Así insultó la prensa asturiana al primer 8M

Las principales cabeceras se mofaron de la jornada de reivindicación feminista, que se celebró en 1977 en el edificio histórico de la Universidad.

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Pablo Batalla
Pablo Batalla
Es licenciado en historia. Colabora con medios como La Marea, Público o Jot Down y es coordinador de El Cuaderno. Es autor de 'Los nuevos odres del nacionalismo español' (2022).

«Ayer, en la Universidad. INTOLERABLE CONMEMORACIÓN DEL LLAMADO “DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER”. Cuatro organizaciones autocalificadas como “feministas” piden, entre otras cosas, el amor libre». El diario asturiano Región, vinculado al partido gobernante UCD, no dejaba dudas al respecto de su opinión sobre la primera celebración del 8-M en democracia. Era mala. La cosa había tenido lugar en el patio central de la entonces Facultad de Derecho, hoy edificio histórico de la Universidad, no el día 8, sino el día 9, debido a la presencia de Santiago Carrillo, líder del todavía ilegalizado PCE, en la Universidad el día 8, para reunirse con militantes y simpatizantes tras su llegada a Asturias por primera vez desde la muerte de Franco. Convocaban aquel 8-M, el primero asturiano (un año antes, se había celebrado el madrileño con el lema «Amnistía para los derechos específicos de la mujer») no cuatro, sino cinco organizaciones: la recién fundada Asociación Feminista de Asturias (AFA), Colectivo Feminista, la Asociación Universitaria Para el Estudio de los Problemas de la Mujer (AUPEPM), el Movimiento Democrático de Mujeres (MDM; vinculado al PCE) y Mujeres Libres.

Aquella mañana en la Facultad de Derecho había consistido en la instalación de tres stands: en uno se recogían firmas para exigir la abolición de las leyes discriminatorias para las mujeres; en otro, se repartían folletos (dos de AFA sobre legislación y agresiones y otro de AUPEPM sobre la mujer en la ley); y en el tercero, las mujeres del MDM/MLM repartían manifiestos sobre su organización. Otro folleto más, de AFA, recogía los objetivos del día internacional, entre ellos, que las mujeres dejaran de ser vistas como «simples máquinas productoras de hijos». Y partidos afines como el MC, la LCR o el PCE desplegaron pancartas con proclamas como la de la Liga de que «No hay liberación de la mujer sin socialismo. Y no hay socialismo sin liberación de la mujer». Por la tarde, una breve manifestación salió de la Universidad tras la lectura de un comunicado sobre «Mujer y legislación» y discurrió por la calle de san Francisco, la plaza Porlier, la calle Jovellanos y la Mendizábal, hasta que se disolvió en presencia de la Policía. La pancarta decía: «Amnistía para los delitos que discriminan a la mujer (adulterio, aborto…)». Y el día acabó con una comida de confraternización (tal vez mejor habría que decir: de consororización).

«Grotesca y triste mascarada»

Región enumeraba las reivindicaciones de la jornada. «[C]on veinticuatro horas de retraso, pidieron, entre otras cosas, la desaparición del aborto y del adulterio como delitos, en el Código Penal, la igual consideración del hombre y la mujer en otros tipificados en dicho cuerpo, que supondría la liquidación de todas las discriminaciones sociales por razón de sexo; la colectivación de las tareas domésticas y del cuidado de los niños, con lo que la mujer podría incorporarse al proceso productivo, y emanciparse económicamente; la libertad para el homosexualismo, y, en definitiva, el establecimiento de relaciones libres sin la menor traba de limitación». Continuaba Región así aquella relación de razonables demandas: «Otra de las reivindicaciones es el establecimiento de la coeducación igual y obligatoria en la que desaparezca las materias o asignaturas específicamente femeninas, y se terminará con la esclavitud de la mujer respecto al hogar. Quieren, asimismo, las feministas que la patria potestad sea compartida entre el hombre y la mujer, un régimen económico de bienes compartidos, derecho al divorcio y amnistía para todos los delitos que incriminan a aquella».

Página en “Región”.

Demandas razonabilísimas, aquellas, pero que concitaron el odio más absoluto de aquel diario conservador, que reproducía en sus páginas un cartel diseñado por AUPEPM en el que, al lado de la silueta de una mujer desnuda y feliz, aparecía la leyenda «Sexualidad no es maternidad. Derecho a nuestro propio cuerpo». Producía «asco» a los redactores «la actitud amoral de todas las participantes en la jornada, y la de quienes, en la penumbra, mueven los hilos que hacen actuar a estos trágicos y femeninos muñecos de guiñol». Las feministas habían convertido la Universidad —denunciaban— en «estercolero de todo género de miserias morales, sin que nadie, al parecer, pueda o quiera evitarlo». Su «malévola intención final», clamaban, era «la desintegración de la familia, y, con ella, la degradación de toda la civilización occidental en España». No eran verdaderas feministas —bramaban en el periódico—, sino «hembras frustradas, quizás porque no han logrado que nadie se fije en ellas por honestos procedimientos». Una manera sutil —es un decir— de llamar putas a aquellas pioneras, a las que los viandantes ya se lo habían llamado en noviembre de 1976, en la primera manifestación feminista de la Transición en Asturias, que pidió la derogación de los artículos del Código penal en contra del adultero, como así recordaba Teresa Meana en 2002:  «Nos manifestamos», evocaba Meana, «saliendo de la plaza de la Catedral y recibimos insultos fortísimos de mujeres que nos llamaban prostitutas». Evocaba también Meana «cómo nos insultaban» al pasar por «delante de la Facultad de Derecho». En textos audaces, aquellas feministas habían tratado de darle la vuelta a la connotación negativa de la palabra adultero: «Ser adúltera es lo único que tu marido no puede decidir por ti. El adulterio es el único acto de autonomía de la mujer cabal. El adúltero es un acto para el que se nos considera aptas y responsables».

