Recuerdos de una primavera en la que el arco iris desafió a la tormenta

Se cumplen veinte años de la invasión de Irak, en Italia florecieron millones de banderas ‘arcobaleno’; la mía ondeó sobre un olivar en un piso alquilado de via Alessandro Volta

Recomendados

Paco Álvarez
Paco Álvarez
Periodista, escritor y traductor lliterariu d'italianu. Ye autor de les noveles "Lluvia d'agostu" (Hoja de Lata, 2016) y "Los xardinos de la lluna" (Trabe, 2020), coles que ganó en dos ocasiones el Premiu Xosefa Xovellanos.

Me había tocado asiento en una de las filas delanteras y embarqué en el avión sin prestar mucha atención al resto del pasaje, así que no me cosqué del colorido hasta un rato después del despegue. Cuando el avión ya estaba sobrevolando el profundo azul del mar Tirreno entre Cerdeña y la península italiana eché la vista atrás y aquella policromía me abrumó: la cabina estaba llena de pañuelos y bufandas en los cuellos, banderines y banderas del arco iris sobre los respaldos de algunos asientos… Era un vuelo regular entre Alghero/L’Alguer y Roma, pero en ese momento me di cuenta de que la mayor parte de las pasajeras y pasajeros viajábamos a la capital italiana para lo mismo: participar en la manifestación contra la guerra derivada de la invasión de Irak, de la que este lunes se cumplen veinte años.

Una invasión que ordenó el republicano George Bush junior (tan facha como George Bush senior pero todavía más descerebrado que su papá) con el apoyo entusiasta del laborista Tony Blair y del pepero José María Aznar, jefes de Gobierno en Reino Unido y en España, respectivamente, que formaron con Bush hijo aquel criminal Trío de las Azores. Aznar, se supo después, fue el que más ardor puso para que cuajara aquella cita en el archipiélago portugués, donde dieron sus bendiciones a la invasión argumentando que el régimen iraquí tenía armas de destrucción masiva… unas armas que nunca aparecieron. Silvio Berlusconi fue el cuarto jinete del apocalipsis, aunque no se prestó a posar para aquella foto, quizás condicionado por un poético y ya anecdótico artículo de la Constitución Italiana que dice: L’Italia ripudia la guerra come strumento di offesa alla libertà degli altri popoli e come mezzo di risoluzione delle controversie internazionali.

Regreso con el relato a la cabina de aquel avión. Una fila más atrás de la mía iba una familia tradicional, de clase media, vestida con cierta elegancia. La hija pequeña del matrimonio debió de contagiarse de mi descaro cuando eché la vista atrás con asombro, porque ella también miró hacia el fondo del avión, picada por esa curiosidad espontánea de la infancia. “Mamá, todo está lleno de colores”, dijo la cría. “Sí, tesoro, así es la vida. Está hecha de muchos colores”, respondió la madre con una sencillez magistral. Cuando desembarcamos en el aeropuerto romano de Fiumicino esa misma mujer sacó de su bolso de marca una bandera con los siete colores del arco iris y la leyenda Pace, su pareja reaccionó con un gesto acobardado (como diciendo, “Todavía no, mujer, espera al menos a que salgamos de la terminal”), la cría alargó sus brazos con alegría hacia la bandera que sostenía su madre y yo pasé a su lado, sonriendo y soñando con que algún día pudiera tener la oportunidad y la capacidad de contar por escrito (ahora, veinte años después, lo hago) aquella pequeña escena y las grandes escenas que hubo tras ella, en aquel día inolvidable en Roma.

Manifestación contra la guerra en la región italiana de Abruzo.

Cerca de un millón y medio de personas salimos a las calles de la capital italiana en la que fue, con la de Londres, las más multitudinaria de las manifestaciones contra la guerra que se convocaron en ciudades de todo el mundo. La de Roma fue, además, la más colorista, y lo digo en sentido literal, porque aquel año hicimos que la primavera brotara prematuramente con el colorido de la bandiera arcobaleno, la bandera con los siete colores del arco iris que nació y se difundió en Italia como símbolo de rechazo a la guerra, y que sigue siendo un símbolo de rechazo a la guerra, a todas las guerras. Por precisar, no hay que confundirla con la bandera del movimiento LGTBI, formada por seis colores, que surgió en Estados Unidos.

En el tramo final de la manifestación pasamos por delante de un edificio okupado, de fachada desolada y oscurecida, con esa apariencia que tienen a veces las viviendas en las que ya no queda atisbo de vida humana ni de esperanza. Pero aquel edificio estaba lleno de vida, rebeldía y esperanza (la rebeldía y la esperanza son los colores más vistosos de la vida), y al paso de aquella inabarcable marea de manifestantes se asomó a dos de sus ventanas sin cristales un pequeño grupo de inmigrantes africanos y asiáticos, okupas del edificio, que en cosa de segundos tendieron de ventana a ventana una pancarta que decía Noi siamo contro la guerra (Estamos contra la guerra). A la hora de escribir este artículo, veinte años después, me ha costado recordar el lema de la pancarta, pero tengo bien presentes los rostros luminosos de aquellos inmigrantes de piel oscura y sus puños en alto flanqueando la pancarta al mismo tiempo que resistían frente a un desalojo inminente en aquella Italia gobernada por el cabrón sonriente de Berlusconi. Correspondió al gesto de aquellos okupas un aplauso atronador de la Italia plural, variopinta, dispar incluso, que aquel día unió todas sus causas y reunió todos sus acentos en la causa común de oponerse a la barbarie de la guerra: scouts, monjas con hábito, antiguos partisanos con sus viejos pañuelos rojos al cuello, alcaldes de pueblo con la banda tricolor cruzándoles el pecho, feministas, sindicalistas, comunistas, anarquistas, ecopacifistas, socialdemócratas, democristianos de izquierdas, cristianos de base… La Italia que nunca agachó la cabeza frente a la muerte, frente al silencio, frente al fascismo. La Italia inmensa que cabe en alguno o en todos los colores de la bandera del arco iris.

