La asombrosa vida de Heriberto Quiñones, héroe antifascista, falso culpable, estalinista y víctima del estalinismo

La periodista Carmen Ordóñez presenta en Cambalache una biografía novelada sobre el misterioso agente secreto de la Internacional Comunista.

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Diego Díaz Alonso
Diego Díaz Alonso
Historiador y activista social. Escribió en La Nueva España, Les Noticies, Diagonal y Atlántica XXII. Colabora en El Salto y dirige Nortes.

Cuenta Carmen Ordóñez que en 1939 Heriberto Quiñones pudo escapar en avión cuando la República se derrumba y Franco entra en Madrid, pero prefirió no hacerlo. Había nacido en Moldavia pero se sentía español y se había identificado hasta tal punto con su patria de adopción, que voluntariamente decidió permanecer para organizar la resistencia antifascista a sabiendas del peligro que su vida corría con esa apuesta.

De Quiñones sabemos tan poco que después de la biografía del historiador David Ginard sólo quedaba recurrir a la ficción para rellenar los huecos de una vida tan fascinante como enigmática. Eso ha hecho la periodista Carmen Ordóñez en las 160 páginas de “Heriberto Quiñones y veintiuno más” (La Linterna Sorda, 2023), biografía novelada en la que se relata la trágica vida del comunista hispano-moldavo. Este viernes se presenta en el Local Cambalache de Oviedo/Uviéu a las 19h, en un acto que presentará el historiador gijonés Rubén Vega, profesor de la Universidad de Oviedo/Uviéu.

Nacido en fecha desconocida en un territorio fronterizo que ha pertenecido a varios imperios y estados a lo largo del siglo XX, quien posteriormente sería conocido como Quiñones, fue un agente secreto de la Internacional Comunista en la revuelta España de los años 30. Llegó al país poco antes de la proclamación de la Segunda República, y colaboró en la reconstrucción del maltrecho Partido Comunista de España, reducido a escombros tras la dictadura de Primo de Rivera. Ordóñez le define como “un tipo duro”, acostumbrado al peligro y la clandestinidad, “un hombre de una sola pieza”, a la vez pasional, movido por una fortísima fe en la revolución y la clase trabajadora. Posiblemente de origen judío, se hacía pasar por un gijonés de 1907. Políglota, era capaz de hablar en catalán mallorquín o en un perfecto castellano con acento y giros asturianos, un camuflaje perfecto para un revolucionario profesional a las órdenes de Moscú que residía en España de manera ilegal.

Ordóñez le define como “un tipo duro”, acostumbrado al peligro y la clandestinidad

La República no sería un régimen idílico para el PCE, que había recibido el 14 de abril al grito de “¡Abajo la República burguesa!”. Tras varios problemas con la policía por su actividad política y sindical, se afincó en Mallorca, isla tradicionalmente rural y conservadora, en la que sin embargo las cosas también estaban empezando a cambiar al calor de la democratización y la industrialización del país. Allí se unió a Aurora Picornell, militante precoz, costurera comunista, y una de las pioneras del feminismo obrero en España.

Aurora Picornell, en el centro.

Juntos formaron una pareja moderna, avanzada para la época, con “muchísima complicidad personal y política”, según Ordóñez, que recrea en el libro su vida en común en una Palma en la que las clases populares comenzaban a sacudirse de años de caciquismo y sumisión. Mientras él ocupa un papel más discreto, es ella, Aurora, la Pasionaria mallorquina, la que juega un destacado papel público como oradora política, organizadora sindical y animadora de las primeras celebraciones en la isla del 8 de Marzo, Día Mundial de la Mujer Trabajadora. En 1934 tendrán una hija. Su nombre, que no encaja con el de las tradiciones y el santoral católico, es ya toda una declaración de intenciones por parte de un padre y una madre muy poco convencionales: Octubrina Roja. Sobrevivirá a ambos.

Aurora Picornell junto a su hija Octubrina Roja.

La actividad política y sindical de Aurora Picornell no pasa desapercibida para los reaccionarios mallorquines. Cuando el golpe de Estado triunfa en Mallorca los derechistas saben a qué casas acudir para descabezar cualquier intento de resistencia. Aurora, que se disponía a partir a la Olimpiada Popular de Barcelona se queda en su ciudad para organizar la respuesta a los militares, pero es detenida y encarcelada. El intento por parte de la República de liberar Mallorca con un desembarco de milicianos procedentes de Catalunya fracasa. Los antifascistas llegan a desembarcar en la isla, pero tras quince días de combates entre agosto y septiembre de 1936 se ven obligados a desistir y evacuar. El cinco de enero, en la noche de Reyes de 1937, Aurora es ejecutada. Sus restos no serían identificados hasta 2022 en una fosa común.

Quiñones salva la vida al encontrarse en Madrid, recuperándose de una afección pulmonar, en el momento del estallido de la guerra. El asesinato de su mujer será un duro golpe, al que luego vendrá el triunfo franquista. Tras la derrota republicana es encarcelado y torturado por la Gestapo, que colabora con sus aliados franquistas. Logra escapar de un campo de concentración e inicia, casi de la nada, la titánica tarea de reconstruir el PCE y organizar la resistencia al fascismo.

Hitler y Franco en Hendaya.

Acostumbrado a moverse entre las sombras, manejando tapaderas, dobles fondos y falsas identidades, consigue poner en marcha desde Madrid un aparato clandestino con ramificaciones en todo el país. Estamos en lo más crudo del invierno y lo suyo es una misión suicida. “En 1941 es el líder del PCE en una España y una Europa convertidas en una gigante prisión. Hitler ha ocupado toda Europa y Franco y la Falange están venidos arriba”, explica Carmen Ordóñez sobre el personaje central de un libro que habla sobre quienes lo arriesgaron todo en las circunstancias más adversas.

Heriberto Quiñones, segundo por la izquierda, en la portada del libro de Carmen Ordóñez.

Ordóñez apunta que Quiñones es un férreo comunista, pero también un tipo con criterio, “un verso libre que desoye el pacto entre Hitler y Stalin”. Vigente entre agosto de 1939 y junio de 1941, el pacto germano-soviético gana tiempo para el rearme de la URSS, pero a costa de obligar a los comunistas a suspender sus ataques contra la Alemania nazi y sus aliados. Quiñones no espera a la invasión sorpresa de los nazis a la URSS para hacer activismo político. Trata de formar un frente con toda la izquierda, pero también atrayendo a sectores de las derechas descontentos con el rumbo del país y el reparto del botín de guerra hecho por Franco entre los vencedores. Reclama a la dirección del PCE en el exilio más medios para la lucha clandestina en España y sólo encuentra desconfianza. “¿Este Quiñones quién es?” se preguntan sobre un dirigente que funciona de acuerdo con las orientaciones de la Internacional Comunista, pero con excesiva autonomía de los dirigentes españoles. “Es probable que de no haberlo matado los franquistas lo hubiera matado la dirección comunista del exilio” explica Carmen Ordóñez.

El 30 de diciembre de 1941 cae en Madrid en el marco de una gran operación contra el PCE. Es salvajemente torturado por la policía. Le rompen la espalda y le dejan paralítico. La dirección del exilio mientras tanto decide expulsarlo bajo la acusación falsa de ser un agente infiltrado. Leal al mismo Ejército que le había declarado traidor, en octubre de 1942 es fusilado, atado a una silla. Sus últimas palabras pudieron ser según algunos testimonios “¡Viva la Internacional Comunista!”, aunque no está demostrado. El PCE no rehabilitaría su figura hasta 1986, con Gerardo Iglesias en la secretaría general.

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