Mariano Rajoy “padre”: juez de homosexuales, vagos y maleantes

El progenitor del expresidente se ocupó a partir de 1960 del Tribunal Especial de Vagos y Maleantes de León, con jurisdicción para Asturias y Galicia.

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Miguel Fernández Turuelo
Miguel Fernández Turuelohttp://Teruelo
Es periodista e investigador en la historia del movimiento LGTBI.

“A mí la persona que más me ha influido en la vida ha sido mi padre”, sentenciaba Mariano Rajoy Brey en su precoz autobiografía política de 2011. El expresidente del Gobierno de España hablaba aquí de Mariano Rajoy Sobredo, que también se licenció en derecho en la Universidad de Santiago de Compostela, pero dedicó su vida a la judicatura y prefirió no meterse en política. Si es que la judicatura puede considerarse un desempeño apolítico. De hecho, afirmaría en 2009 en La Opinión A Coruña que su primogénito y él no hablaban de política “jamás, (…) ni le apetece a él ni me apetece a mí”.

Rajoy Sobredo comenzó en 1943 su andadura como juez de primera instancia en tribunales locales para ascender a magistrado en Oviedo en 1958 y continuar su carrera en León a partir de 1960, donde titular del Tribunal Especial de Vagos y Maleantes. En su etapa a la cabeza de esta institución represora de la “pobreza desviada”, que comenzó en 1966 -cuando se inauguró-, el magistrado dictó innumerables sentencias condenando, entre otros, a ladrones de poca monta, prostitutas, homosexuales y a personas “sin oficio” y “sin domicilio fijo”. Algunas de sus decisiones al frente de la institución dan buena muestra de la arbitrariedad de la justicia franquista, que siempre se cebó con el estrato más pobre de la clase obrera.

En este sentido, cabe destacar los expedientes de dos adolescentes de 17 años José Manuel y José Emilio, ambos incoados en 1966. Ninguno de los dos contaba con “medios lícitos de vida”, lo que contribuyó a que fueran declarados peligrosos sociales y, por ende, condenados a cumplir medidas de seguridad: se les internó en establecimientos de trabajo y posteriormente se les impuso el exilio de las localidades donde se les había detenido para después someterlos a vigilancia. Ambos chavales escribieron un escrito de súplica a Rajoy Sobredo para que les dejara vivir en sus ciudades esgrimiendo ambos que no tenían recursos para mantenerse en el destierro. El magistrado-juez denegaría la petición del primero por “no ser posible legalmente”, mientras que a José Emilio le conmutaría el exilio por el mismo tiempo de libertad vigilada en su Coruña natal.

La Ley de Peligrosidad Social en el ABC.

Esta arbitrariedad en las sentencias es una constante en los expedientes de vagos y de peligrosidad producidos por la justicia franquista. Otro ejemplo es el de Román y Manuel, que en 1968 serían detenidos juntos en Zamora y acusados de delincuencia contra la propiedad y homosexualismo. Ambos contaban 17 primaveras; no poseían plena capacidad de obrar para el Estado franquista. El primero sería declarado en estado de peligrosidad social por “espadista” y “topero” -modalidades del robo-, mientras que el segundo sería absuelto por sólo tener 17 años “sin que, por otra parte, conste que sea homosexual”.

Manifestación contra la Ley de Peligrosidad Social

El periodista Arturo Arnalte habla en Redada de violetas de la “falta de criterio” del régimen a la hora de declarar o no peligrosos sociales a los expedientados. Por su parte, el historiador Víctor M. Ramírez Pérez señala en Las locas en el archivo lo difuso de los criterios en las declaraciones de peligrosidad. No podemos obviar que esta era una condición predelictual, subjetiva y contextual; así lo señalaría el que fuera alcalde de Zamora y procurador en Cortes Venancio Hernández Claumarchirant, que realizó una enmienda a la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social explicitando lo distinto de la peligrosidad en grandes urbes, como la viciosa Madrid, y en recogidas ciudades de provincia, como la puritana Zamora.

La familia Rajoy.

Las dedicaciones de M. Rajoy padre en el aparato judicial franquista no se circunscribieron únicamente a la represión del vaporoso supuesto de peligrosidad social. En 1969 fue nombrado presidente de la Audiencia Provincial de Pontevedra, y como tal tomó en 1974 la última decisión sobre lo que la opinión pública conocería como “Caso Reace” o “Caso del aceite de Redondela”. Entre 1966 y 1972 tuvo lugar en Galicia una monumental estafa en la que se verían implicados una buena sarta de cargos franquistas y allegados del régimen. Y atención: en este turbio amasijo de relaciones corruptas también estaría implicado Nicolás Franco Bahamonde, hermanísimo del generalísimo.

En lo que duró el proceso judicial, varios de los implicados -incluidos el contable, que tiró de la manta, su mujer y su hija- fallecieron en extrañas circunstancias. Además, los más de 4 millones de litros de aceite utilizados para defraudar a la Comisaría de Abastecimiento y Transportes (CAT) -y con ella al Estado- se dieron por extraviados y los 5.000 folios de sumario depositados en la Audiencia Provincial de Pontevedra también desaparecieron en combate. El motivo esgrimido por la institución fue que habían reformado el edificio donde se ubicaba la Audiencia… y Rajoy Sobredo pareció comprar el argumento. El juez cerró el caso en cuatro días sin investigar ni las muertes –el historiador Agustín Guillamón habla de “Divina Providencia”-, ni el paradero del aceite objeto de contrabando, ni la desaparición de un sumario de más de 5.000 páginas fruto de dos años de investigación al más alto nivel.

Guillamón saca a colación que los cuatro vástagos del magistrado aprobaron a la primera unas de las oposiciones más duras del cuerpo funcionarial del Estado: tres de ellos serían registradores de la propiedad y el cuarto notario. Además, Mariano Rajoy hijo se convirtió en el registrador de la propiedad más precoz, mientras su hermano pequeño alcanzó el segundo puesto en precocidad; ambos estudiarían las pruebas mientras cursaban el último curso de la carrera. Es posible que el clan Rajoy Brey fuera tocado por algún que otro ser divino, que la arbitrariedad tuviera un papel en las decisiones de sus tribunales o que, como apuntaba Mariano hijo en el Faro de Vigo en 1983, fuera su “buena estirpe” la que impulsara a los cuatro hermanos a superar “a los demás” -según él, algo “confirmado por la ciencia”-. Pseudociencias aparte, sus estadísticas juegan fuera de lo humano.

Mariano Rajoy Sobredo fallecería en noviembre de 2018 a los 97 años de edad, después de haber vivido una temporada en el Palacio de la Moncloa gracias a un primogénito al que ordenó no meterse en política -M. Rajoy hijo asegura que fue la segunda vez en su vida que desobedeció a su padre-. La banalidad del mal puede pasar por un “no se metan en política” -que puede convertirse en el exabrupto más político enunciable- o por engranajes que gritan democracia y conspiran con las dictaduras; toda ficha es necesaria en la ruleta del poder y los premiados, qué casualidad, suelen ser los clanes de “buena estirpe”.

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