Kiribati y los territorios efímeros. Feliz 2024

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Rafa Cofiño
Rafa Cofiño
Es médico de familia y diputado de Sumar.

(El año pasado lo comencé escribiendo un texto sobre Kiribati y este año, como quien vuelve a un lugar conocido, he vuelto de nuevo a él reescribiendo, recorriendo con los dedos algunas mismas frases).

La República de Kiribati es un país situado en el Pacífico Central. Morfológicamente -si es correcto hablar de “morfología” a la hora de países- es uno de los territorios más especiales del planeta: está constituido por 32 islas (en propiedad 32 atolones y una isla), estando 21 de ellas habitadas. Administrativamente se divide en tres grupos de islas: Gilbert, Phoenix y Line. La capital, Tarawa, pertenece al primer grupo, el más situado al oeste.

Banaba es una isla que pertenece también a este grupo y que aparece mencionada expresamente en el “Atlas de islas remotas” de Judith Schalansky. Una de esas cincuenta islas que recopila la autora y que señala como islas – asentimos- en las que nunca estuvo y a las que nunca irá. Con esa misma nostalgia de la reina Cristina de no haber salido nunca de Suecia, pero de sentir una profunda nostalgia de los lugares en los que nunca hemos estado ni estaremos. Y con esa añaranza que, afirmamos, es posiblemente una de las mayores reservas naturales del planeta y que tiene, Kiribati, una prodigiosa capacidad de incendiar la retina y los sentidos y de extenuar a los dioses primitivos.

Kiribati posee el mayor atolón del mundo en cuanto a superficie: Kirimati, situado en el grupo de islas de la Línea. El punto más alto del país está en la anteriormente mencionada Banaba y tiene 81 metros (para los urbanitas, imagínense un edificio de 25 metros). La mayoría de la superficie no se eleva más allá de los seis metros sobre el nivel del mar.

Su bandera, aun pareciendo terriblemente infantil, es quizás una de las banderas más bellas del mundo. Búsquela. Hágase una pulsera con ella. Un pájaro, un sol y un pedazo de mar. Algunas de las cosas más sencillas que nos pueden hacer felices: mirar un pájaro de sol sin prisa, el sol calentando nuestro cuerpo y el mar que lo cura todo (Blixen) y al que es donde mejor se está a no ser en tus manos (Fuertes).

Kiribati es el primer lugar habitado al que llega el nuevo año. Y quizás puede que sea también el primer país que nos sirva de canario en la mina del cambio climático. Posiblemente podría ser el primer país en desaparecer por los efectos del cambio climático y de la elevación del nivel del mar. Cuando suban las aguas (en vez de aquello de cuando las aguas se retiren, aquello tan hermoso de la historia de Pamuk sobre Galip, Rüya y Celâl), cuando suban las aguas habrá países que anotarán su efimeridad y Kiribati será el primer de ellos. Un país efímero, una Venecia efímera y todos los objetos innombrables, eternos, remedo de un aleph, sumergidos para siempre.

Ione Teitiota, un kiribatiano, fue posiblemente uno de los primeros refugiados climáticos (de los de la verdad, no los de las Variantes) solicitando en el año 2013 refugio en Nueva Zelanda apelando a la situación de riesgo de su país y que éste podría desaparecer en 10 o 15 años. Su caso fue desestimado por el gobierno neozelandés “determinando que sus circunstancias personales no eran lo suficientemente graves como para justificar el estatus de protección”.

El mundo, como un cuerpo leve respirando algo más agitadamente. ¿Dónde estaremos dentro de quince años? ¿De treinta? ¿Quién nos leerá entonces y que quedará de todo esto? ¿Cómo estarán nuestros cuerpos y cómo estará el cuerpo de Kiribati? Busquen en los enlaces, dediquen un poco de tiempo a aventurarse con calma en los atolones, en los paisajes, en la línea súbita donde el mar pasa a ser tierra y la tierra pasa a ser mar. La emoción de los cuerpos que pasean sus bagajes celulares y genéticos en las costuras terrestres y marinas. Imaginen las líneas migratorias de Kiribati y las líneas migratorias que estamos viendo en otros países heridos, las grandes corrientes de personas moviéndose desolados, oliendo a humo, a cansancio, a pérdida, a terror (Zagajewski), imagínense vivir lejos del lugar donde naciste, donde te echaron de alguna u otra forma, pero levantarte todas las mañanas, todas las mañanas hasta el puto día de tu muerte, todas las putas mañanas oliendo a la cocina de tu casa y de tu hogar. Palestina.

Ione Teitiota. Fuente: Twitter.

No, posiblemente ni usted ni yo viajaremos nunca a Kiribati. Ni siquiera a la ciudad más triste del mundo a comprobar si realmente hay solenoides que hacen que los cuerpos puedan levitar entrelazados en las noches de invierno (Cartarescu). Posiblemente recorreremos ensimismádamente los libros y los atlas sentados bastante cerca del lugar que nos vio nacer, crecer y menguar, recorriendo los azules más intensos que rodean los perfiles en los mapas, fascinados por los espacios asimétricos y las costas complejas que nos permitirán pasarnos años -quitas las gafas, pegar los güeyos al papel- jugando a los barcos piratas. ¿Qué será de Kiribati dentro de quince años?¿Qué será de la belleza y de los cuerpos efímeros que respiran y golpean la sangre algo más tenue con el paso del tiempo?¿Qué será de nuestros cuerpos y de nuestros afanes en el 2024 y en los próximos quince años?¿Cómo vamos a seguir trabajando por la belleza y todas sus representaciones?¿Cómo por la justicia y la dignidad, por un trozo de queso y de pan (Aresti)?¿Con que nos vamos a quedar?¿Qué vamos a saber perder y a qué renunciaremos?¿Qué nos vamos a llevar después de todo?

Kiribati como otro espacio de resistencia. Como otro espacio para seguir dando espacios hacia adelante. Como dice John Berger: “Las multitudes tienen respuestas a preguntas que nadie ha formulado aún, y la capacidad de sobrevivir a los muros. Hoy en la noche, sigan con dos dedos la línea de su pelo (de ella, o de él) antes de dormir”

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