Querido lector o lectora, abramos un debate, elaboremos un plan, imaginemos futuro a través de la comprensión del contexto y demos solución a un presente atascado en las lógicas del siglo pasado. Te invito a que toquemos la tecla de un nuevo concepto que nos haga conscientes de las necesidades actuales de una forma transversal, hablemos de justica intergeneracional.
Cuando pienso en el concepto de la justicia intergeneracional, se me vienen a la mente generaciones de sembradores que, en cada momento, se alimentan de lo que otros han cultivado, de las mejoras que han introducido, y que a su paso por el mundo plantan para abastecer de forma suficiente a las generaciones venideras. Pues bien, no en vano pienso que este ciclo se ha roto, que alguien se despreocupó de sembrar el futuro del que nosotros debíamos alimentarnos, que algunos (de forma interesada), decidieron que era más importante buscar su propia satisfacción, antes que vivir de forma que se garantizara el porvenir de los que debiéramos precederles.
Siempre digo que, en la vida, la existencia de horizontes de futuro hacia los que caminar, se hace imprescindible para poder seguir hacia delante. Recuerdo una ocasión en la que una maravillosa profesora de lengua y literatura nos confesó como ella percibía la desmotivación de las nuevas generaciones, en cuyos rostros se pierde hoy la pista de un horizonte cierto hacia el que dirigirse. ¨Yo recuerdo saber que terminaría mis estudios y que, de una forma u otra, podría llevar una vida decente”. En aquella clase, en la mía, solo se veían espíritus errantes que no sabrían si sus estudios garantizarían un trabajo, si su trabajo garantizaría un sustento económico suficiente, si podrían pagar un alquiler o la entrada de una hipoteca. Por saber, no sabían en aquel aula si tendrían un planeta en el que vivir. Parece, repito, que a alguien se le olvidó sembrar certeza, que a alguien se le olvidó sembrar futuro.
En sus avances innegables, el neoliberalismo constructor de la distopía moderna ha logrado inocular el nihilismo, la idea de un futuro peor entre nosotros, en las y los jóvenes. Hemos caído en un pesimismo generacional que nos encamina de forma mayoritaria a la inacción, o a la elección reaccionaria de caminos poco deseables. Es fácil de entender, que cuando alguien se encuentra “desnutrido” durante un largo periodo de tiempo, y da por hecho que no hay futuro, tienda a dejarse llevar, pierda las ganas de seguir, o, que, por otro lado, pueda optar por descargar el enfado por la vía del odio a quien es tan vulnerable que no puede defenderse. El odio siempre sirve de alimento (envenenado por otro lado) cuando han dejado se sembrarse frutos verdaderamente valiosos como la esperanza, la igualdad o la tranquilidad para la vida buena.
El contexto actual de desmotivación generacional es caldo de cultivo para las ideas del odio, que tratan de convencer de que las minorías tradicionalmente marginadas, las mujeres o la Agenda 2030 entre otras muchas cosas, son parte capital de los problemas que acusan sus vidas.
Sin embargo, no todo es pesimista, de hecho, creo que existen razones para afrontar el futuro con esperanza, pero debemos ser capaces de transmitirla y hacerla creíble basándonos en hechos palpables. La introducción en el debate público del concepto “justicia intergeneracional” no es pequeña cosa, y es que lo que hasta ahora era un movimiento afónico, comienza a asomar la cabeza incluso dentro de algunos sectores institucionales como el recién creado Ministerio de Juventud e Infancia del Gobierno de España.
La asunción de que las cosas no se han hecho bien, de que el modelo moderno no ha tenido una visión de futuro como para garantizar el sostenimiento de las futuras generaciones ya es un gran paso, pero ahora hace falta más, hace falta impugnar lo que nos ha traído hasta aquí para reconstruir y replantear lo ya dispuesto por muy difícil que sea, porque nos va la vida en ello.
Quizás la huida de la concepción prometeica de la vida constituya la clave para trazar la ruta necesaria para la buena vida, o, por lo menos, para una vida mejor. La crítica a lo establecido, siempre en su versión reconstructivita nos invita a repensar los pilares de nuestras sociedades, a desafiar el status quo. La revisión de los valores sociales para la garantía emancipadora de los sujetos, de las minorías tradicionalmente marginadas y excluidas, la reconstrucción del modelo económico que sienta sus bases en la pobreza de los muchos y el replanteamiento del modelo de sostenibilidad que nos ha llevado a la actual situación de crisis climática, son quizás las tres aristas que deben constar como cláusulas obligatorias del contrato intergeneracional.
Estas tres vertientes de las que anteriormente hablaba, la vertiente social, la económica y la que apunta a un horizonte sostenible deben confluir a la perfección, y no deben olvidarse las unas de las otras, porque todas ellas son parte indispensable de la vida de las personas, son parte indispensable. A colación de esta confluencia de vertientes, creo necesario hacer subir a la palestra a la conocida como Agenda 2030.
La Agenda 2030 se configuró como un plan de actuaciones en el marco de la Asamblea General de las Naciones Unidas que delimitó 17 objetivos y 169 metas para la garantía de la buena vida de las personas y el planeta en su conjunto. La observancia de todos estos objetivos, que ponen el foco en aspectos tan importantes como el fin de la pobreza, la igualdad de género o la garantía del trabajo decente y la reducción de las desigualdades deben ser punta de lanza de la alternativa política que ponga sobre la mesa un presente y un futuro justos en términos intergeneracionales.
No en vano hoy en nuestro país los cargos institucionales que dan pie a la introducción de estos nuevos conceptos forman parte en su mayoría de los distintos sectores de la izquierda transformadora. Es cierto que nuestro posicionamiento ideológico tiende a la visión integradora y de futuro que requiere sin lugar a duda el debate de la justicia intergeneracional, que, al fin y al cabo, como ya hemos visto requiere de la impugnación de aspectos muy importantes de la sociedad actual en la que vivimos, requiere repensar lo que hay para cambiarlo por algo mejor.
En un contexto en el que el pensamiento cortoplacista ha dominado la política, una vez más, es la izquierda transformadora la que inicia el debate y toma la iniciativa con valentía para construir un nuevo contrato social que aborde con urgencia los problemas estructurales presentes para paliar o prevenir el futuro.
Probablemente uno de los avances más importantes o significativos sea también la reciente creación del Ministerio de Juventud e Infancia de la mano de Sira Rego, encomendado a mi juicio de manera primordial al desarrollo del mandato constitucional recogido en el artículo 48. La promoción de la participación de los y las jóvenes en los planos “político, social, económico y cultural” se hace urgente en cuando durante demasiado tiempo se ha olvidado nuestra voz. Quizás si nos hubieran escuchado no estaríamos hoy en el punto en el que estamos.
Debemos sentarnos cara a cara, mirar a los ojos de quienes deberán enfrentar el futuro y preguntarles qué se ha hecho mal, elaborar un proceso de diagnosis que sirva como hoja de ruta para planificar la siembra de hoy para que, en el día de mañana, nosotros también podamos recoger los frutos de la buena vida.



























