Las guerras adrianas (Cap.XXVI): La cena del antisanchismo y el noble arte de la política

En los cenáculos políticos de Madrid se cimentaba una idea: se estaba declarando vacante la plaza a Secretario General del PSOE.

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Víctor Guillot
Víctor Guillot
Víctor Guillot es periodista y adjunto a la dirección de Nortes. Ha trabajado en La Nueva España, Asturias 24, El Pueblo de Albacete y migijon.

La tarde del pasado viernes, víspera del último Comité Federal del PSOE, las redes sociales hervían en algunos grupos del socialismo asturiano. Pedro Sánchez podría dimitir. El rumor adquiría más decibelios a medida que transcurrían las horas de encierro en La Moncloa. El último samurái socialista, convertido en leyenda, podía anunciar su salida el lunes y esa imagen crepuscular cobraba más nitidez cuando los mensajes bullían en las redes sociales convertidas en patio de vecinos de la política española.

Según fuentes socialistas cercanas a Pedro Sánchez en Asturias, ante la posibilidad de que el Presidente del Gobierno anunciase su dimisión, el viernes se celebró una cena en la capital del reino que congregó a una buena parte del antisanchismo. Una cena que incluía a asturianos, castellano-leoneses y manchegos. Durante la noche del viernes, en los cenáculos políticos de Madrid se cimentaba una idea: se estaba declarando vacante la plaza a Secretario General del PSOE. Aquel día, alguien estaba presentando una alternativa a Pedro Sánchez y a Adrián Barbón lo estaban vistiendo con los ropajes del ariete que podría suceder al líder de los socialistas.

Adriana Lastra

La misiva del Presidente del Gobierno del día anterior, anunciando un paréntesis en su agenda y su posible dimisión, aceleraba la estrategia de la cúpula socialista asturiana. En la cena se afirmaba que Adrián Barbón podría ser una buena alternativa, si Pedro Sánchez se iba de Moncloa. Y con esta tarjeta de presentación, daba comienzo una contraofensiva desde el corazón del socialismo asturiano que, en realidad, ya estaba prevista entre los dirigentes desde hacía meses, ante el inminente anuncio de un congreso que sería convocado después de las elecciones catalanas o, quizá, después de las europeas. El tiempo se había acelerado contra todo pronóstico desde el jueves sin saber, a ciencia cierta, si había agua en la piscina para que un nuevo candidato se pudiera lanzar desde el trampolín sobre ella.

No es descabellado pensar que Pedro Sánchez hubiese puesto en marcha una extravagante táctica para poder determinar qué posiciones políticas hay en estos momentos a su alrededor y cómo se definen dentro su partido. Existe un interesante precedente sindical en Asturias. Históricos del SOMA aún recuerdan cómo José Ángel Fernández Villa, ex Secretario del Sindicato Obrero de los Mineros Asturianos, urdió una estrategia similar durante el Congreso del sindicato celebrado en el Campus de Mieres hace casi quince años. Primero anunció su retirada y ante el corrimiento de tierras, regresó. Aquel movimiento inesperado le sirvió entonces a Villa para discernir quiénes estaban con él y quiénes no. Finalmente, Villa volvió a la carga y todos los intentos de una hipotética sucesión se disiparon. Anunciar la dimisión y volver después para poder saber qué cabezas están dispuestas a ocupar el cargo, no dejaba de ser una prueba de lealtad tan siniestra como eficaz. Casi quince años después, se reproduce un experimento arriesgado, dinamita químicamente pura alrededor de una hoguera, para saber cuántos corchos flotan alrededor del Presidente y cuántos no. Una prueba de lealtad sin paliativos.

