Ese cine y cultura subvencionados: el mago y la iniciativa

Sobre la iniciativa política de la ultraderecha y la actitud de la izquierda: no basta con defenderse

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Enrique Del Teso
Enrique Del Teso
Es filólogo y profesor de la Universidad de Oviedo/Uviéu. Su último libro es "La propaganda de ultraderecha y cómo tratar con ella" (Trea, 2022).

Para ir desde la Facultad de Letras de Oviedo a la de Psicología yo tardo diez minutos a paso rápido. En una clase de comunicación les propuse a los alumnos la siguiente situación. Supongamos que las dos facultades están más separadas y que necesito veinte minutos para ir de una a otra. Supongamos que un alumno me ataca y me dice que no le parece serio que llegue tarde todos los días a clase. Y supongamos que le digo que por horario me toca una clase en un campus y la siguiente en otro campus y que no puedo ir de uno a otro en menos tiempo. Les pregunto si habría contestado bien. Me dicen que sí. Y les aclaro: me decís que sí porque creéis que pregunté si tengo razón. Pero no es esa la pregunta. El alumno belicoso me volverá a atacar, puede que algún día me retrase por descuido cinco minutos más y retomará su discurso: hoy deben estar más lejos los campus. Hay una diferencia entre la conducta inducida y la espontánea, entre hacer algo como reacción a lo que hizo o dijo otro y hacer algo espontáneamente. Esa diferencia se llama iniciativa. Mi respuesta al alumno fue una reacción inducida por su ataque, él tiene la iniciativa y puede seguir presionando. Sigamos suponiendo. Imaginemos que no respondo, que cuando el alumno me ataca solo digo que no perdamos más tiempo y que empecemos la clase. E imaginemos que diez minutos después, cuando ya nadie piensa en ello, me dirijo inesperadamente al alumno y le digo: por cierto, yo no hago los horarios, tengo que dar clases seguidas en dos campus y no puedo llegar antes. La respuesta es la misma que antes, pero no como reacción a su ataque. En frío, fue un acto espontáneo. Dije lo mismo, pero ahora la iniciativa es mía. El alumno tendrá más inhibición para atacarme de nuevo.

Tener la iniciativa es más valioso que tener razón. García–Gallardo había dicho que el cine español era de señoritos, porque chupaban subvenciones para películas que no interesan a nadie y que la única cultura válida era la que no era portadora de ideología. No estoy seguro de que en su boca la palabra «señorito» deba tomarse como un insulto, pero es lo que dijo. Almodóvar, en el conspicuo momento de los Goya y en presencia del señorito Gallardo, dijo que no son tan pocos los espectadores, que el cine crea puestos de trabajo y que genera muchos impuestos, y que todo esto devuelve el esfuerzo del estado. La respuesta es buena solo si somos conscientes de sus límites y si comprendemos que en el rifirrafe la censura ultra ganó unos metros. El señorito desplegó tres tópicos del activismo ultra: censura (obras con «ideología»), ataque a los servicios públicos (las odiosas subvenciones) y ataque a la cultura (llaman cultura a cualquier cosa, dijo el señorito). Vayamos por partes.

Los concejales Sara Álvarez Rouco, Oliver Suárez y el diputado José María Figaredo

La censura no se puede hacer de golpe. La gente aplaudió a Almodóvar porque Almodóvar tenía razón. Tanta razón como tenía yo en mi situación imaginaria cuando contestaba al alumno que no era culpa mía llegar tarde. El señorito Gallardo ataca y Almodóvar se defiende. El señorito tiene la iniciativa. El tema de las subvenciones al cine queda sobre el tapete, hay presión. La censura, decía, no se hace de golpe. Se amaga, se presiona. El efecto de la iniciativa es que queda en la agenda que se llama cultura a cosas con ideología y que se da dinero público a propaganda ideológica. La iniciativa fue de Gallardo, Almodóvar y el cine tuvieron la conducta inducida y volverán a ser atacados. En Gijón el ultra y tránsfuga (que son dos cosas) Óliver Suárez desde Divertia amagó: que no puede haber espectáculos en los que se use el asturiano, que si es con dinero público no debe haber carga ideológica, que no se puede contratar a Rodrigo Cuevas. Se hacen concentraciones, la alcaldesa finge sofocos y dice que no que no, que todo está abierto para todo el mundo. Pero la oposición no fue más allá de la mera reacción a la provocación. Gana el ultra. Es como cuando en el recreo el matón amaga con pegarte, haces el espasmo defensivo y se va. No te pegó, pero ya empezó a intimidarte, el camino al puñetazo está más despejado. Lo de Gijón ya es censura.

