“Que tanta gente quiera una dieta basada en carne, pescado, huevos o lácteos es una catástrofe”

La escritora y filósofa Marta Tafalla visitó Llanes para hablar de decrecimiento, veganismo y "rewilding".

Recomendados

Ismael Juárez Pérez
Ismael Juárez Pérez
Graduado en Periodismo. Ha escrito en La Voz de Avilés, Atlántica XXII, El Norte de Castilla y El Salto. Fue coeditor y redactor en la revista de cortometrajes Cortosfera.

El pasado fin de semana se celebró en Porrúa el VIII Congreso de Pensamiento Filosófico Contemporáneo. Este año se abordó la ruralidad desde distintos ámbitos del pensamiento que fueron desde la antropología, la etnografía, la historia o la filosofía. NORTES conversó con Marta Tafalla (Barcelona, 1972) cuya conferencia el pasado domingo llevaba por título “Reconciliarnos con las demás especies: decrecimiento, veganismo y rewilding.” Doctora en filosofía y profesora de la Universitat Autònoma de Barcelona, Tafalla es autora de los libros “Ecoanimal: una estética plurisensorial, ecologista y animalista” (2019) y “Filosofía ante la crisis ecológica” (2022). Divulgadora también en redes sociales, algunas de las cuestiones abordadas en sus obras las abordó el pasado fin de semana en Porrúa.

¿El ser humano desprecia la vida salvaje?

Creo que en esta cultura, sí. No creo que todos los seres humanos en todas las culturas desprecian la vida salvaje. Nuestros antepasados, por ejemplo, eran cazadores recolectores, antes de inventar la agricultura y la ganadería, y convivían con la vida salvaje. Lo que sabemos de esas culturas es que no la despreciaban en absoluto, sino todo lo contrario, para ellos la vida salvaje suponía el resto de seres con los que compartían el medio. En nuestra cultura actual sí que hay un desprecio por eso que nuestros antepasados respetaban. Para nosotros el malo, por ejemplo, es el lobo. El malo de los cuentos es el lobo porque es un animal salvaje. También llamamos malas hierbas a las plantas propias del lugar y que no son productivas. Hemos convertido en la imagen del mal aquello que es salvaje, es decir, aquello que no está domesticado, que no está sometido, que no está dominado. Y tenemos esta fantasía, porque al final es una fantasía, de que el ser humano no es un animal como los otros. Nos hemos inventado que nos han creado unos dioses, algo que varía según la religión, y que en el caso cristiano nos dice que Dios nos ha dado un alma inmortal. Nosotros somos inmortales, el resto de seres vivos no lo son. Tenemos esta fantasía de que somos más inteligentes, más racionales y todo el tiempo pensamos que estamos por encima y, además, pensamos que tenemos que dominar a las demás especies. Les decimos lo que tienen que hacer porque ellas no lo saben y eso es ridículo porque cada especie sabe lo que tiene que hacer.

“El rewilding, de alguna manera, parte de confiar que la vida salvaje ya sabe lo que tiene que hacer.”

¿Qué es el rewilding?

El rewiliding es una estrategia para intentar frenar la extinción masiva. Hemos puesto en marcha una extinción masiva de especies y el rewilding es un intento para frenar esta catástrofe. Además, sirve también para intentar mitigar el calentamiento global y para evitar la degradación de los ecosistemas. Se trata de intentar recuperar esa vida salvaje que estamos perdiendo. El rewilding, de alguna manera, parte de confiar que la vida salvaje ya sabe lo que tiene que hacer, que los ecosistemas ya saben lo que tienen que hacer y que, por tanto, las prácticas de conservación han de dejar más libertad al mundo natural. No debemos ser nosotros los que dominemos y controlemos y gestionamos de manera muy férrea el mundo natural, sino que hay que dejar más libertad a la vida salvaje para que se gestione ella sola. Naturalmente, para hacer esto hay unos protocolos basados en el conocimiento científico. Para ello básicamente se necesitan territorios muy, muy extensos de un mínimo de veinte mil hectáreas. En estos territorios se disminuye la gestión humana para que los ecosistemas se gestionen solos. Insisto, no es simplemente abandonar la tierra, hay unos protocolos basados en la ciencia de cómo llevarlo a cabo y que es todo un proceso.

¿El rewilding es compatible con el marco capitalista actual?

En muchos aspectos las ideas de fondo del rewilding son anticapitalistas y anti antropocéntricas porque lo que hace es valorar la naturaleza libre y salvaje y no la naturaleza dominada, gestionada y convertida en mercancía. Es decir, las intuiciones de base del rewilding van en contra de mercantilizar la naturaleza y en contra del capitalismo. Lo que pasa es que el capitalismo de momento está aquí y en él estamos atrapados. No obstante, hay gente trabajando con proyectos de rewilding en diferentes lugares del planeta, que quizás no son tan ambiciosos como querríamos, pero que están intentando hacer lo que pueden con este marco en el que estamos.

Foto: David Aguilar Sánchez

Hay voces del mundo académico y científico que hablan de la necesidad de decrecer.

