Decía hace unos meses María José Capellín, en su presentación de Sonia García Galán en la charla “Transgresoras: Diputadas por Asturias en la Segunda República”, en la Semana Negra de Xixón, que llamaba la atención el hecho de que en la II República, de una Asturies imbricada “en un movimiento obrero que tenemos muy establecido como el clásico masculino: la minería, el metal…” hubieran salido tres diputadas. Hoy parecen pocas, pero la percepción cambia si se especifica que esa cantidad supone un tercio de todas las mujeres elegidas a Cortes en todo el periodo republicano. Entre ellas, además, se encuentra la más destacada de todas, con permiso de Clara Campoamor, por su pervivencia a lo largo de la Historia de España: la vizcaína Dolores Ibárruri, La Pasionaria, elegida diputada por Asturias en las elecciones de 1936 y cuya vida glosó en ‘Pasionaria. La vida inesperada de Dolores Ibárruri’ (Hoja de Lata, 2021) el director de Nortes, Diego Díaz. Las dos que la precedieron, sin embargo, no han dejado la misma impronta en el imaginario popular.
El ‘capricho’ femenino de votar
De las nueve diputadas de los tiempos de la República, solo una, Francisca Bohígas, fue derechista. Pertenecía al Partido Agrario de León, integrado en las elecciones de 1933 dentro de la CEDA. Victoria Kent representó al Partido Republicano Radical Socialista (PRRS) y Clara Campoamor al Partido Radical. Pasionaria, como ya se ha dicho, al Comunista. Las otras cinco, incluidas nuestras protagonistas, procedían del PSOE, aunque sus destinos dentro del mismo fueron dispares. Margarita Nelken acabaría ingresando en el PCE en el otoño de 1936, al igual que Veneranda Manzano, algunos años después. Manzano, como sus correligionarias Matilde de la Torre y Julia Álvarez Resano, sería expulsada del partido en 1946, junto a Juan Negrín; a María Lejárraga, en su exilio de posguerra, su marido le robaría los derechos de sus obras literarias, y Disney, el guion de La dama y el vagabundo.

Difícil mantenerse en el cesto de la memoria con semejantes mimbres. Ni siquiera las diputadas electas se librarían del machismo incluso dentro de sus propias filas. Para muestra, un botón. Matilde de la Torre, pedagoga y novelista, folclorista y pensadora, tenía 48 años y una dilatada trayectoria cuando en el seno del Partido Socialista se debatió la conveniencia o no de hacer efectivo el sufragio femenino reconocido por la Constitución de 1931. Un sector minoritario creía que promover aquel derecho acarrearía una incómoda victoria en las urnas de los sectores más reaccionarios, imbuida como estaba, según su opinión, la mujer española del tiempo del confesionario y del marido (del marido derechista, se entiende). De la Torre, en la que prevalecía la convicción de que los derechos humanos eran irrenunciables, se oponía a esa idea.

En una de aquellas reuniones, la discusión se fue de madre y la cántabra, que en unos meses optaría a Cortes por Asturias, abandonó el local con un portazo, al grito, hoy críptico, de “¡No quiero pasteles!”. “La impetuosa compañera”, dijo días después Félix Lorenzo, director del diario republicano La Luz, bajo el seudónimo de Heliófilo, “no admite conveniencias políticas que chafen, siquiera sea de pasada y por poco tiempo, el anheloso capricho que las mujeres sienten por votar (…) ¿Ve usted, Matilde de la Torre? Aún las mujeres más republicanas son capaces de dejarse arrebatar por su condición femenina contra el interés principal de la República. Si mañana estuviesen todos los partidos de la República llenos de mujeres, créame usted, no oiríamos más que portazos”.
1933: dos diputadas para Asturias
Heliófilo no vivió para oír cómo las llaves de la Cárcel Modelo tintineaban, de manos de una mujer, contra las rejas de los presos políticos del 34, ni el sonido de los fusiles empuñados por una plétora de militares para romper el sueño republicano en el 36. Antes de eso, en las elecciones generales de 1933, en las que la CEDA logró más del 40% de los votos frente a unas izquierdas desunidas, resultaron elegidas diputadas por Asturias Matilde de la Torre y Veneranda García-Blanco Manzano, a la sazón maestra en Vidiago (Llanes) y que dejaría menos poso sobre el papel que su compañera cántabra. No por falta de actividad política, desde luego, ya que esta fue intensísima en la vida de esta piloñesa de Belonciu que, por entonces, frisaba los 40 años. Manzano había estado detrás de la creación del Círculo Republicano de Llanes; participó en el sindicato de enseñanza de la UGT y formó parte, después, de la Asociación de Trabajadores de la Enseñanza de Asturias, de poco inocente acrónimo (ATEA), llegando al Partido Socialista en el mismo año en que ingresó Matilde de la Torre: 1931.