Una de las primeras movilizaciones feministas de la Transición asturiana. Foto: Archivo Histórico Provincial.

Había, para Región, que «poner coto a semejantes excesos. Y, si los responsables correspondientes no pueden o no quieren, habrá que decirles que se vayan. Que hagan una Facultad de Derecho para ellos, donde tengan cabida las barbaridades que se les antoje, siempre a costa de sus propios bolsillos, y no a costa de los fondos públicos de España». El riesgo de no hacerlo, el de no castigar esta «grotesca y triste mascarada» y las que vinieran después, era «el comienzo del reino del caos».

«¡Fuera bragas!»

Pero no solo desde Región se volcaron denuestos contra aquellas mujeres. Carmen Suárez recoge varios otros en “Feministas en la transición asturiana (1975-1983): la Asociación Feminista de Asturias”. En aquel momento, solo desde La Voz de Asturias se hizo una crónica pulcramente descriptiva de la jornada, sin valoraciones ni negativas, ni positivas, lo que fue agradecido por las feministas. Ya el mismo 8 de marzo, La Nueva España había llevado a su primera página una pieza firmada por Eugenio de Rioja, titulada «Feministas. Las mujeres van a mandar más» y que advertía sobre la perspectiva de una tiranía femenina sobre los hombres. Sería contestada por Begoña Sánchez, de AFA. Dos días después, volvía a la carga el diario del Movimiento: dos artículos de opinión, «Un respeto» y «La cigüa y las mujeres» [sic]. El primero, que jugaba con la figura de un paisano pasmado por la visión de la manifestación, atribuía falsamente a las feministas haber coreado la consigna «¡fuera bragas!». En el segundo, firmado por Avello, se ponían en ridículo las demandas de la marcha y se incluía este comentario rijoso sobre algunas de las participantes: «Algunas anarquistas monísimas… que todo hay que decirlo. Con una anarquista así cualquiera».

Movilización por el aborto en 1980. Foto: Archivo Histórico Provincial

Todo el repertorio de vías de ataque habituales desplegó la prensa regional contra las feministas en aquellos días, como seguiría haciendo en años subsiguientes. El comentario rijoso y condescendiente, el insulto puro y duro… y también las maneras melifluas del sermón católico de toda la vida. El 15 de marzo de 1977, ofrecía un ejemplo de esto La Nueva España, con una «Carta a las feministas» escrita, supuestamente, por una madre católica de ocho hijos, contraria al divorcio y al aborto, y que advertía con paternalismo a las feministas de los peligros de «dejarse confundir». Cinco días antes, el 10, y también al hilo de la manifestación ovetense, en la última página de El Comercio de Gijón había aparecido una crónica con estos comentarios pretendidamente humorísticos: «[…] La verdad es que lo pasaron “bomba” como algunos hombres […] Se pasearon por las calles de la ciudad, portando una serie de pancartas, al mismo tiempo que repartían unos folletines en los que justificaban su injustificable postura. Y digo esto porque no estoy dispuesto a conceder toda esa serie de libertades a mi mujer, aun a riesgo de que se me tilde de fascista o de machismo acérrimo. ¡Pero solo me faltaba tener que hacerme yo los guisos!».

Pancarta de la Asociación Feminista de Asturias. Foto: AFA.

Todavía el 29 de marzo permanecía la estela de aquel 8-M fundacional. Fue el día en que se publicó en La Nueva España un artículo titulado «¿Feministas o masculinistas?», ejemplo de otra vía típica más de ataque a las feministas, entonces y ahora: la acusación de pretender igualarse en todo al varón. En aquel artículo que, con esa idea, pretendía razonar que aquellas mujeres no debían poder llamarse feministas, sino masculinistas, se desplegaba una digresión sobre la imposibilidad biológica, fisiológica, psicológica y hasta ecológica de la igualdad, se esgrimían razones que apelaban también a la costumbre y la tradición, se aseveraba que «el adulterio es […] más deteriorante para la pareja cuando la mujer es culpable» y se lanzaba un ejemplo de buena movilización femenina: la Sección Femenina, que «estuvo paciente, concienzudamente, preparando mujeres para este momento además de, sin alharacas, recoger el rico legado de nuestras tradiciones y de nuestro folklore».

La policía nacional interviene en una manifestación feminista de 1985. Foto: Archivo Histórico Provincial

No lograron sus objetivos aquellos vituperios: aquel 8-M fue el primero de muchos, y hoy, incluso los partidos conservadores —tal vez incluso algún columnista vivo de los que entonces vertieron aquellos y  otros insultos— asumen sobre el papel las reivindicaciones de aquel.

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