El decrecimiento y el rewilding van juntos. La idea es que nosotros, los humanos, sobre todo en los países ricos, tendríamos que decrecer. No hay que decrecer en todo, hay que decrecer en aquellas actividades que son dañinas. Pero nosotros tenemos que decrecer porque hay alguna otra cosa que tiene que crecer y esto que tiene que crecer es la vida salvaje, las demás especies. Debemos frenar la extinción masiva. Tiene que haber una reducción de aquellas actividades humanas que son más contaminantes, que son más destructivas y al mismo tiempo hemos de conseguir que todas estas especies que están en declive consigan recuperar población y territorio y puedan realizar sus funciones ecológicas. Claro, todo esto va contra la lógica del capitalismo porque esto significa renunciar a ganancias económicas, renunciar a hacer determinados negocios con el objetivo de intentar que la biosfera se recupere. Por lo tanto, estamos atrapados en ese problema, en ese marco capitalista en el que nos encontramos, pero yo creo que algunas cosas sí se pueden hacer. Hay que empujar en esa dirección y hay que explicarlo. Hay que darse cuenta colectivamente de que lo que sostiene la vida son los ecosistemas y son las especies, no es el dinero. El dinero permite que la gente haga negocio, pero no puede fabricar oxígeno ni puede fabricar agua para el planeta.

Tanto una persona que desconfiara de sus palabras como otra que estuviera de acuerdo con usted podrían hacerse la siguiente pregunta: ¿se trata de volver al pasado?

Es una pregunta difícil. Creo que algunas cosas sí las podemos aprender del pasado. No me parece descabellada la idea de mirar cómo vivían nuestros antepasados, cuando eran cazadores-recolectores, con ganas de aprender de cómo vivían y se relacionaban con el medio natural antes de inventar la agricultura y la ganadería. También es cierto que no podemos vivir como se vivía en el pasado por algunas razones. Una de ellas es que ahora la población es mucho mayor. Nosotros ahora somos ocho mil millones de personas. La población ha aumentado muy rápido en poco tiempo. En 1960 no llegábamos a tres mil millones de personas. La población ha subido más en seis décadas que en trescientos mil años. Hay cosas que no las podemos copiar porque somos muchos más. Hay cosas que si las hacen un millón de personas tienen un impacto muy pequeño, pero que si las hacen miles de millones, tienen un impacto brutal. Es decir, hay cosas que simplemente no se pueden hacer igual, ni siquiera podemos copiar lo que había en los años sesenta. También hay que tener presente que los ecosistemas ya están muy degradados, por tanto, hay cosas que tampoco las podemos copiar simplemente porque los océanos están muy afectados por la pesca y los ecosistemas, en general, están muy dañados por efecto de la caza y la ganadería. La situación ya no es la misma. Otra cosa es que nos pueda inspirar el pasado en cuanto a ideas y valores, pero es verdad que ahora la situación realmente es muy, muy distinta de cualquier cosa que ha habido en el pasado. En realidad, estamos en una situación única. Nunca hemos tenido tanta población humana y nunca los ecosistemas han estado tan degradados. Por tanto, de alguna manera tenemos que inventar algo nuevo para resolver esta situación.

“Cuando tienes a ocho mil millones de personas y una parte muy importante de esa población consume carne y pescado regularmente, y además tiene la idea de que ascender socialmente quiere decir comer más alimentos de origen animal, es una catástrofe.”

¿Habría que reducir el consumo de carne?

Sí, yo creo que es un tema clave. Es lo que nos está diciendo la ciencia. Comer animales a través de la ganadería, de la caza, de la pesca, de la piscicultura es la causa principal de destrucción del hábitat natural; es la causa principal de la deforestación; es la causa principal de la extinción de animales vertebrados; y es también la causa principal de daños a los océanos. Es decir, en realidad, el gran motor que está impulsando la extinción de especies es el consumo de animales y esto tiene que ver otra vez con que nosotros tenemos una población muy grande. Cuando éramos un millón de personas y cazábamos, comer carne no tenía tanto impacto. Cuando tienes a ocho mil millones de personas y una parte muy importante de esa población consume carne y pescado regularmente, y además tiene la idea de que ascender socialmente quiere decir comer más alimentos de origen animal, es una catástrofe. En los ecosistemas los animales carnívoros siempre tienen poblaciones muy pequeñas. Los animales herbívoros tienen poblaciones muy grandes, pero en cambio los carnívoros siempre son muy poquitos. Y eso es porque para un ecosistema mantener un animal carnívoro es muchísimo más costoso que mantener a un animal herbívoro. Entonces, claro, el hecho de que nosotros seamos tantos y la gente quiera una dieta basada en carne, pescado, huevos o lácteos es una catástrofe.

Entonces, ¿la idea del veganismo, más allá de la empatía que pueda sentirse por determinadas especies que se sacrifican para consumo humano, es una cuestión de sostenibilidad?

