Fútbol, normalidad, odio táctico y rey sobrante

Los discursos de odio nos amenazan a todos. Cuando se estigmatiza a los inmigrantes y a los maricas, los demás tienen que cuidarse de no ser acusados de amigos de inmigrantes y maricas

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Enrique Del Teso
Enrique Del Teso
Es filólogo y profesor de la Universidad de Oviedo/Uviéu. Su último libro es "La propaganda de ultraderecha y cómo tratar con ella" (Trea, 2022).

Algunas obviedades las carga el diablo. Las carga el diablo porque, siendo verdaderas (si son obviedades, no pueden ser falsas), muchas veces son el refugio desde el que se pueden predicar horrores sin dar la cara. En no sé qué canal británico le preguntaron a Aznar en su día si era partidario de bombardear otra vez Irak. Dijo que, si era necesario, sí. La condicional convierte la frase en una obviedad. Es raro decir que, si es necesario hacer tal cosa, entonces no hay que hacerla. Decir que haríamos algo si es necesario, es el tipo de obviedad con el que el Gato orientaba a Alicia: todos los caminos llevan a alguna parte si caminas lo suficiente. Desde una obviedad siempre puedes esconder la mano después de tirar la piedra. Arrecia el discurso del odio racial ante las elecciones europeas. El arzobispo Sanz Montes azuza esa bicha escondiéndose en la obviedad: no caben todos los inmigrantes aquí. Quién va a negar esa evidencia. Pero no se habla para Infovaticana para decir lo obvio. Se parapeta en lo obvio para decir barbaridades, para ayudar a la ultraderecha a cizañar grupos humanos y erizar odios, miedos y prejuicios contra los inmigrantes. Barbaridades. Sanz Montes hace honor a dos rasgos del estilo eclesiástico: la hipocresía y la cobardía. Es muy de la Iglesia hacer una cosa fingiendo otra, encubrir sus miserias terrenales ofreciendo vida eterna. Y también es muy eclesial el frotamiento de manos, los circunloquios empalagosos para fingir que no se está diciendo lo que se está diciendo. El activismo ultra de Montes le añade a ese estilo un cinismo poco habitual en la Iglesia. El cinismo es la ostentación desvergonzada de la quiebra de normas ajenas, un hermano menor de la provocación. Montes hace flotar el cinismo en la hipocresía como el aceite en el agua, quiere más molestar que convencer, es más intenso su odio al pensamiento ajeno que su apego al propio. Junta lo peor de la Iglesia con lo único de los fachas.

Adrián Barbón y Jesús Sanz Montes. Foto: JPA

La cosa es que se me juntó en la retina la imagen de Sanz Montes con la de Brahim, el habilidoso delantero del R. Madrid. Es de familia marroquí y fue convocado con Marruecos, por lo que ya no podrá jugar con España. Iñaki Williams decidió jugar con la selección de Ghana, mientras su hermano Nico decidió jugar con España. En la primera sensación perezosa de estos casos, me parecía simpático que estas estrellas jugaran con la selección del tercer mundo. ¿Por qué no van a jugar grandes del fútbol con la selección de Marruecos o de Ghana? Pero este pico racista que vivimos me hizo mirar las cosas con más calma. En 2018 Francia ganó el mundial y muchos franceses medio torcían el gesto cuando les dabas la enhorabuena. En aquella selección había gente como N’Golo Kanté, Mbappé, Pogba, Dembelé, Varane, … Muchos de raza negra y padres africanos. ¿Cómo demonios se pronuncia Mbappé? En Wikipedia, en la entrada para Tchouaméni (cuesta escribirlo), dice que es francés pero aún recuerda que es de origen camerunés. Falta poco para que digan francés, a secas. Y por eso los votantes de Le Pen no sintieron haber ganado el mundial. No eran franceses todos esos, no tenían color de francés. En una escena de Invictus, Mandela explica que quiere que en su guardia personal haya negros y blancos, porque será lo que se vea cada vez que lo enfoquen. Quería que la nación arcoíris empezara por su propia imagen. Y esto me lleva a Brahim y los Williams. Iñaki Williams nació y vivió en España. Brahim lleva toda su vida aquí. Por simpático que me resulte que selecciones africanas tengan estrellas, me parece de más jerarquía resaltar que son españoles, no por arrebato patriótico (Dios me libre), sino por eso que les pasó a los franceses que no ganaron el mundial cuando ganó Francia: porque es trascedente el hecho de que son españoles.

