¿Está funcionando el protocolo asturiano de acoso escolar?

Mi hija empezó a sufrir ataques de pánico con solo pensar que iba a quedar en casa mientras yo bajaba una bolsa de basura al contenedor.

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Noelia Ordieres
Noelia Ordieres
Es trabajadora social.

Leía un mensaje esta misma mañana que decía algo así como que todos nos conmocionábamos del suicidio tras un caso de acoso escolar, cuando de una u otra manera todas participamos en el acoso colectivo a través de redes sociales por unas cosas u otras. Es así. Es así y después creemos tener legitimidad para exigir a la sociedad una respuesta integral e integrada en los casos de acoso escolar que salen en nuestros centros educativos. 

Pero ¿qué es la sociedad? ¿un ente extraño a nosotras? La culpa siempre es del resto. De eso que está ahí fuera que tampoco sabemos muy bien quienes o que son, pero que tenemos claro que nosotras no. La mejor manera de expiar nuestros pecados es pensar y hacer pensar a las demás que nosotras no tenemos nada que ver con el problema en cuestión.

Adrián Barbón, en ese papel de buen gobernante, cariñoso, empático y carismático que tiene, animaba a los jóvenes a acudir a salud mental, que él personalmente había ido de joven. ¿La culpa de la falta de personal en salud mental en Asturies es culpa de la sociedad? Quien escribe es el presidente del Principau d´Asturies, el gestor de los recursos públicos y de su distribución. Es quien fija las prioridades de un mandato de 4 años ¿lo ha sido el refuerzo de plantillas de salud mental? ¿Lo ha sido dotar a los centros educativos de herramientas contra el acoso escolar? ¿Ha sido dotar a cada centro de personal del equipo orientador? No.

Hace dos cursos escolares, en nuestra casa, supimos de primera mano cuál era la realidad del acoso escolar. En nuestro caso con mucha suerte porque en el momento que de manera reiterada mi hija vino describiendo las situaciones vividas en el colegio inmediatamente exigí que se activara el protocolo de acoso que tiene nuestra Consejería.

Lo paradójico es que el informe que tenemos dictamina que, en el caso de mi hija, no sufrió acoso escolar.

Lo tipifican como “incidentes puntuales”. Perverso cuanto menos.

Según el baremo de los distintos ítems que determina el protocolo al que se ajustan los equipos docentes para establecer que es y que no es acoso, dice que si no continuado en el tiempo no es acoso. Pero, ¿cuánto tiempo? según esto como mi hija sufrió “agresiones puntuales” durante unos meses no era acoso. El sistema te obliga a ser una víctima durante ¿cuánto tiempo? ¿cuánto tiempo tienen que estar nuestras hijas siendo maltratadas para que un protocolo determine que sufre acoso?

Mi hija es una niña feliz y alegre, vital, como cualquier niña o como debería ser cualquier niña, como deberíamos estar obligadas a educar a nuestras niñas, en la alegría, la vitalidad, la felicidad de la infancia.

“Fue realmente duro, duro para ella y duro para mí, que estaba viendo como mi hija pedía ayuda a gritos y no tenía más que ofrecerle”

Pasó del entusiasmo a la tristeza. A llorar cada día para ir al colegio. A verbalizar que prefería morirse, que ella no quería vivir así, que nadie entendía lo que le pasaba y lo peor de todo, que nadie podía ayudarla. Me pedía que estuviera con ella para que entendiera lo que le pasaba.

Fue realmente duro, duro para ella y duro para mí, que estaba viendo como mi hija pedía ayuda a gritos y no tenía más que ofrecerle. En ese momento deseas tener el poder suficiente para para parar el mundo y meter a tu hija debajo de tu ala cual escudo indestructible y expulsar cualquier atisbo de daño.

Otro de esos ítems absolutamente perversos de ese protocolo es el de las consecuencias sociales y psicológicas.

Nos pasó exactamente igual que con el de los “incidentes puntuales”. No había manifestaciones sociales ni de relación con sus iguales en el colegio. Volvía, este protocolo, a obligar a mi hija a estar tan mal que no se relacionara con otras amigas para así determinar que el acoso era tal.

Mi hija empezó a sufrir ataques de pánico con solo pensar que iba a quedar en casa mientras yo bajaba una bolsa de basura al contenedor. A sufrir cólicos de barriga tan fuertes que la hacían llorar.

Recuerdo la inmediatez de la interconsulta a salud mental por parte de Marta, nuestra pediatra, algo que agradezco infinitamente. Porque nuestras profesionales de la sanidad pública son las mejores, siempre lo son, pero les faltan medios.

En el colegio tomaron algunas medidas, alejaban al otro niño de mi hija y estuvieron más vigilantes.

Tengo claro que la solución definitiva empezó cuando al curso siguiente ese niño no estaba en el colegio.

Desde ahí un trabajo de dos años en salud mental que a día de hoy continúa. La agenda de nuestra psicóloga no tiene huecos para una consulta antes de 6 u 8 semanas, así es bastante difícil realizar intervenciones eficaces contra cualquier problemática de salud mental. Cuidar la salud mental de nuestras hijas o de nosotras mismas, solo es posible si tienes recursos para pagar una consulta privada.

Mi hija sigue sin poder quedarse sola en casa, pero en la última reunión con su tutor me dijo que volvía a ser una niña feliz y vital, a pesar de que tenga algunas crisis que habrá que ir aprendiendo a gestionar. Estamos felices por ello.

No quiero hacer más referencia a su agresor que esta. Un niño no nace siendo agresor. Es una víctima más de todas esas cosas que no funcionan. Es una víctima de nosotras mismas, las personas adultas, de nuestra incapacidad en educar emocionalmente. Es una víctima de nuestra propia violencia, esa que refería al inicio de este artículo.

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