La vida no alcanza para hablar de la literatura

A los 25 años de la muerte del escritor argentino Adolfo Bioy Casares

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Paquita Suárez Coalla
Paquita Suárez Coalla
Escritora en asturiano y en castellano, traductora y profesora en el Borough of Manhattan Community College, de la Universidad de la Ciudad de Nueva York.

Conocí a Adolfo Bioy Casares en la primavera argentina de 1990 gracias a la profesora y crítica literaria Ana María Barrenechea. Era el 30 de septiembre, y da testimonio de esta fecha la dedicatoria que aparece en mi edición de Emecé de El sueño de los héroes. Yo estaba haciendo la tesis doctoral en el departamento de Teoría Literaria de la Universidad de Oviedo sobre lo fantástico en su obra, y había llegado a Buenos Aires con una estancia de tres meses para trabajar con la doctora Barrenechea en el Instituto de Filología y Literaturas Hispánicas “Amado Alonso”, que ella dirigía. Como discípula leal a la formación académica que había recibido en mis años de carrera, en la que se insistía en la autonomía de la obra y se desaconsejaba leer las biografías de los autores, mi intención no era conocer a Bioy Casares sino hacerme guiar por una de las mayores conocedoras de la gramática de lo fantástico en la literatura argentina. Curiosamente, el primer consejo que me daría Ana María Barrenechea la primera vez que nos reunimos en su oficina del Instituto fue que me pusiera en contacto con Bioy Casares. No lo hice, por una mezcla de timidez y desconfianza, pero cuando me repitió lo mismo la segunda ocasión que nos vimos, y tratando de evitar que tuviera que hacerme idéntica recomendación por tercera vez, me animé a comunicarme con el autor cuyas obras estaba estudiando.

Me imagino, porque no me acuerdo, que habré buscado su número de teléfono en una de aquellas guías con aspecto enciclopédico que ya no existen, y que lo habré encontrado sin dificultad. La llamada la hice desde la casa de la familia donde me quedaba —en Floresta— y aunque no soy capaz de reproducir la emoción que pudo haberme producido el escuchar al otro lado del hilo telefónico la mismísima voz de Bioy Casares, sí recuerdo la mezcla de incredulidad y sorpresa que me causó recibir una llamada suya una semana después —un miércoles por la tarde— invitándome a almorzar al día siguiente. Solamente los tópicos —que voy a evitar— podrían describir de manera aproximada este primer encuentro con Bioy Casares en La Biela, un restaurante situado en la Recoleta, a pocas cuadras de la calle Posadas donde él vivía y no muy lejos del cementerio más aristocrático de la ciudad, el mismo en el que hoy reposan los restos del autor y su familia.

Panteón de la familia Casares en el cementerio bonaerense de la Recoleta.

Todo lo que podría decir del creador de La invención de Morel y Plan de evasión no son más que repeticiones y plagios de lo mucho que ya se ha dicho y escrito sobre él, pero confirmo que Bioy era una persona de una elegancia y caballerosidad exquisitas, un poco como de otra época, y que te hacía sentir, sin esfuerzo alguno por su parte, que le importabas. Fue así como lo sentí cada vez que me llamó para ir a almorzar juntos, supongo que porque yo había llegado a Buenos Aires sin mayores expectativas y por lo que representaba para una estudiante de doctorado reunirse semanalmente con el que había sido el mejor amigo de Jorge Luis Borges.

Aunque el gran reconocimiento de Bioy Casares no tardaría en llegar, cuando un poco al azar decidí estudiar su obra, este autor permanecía ligeramente a la sombra del que ya era considerado uno de los mejores fabuladores en lengua castellana. Reconozco que esto influyó en mi decisión, porque tenía la impresión de que aún no se había dicho todo sobre Bioy Casares como sospechaba que se habría dicho sobre Jorge Luis Borges, pero también sentía que las historias de Bioy estaban tejidas con ciertas fibras de “humanidad” que no alcanzaba a descifrar en los relatos más cerebrales de su mejor amigo. Y eso me gustaba. Los cuentos de Bioy me emocionaban más y sus personajes, a pesar de los esfuerzos del mismo Bioy para huir del sentimentalismo y moderar las emociones con pequeñas dosis de ironía y de humor, me resultaban más reconocibles y cercanos.

