Desde hace unos años paso la Nochebuena en una cabaña perdida en el quinto carajo. Con el actual estado de totum revolutum turístico me disculparéis que no dé más datos por aquello de que desvelando su ubicación me arriesgo a llegar allí un día y encontrarme una rave o un grupo de millonarios venezolanos venidos en el AVE desde Madrid para hacerse un selfi con unas vacas, como en los lagos de Covadonga. Solo diré que está en el occidente de Asturies, a mucha distancia de cualquier lugar habitado, que para llegar hay que caminar varios kilómetros y que es un lugar con esa bravura primitiva que tiene el occidente, un país áspero donde nada es sosegado mas todo es bello, una extensión de brezos y canchales infinitos, una isla sin costas sometida a vientos que unen y confunden lenguas, un recuerdo de pueblos esparcidos como las manchas de un sarampión de pizarra.
En el chozo no hay luz. Como sucede en la Cañada Real, pero sin que en ello medie la acción combinada de extorsión y desatención de una compañía eléctrica y un ayuntamiento bajo la hambrienta mirada de empresas constructoras. Allá donde voy no hay luz porque no hace falta, allí no vive gente que esté pasando frío, algo que sí sufren miles de personas en Cañada Real. Mi oscuridad es voluntaria. De hecho, una de las cosas por las que esta noche es especial es porque consigo estar unas horas sin luminosos, petardos, calles atestadas de gente que parece ajena a que haya lugares como Cañada Real o las Tres Mil Viviendas mientras tengan en su zona de confort millones de leds con siluetas del niño Dios que vino a este mundo para hacer un lugar sin injusticias ni desigualdades.

Allí donde voy no viven personas, pero sí vive gente, como decía Dersú Uzalá: lobos, raposos, corzos, xabariles, liebres, pequeños roedores… A esta gente no se la suele ver. Dejan sus rastros en el barro de los senderos. Hace años en estas fechas los dejaban en la nieve, pero ya apenas hay nieve. Ahora que hemos inventado un término para nuestros desvelos con la crisis ambiental y climática -ecoansiedad- igual podíamos preguntarnos qué pensará esa gente al ver que no hay nieve, o al soportar temperaturas tan anómalas. Porque, sí, hablamos de los impactos del calentamiento sobre las especies animales y botánicas, sobre los ecosistemas, pero lo hacemos desde una óptica científica, analizamos los efectos casi del mismo modo que estudiamos el comportamiento de los materiales ante los cambios de presión y de temperatura, pero no nos preguntamos qué sentirán, cómo se sentirán. Esta es gente lista, es gente que juega, que se enfada, que entabla relaciones complejas con gentes de su misma especie y de otras ¿Qué pensarán? ¿Sentirán añoranza de los paisajes nevados como sentimos las personas? Seríamos muy obtusos si creyéramos que esta gente no siente extrañeza, cuando no directamente tristeza y ansiedad, ante la ausencia de nieve o de lluvias. Los animales se estresan ante la degradación de los bosques igual que nosotros cuando Almeida derriba arbolado en Madrid; los animales sufren ansiedad cuando construimos una carretera que rompe los paisajes que habitan, como muchos de nosotros cuando gobiernos municipales eliminan carriles-bici y zonas peatonales. Si pensásemos más en los animales como los seres sintientes que son, cambiaría mucho de nuestra relación, tantas veces violenta, hacia ellos.
Cuando llegue allá arriba dentro de unas horas encenderé un fuego, prepararé el camastro para la noche, buscaré agua para Lolo y sacaré los prismáticos y el telescopio para intentar ver a alguna de esa gente. No es fácil ver bichos en el monte. Algo normal por otra parte: los lobos, por ejemplo, saben que si los ves puedes tener la tentación de pegarles un tiro para luego cortarles la cabeza y exponerla a las puertas de un ayuntamiento o colgarla de un puente, esa macabra costumbre tan arraigada en Asturies que tuvo esta semana un nuevo episodio en Santo Adriano.

¿Cómo celebrará la Navidad un menda que hace unos días cortó la cabeza a un animal para atarla a una soga y colgarla en una viga sobre una carretera? ¿Regalará puzles o libros a sus hijos o a sus sobrinos? ¿Cenará con sus suegros, o con amigos, y propondrá un brindis? Me despierta curiosidad esto ¿Cómo es la maldad cuando descansa? Franco acariciaba aparentemente con cariño a su hija Carmencita habiendo mandado enterrar en cunetas miles de cuerpos de personas fusiladas que aún hoy siguen sin poder ser localizadas por sus seres queridos; los miembros de la Conferencia Episcopal se emocionarán montando el belén a pesar de los miles de casos de pederastia en la iglesia española que siguen sin resolverse; Ortega Smith quizás se fue a comprar regalos tras el acto de violencia macarra contra Eduardo Rubiño en el pleno del Ayuntamiento de
Madrid hace apenas unas horas.
Esta forma de pasar una noche de Navidad subiéndome a un cerro no tiene más mérito espiritual que pasarla en una fiesta y acabar en un after bebiéndote el agua de los floreros, ni pretende ser una impugnación a la tradición, no; que cada cual haga lo que le pete. Y no he venido con esta monserga a intentar joder a nadie con la admonición de un colapso en el que no creo que estemos. Estamos jodidos y seguramente vamos a estarlo más en los próximos años, pero creo que las sociedades actuales, con todos sus malos vicios, están mejor preparadas que todas las anteriores para afrontar cada una de las dificultades, desde las desigualdades sociales y las crisis humanitarias hasta la crispación política o el calentamiento climático.

Desde allí arriba, dentro de unas horas, tendré la sensación de contemplar una parte del mundo desde un satélite. Nosotros vemos los satélites describiendo una lenta trayectoria, pero van a toda hostia. Pues desde ese satélite que es la cabaña donde paso la Navidad sucede lo mismo, pero a la inversa: tengo la sensación de estar en la estratosfera contemplando un mundo que parece que está quieto, pero en el que están escribiéndose relatos de marginalidad, de guerras, de injusticias.
Por eso no quiero quedarme allí más que unas horas, porque el alma me pide bajar de esa
montaña y aportar algo al relato que tache esas líneas negras con trazos de sonrisas, de amor y de solidaridad. Se necesitan manos y mucha tinta.
Feliz Navidad.



























