendí en Europa: sin una base industrial, los servicios no funcionan bien. Tiene que haber una base industrial y, con estos fondos que vienen de Europa, pueden apuntalarse en la comarca y en Avilés la siderurgia y las otras empresas que hay por aquí, que surgieron de familias como Daniel Alonso; empresas de carácter internacional, que están fabricando en Avilés para todo el mundo molinos eólicos y demás, y que también apuestan mucho por las TIC, es decir, investigación y desarrollo en nuevas tecnologías. Avilés está empezando a ser un polo. La industria y la innovación van a ser imprescindibles, y creo que se va avanzando en ese sentido. ¿Faltan cosas? Claro. ¿Hay que hacer muchas más cosas? Claro. ¿Hay que avanzar en derechos de la gente? Claro. ¿Derechos laborales? Claro. Esto no se acaba nunca; es interminable. Pero creo que la comarca de Avilés en su conjunto, incluida Castrillón, no va mal encarrilada. No hay lista de espera en atención a domicilio, no hay lista de espera en servicios sociales, la industria en Castrillón está avanzando… Ahora mismo, se va a aprobar un plan de ordenación urbana que va a ser un plan progresista, y eso es gracias a que está la izquierda gobernando. Asturias tiene un hándicap, que es que somos una población muy envejecida, igual que Castilla y León. Si los jóvenes quieren encontrar un trabajo, tienen que marchar. Resolver eso va a costar años; no es ninguna broma. Y hay que apuntalar la ganadería y la agricultura para que deje de perderse población en las zonas rurales.

Y ¿cómo ves a la izquierda?

¡Ja, ja! ¿La izquierda? La izquierda está como siempre, para qué nos vamos a engañar. Estoy viendo a Podemos cometer los mismos errores que cometimos nosotros. Esta división que tienen ahora mismo, que además es pública y notoria en todos los medios de comunicación, es un suicidio político público. Por eso me alegré cuando los de Izquierda Unida salieron ayer diciendo que esta vez hay lista única; que no hay batallas. Eso hay que agradecérselo a esta nueva dirección, y yo me alegro muchísimo. La izquierda no se puede dividir. Si tiene que arreglar sus problemas, que procure que no trasciendan tanto, porque si trascienden, se agrandan, se agravan, llega uno al enfrentamiento personal y no hay manera. Yo creo que aquí es muy difícil que el PSOE no gane. Este señor que viene de Europa…

Diego Canga, del PP.

…está diciendo unas cosas que valía más que no las dijera. Por ejemplo, hoy lo oí decir que qué bien que el PSOE esté confiado, porque así el batacazo será mayor. Mira, nin, ten cuidado que el batacazo no lo lleves tú. En política no se puede ser tan chulo. Hay que tener cuidado con lo que dices. Lo primero: tienes que prometer lo que creas que puedas prometer. Lo segundo: si en la institución en la que estás no lo cumples, tienes que explicar a la gente por qué no lo cumpliste. A mí eso me salió siempre. Conozco a un matrimonio que la chiquilla es discapacitada y que, cuando se casó, como el marido ganaba mil euros, le quitaron la dotación de discapacidad. La ley permitía eso. Me escribieron y anduve indagando por todos lados y les dije: «Esto, lo único que lo cambia es una ley que haga que las personas con discapacidad, porque se casen, no pierdan su dinero, porque siguen siendo discapacitadas, casadas y sin casar». Les expliqué eso en una carta: pasa esto, esto y esto, pero yo voy a mandar al grupo nuestro que presenten una ley para impedir que esto ocurra. Me escribieron una carta de agradecimiento, y eso que no les había resuelto el problema: simplemente les había contestado, en ese momento en que se iba a cambiar la ley, diciendo lo que había hecho y que no podía hacer más. Entonces, ¿la izquierda? El PSOE en Asturias tiene una organización y una implantación municipal muy fuertes, y eso es importante a la hora de ganar unas elecciones. No lo tiene el PP, no lo tiene Podemos, y el PSOE y nosotros sí. No me quisiera equivocar, pero creo que va a ganar el PSOE, y a ver si nosotros subimos. Pero me da mucha pena que la izquierda alternativa y gente que conozco y aprecio siga suicidándose públicamente. No se puede hacer eso. No se puede. Y después… Esto no se puede decir, para no molestar, así que no lo pongas, pero […]

Pero Yolanda sí te gusta.

Sí, porque la conozco de siempre, y porque es una tía que en el Ministerio de Trabajo hizo avances que son visibles, que están ahí. Algunos se oyen más, como la reforma laboral, trabajo fijo; algunos se oyen menos, como las decisiones que se tomaron con respecto a las trabajadoras del hogar, a las por algunos llamadas criadas, para garantizarles un sueldo y condiciones de trabajo dignas. De eso no se habla, pero ahí está. Me gustaría que toda la izquierda alternativa se pusiera detrás de ella.

Bueno, Laura. Acabamos. Un gusto.

Menudo batiburrillo te solté. Tú pon lo que quieras y lo que no, quítalo, ¿eh?

Ja, ja. No, para nada. Muchas gracias.

¡A ti!

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