Manzano había sido una irrefrenable activista; De la Torre una incansable escritora que llevaba plasmando sus ideas desde 1917, año de la publicación de su Jardín de damas curiosas, epistolario sobre feminismo. Ambas, eso sí, compartían el proceder buena cuna. A la boda de Veneranda Manzano, el 30 de enero de 1918, habían asistido gobernadores civiles, inspectores de enseñanza y otras autoridades; su educación, como la de Matilde de la Torre, hija de notario y prima de la artista María Blanchard, fue esmerada. Nada de eso fue óbice para su compromiso político. A pesar de que este no haya quedado registrado demasiado ampliamente en el caso de la piloñesa (que obtuvo 82.260 votos en las elecciones de 1933 frente a los 82.858 de su homóloga, los 84.504 de Teodomiro Menéndez o los 126.744 del vencedor por excelencia en Asturias, Melquiades Álvarez), su detención tras los sucesos de 1934 hace ver que su paso por la política asturiana no fue tan frugal como sugiere el papel. Tampoco las referencias en prensa, breves pero concisas, que la sitúan reuniéndose con comisiones de obreros o visitando a los presos en la cárcel.
Una rehabilitación tardía
El fin de la historia, tristemente, ya se conoce. Para cuando Matilde de la Torre revalidó su escaño en las elecciones de 1936 y Veneranda Manzano fue elegida compromisaria del Frente Popular, ahora unido y victorioso, ya todo estaba a punto de acabar. El golpe de Estado tampoco pondría freno a sus trayectorias, a pesar de que Manzano tuviera que lamentar las muertes de su hermano y su marido y De la Torre ya había comenzado a dar muestras de la mala salud que destacará, en su obra Un barco cargado de…, la periodista Cecilia García de Guilarte. La piloñesa trabajará activamente en la educación de los huérfanos de milicianos desde los primeros meses de la guerra, con la implantación de un centro de instrucción en la finca La Estrada, entre Villamayor y Sevares. Llegaría a ser inspectora provincial de Primera Enseñanza en Castellón, mientras Matilde de la Torre asumía la cartera de Comercio y Política Arancelaria de un gobierno a punto de caer. Empezando por Asturias, cuya derrota supuso, según dejó escrito De la Torre, la pérdida “de la región más culta de España”.

No pudo ser. Francia, y después México, fueron los destinos paralelos de las dos primeras diputadas por Asturias, pero Matilde nunca volvió. Murió en 1946, casi al tiempo de su expulsión del PSOE. Veneranda Manzano, que aún tenía mecha para luchar, acabaría ingresando al año siguiente en el PCE y volvió a España tras la dictadura. Ciega, porque había perdido la visión durante su exilio. El Partido Socialista no devolvería a sus dos diputadas por Asturias el carnet retirado en 1946 hasta 2008, cuando, en el marco del XXXVII Congreso, se decidió rehabilitar póstumamente a los negrinistas. Ni siquiera Manzano, que vivió hasta los 98 años, pudo formar parte de aquel homenaje tardío. “Fue la primera mujer que introdujo unas ideas de progreso en una España difícil”, diría, en su entierro en 1992, Antonio Masip, por entonces ya ex alcalde de Oviedo. Lo hizo, pero también hubo, como vemos, muchas más.



