Banderas de la paz en balcones de Milán, en marzo de 2003.

El cortejo fue desembocando en la explanada frente a San Giovanni in Laterano. Un ruidoso helicóptero de los Carabinieri, que estaba vigilando la manifestación, sobrevoló sobre nuestras cabezas. La gente empezó a silbar, como quien quiere espantar a voces un mal presagio. Segundos después apareció una frágil avioneta volando, de un modo insólito, por encima del helicóptero policial y arrastrando en su cola una pancarta con la leyenda No alla guerra. Los silbidos se transformaron en griterío, aplausos, consignas, cánticos… La rebeldía reconquistaba el espacio aéreo en aquel pedazo de cielo de Roma. Acabó la manifestación pero allí seguimos varias horas muchas personas, festejando el encuentro y la vida.

Yo vagabundeé el resto de la noche por las calles de Roma, dormí un par de horas en un banco cercano a la estación ferroviaria de Termini. Mi economía ya estaba gripada a aquellas alturas del año sabático que había pedido en el periódico para irme a Italia, había fundido la mayor parte de mi presupuesto para aquella escapada entre Cerdeña y la península en los billetes aéreos de ida y vuelta y no me quedaba dinero para pillar alojamiento.

A la mañana siguiente, antes de coger un tren con destino a Nápoles, desayuné en un café un cappuccino y un cornetto (un cruasán), y deambulé unas horas más por las calles de Roma. Guardo en mi retina imágenes imborrables de aquella primavera multicolor: la plaza Campo de’Fiori con la estatua de color bronce de Giordano Bruno rodeada por las banderas arcobaleno que cubrían casi todos los balcones, las viviendas humildes de los Quartieri Spagnoli de Nápoles llenas de banderas del arco iris, y en algunas de ellas, donde vivía gente que quizás ni siquiera podía destinar diez euros a comprar una de aquellas banderas, había prendas de vestir formando en los tendales los siete colores del arco iris.

La bandera del arco iris sigue presente en casi todas las movilizaciones sociales en Italia.

La bandera arcobaleno invadió en aquellos tiempos convulsos todos los espacios de la vida pública italiana: balcones de viviendas y ayuntamientos, autobuses, colegios, institutos, taxis, platós de televisión, cines, teatros, oficinas postales, cabeceras de periódicos impresos… La exhibieron y la defendieron millones de italianas e italianos, asumiendo en algún caso sanciones o reprobaciones por ello. Hubo alcaldes, alcaldesas y presidentes regionales a los que amenazaron con la inhabilitación por colocar en edificios oficiales, al mismo nivel que la bandera italiana, un estandarte que no era oficial.

Volví a mi retiro sardo desde Nápoles con mi bandera arcobaleno en la mochila y la colgué, anudando unas cuerdas a los maceteros, en la terraza del piso que tenía alquilado en la cuarta planta de un edificio de via Alessandro Volta, en Alghero/L’Algher, con vistas a una carretera y a un olivar. Me sentía orgulloso de esa ‘baliza’ contra la guerra que coloqué en un lugar estratégico, a la entrada de aquella ciudad de unos 40.000 habitantes en la que no había brotado con mucho entusiasmo la primavera de arco iris. Aun así, por las tardes, cuando salía a leer a la terraza, de vez en cuando escuchaba el claxon repetititvo de algún coche (pi-pi-pi…), que era la señal de que la persona que iba al volante rendía honores no a la bandera, porque ninguna bandera lo merece, sino a la causa. Yo me asomaba y, con el rostro iluminado y turrado por el sol, saludaba puño en alto, con aquella alegría contagiosa de los inmigrantes okupas de la mani de Roma.

Pero a los pocos días me entraron dudas sobre la legitimidad de aquella acción. Yo era insumiso, no tenía duda alguna sobre mi derecho a rechazar públicamente el militarismo y a la guerra, pero era también un inquilino de paso en aquel piso, que había alquilado por un año. Así que fui a ver a mi casera para pedirle opinión. “Teresa, tengo una bandera arcobaleno en la terraza de tu piso, ¿te molesta?”, le pregunté. Teresa respondió, casi molesta por mi pregunta: “¿Por qué me iba a molestar? Estamos contra la guerra, ¿no?”. En ese momento me imaginé a Teresa, una mujer joven que estaba criando sola a su hija, explicándole a su guaja (que tenía unos años menos que la cría de la anécdota del avión) algo tan sencillo pero tan profundo como que la vida está hecha de muchos colores.

Mi bandera arcobaleno volvió de Cerdeña deshilachada, quemada, descolorida por el sol mediterráneo, pero la conservo, veinte años después. Forma parte de mi historia, me recuerda aquella primavera en la que el arco iris desafió a la tormenta de la guerra. Me recuerda también, por si alguna vez se me olvida, que la guerra justa es declararle la guerra a todas las putas guerras pasadas, presentes o futuras y, como dijo Julio Anguita, maldecir “a los canallas que las hacen”.

Actualidad

spot_img