Desde el desierto hasta el mar

Quién nos iba a decir a estas alturas del progreso civilizatorio, que íbamos a ser testigos y cómplices de un genocidio retransmitido en directo.

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Teresa Paz
Teresa Paz
Es profesora de filosofía.

El Holocausto es uno de los temas más recurrentes de una clase de Filosofía de instituto por el punto de inflexión que supuso a muchos niveles.

Una cuestión relevante, estudiando los hechos acontecidos desde la mirada atónita de lo que ya no tiene vuelta atrás, es preguntarse cómo fue posible que se llegaste a tales extremos. ¿Qué habrías hecho tú de haberte tocado vivir aquello? Sabiendo lo que sabemos ahora, ¿Qué papel habrías tomado?

Cuántos guiones, libros y clases con esa temática de fondo. Qué interesante experimento mental: ¿Habrías matado a Hitler cuando era sólo un niño de haber tenido ocasión, si ello hubiera garantizado que el régimen nazi nunca llegase a ejercer tal poder?  Cuántas respuestas honorables y grandiosas hemos dado y recibido. El tema es, desde luego, interesante, y la respuesta no parece en absoluto sencilla, ¿O sí?

Sólo hay un lugar correcto desde el que situarse ante el Holocausto si quieres seguir manteniendo una postura que denote un mínimo de conocimiento y respeto hacia la dignidad humana. Desde una moral civilizada y una perspectiva ética, sobre todo ética, solamente cabe una única respuesta que podamos considerar válida ante lo ocurrido en Alemania en los años 30 y 40: aquello estuvo indiscutiblemente mal. Nos avergüenza porque es atroz y deleznable, representa la mayor bajeza humana, con pocos (aunque sí algunos) puntos de comparación. Ocurrió en Europa, tras una Guerra inmensa que había sentado un precedente y establecido unas bases para que algo semejante no se repitiera jamás. Y lo superó con una brutalidad de la que no nos sabíamos siquiera capaces.

Liberación de Mauthausen.

Lo demás es un escenario interesante para pensar en el cine, en la literatura o en el aula, pero la ambigüedad moral ante lo ocurrido en Alemania no es esperable de nadie que haya sido socializado en Occidente en las últimas décadas y que no camine por la calle con la cabeza rapada y un bate en la mano. Al menos hasta hace poco tiempo, nadie a quien considerásemos buena persona respondía con ambages a la pregunta de si el Nazismo fue o no un régimen legítimo.

Al preguntarnos cómo fue posible aquello (u otras atrocidades acontecidas en otros lugares), es fácil acudir al argumento de que aquellas gentes ignoraban lo que estaba ocurriendo, desconocían la magnitud de lo que sucedía. ¿Es una visión certera? Puede que en parte. Lo cierto es que el volumen de personas (niños pequeños incluidos) a los que había que asesinar a diario era tan descomunal que era inabarcable. Los soldados Nazis se traumatizaban al tener que disparar frente a frente a todas aquellas personas sin parar. Esto fue parte de lo que hizo necesaria una industrialización de la muerte y el exterminio, una forma de asesinar a mucha gente de manera simultánea, rápida, limpia y con el mínimo contacto: lo que conocemos como Solución Final. Según datos oficiales, 900.000 personas no llegaron siquiera a ingresar en Auschwitz, pues en el transcurso de pocas horas desde su llegada fueron brutalmente gaseados y cremados[1].

¿Qué está pasando? ¿A qué infierno sin precedentes estamos asistiendo?

Esos campos de exterminio, por definición, constituyen el punto de inflexión de la Historia que hizo añicos a la Sociedad de Naciones. No eran solamente campos de concentración o trabajos forzados (que también lo fueron): eran fábricas de muerte fordista a escala industrial, que permitieron la aniquilación de aproximadamente 17 millones de personas en 6 años[2]. Todo aquel horror nos trae los conmovedores primeros párrafos de la Carta de las Naciones Unidas de 1945 y del Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional de 1998. De aquello debimos aprender solamente una cosa: la manera de hacerlo irrepetible.

Quién nos iba a decir, sin embargo, a estas alturas del progreso civilizatorio, que íbamos a ser testigos y cómplices de un genocidio retransmitido en directo minuto a minuto en nuestros teléfonos móviles. Cómo íbamos a imaginar que el dilema iba a salir de la libreta de clase: ya no tienes que escribir una disertación o participar en un diálogo que cuente o no para nota, ahora está pasando de verdad, en tiempo real, y el contador de seres humanos asesinados y masacrados en Palestina, abandonados a la indiferencia de la mirada internacional crece cada segundo. Más de 22.000 personas en tres meses, de las cuales casi 10.000 son niñas y niños, en el momento de escribir estas líneas. No es un ejercicio del aula o una charla entre amigos, es una realidad sobre la que debemos tomar partido.