La subvención es un mantra propagandístico facha habitual. Intenta hacer ética la disolución del estado, en plan Milei. Recordemos el eje de esa propaganda. Te quieren quitar el médico, la escuela y la jubilación. Un derecho requiere un servicio público que tiene un coste. El derecho a la educación no funciona sin escuelas y docentes, que cuestan. No atacan el derecho, porque eso irritaría a la gente. Atacan el servicio y lo hacen atacando a sus profesionales. Y aparecen sus palabras: los profesionales son subvencionados, sus sueldos paguitas y el servicio público un chiringuito. Lo del cine es suma y sigue.

El ataque a la cultura está en el ADN ultra. Cuando fingen los acentos de los humildes contra los poderosos, los poderosos no son los ricos o los bancos, son los universitarios urbanos engreídos que comen la sopa boba. La cultura provoca sin remedio crujidos y poltergeists amenazantes en el tejido ultra, siempre necesitado de simpleza y brutalidad.

La réplica tiene que ser con iniciativa y la iniciativa no se consigue con asombros llorones a sus provocaciones ni con réplicas que igualen en magnitud la ofensa recibida. Hay dos formas de conseguir la iniciativa. Una es callar y soltar el ataque cuando no esté la ofensa en la actualidad. Y la otra es rebasar el voltaje de la provocación, para que sean ellos los que estén a la defensiva sin iniciativa. No basta defender las ayudas al cine. Hay que atacar la fortuna que el estado gasta en la Iglesia y su descomunal despliegue ideológico. Hay que decirle a Óliver que una misa en la plaza de toros para cuatro gatos sí es ideología y que decir que los toros son la esencia de Gijón y la feria de la libertad es ideología a chorros. Para ellos ideología es lo que para Franco era política. Asociaciones culturales, revistas escolares o reuniones de alumnos eran meterse en política. Hay que decirlo y decir que Vox es el partido más subvencionado, como dóberman que es de la oligarquía, y que las subvenciones que les molestan son las públicas, que favorecen derechos, y no las privadas, que tienden al cacicazgo. Hay que subir el voltaje de su provocación y complicarles el siguiente paso. Parte del voltaje es siempre el ad hominem: no hay que hablar del mensaje, sino de su emisor ultra. Recuerden: se ríen de que los insultes, pero odian que los describas.

Julian Moore, Pedro Almodovar y Tilda Swinton.

Con respecto a las subvenciones, hay que relacionar siempre el gasto público con los derechos. Los derechos son la versión laica y operativa de la gracia divina del catolicismo. La gracia divina es un don de salvación de Dios que no se tiene por merecimiento, sino por nuestra condición de hijos adoptivos suyos. Los derechos son atenciones que no hay que merecer, son asistencias garantizadas por la sociedad sobre los individuos por ser parte de esa sociedad, por la gracia de Dios. Quienes denigran el gasto público y hacen bandera de eliminarlo solo quieren lo que quieren las oligarquías más agresivas: eliminación de derechos, clasismo y población desprotegida. El mercado no sirve para todo lo que necesitamos: las carreteras o el campo necesitan políticas públicas. Y la cultura. Y los partidos, para que no tengan solo subvención los dóberman de los ricos.

La cultura en una sociedad es tres cosas: divertimento, formación personal y tejido colectivo. Música, cine o libros nos divierten, nos dan conocimiento, herramientas de comprensión y tacto de la belleza (formación) y constituyen esos saberes, gustos e inclinaciones compartidos, que hacen que nuestro espacio tenga ese punto previsible y rutinario de estar en casa y que se quiere atrapar en etiquetas como «cultura asturiana» o «cultura occidental». Vuelvan a leer las palabras divertimento, conocimiento, belleza, saberes, gusto. Y ahora miren de golpe una foto de Ortega Smith o Trump. Entenderán por qué la ultraderecha trata la cultura como un disolvente. Porque lo es.

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