La Malatería de San Lázaro, 800 años de servicio a los necesitados

Surgió como centro de reclusión para leprosos o ‘malatos’ en el lugar que por entonces, en el siglo XIII, se denominaba Cervielles.

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Arantza Margolles
Arantza Margolles
Es historiadora.

Puede que las historias se mezclen. Sucede con todas las hagiografías. En Jerusalén, Jesús fue recibido por un leproso: Simón. Durante el transcurso del encuentro, apareció María de Magdala, hermana de Lázaro, y Cristo, omnipotente, curó al primero; amó a la segunda y al tercero, tiempo más tarde, lo resucitó. Esa era la relación de los supuestos hechos en el siglo XIII, cuando Jacobo de la Vorágine plasmó todas aquellas historias en “La leyenda dorada”, el manual de santos que definió, a partir de entonces, la iconografía cristiana. Pero la fantasía es voluble. Quien ha pasado a la historia como el leproso más famoso de los cristianos no es Simón, sino Lázaro. Y de esa leyenda, y de la terrible enfermedad que produce el Mycobacterium leprae, nacieron nuestros lazaretos; los barrios y las parroquias advocadas a San Lázaro, que en Asturias son multitud. Pero también una historia de caridad y cuidados que ahora, más de dos mil años después de las andaduras del leproso Simón  y de su ‘colega’ Lázaro, podría estar a punto de desaparecer.

La Malatería de San Lázaro
La Malatería de San Lázaro | FOTO: Alisa Guerrero

Del más terrible ‘mal’, los ‘malatos’

Era la lepra una “enfermedad que pone el cutis muy áspero, y cubriéndolo de costras feas y asquerosas, en parte negras, y en parte blancas, vá royendo las carnes con mucho comezón”[1]. Eso puede ocurrir no solo por la Mycobacterium leprae, una bacteria que no sería descubierta hasta bien avanzado el siglo XIX. De tantas clases de lepra que se describieron, hasta hubo una asturiana: el mal de la rosa o pelagra, enfermedad “horrible y contumaz” según su descubridor, Gaspar Casal, y que se manifestaba con incómodas placas sobre la piel, aunque estas no fueran producto de ningún contagio, sino de la carencia de vitaminas propia de una sociedad pobre que desconocía las propiedades de nixtamalizar el maíz de la boroña. Fuera como fuera, lo cierto es que la lepra, o, mejor dicho, las lepras, avanzaron de la mano de los movimientos de población, y pronto requirieron de centros donde, más que curarlos, pudiera apartarse a los enfermos de la sociedad. En 1251, cuando De la Vorágine se afanaba ya en recopilar las vidas de todos los santos para su Leyenda Dorada, alguien mencionó, en el cartulario de San Vicente, a María Martín, “la malata de Cerviellas”. La primera leprosa de la que tengamos constancia documental del centro que dio nombre, en Oviedo, al barrio de San Lázaro.

Representación de un leproso o ‘malato’. En Schilling Gottfried (1778), De lepra commentationes

Aquella fue una leprosería particular. Lo primero, por su nombre, tan variable. De aquella primera denominación se pasaría a la de Entrecaminos, y a la más sencilla de San Lázaro después, por más que eso pudiera llevar a error con la otra malatería ovetense, San Lázaro de Paniceres. Lo segundo, por ser municipal y no eclesiástica, al menos desde 1526, según ratifica el reconocimiento médico de la ‘malata’ María González de Perera, quien “se avia corrompido por la conversacion que tubo con los leprosos”, y a la que ordenaron dar traslado a Paniceres. Aún antes, en 1494, las Ordenanzas de Hernando de Vega aseguraban ya que “la administración y gobierno [de la Malatería de San Lázaro] es de la ciudad”. El ayuntamiento tenía que nombrar al capellán para decir la misa a las y los malatos; proporcionarles una criada que ejecutase las operaciones que no podían hacer por prohibírseles acercarse a la ciudad y de controlar que allí fueran atendidos siempre “doce o más leprosos”, todos vecinos de Oviedo; todos, también, pobres de solemnidad, salvo alguna que otra excepción.

Una pandemia en remisión

Bien fuera porque el conocimiento sobre el origen no siempre contagioso de las lepras fuera ampliándose, bien porque los hábitos higiénicos mejorasen o bien porque, ahora, se tendiera a unificar todas las dolencias en un solo hospital, también las malaterías llegaron a su fin. La de Paniceres, homónima de aquella de Cervielles, estaba ya en ruina en 1782, cuando ingresó su último malato, Francisco González. Pronto, el culto de aquel segundo San Lázaro (Paniceres sí era sostenida por la Iglesia) pasó a darse en San Pedro de los Arcos. Treinta años antes, sobre 1750, Isidoro Gil de Jaz, regente de la Audiencia de Asturias, había comenzado a desmantelar el sistema, muchas veces dado a encubrir corruptelas, de las malaterías, centralizando todos sus recursos en el Hospicio general. Nació, así, el edificio que hoy alberga el hotel Reconquista, en la calle nombrada según el apellido del insigne regidor.

Cocina de la nueva Casa de Caridad. Región, 25 de agosto de 1929.

