El derecho a ver el mar

Hay quienes consideran un derecho divino el acceso a las hermosas playas de Gaza, aunque sea sobre los cadáveres de los que han sido desposeídos de todo

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Marta González
Marta González
Traductora y profesora de Filología Griega en la Universidad de Málaga. Asturiana a distancia.

Mi padre, que era de Sama de Langreo, nos contó muchas veces que, en una ocasión, de niño, el colegio los llevó de excursión a Gijón. Uno de los críos, mirando (imagino que fascinado) el mar, dijo: “Ya va apareciendo lo que decía el maestro”. Era la primera vez que veía el mar y lo que había dicho el maestro era que el setenta por ciento del planeta era agua. Ver el mar, contemplar su cambiante superficie, sumergirse en su fondo arrullador, es una de las experiencias más fascinantes de las que podemos disfrutar, es terapéutica, no cansa jamás, es todas las cosas maravillosas que se han dicho desde Homero hasta hoy, pero no es un derecho.

Hace unas semanas un palestino desplazado en Rafah, de nombre Joseph, escribía: “En medio del desplazamiento encuentro en el mar un consuelo y un respiro (…). Puede que esté desplazado, pero, cuando nado, soy libre”. No hablaba del derecho a ver el mar, hablaba del consuelo y el respiro que había encontrado, en medio del horror de la guerra y el desarraigo, bañándose en el mar. Sin embargo, hay quienes consideran un derecho divino el acceso a las hermosas playas de Gaza, aunque sea sobre los cadáveres de los que han sido desposeídos de todo.

Según informes de Amnistía Internacional, tras ocupar en junio de 1967 los territorios de Cisjordania, Franja de Gaza y Jerusalén Este, las autoridades militares de Israel consolidaron su poder absoluto sobre los recursos relacionados con el agua en los Territorios Ocupados. https://www.amnesty.org/en/latest/campaigns/2017/11/the-occupation-of-water/ Un comportamiento que atenta contra los derechos humanos. A los palestinos no se les ha permitido desde entonces construir infraestructuras para acceder al agua si no es con un permiso del gobierno de Israel que éste rara vez concede, se les ha negado el acceso al río Jordán y a las fuentes de agua fresca, incluso se controla la recolección de agua de lluvia y el ejército destruye impunemente las cisternas que las pequeñas comunidades construyen para almacenarla. Eso sí, los colonos, que muchas veces habitan a escasos metros de los palestinos, disfrutan de un acceso sin restricciones al agua para consumo, para regar sus cultivos y para sus piscinas. Si alguien quiere saber de dónde son los mejores dátiles del mundo y se fía solo de Google creerá que son un invento de los colonos de Cisjordania, que convierten en oro todo lo que tocan, pero ya Pausanias, en el siglo II d.C., mencionaba los dátiles de Palestina.

De nuevo según Amnistía Internacional, en Gaza, entre el 90 y el 95 por ciento del agua está contaminada y no es apta para el consumo humano. Ver el mar no es un derecho, pero el acceso a agua potable sí, como recuerda AI: “En virtud del derecho internacional, Israel, como potencia ocupante, tiene responsabilidades bien definidas de respetar el derecho humano de los palestinos al agua. No sólo debe abstenerse de emprender acciones que violen este derecho o menoscaben la oportunidad de la población palestina de ejercerlo, sino que también debe proteger a la población palestina de la injerencia de terceros en su disfrute del derecho al agua, y debe adoptar medidas deliberadas, concretas y específicas para garantizar que este derecho se cumple y se ejerce plenamente”.

Todo esto, que podemos leer en informes de AI de hace ya unos años, resuena ahora, ante lo que estamos viendo, casi como un pequeño detalle en medio de una pesadilla. ¿Acceso al agua? Ni al agua, ni al pan, ni a medicamentos, ¡ni a enterrar a sus muertos!

La escritora palestina Adanía Shibli, autora de ‘Un detalle menor’. Foto: Sharjah Art Foundation

Palestina desaparece, se borra como el humo, como algo escrito en la arena. Si ustedes leen Un detalle menor, de la autora palestina Adanía Shibli, novela publicada en castellano por la editorial gijonesa Hoja de Lata, podrán seguir a la protagonista en su kafkiano viaje por los Territorios Ocupados, aterrada en cada control militar y guiada por un mapa que no le sirve de nada porque las localidades que aparecen en él ya no existen, o lo hacen con otro nombre. La novela se publicó hace ocho años, sus mapas ahora servirían todavía menos. La autora iba a recibir un premio, precisamente por este libro, en la Feria del Libro de Fráncfort del pasado año, ceremonia cancelada sine die, para quien busque un ejemplo real de cancelación.

Por un lado nada, ni agua, ni tierra, ni aire bajo los escombros. Sólo fuego. Y del otro la reclamación, el derecho a todo, como en todas las guerras. En No habrá guerra de Troya, el autor francés Jean Giradoux, poco antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial, utilizaba la Guerra de Troya y sus excusas como símbolo de todas las guerras. En esa obra, cuando Héctor, que ya en Ilíada era una de las voces que reclamaban la paz, trata de convencer a Odiseo para que los griegos acepten a Helena de vuelta, se vayan por donde han venido y se evite la guerra, se encuentra con que Helena era sólo una excusa: “¿Para qué discutir? Tras tus palabras veo al fin la verdad. ¡Queréis nuestras riquezas! Os habéis hecho robar a Helena para tener un pretexto honorable para la guerra. Enrojezco por Grecia. Por siempre cargará con la responsabilidad y la vergüenza”, dice Héctor. Y así responde con cinismo Odiseo: “¿Responsabilidad?, ¿vergüenza? ¡Esto te crees tú! Si nosotros sabemos que en verdad somos responsables de la guerra bastará que nuestra generación lo niegue y mienta para asegurar la buena fe y la buena conciencia de las generaciones futuras. Mentiremos. Nos sacrificaremos”. Siempre ha sido así.

Ahora Netanyahu ha ordenado evacuar Rafah, el último lugar al sur de Gaza, ese lugar en el que el desplazado Joseph encontraba consuelo en el mar. Al sur de Rafah ya no hay nada. La catedrática de Estudios Árabes de la Universidad Autónoma de Madrid, Luz Gómez García, recordaba esta semana, tras esta noticia, los versos del poeta árabe Mahmud Darwish publicados en 1982 tras la masacre de Beirut: “¿A dónde iremos después de la última frontera? ¿Dónde vuelan los pájaros después del último cielo? (…) Aquí moriremos. Aquí, en el último pasadizo. Aquí o ahí germinarán olivos de nuestra sangre…”.

Por si hubiera dudas: condeno el terrorismo de Hamás y condeno el genocidio del pueblo palestino que el estado de Israel está llevando a cabo ante nuestros ojos. Y la tibieza del mundo.

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