Manifestación contra el genocidio palestino. Foto: Alisa Guerrero

Occidente se ha encargado durante las últimas décadas de redactar documentos muy específicos para que no quede lugar a dudas de lo que se puede y lo que no se puede hacer, de definir y poner límites a lo que sucede incluso en tiempos de guerra, si queremos aceptar la narrativa de que lo que sucede en Gaza es una guerra, que no lo es. Según el Derecho Internacional Humanitario un conflicto armado no internacional es un “enfrentamiento armado prolongado entre fuerzas armadas gubernamentales y uno o más grupos armados, o entre tales grupos en el territorio de un Estado. El enfrentamiento armado debe alcanzar un nivel mínimo de intensidad y las partes enfrentadas deben poseer un nivel mínimo de organización”[3]. Lo que sucede en Palestina no se corresponde con esta definición si observamos los hechos: se trata de un ataque indiscriminado e incesante sobre población civil. No hay justificación para lo que está sucediendo en Gaza desde ningún lugar posible. Ni siquiera pretendiendo tomar por ciertos los delirantes motivos que aluden a los escudos humanos, ni siquiera en ese caso habría perdón posible.

“Angelus Novus” de Paul Klee

Según el Estatuto de Roma, se entiende por Exterminio “la imposición intencional de condiciones de vida, entre otras, la privación del acceso a alimentos o medicinas, entre otras, encaminadas a causar la destrucción de parte de una población”. El mismo documento define el crimen de apartheid como “los actos inhumanos de carácter similar a los mencionados en el párrafo 1 [como parte de un ataque generalizado o sistemático contra una población civil y con conocimiento de dicho ataque] cometidos en el contexto de un régimen institucionalizado de opresión y dominación sistemáticas de un grupo racial sobre uno o más grupos raciales y con la intención de mantener ese régimen” y define traslado forzoso de la población como “el desplazamiento forzoso de las personas afectadas, por expulsión u otros actos coactivos, de la zona en que estén legítimamente presentes, sin motivos autorizados por el derecho internacional”[4]. Todo lo anterior es parte de lo que la Corte Penal Internacional reconoce como crímenes de lesa humanidad. El mismo documento establece la matanza de miembros del grupo, o la lesión grave de su integridad física o mental como genocidio. Podríamos seguir citando el Estatuto o empezar a citar el cuarto Convenio de Ginebra, relativo a la protección debida a las personas civiles en tiempo de guerra, pero no debería ser necesario.

Walter Benjamin

A diario vemos a la sociedad civil del mundo entero salir a la calle luciendo kufiyas, ondeando la bandera de Palestina, manifestándose y participando de diversos actos que muestran el apoyo incondicional al pueblo palestino ante la masacre y limpieza étnica de que somos testigos. Exigiendo que pare este desastre y se juzgue a los criminales que lo perpetran. Las declaraciones de António Guterres, las últimas votaciones de la Asamblea General de la ONU por un alto al fuego inmediato en Gaza (con 153 votos a favor, 10 en contra y 23 abstenciones[5]) tampoco dejan lugar a dudas. Son varios ya los países que han cortado sus relaciones diplomáticas con Israel o que han exigido llevar a Benjamín Netanyahu y al gobierno de Israel ante la Corte Penal Internacional, sin que nada cambie en el escenario palestino. Entonces, ¿Qué está pasando? ¿A qué infierno sin precedentes estamos asistiendo?

Últimamente recuerdo aquella acuarela de Paul Klee que marcó a Walter Benjamin y lo acompañó prácticamente hasta que, acosado por los Nazis, se suicidó en el levante ibérico. Esa obra, Angelus Novus, sigue observando hoy con horror, como relataba Benjamin, las ruinas de la desgracia humana que constituyen el progreso histórico, pero paradójicamente, hoy lo hace desde una de las paredes del principal museo de Palestina. El ángel de Klee mira con ojos de espanto la montaña de escombros producida por la destrucción humana: él ve una única tragedia, y no una sucesión (como vemos nosotros), pero sus alas extendidas le obligan a seguir avanzando hacia un futuro que no puede ver, empujado por un viento que no se puede detener, impidiéndole despertar a los muertos y recomponer los destrozos. Ese viento implacable representa, para Benjamin, el progreso.


[1] https://auschwitz.net/es/auschwitz-victimas/

[2] https://encyclopedia.ushmm.org/content/en/article/documenting-numbers-of-victims-of-the-holocaust-and-nazi-persecution

[3] https://www.es.amnesty.org/en-que-estamos/blog/historia/articulo/que-es-un-conflicto-armado/#:~:text=Enfrentamiento%20armado%20prolongado%20entre%20fuerzas,un%20nivel%20m%C3%ADnimo%20de%20organizaci%C3%B3n

[4] https://www.refworld.org.es/docid/50acc1a12.html

[5] https:// mayoritariamente unric.org/es/la-ue-vota- -a-favor-de-un-alto-el-fuego-en-gaza/

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