El ‘Manifiesto del Hambre’, mecha de la revolución

Este domingo las fiestas del Oviedo Antiguo recrean el ‘Manifiesto del Hambre’, el texto que abrió en Asturias la espita de la revolución de 1854.

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Arantza Margolles
Arantza Margolles
Es historiadora.

Primero, los datos fríos. Del mes de enero al 22 de junio de 1854, fecha en que se quiso publicar el Manifiesto del Hambre, murieron 59 personas en la parroquia ovetense de San Isidoro. De 17 de ellas se sabe a ciencia cierta -en tantas otras no se dejó constancia de estado alguno- que fueron pobres de solemnidad; que residían de caridad en alguna calle, o en el asilo de San Lázaro. Solo una, “Fernandón, el del Registro”, era de Oviedo o, al menos, llevaba allí los suficientes años como para haberse ganado un mote. El resto procedían de un ramillete de concejos. Gijón, Castropol, Las Regueras, Grau, Langreo, Cudillero. Meses más tarde, en otoño, llegó el cólera morbo, devastador, poblando las calles de cadáveres. A aquella otra pandemia del año de la Vicalvarada no se le dio un nombre oficial, prero lo tuvo oficioso. En los registros civiles se llama consunción o debilidad. Un eufemismo que José María Bernaldo de Quirós, Pepito Quirós, Marqués de Camposagrado,  tradujo al román paladino: morirse de hambre.

¡Más pan y menos consumos!

Faltaba pan. Entre todas las cosas. Al campesinado asturiano le acogotaron, primero, las malas cosechas. Un mal secular, pero especialmente incrementado en los años previos al Manifiesto. En 1852, recordaba el Marqués, la producción agrícola se había perdido por completo en el Occidente de Asturias; en el 53 solo se pudo recoger la cuarta parte de lo normal. Ese año, las persistentes lluvias estivales impidieron la sementera, y la única salida que vieron los próceres asturianos fue rezar[1]: así, en Oviedo, y alentado por los campesinos, el alcalde aprobó la salida en rogativa de la patrona Santa Eulalia. Poco más podían hacer, con unas competencias municipales constreñidas por el texto constitucional y la Ley de Ayuntamientos que regían desde 1845.

Sobraban consumos. También ese año, el del 45, segundo de la Década Moderada, presidiendo los designios de España Ramón María Narváez, el espadón de Loja y los de su Hacienda el asturiano Alejandro Mon, tuvo mucho que ver. La reforma fiscal de Mon imponía al pueblo español nuevos impuestos que gravaban, de forma directa, los bienes inmuebles, los cultivos y el comercio, e, indirectamente, el consumo  de especias. Poco cereal, en fin, y gravado: eran muchas las papeletas para que se desatase la insurrección. Y la hubo. En 1847, en Avilés, la carestía de trigo tomó cariz revolucionario. Hubo muertos. El gobierno, más afanado en las consecuencias de haber malcasado a una Isabel II adolescente, olvidó pronto. Y nueve años después el Estado, al tiempo en que centenares de pobres condicionaban su existencia al hallazgo fortuito de un mendrugo de pan reseco en las calles de Oviedo, volvió a pedir más dinero.  El 17 de julio, unas semanas después de que estallase la revolución, el fugaz presidente entrante del Consejo de Ministros, Fernando Fernández de Córdoba, abrió las arcas del tesoro nacional. Dentro había solo doce mil reales. En España, también en Asturias, las calles ardían.

Tres veces al año, carne

Sucedió que la quiebra de la Hacienda española en mayo de 1854 hizo que Luis José Sartorius, presidente a la sazón, exigiese al pueblo español el pago de un semestre anticipado de las contribuciones. Detrás de la decisión pesaban las sombras de las corruptelas de María Cristina, la reina madre, y sospechosas concesiones de explotación en torno al pujante germen industrial español; también en el ferrocarril, cuyas primeras vías en Asturias habían sido inauguradas por la Borbón un par de años atrás. No gustó. En Madrid, el manifiesto de Manzanares vino a secundar, en lo civil, la insurrección armada de los generales encabezados por el general Leopoldo O’Donnell. En Asturias, la mecha fue prendida por Pepito Quirós y su Manifiesto del Hambre, un incendiario texto que el Marqués de Camposagrado quiso publicar en las páginas de El Industrial, dirigido por Protasio González Solís, y en el que denunciaba la extrema necesidad por la que pasaba el pueblo asturiano.

