Apátridas

La prodigiosa interpretación de Riccardo Rigamonti, con tan sólo una silla como atrezo, consigue hacernos creer que estamos ante el auténtico Tonino Cantisani

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Roberto Corte
Roberto Corte
Roberto Corte (Oviedo, 1962). Vinculado al teatro asturiano desde 1980, y ligado a la autoría y dirección en el ámbito escénico, en la actualidad colabora como crítico en revistas especializadas.

Italianeses, de Saverio La Ruina

Intérprete: Riccardo Rigamonti

Off Niemeyer, viernes 16 de febrero, Avilés

De Albania nada se sabía. Cuando, de jóvenes, discutíamos sobre religión y comunismo, salía su nombre sólo como ejemplo de “comunismo puro”. El único país del mundo declarado oficialmente “ateo”, se decía. Y algo de eso hubo, aunque hoy sus ciudadanos sean mayoritariamente musulmanes y el silencio mediático persista, condimentado mordazmente con la leyenda negra de las bandas albanokosovares. La historia que nos muestra el excelente actor Riccardo Rigamonti centra su atención en un pasaje de postguerra –la Segunda Guerra Mundial– también oculto y desconocido para la mayoría de los españoles. Al finalizar la contienda soldados italianos que lucharon con los fascistas, atrapados en Albania, fueron condenados y devueltos a su país de origen. Sin embargo muchos de sus familiares civiles, mujeres y niños principalmente, y ya con el régimen comunista, quedaron recluidos en campos como prisioneros, bien acusados de participar en actividades contra el nuevo orden o simplemente por cuestionar la política del Partido. En 1991, reconocidos por Italia como refugiados, y con la esperanza de ser recibidos como héroes, descubren nuevamente que la realidad no hace más que confirmar su triste y sempiterna condición de apátridas: italianos para los albaneses y albaneses para los italianos.

La prodigiosa interpretación de Riccardo Rigamonti, con tan sólo una silla como atrezo, consigue hacernos creer que estamos ante el auténtico Tonino Cantisani, el personaje que con su fragilidad conmovedora nos transmite desde los colores, olores y sabores de los barracones de brea donde creció, hasta la bondad sin límites con la que encaró su afligida infancia, el enamoramiento de la chica de rostro amable que iluminó su vida, las enseñanzas del sastre calabrés que le descubrió su amor a Italia y las combinaciones cromáticas de las telas, el zarpazo que supuso el rechazo del padre sublimado en la ausencia, la rabia, el orgullo y la confianza en el futuro de ese cuerpecillo menudo de gesticulación mediterránea que lucha por descubrir su identidad.

Italianeses

Italianeses, la pieza del dramaturgo Saverio La Ruina, es un testimonio entrañable que sale a escena también como denuncia, pero deliberadamente alejado de la frialdad de la proclama y la estadística reivindicativa. Poética de alto vuelo y empatía, sobre unos seres anónimos que sobrevivieron a las injusticias de la guerra, el miedo y la opresión. El trabajo de orfebre, tan preciso y hermoso, que le pone Riccardo Rigamonti en la realización artística no pierde detalle y lo hace vibrar y brillar de la mejor manera como una lucecita en medio de la estepa. Teatro a pecho descubierto y como de otro tiempo, sin parafernalia escénica y sin apenas apoyadura técnica, que conviene preservar y cultivar como patrimonio de las artes escénicas para goce y disfrute de las generaciones más jóvenes. “La libertad es estar donde tú has elegido estar”, nos dice Tonino Cantisani al concluir su tortuoso periplo existencial. Una afirmación de principios coincidente con el artículo 13 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Frase por la que conviene pelear y luchar, más allá de la ambigüedad y complejidad que como realidad encierra.

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