Un hombre enamorado de su mujer, o justicia para todas

Pedro Sánchez no tuvo problema en quedarse callado cuando varias políticas abandonaron su carrera, perseguidas, insultadas, defenestradas en medio del silencio de los tibios

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Marta González
Marta González
Traductora y profesora de Filología Griega en la Universidad de Málaga. Asturiana a distancia.

El presidente Pedro Sánchez debería haberse parado a pensar mucho antes, aunque no fuera un hombre profundamente enamorado de su mujer. A pensar en este golpe lento, que está en marcha al menos desde el 11M. La frase de galán de película, elegida, quizá, para despertar la empatía, suena un tanto falsa cuando sale de quien no reaccionó cuando se trataba de la mujer de otro. Debería darse cuenta el presidente de que esas palabras (que seguramente funcionen, no hablo aquí de estrategia, sino de humanidad) dejan desprotegido, por poner el foco en el lugar equivocado, a quien sufre injusticia pero no puede apelar tan eficazmente a los sentimientos para defenderse. Y hablo de hombres y de mujeres. Este hombre profundamente enamorado de su mujer no tuvo problema en quedarse callado cuando eran otras las atacadas, cuando ha visto ya a varias políticas abandonando su carrera por culpa del acoso, perseguidas, insultadas, defenestradas en medio del silencio de los tibios. Su frase, por centrarse en el efecto melodramático, deja incluso la duda (que puede sonar absurda, lo sé) de si, en caso de no estar tan enamorado, hubiera reaccionado igual. Pero el asunto es otro: ante la injusticia se protesta, siempre, enamorado o no.

Tampoco ha tenido problemas, este hombre que ama a su mujer, en vender armas a la bestia para que destroce a otras mujeres, mujeres que quizá tenían también a alguien que las amaba profundamente. A mujeres y a hombres, a niños y a niñas. Cuando reaccionemos será demasiado tarde y no habrá derecho internacional, ni siquiera derechos humanos que invocar, será tarde para plantearse, por fin, pararse a pensar. La justicia, o vale siempre y para todos, o no es justicia.

La situación no tiene ninguna gracia, en realidad. El gobierno, legítimo como es, debería aguantar y defender la legalidad, la democracia, la justicia, dentro de nuestras fronteras y fuera de ellas, sea cual sea la intensidad con la que, personalmente, cada uno de sus miembros se vea afectado por los ataques de quienes no aceptan las normas democráticas. Y deberían defendernos a nosotros, a nosotras, a todos, a todas. En realidad, la frase “estoy profundamente enamorado de mi mujer” me parece muy desafortunada. No se trata de una cuestión personal, se trata de que llevamos demasiado tiempo con una derecha que no acepta pacíficamente los resultados electorales. La guerra sucia contra el vicepresidente Iglesias y la ministra de Igualdad, Montero, la saldó el hombre enamorado diciendo que con Díaz se entiende mejor, y sin palabras de apoyo para ellos y sus hijos, acosados desde bebés; la guerra sucia contra la jueza Victoria Rosell acabó con ella dimitiendo (y con un juez que no era ella en la cárcel, pero quién se acuerda) y, de nuevo, sin la solidaridad del presidente. La lista es larga y la empatía del presidente con sus socios de entonces corta.

En el exterior, con una mano se pide el reconocimiento del estado palestino, con la otra se envían armas al verdugo. Y todo a la vez no se puede. A los sofistas de la Atenas clásica se les atacó (ya desde Platón) hasta el punto de convertir una palabra preciosa como “sofista”, “el que se dedica a la sabiduría”, en un insulto que aplicamos al que dice una cosa y la contraria con soltura y desparpajo. En realidad, los sofistas no hacían eso, sino que enseñaban a argumentar, que no es lo mismo. Y para ello un buen ejercicio era escribir discursos a favor y en contra de un mismo asunto, lo cual no pasaba de ser una buena práctica retórica y, por supuesto, no implicaba que esos discursos se pronunciaran en realidad, uno hoy y otro mañana, en el ágora. El problema es que, ahora, de ese sentido peyorativo del término sofista tenemos ejemplos día tras día, cuando lo que se dice en una situación no sirve para la siguiente. Si siguiera con el ejemplo, diría que un maestro de sofística nos enseñaría a hacer un buen discurso afirmando que el lawfare existe y que los políticos tienen derecho a denunciarlo y defenderse, y otro discurso, igualmente bien armado, argumentando exactamente lo contrario. Pero ahí quedaría la cosa, no serían discursos de verdad pronunciados en público, sino ejercicios de clase. Los sofistas de hoy día dicen que existe el lawfare o que no existe según quién sea el afectado y sin sentir ninguna necesidad de argumentar.

Bienvenido el despertar del presidente si ahora se entera del lawfare, tantas víctimas después. Y ojalá no dimita. Y lo digo, no porque no entienda sus razones o no sienta empatía por su situación, lo digo porque, si no, ¿qué? ¿va a parar aquí esta guerra? No. Seguirá hasta que ocupe el gobierno alguien que les guste a aquellos a los que la mayoría no les gustamos. Si se cede al lawfare nos esperan tiempos oscuros a quienes defendemos la sanidad y la educación públicas, a quienes decimos no a las guerras, a los que creemos en la acogida y no en las fronteras con espinas y disparos, a la inmensa mayoría de mujeres, especialmente a las maltratadas, a quienes dependemos de que la justicia sea una para todos, para todas. Otros, y sobre todo otras, aguantaron antes que él, aguantaron mucho más y lo hicieron sin disfrutar de la más mínima solidaridad ni de la simpatía que el presidente despierta al presentarse como un hombre profundamente enamorado. Esta no es la gota que colma el vaso, el vaso ya estaba colmado y necesitamos que el gobierno resista y no nos deje a los pies de los caballos.

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