Hacia un sindicato agroecológico en Asturias: “Las organizaciones representan al agricultor industrial”

Un grupo de jóvenes productores agroecológicos pretenden crear una organización que ejerza de contrapeso a los intereses de los agentes industriales y especulativos

Recomendados

Bernardo Álvarez
Bernardo Álvarez
Graduado en psicología y ahora periodista entre Asturias y Madrid. Ha publicado artículos en ABC, Atlántica XXII, FronteraD y El Ciervo.

José Luis Álvarez Fernández tiene tres hectáreas de frutales-kiwis, manzanos de sidra-y una pequeña huerta en el concejo de Siero. “Todo en ecológico”, precisa. Es Álvarez es presidente de la Asociación de Defensa de los Cosecheros de Asturias y, junto a un grupo de jóvenes productores, trabaja en la creación de un sindicato de pequeños agricultores ecológicos que toma como referencia al Sindicato Labrego Galego o la Confédération Paysanne francesa. “En este sector hay poco relevo generacional”, lamenta, “y a los que quieren dedicarse a ello hay que apoyarles y darles acceso a la tierra para que podamos seguir teniendo producción agraria propia y con poca huella ecológica”.  

“El problema de los sindicatos agrarios, aparte de que no hay elecciones desde hace 12 ó 14 años, es que en una década cambió mucho la problemática”, explica el productor, “y aunque sigue habiendo los problemas de siempre-el precio, relevo generacional, acceso a la tierra-no aparecen otras cosas que están de fondo en el debate político”. Por todo ello, piensa que es necesario “un sindicato en el que se vea que hay agricultores produciendo aquí de manera agroecológica y limpia y que es posible buscar alternativas a la agricultura industrial y a la ganadería intensiva”.

Y es que es precisamente esa agricultura industrial y esa ganadería intensiva la que copa en buena medida las principales organizaciones agrarias. Los productores agroecológicos, aunque cada vez más numerosos, no son todavía los suficientes como tener representación en ellas. El problema de estos sindicatos es que carecen de “objetivos alternativos para cambiar el modelo, porque claramente hay que cambiarlo. Entonces siguen luchando por el precio de los piensos o de los abonos químicos, y es algo por lo que hay que luchar, pero hay que ir buscando alternativas a medio-largo plazo”.

Feria Agroalimentaria de Llanera, Recinto Ferial FOTO: Iván G. Fernández

Sobre las protestas agrarias de las últimas semanas, Álvarez afirma que muchas de sus reivindicaciones son “razonables, porque la gente ganadera se juega el sueldo y está viendo que cada vez le queda menos margen para vivir”. La causa de esto, bajo su punto de vista, hay que buscarla en “una serie de intermediarios y especuladores que están subiendo los precios y pagándolos igual que hace 20 ó 30 años. Supongo que todo el mundo con un poco de sentido común ve que la alimentación no se tiene que regir tanto por oferta y demanda, sino que habría que proteger la soberanía alimentaria para tener productos locales, cercanos y eliminar la contaminación”.

Pero es difícil iniciar una transición hacia ese modelo, puesto que “hay gente que no lo quiere cambiar. Es una lucha de poder. Hay gente que cree que haciendo crecer infinitamente la granja o el cultivo puede llegar a amortizar costes. Pero no se trata de crecer, porque las empresas agrarias en general son pequeñas, se trata de que haya un relevo generacional y se continúe con la agricultura familiar y no tanto de especulación y de grandes empresas. Parte de esos sindicatos claramente representa a ese tipo de agricultor industrial e intensificado y que piensa que por ahí vamos a seguir”.

“Claramente hay que cambiar de modelo”, continúa el agricultor, “bajar el pistón e ir a modalidades más locales, más cercanas para ir hacia el autoabastecimiento. Esos modelos ya están ahí, pero hay que ir adaptándose a ellos. De hecho, los agricultores pequeños y medios cobran ayuda de Europa precisamente para tener alimentación en Europa, cercana, para tener alimento sin depender de tan lejos. Para eso está la PAC (Política Agraria Común), aunque parte de ese dinero se dedica a grandes industrias que solo piensan en especular y no ven que hay que bajar el pistón por cambio climático, sequía y porque no se puede despilfarrar tanto. Hay que aprovechar más los recursos locales”.

Otro de los puntos calientes en el sector es el de la distribución de los productos, donde también cree necesario revertir el modelo de grandes superficies que acaparan cada vez más poder. “Eso es un problema”, señala, “porque esa gente va a especular, y les da igual comprar la naranja aquí que comprarla en Sudáfrica, aunque luego la gente de Valencia tenga que tirar la naranja. Y habría que pensar más, porque igual en Asturias tendríamos que producir algo de naranja, por ejemplo. Esa es la vuelta que hay que dar. Hay que buscar más alternativas y no ceñirnos a productos especializados, sino a un mayor abanico de productos para tratar de bajar los costes de distribución”.

Tractorada: Foto: Alisa Guerrero

¿Y qué hay del supuesto exceso de burocracia en el campo? “Está claro que es así”, sostiene Álvarez, “y nadie dice que la agricultura no tenga que estar controlada, pero no puedes entrar en bucle, y creo que es lo que está pasando”. Bajo su punto de vista, hay un exceso de control por papeles al mismo tiempo que no hay apenas análisis e inspecciones reales: “Por ejemplo, de cuánto cuesta producir un producto y a cómo lo compra el consumidor final. Ver qué plaguicidas usamos y cuáles se pueden sustituir por otros más baratos y cercanos. Lo mismo con el abono: en vez de abonos de síntesis de Rusia hechas con gasoil, pensar en buscar abonos aquí de reciclaje, como el compost de Cogersa”. Hay que buscar alternativas racionales y económicas que redunden en beneficio de la mayoría social. Tú puedes hacer muchos papeles, pero luego no hay un control real de análisis de tierras, de plantas, de frutas, de los pesticidas que echas…”

Ovejas pastando FOTO: Iván G. Fernández

Todo está relacionado con las quejas de los agricultores sobre la competencia desleal de los productos llegados de otros países con una normativa más permisiva: “Hay cosas que aquí no se producen, como el café o el cacao, y los tenemos que importar. El problema es que se mercantilice y se utilice la agricultura como moneda de cambio para otros negocios o para que Marruecos nos bloquee la frontera sur. Utilizar la agricultura para eso es un fallo tremendo de Europa”.

“Lo lógico”, piensa él, “es comer los productos más cercanos, más limpios y más baratos del modo más racional. Pero se firman esos tratados, como el de América del Sur, que ni siquiera benefician a los campesinos de allí, sino a las grandes industrias. Si aquí no tenemos pienso para nuestro ganado, habrá que pensar en tener menos ganado, o en consumir menos leche y consumirla mejor, con piensos locales que también crearían economía aquí. Pero eso no interesa, interesa comprar la soja a Brasil para dar de comer a nuestros xatos. Las presiones y el lobby del trasiego mundial de mercancías, barcos y petróleo es muy grande”.

“La agricultura”, concluye, “es siempre la hermana pobre de la economía: si no tenemos aquí lo traemos de otro lado o comemos otra cosa. Ya, claro, pero a mí me gusta comer una fabada y que las fabas sean de Asturias, si puede ser, y darles de ganar a los de Luarca que la siembran. Eso genera una economía que va a redundar en beneficio mío. Hay que pensar en la economía circular, en pisar un poco el freno y bajar el pistón”.

Actualidad