Sí. Es cierto que mucha gente llega al veganismo por empatía hacia los animales, por cómo son criados, maltratados y matados. En realidad, este tema del veganismo es muy antiguo. La cuestión de si es moralmente correcto o no comer animales ya se discutía en la Grecia clásica y entre los budistas y los hinduistas y los jainistas. Ahora tenemos un problema añadido que es el impacto ecológico y eso tiene que ver con lo que hemos dicho, con haber ido sumando impactos, con que somos muchos, con que los ecosistemas están ya muy degradados y seguimos añadiendo capas de impacto. Que una población humana tan grande consuma regularmente estos alimentos es tremendamente destructivo y yo creo que aquí ha de haber un cambio radical de dieta. Eso no quiere decir que los cuatro cazadores recolectores que todavía quedan en Siberia tengan que cambiar de dieta porque el problema no son ellos. El problema somos la la mayoría, sobre todo en los países ricos.

Foto: David Aguilar Sánchez

¿De qué forma la filosofía ecofeminista resuelve las contradicciones del marco de mercantilización y explotación actual?

Creo que la filosofía ecofeminista se construye sobre una intuición que a mí me parece muy iluminadora. Sí tú quieres construir una sociedad humana que funcione necesitas dos pilares, dos tipos de trabajo. Uno de esos trabajos es el que realizan los ecosistemas, las demás especies, por ejemplo, el trabajo que hacen las lombrices o el trabajo de los insectos que polinizan las plantas que hacen la fotosíntesis o los hongos que ayudan a las plantas. Todo esto es absolutamente imprescindible para poder construir una sociedad humana. El otro tipo de trabajo que es imprescindible es lo que llamamos los trabajos de los cuidados, que es lo que tradicionalmente habían hecho sobre todo las mujeres, lo que se les imponía como tarea a las mujeres. Cuidar a los niños, cuidar a los enfermos, limpiar los espacios, cocinar, etc. Y lo que me parece muy interesante de las ecofeministas es que te hacen ver que esos dos tipos de trabajo, en realidad, son el mismo trabajo porque los dos sirven para sostener la vida, es decir, lo que hacen las plantas cuando hacen la fotosíntesis es sostener la vida y eso es lo mismo que cuidar a los enfermos o limpiar un hospital. La gente que limpia el hospital está sosteniendo la vida de la misma manera en que las lombrices trabajan en la materia orgánica o las plantas hacen la fotosíntesis. Ese paralelismo a mí me parece muy iluminador. Nuestra sociedad trata muy mal a todos los seres que están sosteniendo la vida. Estamos extinguiendo todas estas especies que hacen funciones ecológicas, despreciamos a los animales, despreciamos las plantas salvajes, pero también tratamos muy mal a la gente que hace las tareas muy básicas de nuestra sociedad, es decir, a la gente que limpia un hospital o que limpia una escuela. Tienen los peores sueldos cuando en realidad están haciendo tareas que son fundamentales para que la vida pueda seguir.

“La crisis ecológica y la crisis social son el mismo problema. No sabemos convivir entre nosotros.”

¿Lo que está diciendo es que en realidad la crisis ecológica es un problema de convivencia entre los seres humanos y de estos con el planeta?

Sí. La crisis ecológica y la crisis social son el mismo problema. No sabemos convivir entre nosotros. Eso es obvio con la cantidad de guerras que tenemos y con el hecho de que la industria militar mueve muchísimo dinero. Sin tantas armas no sabemos convivir. Eso realmente es tener un problema grave de convivencia. Pero se ve en más cosas. En los sueldos bajos que se le paga a gente que hace funciones muy importantes; se ven en la manera en cómo maltratamos a los inmigrantes, por ejemplo, a la gente que huye de las guerras y quieren venir a un lugar seguro. Es la misma forma en que tratamos mal a las demás especies. Mire el odio al lobo al que se acusa de todos los males; o al oso, en el Pirineo catalán, que también se le ve como una amenaza. Por no hablar de los campeonatos de caza de zorros en Galicia. Todo este odio hacia los animales salvajes, en el que el ser humano demuestra no saber compartir el territorio, en el fondo es lo mismo que cuando llegan inmigrantes que huyen de la guerra y no queremos acogerlos. Es todo un problema de no saber convivir.

Foto: David Aguilar Sánchez

¿Caminamos hacia la autoextinción?

Admito que soy pesimista. El calentamiento global se está acelerando muchísimo. Va a haber situaciones en las que la gente no podrá estar en la calle, no podrá soportar el calor o no podrá realizar ciertos trabajos. La situación se está agravando de forma muy rápida. A ver qué pasa con la agricultura si la temperatura sigue subiendo tan rápido. A las plantas no les dará tiempo a adaptarse. Llevamos mucho tiempo acumulando problemas y ahora el calentamiento acelera el declive de muchos ecosistemas. Los medios de comunicación, con excepciones, tampoco es que informen demasiado sobre estas cuestiones. Una parte importante de la sociedad no está entendiendo todavía lo grave que es esto, ni lo urgente que se necesita tomar medidas. Así que, personalmente, tengo miedo de que la situación se nos vaya definitivamente de las manos y nos encontremos en un escenario en el que ya no sea posible frenar estas cosas. Creo que es necesario que la sociedad presione a los gobiernos para que actúen, para que tomen esto como una prioridad absoluta. Si no, no será nada exagerado decir que corremos hacia la autoextinción.

Actualidad