A los Premios Princesa de Asturias les han dado un Joan Manuel Serrat

El galardón al cantautor catalán, símbolo de la Cataluña progresista, es el colofón a unas elecciones que ponen punto y final al procés

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Víctor Guillot
Víctor Guillot
Víctor Guillot es periodista y adjunto a la dirección de Nortes. Ha trabajado en La Nueva España, Asturias 24, El Pueblo de Albacete y migijon.

A los Premios Princesa de Asturias le han dado un Joan Manuel Serrat. Retirado de los escenarios desde el 22, a sus ochenta años ha venido a recordarlo el Premio fundado por Graciano García, el mejor invento cultural, junto a los Cuadernos del Norte de Juan Cueto, que un periodista asturiano pudo legar a su comunidad. A Serrat lo contemplamos como a un joven anciano, como a un anciano joven, con la mirada crepuscular, el tiempo detenido, conquistado, como el trémolo final que se detiene en la última nota de su voz. Hay mucha simbología, en cambio, que liga el premio a la España del pacto y la furia. Joan Manuel Serrat es, sin lugar a dudas, la del acuerdo, la del pacto.

Mediterraneo celebra el erotismo de Oriente y Occidente. La música salva la memoria del olvido desde Safo hasta hoy. Toda la memoria de Occidente, de Algeciras a Estambul, yace en el fondo del Mediterráneo. El mar todo lo borra, pero la música logra rescatar el recuerdo de las emociones, cuando ya no encuentra el ancla en las palabras. Como Yves Montand o Jacques Brel, Serrat ha tenido esa vocación de cantautor hedonista y tierno, capaz de hacer temblar el pulso de la vida con la sencillez de un artesano, balanceándose entre la seducción y la bonhomía.

Joan Manuel Serrat

Si Sabina convirtió la noche en material de derribo literario, Serrat logró de la nostalgia conformar una constelación de canciones, si acaso, un estimulante género musical, bien orquestado, otoñal, parisién y sentimental. Incluso de Machado o Miguel Hernández logró que todo el simbolismo y barroquismo de uno y otro adquirieran una sencillez insólita y doméstica, como de una España de posguerra de sopas de ajo, pan blanco y mendrugo, con la niñez invernal, nanas de cebolla, el lamento entre sabañones y los caminos infinitos de Soria.

El independentismo ha repudiado a Serrat en todas las ocasiones, aunque Serrat haya sido el estandarte del catalán democrático, rebelde y progresista, bálsamo contra cualquier fanatismo y sobre todo, contra un nacionalismo de derechas, comercial y burgués, asentado en el privilegio antes de que saltara todos por los aires con la llegada del Estatut, el tres por cent y el procés. Sospecho que los catalanes siempre se han inclinado con más pasión por su idioma que por sus intelectuales independentistas. Lo comprobaremos en 20 días. Serrat ha sido una buena síntesis de estos dos campos de guerra, aliviando el odio, fortaleciendo el sentido común. Apostar por el castellano y por el catalán quizá era la forma más natural de ser español. Recuerden: la España del pacto.

Hubo un tiempo en que creía que la música de Serrat revelaba un pasado antes que un presente. Hoy creo que Serrat es lo más parecido a la Cataluña contemporánea, la que irá a votar el próximo 12 de mayo una propuesta diferente al independentismo. Serrat no envejece por mucho que siempre cante las mismas canciones y eso es un extraño talento que se da en él y en pocos más artistas. Nos gusta cuando vuelve al Mediterráneo, canta Paraules d’amor o Aquellos pequeñas cosas, sólo, acompañado por sus músicos y, sobre todo, al alimón con Tete Montoliu. También creo que su declive comenzó cuando se puso a componer discos nuevos con Sabina y convirtió sus conciertos en eternos karaokes. En cualquier caso, la grandeza del catalán es que siempre ha huido de cualquier autorreferencialidad que es a la poética lo que el nacionalismo a la política. En cualquier caso, no estaba en él el don del narcisismo, quizá porque la sabiduría consista en huir de uno mismo todo lo que se pueda, quizá porque citarse a uno mismo es lo más parecido a echarse mierda encima.

No suele haber nada casual en los Premios Princesa de Asturias. La mayoría de ellos suelen tener un significado político muy concreto que hay que saber interpretar. Hubo un redactor jefe, obsesionado con la realeza, que aseguraba que todo, hasta el color de los floreros, transmitían mensajes, durante la ceremonia de entrega en el teatro Campoamor. Sin llegar a tanto, el de las Artes de este año podría decirse que viene a ser el prólogo de la campaña electoral que comenzará este viernes, el colofón anticipado de lo que sucederá dentro de 17 días, quien sabe si el final del proces, el comienzo de otra fase política, otra canción, serena y tranquila, como la de Serrat. Estaremos atentos.

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