Regresé de aquella estancia en Argentina —mi primer viaje trasatlántico— con numerosas historias que contar pero repetí muchas veces la de Bioy Casares, y todo el mundo que entonces me conocía llegó a saberla, con un dato ahora añadido a mi favor: desde el 15 de noviembre, cuando se hizo público que Adolfo Bioy Casares era el nuevo Premio Cervantes, ya no tenía necesidad de explicar de quién estaba hablando cuando hablaba del autor sobre el que hacía mi tesis y, mucho menos, no tenía que seguir repitiendo aquel párrafo incómodo de su amistad con Jorge Luis Borges para que supieran a quién me refería.

Bioy estaba en Madrid participando en la Semana de Autor que el Instituto de Cooperación Iberoamericana le había dedicado, cuando se enteró de la noticia y yo seguía en Buenos Aires cuando lo supe. Habría luego más acontecimientos afortunados a partir de este. En abril de 1991, Bioy volvería a España a recoger el premio. Aprovechando su estancia en Madrid, se acercó a Oviedo para participar en los Encuentros de Escritores Hispanoamericanos que coordinaba Miguel Munárriz, a quien entonces me unía una relación cercana, y el 21 de noviembre de ese año, el mismísimo día que yo defendía mi tesis doctoral, en primera fila, y al lado de su amiga Vlady Kociancich, estaba Adolfo Bioy Casares protegiéndome espiritualmente en aquella ceremonia de iniciación en mi vida académica. Bioy venía otra vez de Madrid, donde había estado como jurado del Premio Cervantes, y otra vez había llegado a Asturias desde la capital, en esta ocasión, para asisitir a la defensa de mi tesis sobre su obra.

A la salida del acto, y cuando íbamos de camino al restaurante Los Lagos, hoy desaparecido, en un aparte, y con aquella amabilidad genuina de Bioy, me dijo que aunque no había entendido nada le había gustado mi presentación. Pienso que lo habrá dicho desde el cariño y el agradecimiento, pero quiero pensar que sí le gustó lo que escribí porque eché un poco a un lado el metalenguaje de la crítica y recurrí a mis mejores palabras para explicar sus obras.

Volvimos a vernos en diciembre y enero en Buenos Aires, y lo mismo él que Vlady Kociancich —con quien pasé una tarde en la enorme biblioteca de su piso en la calle México— seguían mostrando su asombro por la particular puesta en escena de una defensa de tesis y por las noticias sobre unas crías de oso pardo que habían encontrado en Degaña y de las que habían estado hablando aquellos últimos meses los periódicos locales. Pero más que nada, y admiración de vida de provincias a un lado, Vlady y Bioy se mostraban agradecidos por la enorme generosidad con que todo el mundo los había atendido en Oviedo durante su viaje a Asturias.

La familia de emigrantes españoles con la que yo había estado viviendo el año anterior había regresado a España y las dos primeras semanas de esa segunda estancia en Argentina me las pasé buscando un lugar donde vivir. Al final acabé sola en un departamento en Palermo —conocido el barrio como Villa Freud— y, como no tenía teléfono, era yo la que me ocupaba de llamar a Bioy todas las semanas para reunirnos. Si mal no recuerdo, Bioy era una persona escrupulosamente puntual, le gustaba llegar antes a las citas para que no tuvieran que esperarlo, y consideraba de buen gusto ser él el que esperara. Por eso me extrañó el día que llegué a La Biela —a la una en punto, porque también yo soy puntual— y no estaba.

