“Gloria a dios en las alturas”

Serrat no sólo es el más grande cantor de nuestro tiempo, sino que además fue el primero.

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Héctor Tuya
Héctor Tuya
Es músico y profesor.

Tras un primer pataleo ante la noticia del Premio Princesa de Asturias de las Artes a Joan Manuel Serrat, con su inmediatamente posterior -y probablemente descerebrada- boutade en redes  (“Me alegra la noticia aunque todos sepamos que darle un premio a Serrat es, en realidad, dárselo a uno mismo”)- , Nortes me propone escribir este artículo. Yo, que en los asuntos del pensar tiendo más a una lentitud decimonónica que a la velocidad electrodoméstica propia de este milenio, he llegado a una opinión casi perfectamente opuesta a la que teníamos ayer -nunca te fíes de tus certezas. Aquí hago acopio del proceso y aledaños:

¿Por qué el pataleo? Resulta que al adolescente que llevo dentro le pareció que el hecho de concederle un premio a alguien sitúa a la institución que lo otorga por encima del premiado. “¿Cómo se puede dar un premio a un premio?”, pataleaba nervioso el adolescente. “¡Por encima de Serrat no hay nada!”, proclamaba desde lo alto de una silla de mimbre, elevando su espada de madera en la soledad de su alcoba.  “Joan Manuel está más allá de lo que cualquier premio puede abarcar -no seré yo el que descubra la pólvora. Cualquier premio limita y Serrat es ilimitado, ¡infinito! Bien podría haber recibido el de las Ciencias, pues la música es matemática pura”, aseveraba adolesciendo, cada vez más obtuso el airado jovenzuelo. “Además Serrat ya era Serrat antes de la existencia de los Premios Príncipe -de aquella era masculino- y además lo era aquí y en Latinoamérica, que son muchos lugares”. En fin, como digo, la primera reacción se alineó con la de Leonard Cohen cuando le dieron el Nobel a Dylan: “es como ponerle una medalla al Everest por ser el monte más alto”. En efecto, algo de esto hay, pero a día de hoy, tal cual está el patio, hay que recordar las verdades absolutas y ésta: Serrat es dios, con la única diferencia de que sabemos que Serrat existe. Y más importante todavía, Serrat es la única esperanza de entendimiento que a este país le queda.

Días antes de la noticia, estrenábamos nueva banda, los 45 rpm, coincidiendo con mi 45 cumpleaños. Los 45 somos ese combo con el repertorio perfecto que uno lleva preparando toda la vida. Tocamos canciones de lo más variopinto. The Who, The Jam, Paco Ibáñez, Elvis, Horacio Guarany, Dylan, Cohen, Los Brincos, Manolo Tena, Chet Atkins, Django Reinhardt, Sabina, Ilegales, Buddy Holly, The Cure, Violeta Parra, Carl Perkins… la verdad es que sólo puedo recomendarnos (¡somos espectaculares!) pero a lo que vamos: De los casi cien años de música y ocho o nueve países que abarca nuestra selección gourmet, nuestra canción de apertura, además de nuestra favorita y la primera que tocamos como banda y tocaremos en cada concierto es… ¡Hagan sus apuestas! Pues claro: “Fiesta”, de Serrat. La versión sin censurar, eso sí. ¿Cuál si no? Nada mejor escrito, cantado, arreglado, grabado, producido. Serrat pertenece a un tiempo en que las especialidades aún existían. El compositor era compositor, el intérprete era intérprete; el ingeniero de audio, ingeniero; el arreglista, arreglista; el productor, productor y el director de orquesta, pues director de orquesta. En este electropresente, las producciones musicales las hacen robots de cocina, o sea, uno que lo hace todo. Y rapidito, ¿eh?, que hay que colgarlo en Instagram mañana a primera hora. El precio, lógicamente, se paga en la calidad del resultado -que ahora llaman “producto”- final. Oh mamma.

Pues sigo, que aún hay mecha: Serrat no sólo es el más grande cantor de nuestro tiempo, sino que además fue el primero. Él ha educado a este país, nos ha hecho leer a nuestros poetas y encima nunca ha dejado de ser referencia indiscutible de bondad, sensatez, sensibilidad, humildad, inteligencia, ternura, ingenio, sabiduría y sobre todo, respeto. Con los años uno distingue a los suyos porque se ríen -nos reímos- de lo mismo, y de Serrat nunca ha salido una risa mala, ni por escrito ni en el sinfín de entrevistas que he leído y visto en youtube a lo largo de sus más de 50 años de carrera: “Neva eva”. Serrat no hace bullying.