El protagonismo de Adrián Barbón y Adriana Lastra desbordó las pantallas de televisión durante los cinco días de abril en los que se precipitaron todas las conjeturas. La estrategia de la cúpula de la FSA pasó por capitalizar la voz de toda la organización en Lady Macbeth y su adjunto, Barbón. Gestos y declaraciones de apoyo, reiteradas manifestaciones de lealtad absoluta al Secretario General en su momento político más crítico. Literatura emocional de alta graduación y perfil político bajo, prácticamente subterráneo. Las palabras de la Vicesecretaria de Acción Política e Institucional de la FSA abordaron el ataque de los medios a Begoña Gómez y Pedro Sánchez desde una perspectiva tribal. La que fuera Vicesecretaria del PSOE y jefa del Grupo Parlamentario Socialista durante la primera mitad de la pasada legislatura ofrecía protección a los suyos.

Esa era la palabra a tener en cuenta: protección. La expresión se distanciaba del apoyo de todos los demás. Iba un poco más allá. Resultaba más ostentosa. Sin embargo, ofrecer protección resultaba un tanto ridículo en el actual contexto; por efectista, por inverosímil, por ser un brindis al sol completamente alejado de la realidad, en un momento de alta tensión política. ¿Qué protección podría ofrecer Adriana Lastra, apartada de la dirección federal, desde la cuarta fila del Congreso de los Diputados a Pedro Sánchez? ¿Acaso era ahora un alfil del sanchismo la misma mujer que había tratado de enterrar al Presidente del Gobierno hace dos años? ¿Protección quien varias semanas antes había publicado una tribuna en el nuevo diario Artículo 14? No lo era. Según fuentes socialistas, al tiempo que Lady Macbeth reclamaba su parte de protagonismo en el duro oficio de la política y empatizaba con el Presidente del Gobierno a través de diferentes medios de comunicación, los rastreadores asturianos sondeaban la posición de otras federaciones, entre ellas, la de Euskadi y la de Aragón. ¿Tendría Adrián Barbón alguna posibilidad de ser candidato a la Secretaría General del PSOE?

La intervención del Presidente de Asturias en el Comité Federal del sábado añadió más estridencias a la psico-tragedia que se estaba llevando a escena desde el día anterior. A diferencia del resto de intervenciones, la suya se desparramó entre gritos, con una intensidad desaforada que la Presidenta navarra, María Chivite y el de Castilla La Mancha, Page, lograron atenuar con dos declaraciones mucho más contenidas. El Secretario de la FSA citaba a Pablo García, presidente honorífico de la FSA, y a Adolfo Suárez, el último mohicano de la Santa Transición. Cerraba su intervención con un tono de voz desaforado, de una parte cómico, pero también fuera de lugar, extraño.

Delia Alonso, Delegada de Gobierno en Asturias, junto a Iván Fernández, alcalde de Corvera, a la derecha.

Pero no todo fue ruido. A lo largo de los cinco últimos días también se produjo un silencio llamativo (todavía se mantiene), decididamente alejado del proselitismo de Lady Macbeth destacado entre los dimes y diretes de la red, acentuado con su llamada a los medios de comunicación nacionales, reclamando foco y espacio, y también apartado de los gritos que Adrián Barbón había proferido en el Comité Federal. El único miembro asturiano de la Comisión Ejecutiva Federal que no se pronunció durante esos días fue Iván Fernández, Alcalde de Corvera, uno de los hombres que impulsó junto a Adriana Lastra y Adrián Barbón la carrera política de Sánchez a la Secretaría General en 2014.

Fernández es un alcalde discreto, parco en palabras, que ha mantenido un actitud política casi monacal, como la de un monje cartujo. Le gusta pasar desapercibido, quizá porque en el noble arte de la política, la teatralidad suele estar al servicio de la distracción en las conjuras y el silencio al servicio de la lealtad en el gobernante. En la última conferencia política celebrada en A Coruña, Iván Fernández prometió la suya a Sánchez. Afirman que fue casi un juramento de sangre lo que le permitió continuar en la dirección del partido y, a lo que se ve, en el momento más vertiginoso de la trayectoria del Presidente, y ya van unos cuantos, sin necesidad de declarar absolutamente nada, el Alcalde de Corvera cumplió su palabra.

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