No iba a pasar mucho tiempo antes de que viera acercarse a mí una mujer que dijo haberme reconocido por la foto que el señor —así le decía— tenía en la casa. Esta mujer era Jovita Iglesias, la conocida ama de llaves de los Bioy, a quien él había enviado con una carta para disculparse por la pequeña fatalidad de haberme invitado a comer el mismo día y a la misma hora en la que tenía una cita en el consulado de México con Carlos Fuentes. Yo tuve que haber agradecido inmediatamente esa feliz equivocación que me hizo poseedora de esa carta que conservo como reliquia —aunque no soy en absoluto mitómana— y que me permitió adentrarme de manera tangencial en la intimidad del autor.

Jovita y yo nos sentamos en la terraza de La Biela y, mientras tomábamos un refresco al que ella me invitó, hablamos durante una hora. Jovita era una mujer simpática, de conversación fácil, que había salido de un pueblo de Galicia a finales de los años cuarenta y había estado al servicio de los Bioy durante toda su vida. Jovita no volvió más al pueblo en el que había nacido, y no sé si habría o no nostalgia de su tierra en esta mujer que había llegado a Buenos Aires con veintidós años, pero llevaba grabada en la memoria la imagen de su madre, diciéndole adiós a través de los visillos que cubrían el cristal de la ventana, mientras ella, rumbo a la Argentina, se iba alejando de su vista y de sus afectos.

Bioy, y no Jovita, fue quien me contó esta historia.

Las líneas más esenciales de mi currículum vital empezarían a cambiar muy pronto, y lo hicieron de tal manera que ya no volvería a ver a Bioy ni a saber más de él. En septiembre de 1993 fui a trabajar a la Universidad Autónoma del Estado de México, y un año más tarde ya estaría viviendo en Nueva York. Fue precisamente en esta ciudad donde perdería el contacto con el escritor y con la persona. Estamos hablando de una época en la que no se había generalizado el uso particular de internet, y yo no sabía más que de dos o tres puestos de periódicos que vendían prensa internacional. Una vez a la semana, y tampoco siempre, me acercaba a Times Square a comprar El País, periódico que entonces, y para mí eso era mucho, costaba cinco dólares. De los frecuentes viajes a España que llegó a hacer Bioy en sus últimos años me enteraría por mis padres, y cuando iba a Asturias por los veranos me metía de cabeza en las librerías en busca de cuanta novedad editorial no podía encontrar en los Estados Unidos.

Los primeros años en Nueva York pasé demasiado tiempo ajustándome a una cultura que sentía ajena, y toqué indiscriminadamente la puerta de todos los lugares donde oía conjugar un verbo en español. El Instituto Cervantes representó para mí una especie de refugio. Allí me pasé tardes enteras leyendo o preparando clases, amparada por los ecos hablados y escritos del español, y durante el periodo en el que Enrique Camacho era el director y José María Conget el responsable de las actividades culturales, no me perdí prácticamente ninguno de los eventos que allí se organizaron, pero cuando una tarde de octubre de 1996 descubrí que pocos días antes había estado en aquel lugar exacto Bioy Casares dando una charla, me faltó el aliento para digerir la noticia. Tan conmocionada me tuvo que ver Maribel, la esposa de Conget, que me dio el teléfono del hotel donde Bioy se estaba quedando para que, si quería, lo llamara. En la biografía de Silvia René Arias —Bioygrafía— dice que Bioy se había alojado esos días en el hotel Mayflower, cuyos grandes ventanales reflejaban el Central Park. Lo que yo recuerdo, y porque Maribel me lo había comentado, asombrada por una petición que ningún autor antes les había hecho, es que Bioy se había quedado en el Ritz, con vistas al mismo parque.

Adolfo Bioy Casares (1914-1999).

Lo llamé de inmediato desde el teléfono del Instituto Cervantes, y del otro lado de la línea, muy delgada, muy débil, demasiado frágil, reconocí su voz. Le resumí apuradamente mi vida en dos oraciones, me escuchó con la elegancia de siempre, y se despidió con unas palabras de cariño. Fue esa la última vez que hablé con Bioy. Tres años más tarde, sentada en un café de China Town el 8 de marzo de 1999 —Día Internacional de la Mujer— y sin que tampoco sepa decir bien cómo fue que me enteré de su muerte, recordé aquellos días aún cercanos en los que iba a almorzar con Bioy Casares a La Biela, me acordé del día feliz en que estuvo sentado en primera fila durante la defensa de mi tesis, y celebré la suerte de haberlo conocido.

