Barbón al volante

Como a Pedro Sánchez, el presidente asturiano depende de que a su izquierda el suelo se mantenga firme.

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Xuan Cándano
Xuan Cándano
San Esteban de Bocamar (1959). Periodista. Redactor en RTVE-Asturias. Fundador y exdirector de Atlántica XXII. Es autor de "No hay país".

¿Iban por Adrián Barbón, que estaba a su lado, las críticas de Felipe González en Avilés a los políticos que gobiernan a golpe de tuit? Tal parece, aunque nunca lo sabremos. Barbón recibe críticas por su presencia continua en las redes, y no solo de la oposición, pero es dudoso que el expresidente socialista dedique algo de su tiempo a ocuparse de lo que pasa por Asturias. El sevillano está en asuntos más elevados. Cuando intenté contactar con él mientras preparaba el libro “No hay país”, sobre Asturias desde la muerte de Franco, no fui capaz ni de que contestara a un correo electrónico.

Criticar a Barbón por su presencia en X (antes Twiter) es lícito, pero él mismo desmontó la acusación ante Felipe González aludiendo a que se trata de un medio de comunicación de masas, que las redes son vehículo de expresión de mentiras, ideas reaccionarias y fanatismos que hay que combatir en sus mismos vehículos de expresión y que los políticos no pueden ausentarse de los espacios públicos que frecuentan los jóvenes.

Y si la crítica es por banalizar y frivolizar la vida pública, también es caer justamente en ello analizar la figura política de Barbón por su afición a las redes y no por su gestión pública. Y ahí puede que haya más munición política para apuntar hacia su gobierno.

Barbón salió bien librado de su primer mandato. Llegó a la presidencia representando un cambio político y generacional en la FSA, enterrando al villismo y a su versión 2.0, Javier Fernández y sus seguidores. Su política firme y coherente durante la pandemia, con la defensa de la sanidad y los servicios públicos como bandera, le hizo popular al principio, aunque su reconocimiento público fue difuminándose. Acertó con un consejero joven y prometedor, Borja Sánchez, un investigador destinado a convertir a la ciencia en un sector puntero en Asturias, algo esencial en el cambio del modelo productivo asturiano. El giro asturianista que prometió se quedó en retórica con el gatillazo    de la cooficialidad, pero su apelación constante a la necesidad de autoestima colectiva no fue palabrería, porque los asturianos vimos por primera vez a un presidente cuestionando en ocasiones las políticas del gobierno central de su mismo partido en relación a Asturias. Algo que le distanció del sanchismo, del que era un pata negra. En medio de la marea azul de las autonómicas y municipales de mayo, que parecía el preámbulo para la llegada de Feijóo a La Moncloa, Barbón resistió al PP, lo que no solo se explica por el histórico feudo socialista asturiano. También los electores aprobaron su gestión, entendiendo las dificultades de cuatro años condicionados por la pandemia y la guerra en Ucrania.

A Barbón se le supone, como a los soldados el valor, pero parece que conduce un vehículo pesado, viejo y poco operativo

Pero el crédito político de Barbón no es ilimitado y su segundo gobierno ya da motivos de crítica, al aproximarse a los cien días de rigor desde su toma de posesión. Rescató a viejos rockeros del socialismo asturiano, algunos ya con cargos en el villismo y el arecismo, lo que no anuncia precisamente aires de renovación. Se empeñó en que, con la entrada de IU en el gobierno, no hubiera más consejerías, pero el gasto y la eficacia en la gestión no se miden por el número de departamentos, sino por su racionalidad. El resultado es un gobierno con algunas consejerías mastodónticas, cajones de sastre donde se juntan competencias dispares, algo que no parece precisamente muy operativo. La nueva y única de Izquierda Unida del Consejero Ovidio Zapico, por ejemplo, cuyo nombre obvio por ahorrar espacio.

Sorprende en cambio que haya materias esenciales sin consejería propia. ¿Como no hay una Consejería de Medio Ambiente, cuando las consecuencias del cambio climático ya son una realidad, con plagas como los incendios forestales? Además las competencias en medio ambiente están troceadas y repartidas en tres consejerías, lo que amenaza con agravar el infierno burocrático que padece la ciudadanía, aunque el gobierno dice que combatirlo es una de sus obsesiones. ¿Como es posible que Barbón dé tanta importancia a la batalla cultural, en la que basa la suya la extrema derecha, y haya prescindido de la Consejería de Cultura? ¿La cooficialidad es prioridad, o sea la pervivencia de la lengua asturiana, pero la cultura ni siquiera precisa una consejería? Que la cultura es una maría en el gobierno asturiano lo deja claro el último expolio conocido, ante la total indiferencia del Principado: el del “Vaporín”, el antiguo remolcador llamado oficialmente “San Esteban”, de 1902, el barco más antiguo de los que navegan en España, adquirido por un armador gallego que lo anda paseando con orgullo por España.

La locomotora de Asturias, ahora que llega el AVE y se acaba el mito de la incomunicación, tan relacionado con el paralizante ensimismamiento y la crónica falta de iniciativa, necesita audacia al volante. A Barbón se le supone, como a los soldados el valor, pero parece que conduce un vehículo pesado, viejo y poco operativo. Él mismo la compró y la puso en marcha, no puede eludir responsabilidades.

De la oposición son de esperar bocinazos para que no descarrile, pero en Asturias tiene más problemas que el gobierno. Por la derecha sigue la jaula de grillos en el PP, tras el fiasco de Bienvenido Míster Canga, aunque el cantado liderazgo de Álvaro Queipo, ese chico que se declara asturianista y emplea la fala occidental en la intimidad, podría ser mucho más sólido, al estar avalado al fin por un Congreso. Aunque el verdadero problema lo tiene Barbón a su izquierda con las purgas estalinistas de Podemos desde Madrid, un delirio que parece que acabará en la autodestrucción. Como a Sánchez, el presidente asturiano depende de que a su izquierda el suelo se mantenga firme.

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