De modo que desaparecieron las leproserías y, al no ser ya visible el mal, este también pareció difuminarse, empequeñecer, sobremanera ante el siglo que vio nacer el monstruo del cólera. No fue así. En 1878, la lepra, que se creía extinta, volvió a aparecer. Retoñaba, según decía la Gaceta de Madrid del 8 de enero, “unas veces en Asturias, otras en Castellón”, haciéndose preciso establecer centros especiales para albergar a los leprosos allá donde ya no existieran hospitales de San Lázaro; confinar en ellos, gratuitamente, a los enfermos que fueran pobres de solemnidad o, en su defecto, aislarles “ya en las afueras de las poblaciones, en chozas o barracas, ya en casas independientes”. Se procurarían, además, carnes y legumbres en aquellas poblaciones donde los pobres comieran, por costumbre, solo pescado; se desecarían los pantanos y se controlaría el estado de corrupción de las carnes de cerdo en el mercado; se prohibiría que las madres leprosas criasen a sus bebés y las vacunas, que por entonces aún se obtenían, a veces, del raspado de las pústulas de los enfermos, no se tomarían en niños aquejados de este mal. Pero fue cosa breve. Las leproserías se arruinaban ya, abandonadas -la última en caer fue, hace un par de años, la de Vallobal (Piloña)- y víctimas de la ruina. Menos la de Cervielles.

La Malatería en 1929.

De leprosería a Casa de la Caridad

Porque la de San Lázaro fue la única que se supo mantener. Ya no existe, por supuesto, el edificio original, a pesar de que Arribas y Soria daban cuenta, en 1792, de que había sido reconstruido poco tiempo atrás, por orden del regente Carlos de Simón Pontero[2]. Medio siglo después sus dependencias se transformaron en la Casa de Caridad de San Lázaro, que llegó a ingresar a 178 personas solo en el mes de enero de 1863 y que no dejaría nunca de estar en contacto con la realidad social. Ese mismo año, por ejemplo, el BOPO[3] anunció que varios administradores de la Casa (Joaquín Palacios, el director; Demetrio Acevillo, capellán; José María Palacio, contador; y el conserje, Emilio Fernández) habían contribuido con 88 pesetas para “aliviar las desgracias causadas en la ciudad de Manila por consecuencia de un terremoto”. Tan ingente era la labor de la Casa de Caridad que en 1927 hubo de plantearse reconstruir el edificio, sobre lo que habían sido los cimientos de aquella antigua leprosería y con el capital aportado, tiempo atrás, por Víctor Julio Cano y Mata Vigil, su principal benefactor.

Ingresos en la Casa de Caridad de San Lázaro. BOPO, 29 de agosto de 1863.

No fueron unas obras exentas de disgustos. Cuenta el diario Región que a finales de 1927, al derrumbarse una pared maestra de la nueva Casa de Caridad, resultaron heridos dos obreros[4], pasando a supervisar las obras el capataz de obras provinciales; la inauguración del edificio, prevista en un inicio para febrero de 1929, no llegó hasta septiembre.

Actos de inauguración e 1929.
Actos de iauguración de la nueva Casa de Caridad. Región, 3 de septiembre de 1929.

Aquella nueva Casa de Caridad, inaugurada con la presencia de todas las fuerzas vivas de la ciudad (desde el Obispo hasta el director de la Fábrica de Armas de la Vega, pasando por los gobernadores civil y militar y Rafael Sarandeses en representación del Ayuntamiento), venía a sustituir, según dijo la prensa[5], “a la antigua Malatería, cuyas condiciones eran ya por demás deficientísimas”. Pero el nombre, ya popular, se quedó.

Desde entonces hasta hoy

Fue, casi, una revolución. El nuevo edificio, llamado a partir de entonces Albergue Cano Mata, contaba con más comodidades que la inmensa mayoría de viviendas de su época. Calefacción y lavadero mecánico, por ejemplo. Pero todo se acaba. En 1966, cuando Tolivar Faes elaboró su concienzudo trabajo sobre las leproserías asturianas[6] habló también de la Malatería. Flaqueaba ya, a menos de 40 años del remozamiento, su función como albergue para los más necesitados. “Es de desear que acabe siendo un excelente ‘Hospital Geriátrico de San Lázaro’”, dijo Tolivar, y así sería desde 1982 hasta su cierre, en 2010. Y hasta hoy. Cuenta de la Vorágine que San Lázaro de Betania, presunto leproso, llegó a Marsella desde Jerusalén tras vagar sin rumbo, durante meses, en un buque a la deriva en alta mar. Tras 13 años de abandono, tal parece que así estuviera el viejo centro, último  testigo de un tiempo esencial para saber de dónde venimos y hacia dónde queremos ir.


[1] Armesto y Goyanes, J. (1789). Diccionario histórico cronológico, geográfico y universal de la santa Biblia.

[2] Arribas y Soria, J. y Velasco, J. (1792) Encyclopedia metódica. Geografía moderna: “Los Hospitales son tres, San Juan, incorporado con Santiago, que sirve también para alvergueria de romeros; los Remedios para curación de bubas y San Lázaro, reedificado por el actual Regente, don Carlos de Simón Pontero, para leprosos”.

[3] Boletín Oficial de la Provincia de Oviedo, 14 de septiembre de 1863.

[4] Región, 11 de enero de 1928

[5] Región, 3 de septiembre de 1929

[6] Tolivar Faes, J. (1966, reed. 2009). Hospitales de leprosos en Asturias durante las edades media y moderna.

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