Con los años, y cuando mi carrera profesional había seguido un rumbo muy distinto al que había imaginado tiempo atrás, empecé a preguntarme con cierta obstinación qué era lo que me había llevado en realidad a estudiar la obra de Bioy Casares y, más que nada, lamenté la orientación que le había dado a una tesis en la que ignoré demasiado al autor, y me serví en exceso de los armazones de la teoría literaria. Sé, de todos modos, que no hubiera podido hacerlo de otra forma, y que aun entonces, encontré la forma de cargar de emoción la tinta con la que escribí mi tesis. Según fueron saliendo, leí con avidez las distintas biografías que se hicieron de él y de Silvina, y traté de buscar entre las líneas de su obra y de sus diarios al autor que yo “había conocido”. Si eso es o no literario ni lo sé, ni me preocupa mucho; reconozco que, con los años, me acerco a los relatos testimoniales y a cualquier tipo de literatura confesional con el mismo interés con que me acerco a la literatura ficticia, tratando de encontrar detrás del lenguaje algún tipo de clave que me permita entender un poco mejor la enorme complejidad de la naturaleza humana.

No mucho antes del inicio de la pandemia, en el otoño de 2019, recibí un correo electrónico desde Argentina del cineasta cordobés Eduardo Raspo. Eduardo me contaba que estaba haciendo un documental sobre la editorial Tor, en la que Bioy Casares había publicado Diecissete disparos contra lo porvenir, y quería saber si yo guardaba la grabación de la entrevista que le había hecho para la revista Ánthropos en el 91, y en la que Bioy hablaba de su experiencia con la editorial. La idea de Eduardo era incorporar la voz de Bioy Casares al documental, en caso de que yo tuviera el audio. Habían pasado casi treinta años desde la publicación de esa entrevista, y yo ignoraba si tenía o no la grabación. En caso de tenerla, tendría que estar en casa de mis padres, pero ese mismo invierno cuando fui a Asturias no la encontré. Luego se incorporó a nuestras vidas la pandemia y los planes fueron otros. Me imagino que todos nos olvidamos de muchas de las cosas que teníamos que hacer, y muchas otras nos vimos obligados a arrinconarlas hasta la llegada de mejores tiempos; por eso, cuando en el verano del 2021 encontré, ahora sin haberla buscado, la cinta en la que estaba registrada mi conversación con Adolfo Bioy Casares me sentí dichosa.

La escuché a mi vuelta a Nueva York y la voz de Bioy, acompasada con la cadencia suave de la lluvia asturiana que nos acompañó aquella mañana de mayo de 1991 en el desaparecido J&L del Oviedo antiguo, me hizo recuperar, mientras la oía, la memoria feliz del encuentro en mi tierra con el escritor argentino. Un día de finales de invierno como hoy, 8 de marzo, en el verano austral de la ciudad de Buenos Aires, moría hace veinticinco años Adolfo Bioy Casares. Además de las mujeres, y el pan, y el agua, Bioy había amado sobre todo la literatura y la vida. “El negocio serio de la vida –me dijo en aquel día en el J&L– es la literatura. Con Borges y con Silvina teníamos la impresión de que la vida no nos alcanzaba para hablar de la literatura como queríamos hablar”. Fue Bioy un ser humano privilegiado, aunque en los últimos años, y tras la muerte precipitada de su esposa y de su hija, con apenas tres semanas de diferencia, la mala suerte se ensañó con esta persona que lo tuvo todo, incluida la elegancia y la belleza. Pero qué no diera él, que tanto temía a la muerte y tanto le espantó la vejez, por seguir viviendo.

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