A los nacionalistas franceses les pasa como a los españoles: odian a la mayoría de sus compatriotas y no les gusta su país. La selección francesa es una foto al azar de Francia y a los fachas no les gusta lo que ven. Aquí se pone la bandera en el balcón o en la pulsera solo contra otros españoles. La soberana horterada que veremos hoy de la jura de bandera civil rebosará odio hacia la mayoría de los españoles. A los asistentes se les espesará en la garganta una España de alcanfor y polillas mal fumigadas que no se parece a España, porque España tal cual es no les gusta. Me gustaría que en la foto de la selección en el europeo estuvieran los dos Williams y Brahim, para que la foto se parezca a España y no a la caricatura del país de la jura de su bandera.

Las sociedades deben normalizar lo que son. Esta es una afirmación fuertemente ideológica. La normalidad es una cuesta abajo en la que el cuerpo descansa. La excepción es cuesta arriba, siempre un esfuerzo diario. Por eso la Iglesia quería mantener crucifijos en las aulas y lugares públicos, siempre con el argumento de si acaso molesta un crucifico. La Iglesia siempre intuyó bien el valor de la normalidad. Cuanto más normales sean las referencias del catolicismo en lugares públicos más descansa el cuerpo en el catolicismo y más excepción, cansado y cuesta arriba es ser ateo. La normalidad es el estado hacia el que fluye todo. El fútbol no es un escenario menor. Es un espectáculo muy seguido y de alta inmersión emocional, es poderoso el efecto de normalización de una imagen de tanto impacto. Que los votantes de Le Pen no sientan como francesa su selección es un avance. Lo es que en el racismo sea donde el cuerpo no descansa. El Rey, por su carácter simbólico, tiene mucha capacidad para normalizar e inyectar aceite en los engranajes de la convivencia. Una simple entrevista suya con representantes de ciertos colectivos los normalizaría con eficacia. Pero en el conflicto catalán de 2017 y en la agitación cada vez más virulenta de odios grupales que vivimos, se nota que la monarquía no solo es una antigualla, sino que no tiene vocación de tener ninguna utilidad. Se limita a ser un privilegio anacrónico.

Selección francesa. Foto de UEFA.

Los discursos de odio nos amenazan a todos. Cuando se estigmatiza a los inmigrantes y a los maricas, los demás tienen que cuidarse de no ser acusados de amigos de inmigrantes y maricas. Sanz Montes no se limitó a decir, como palmero de Vox, que aquí no caben todos. No es solo un problema de número, «porque vienen con su carnet terrorista, porque vienen con su tráfico de cosas, tráfico de blancas, tráfico de drogas, tráfico de armamento». Suda odio. La réplica no debe ser un discurso buenista santurrón. Esas palabras nos amenazan a todos. El odio trae ortodoxias rígidas de sociedad autoritaria. El odio es el material superconductor de bulos y falsedades. Las palabras se acoplan con la misma facilidad a los hechos que a las emociones. Se consumen igual porque digan la verdad (acoplamiento a los hechos) que porque confirmen una emoción negativa o un prejuicio (acoplamiento a las emociones). Las emociones de alerta y peligro se apoderan de nuestra conducta con facilidad. ¿Alguien de mi generación pudo olvidar el episodio de V en el que una alienígena de aspecto humano se come una rata viva de un bocado? El arzobispo y el resto de la ultraderecha quieren una sociedad erizada de odios para sus propósitos autoritarios y de bulos y manipulación. El odio además destiñe y fácilmente nos alcanza a todos. Normalizar lo real sirve para que la población no se sienta entre zombis amenazantes, como pregonan los fachas. El discurso no debe ser defensivo ni ñoño. La sociedad no es más rica porque haya homosexuales, variedad de razas y zurdos. Simplemente es la realidad, y predicar que esa realidad nos amenaza es una maldad interesada. El odio es la herramienta para que la gente no considere prioritarias sus libertades y para la mayor toxicidad informativa. Con la Corona no se puede contar para normalizar las diferencias. Siempre sube la calidad moral de cualquier discurso la solidaridad y la empatía con el débil. Pero no solo es solidaridad. Es defensa propia. El discurso solo altruista siempre suena impostado y altivo. Como decía Foster Wallace, no hay que dejar a los reaccionarios el monopolio del egoísmo. (Si me permiten la impudicia, me gustaría pensar que estas líneas no sonaron a buenismo ñoño).

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