Los conciertos de Tigre y Diamante suelen ser muy intensos, auténticos fogonazos de una hora de duración que dejan a sus miembros extenuados y al público con ganas de más. Sarcásticos, adictivos, nihilistas, viven ajenos a todo sin dejar de estar completamente integrados, volcados en un sonido vibrante, urgente y destructivo que los ha hecho, paradójicamente, crecer entre el grunge, el indie y el post-punk. Ruido para hablar de sexo. Ruido para hablar de drogas. Ruido para hablar de nosotros, de nuestra mierda. El ruido es un magnífico material sonoro que, con el tiempo, se ha ido matizando en canciones sustanciosas, rápidas, cada día más melódicas, merced al trabajo de Sete (guitarra), Alejandro (bajo) e Iker (teclados). Los temas de Coke y Jon, Tigre y Diamante, entran como un tiro detrás de otro, provocando una estimulante y poderosa reacción musical en los sentidos. El placer tiene porvenir.
Oviedo era una sauna. La Plaza Porlier era otra. Humedad y calor en la ciudad dormida para un miércoles de verano, anodino, vacío y mineral, que guarda su refugio en Enclave Pop. Las canciones de Tigre y Diamante son un buen catalizador para transformar esa sensación de tedio, pausa y piedra gótica, en un día perfecto para el hedonismo y la ira, activando bombas sentimentales de futuro por cuyas estragos asoman los fantasmas. Abrieron el concierto con uno de sus últimos sencillos, No podemos ser amigos, canción para un verano en el que han pasado cosas que sólo invitan a tirarse al barro. De seguido entraron con Amor y Trigo, tan dulce como áspera y, a su modo, otro tema veraniego que crece en cada escucha con más fuerza, entre cañaverales y guitarras afiladas.

El sexo o la destrucción, el amor o la desesperanza. El tiempo arrebatado y una juventud en constante declive que se va deshilando cada noche un gramo más. La memoria se descompone en canciones hasta quedar desencajada. Es un puzle al que le faltan piezas. A la vida le sobran días. La mirada lúcida espera al despuntar el alba. Coke y Jon son dos etarras. Todo suena a confesión sin arrepentimiento, a atentado en la delegación de Hacienda, en un concierto conciso, potente y breve. “He notado que me siento mal, me he soñado suicidar” dice el estribillo de Los Corredores de la india, el último single de la banda que sonó.
Las canciones de Jon tienen algo de manifiesto grunge que no renuncia a la rabia. Canciones perfectas para joderte la fiesta. Cuando alguien se hiere así mismo, en realidad está hiriendo a los demás. Sobre todo eso se compadece Mi problema y yo, sin victimismos, sin moralinas, uno de los últimos temas de la banda, un temazo que sonó en Oviedo y sigue sonando después de haber sonado, tan duro como ingrávido y pop, tan confesional como impulsivo, tan cabrón como destructivo.

A Tigre y Diamante le quedan muchas canciones que tocar y componer. De alguna manera, tejen la trama de la cultura subterránea de Gijón, con el cuartel situado en el Pez Lata (Carlota). A partir de octubre, publicarán su tercer álbum y ya giran con Juan Santaner, el manager que, en otra década, movió las carreras de Australian Blonde, Nacho Vegas, León Benavente o La Costa Brava. Hoy el madrileño está detrás de los conciertos de Pablo Und Destruktion y Doctor Explosión. Con la incorporación de Tigre y Diamante, se reconoce el olfato a un zahorí que huele el talento a distancia. El futuro está en las canciones y en el último golpe de baqueta. El placer tiene porvenir.



