Filandón en el monasterio de Ermo. Luis Álvarez Catalá (1872). Col. Muséu de Belles Artes d’Asturies.

Ya tiempo atrás lo denunciara, también, Higinio del Campo, al asegurar que los campesinos vivían “en casas pequeñas y aglomerados en los dormitorios, por lo común mal ventilados” y no comían carne más que en “tres ocasiones: por carnaval, cuando hay boda, y cuando están enfermos”. Las malas cosechas no hicieron sino agravar esa realidad, y, según decía ahora Bernaldo de Quirós, ni siquiera los esfuerzos de ayuntamientos ni de la Junta Superior de Caridad, que invirtieron más de 200.000 reales en la siembra de granos, pudieron solucionar un problema para el que el Gobierno se había comprometido en otorgar, solo en Asturias, 1.200.000 reales. Solo llegaron 90.000 y el hambre, evidentemente, no se palió. Sola en mitad de la tierra, Asturias, “tan leal, tan sumisa, cuna de la gloria e Independencia de España, de la religión y de la libertad”, y que, seguía recordando el Manifiesto, contribuía, además, “al sostén y seguridad del Estado con la sangre de 1.145 de sus hijos y con 2 millones al erario”, no solo se moría de hambre, sino que ahora, para mayor inri, tenía que vaciar los bolsillos para el Estado.

Prolegómenos para una revolución

Las escenas descritas en el Manuscrito del Hambre son desoladoras siempre. Patéticas, a veces. Llegaron los pobres a Oviedo, llevados por el hambre y el sueño de las oportunidades de la gran ciudad, en masa. Eran los meses finales de 1853. Pero allí tampoco quedaba pan, ni habitación, ni consuelo: “Recogidos por los dependientes de vigilancia civil, se les encierra en un inmundo patio contiguo á la cárcel Fortaleza, donde permanecen hacinados, expuestos a la intemperie y sin alimento alguno todo un día, el que tiene la desgracia de ser encerrado antes de haber llegado á una puerta amiga ó recibido limosna de una mano compasiva. Con asombro de los vecinos de aquel lugar se les ha visto disputarse los desperdicios arrojados de la cocina de la cárcel, moviendo la compasión de aquellos que apercibimos de su necesidad se apresuraron a llevarles algún socorro. Después de permanecer en tal estado, después de este inhumano tratamiento, digno antes de fieras que de hombres, se les despide al caer la noche por los mismos que los han recogido, conduciéndolos á las afueras de la ciudad en dirección á sus respectivos concejos”.

Grabado de J. Cuevas sobre la vida campesina asturiana.

Algunos, como aquellos 17, como mínimo, de la parroquia de San Isidoro, no vivieron para verlo. Pero sobrevivían suficientes almas como para plantar cara. El Marqués de Camposagrado firmó su escrito el 22 de junio y días más tarde los primeros ejemplares de El Industrial conteniendo sus denuncias fueron llevados al Gobierno Civil, gobernado en aquellos tiempos por Juan de los Santos, a quien todos conocían como El Ferre. La reacción de aquel organismo en el que, como denunciaría más tarde uno de los propios artífices del sistema, Alejandro Mon, gobernaban “cuatro o seis personas (…) amigos políticos particulares suyos [de la reina madre y del Ministro de Gobernación]”, fue inmediata, según contó Fermín Canella[2]: decomisar el periódico, impedir su reproducción y multar a González Solís con 24.000 reales (que pagó Bernaldo de Quirós). Enterado el pueblo, famélico pero aún justo, la algarada que siguió pidió, enfurecida, la cabeza de El Ferre, que tuvo que huir a Madrid implorando caridad a aquel con quien él no la había tenido: el Marqués de Camposagrado. La revolución acababa de comenzar.


[1] MORO, J.M. (2003). Las epidemias de cólera en Asturias. Universidad de Oviedo.

[2] CANELLA, F. (1915). Representación asturiana administrativa y política desde 1808 a 1915 en la Diputación Provincial de Oviedo, Congreso de los Diputados, Senado y otras instituciones. Imprenta de Flórez, Gusano y Cª.

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