Él ha educado a este país, nos ha hecho leer a nuestros poetas y encima nunca ha dejado de ser referencia indiscutible de bondad, sensatez, sensibilidad, humildad, inteligencia, ternura, ingenio, sabiduría y sobre todo, respeto

Y hablando de bullying, he observado que en los colegios españoles pasan cosas que sólo pasan en los colegios españoles. Lo sé porque no sólo he sido alumno en varios, sino que además he sido profesor. He sido incluso alumno de profesor. Por si fuera poco, vivo rodeado de amigos y compañeros de este gremio, con los que hablo y corroboro que este nuestro país, parece no haber descubierto aún la lógica de grises o, dicho de otra manera, la mesura. Lo de recurrir a la descalificación del adversario con preocupante naturalidad, pasa poco menos que desde la cuna -ya sabemos que los niños aprenden por imitación, prubitinos. Pues sí, en los colegios españoles se mira mal a los más brillantes de la clase, los “empollones”. Los más aplicados y estudiosos ¡están mal vistos? Habráse visto…  A este país se le cae la cara de vergüenza cuando deja de mirarse el ombligo, sale más allá de sus fronteras y observa, estupefacto, cómo el diálogo respetuoso ocurre entre seres que disienten pero se escuchan, ergo respetan. Incluso no da crédito y, boquiabierto, trata de entender y hasta casi alcanza a hacerlo pero justo cuando está a punto de lograrlo sale de su boca un agravio contra lo que admira. “Uyy, se me escapó… la fuerza de la costumbre, ya se sabe”.

Cuando era buen mozo díjome pare: “hijo, la política es el arte de lo posible”. Esta tan breve como precisa sentencia me ha ayudado a entender un poco menos peor la sucesión de realidades políticas desde aquellos años de albor al pensamiento articulado. La “cosa política”, como sucede en el blues, requiere de escuchar al de al lado, porque tienes que tocar con él, ambos estáis en el mismo barco llamado “canción”. Y porque no hay mayor muestra de respeto que escuchar. Sin respeto, ni a la vuelta del siguiente compás llegaremos sin tropezarnos. Y es que ¿cuál es la otra opción? “¡Es la guerra!”, gritaban los liliputienses de “Los Viajes de Gulliver” en aquel primer largometraje de dibujos animados de Fleischer, curiosamente de 1939. Ese doloroso ´39 en el que acababa nuestra guerra civil, sí, pero empezaba otra aún más ilegítima. Mi bisabuelo Luis fue uno de aquellos mineros que tuvieron que echarse al monte en el 39. Mientras tanto los diarios decían que la guerra había terminado. Tiene cojones. (Recomendación cinematográfica: “El laberinto del fauno”, Guillermo del Toro).

Pues sí, se echó al monte. Mi abuela, cuando güaja, le llevaba la comida aunque no quería saber dónde estaba exactamente su padre por si la detenían y la torturaban para que cantase. Así estaba la cosa. Quizá por eso aunque no sólo, una tarde del 87, mi madre (nieta de Luis) me explicó las “Nanas de la cebolla” en la voz de Joan Manuel (con música de Alberto Cortez, por cierto). Me habló de Miguel Hernández. Me dijo que era pastor de “oBejas”, que al parecer yo escribí con “b”. Ella corrigió: “oveja es con v”. Yo, se ve que muy digno, rebatí: “pero como va a ser con un “v” si hasta su propio nombre lo indica: oBEja”. En fin, me contó que Hernández escribió el poema desde la cárcel. También me explicó cómo en vez de decir “cinco dientes de leche”, él decía “cinco diminutas ferocidades”. Aquella tarde cambió toda mi vida. Tenía ocho años y era la primera vez que me ponía en la piel de otro. Mi primer paso hacia la edad adulta o, dicho de otra manera, hacia la empatía.

Portada de uno de sus discos más conocidos

A partir de aquella tarde mi madre me dejó poner vinilos en su tocadiscos y las semanas siguientes insistí en aquel disco (“pintada, no vacía está mi casa”). Aprendí la palabra “vientre”. Y se ve que un día, en el colegio, dije que me gustaba la poesía, convirtiéndome de inmediato en motivo de mofa -por la ya entonces sólida facción furbolera. Pasaron los años y a aquellos que decían que la poesía era cosa de mariquitas empezaron a gustarles las canciones. Así somos, le cambiamos el nombre al artefacto y palante: Si no te gusta la manzanilla llámala “camomila”, te encantará.

En fin, en dos líneas, Serrat no es sólo el Everest de las Artes, sino que además, “si la política es el arte de lo posible”, Serrat, su talante de diálogo, cuidado, y capacidad de conciliación son la única alternativa a este impresentable y vergonzoso tono -con su contenido- que desde el Congreso nos humilla en los periódicos de todo el mundo a diario. Con todo, olé a los Premios Princesa de Asturias por, a su manera, recordárnoslo a todos. Cualquier motivo para recordarle y repasarle, será mejorar como seres humanos.

Si ayer me parecía que darle un “Princesa de Asturias” a Serrat era “un poco trampa”  porque Serrat era el premio, hoy me parece de lo más avanzado y “ejemplarizante”. Pero sobre todo me encanta que una institución asociada, de una u otra forma a la realeza, se postre de hinojos ante un republicano catalán. ¡Que reyes y princesas se postren de hinojos ante un republicano catalán sí que es un acto de modernidad y patriotismo! Pero del bueno. Palabra de republicano asturiano.

Héctor Tuya es músico, productor discográfico y profesor de inglés y música a tiempo parcial. 

Licenciado en Filología inglesa por la UCM y Graduado en Ingeniería de Audio por SAE Madrid.

Este miércoles tocará a las 21.30 con su banda 45 rpm como invitados de la Jam Session 2.0 en la sala Small Dream, Oviedo.

Abrirán con “Fiesta”, de Serrat.

La entrada es gratuita.

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