Sánchez y la primavera palestina

La destrucción de la franja de Gaza, la indiferencia de los aliados de Israel, solo nos devuelve el reflejo de un Estado terrorista, puntos finales que horadan la tierra como misiles, nihilismo, el horror, sin fingimientos.

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Víctor Guillot
Víctor Guillot
Víctor Guillot es periodista y adjunto a la dirección de Nortes. Ha trabajado en La Nueva España, Asturias 24, El Pueblo de Albacete y migijon.

En palabras de Borges, todo amanecer finge un comienzo. Y en este sol tempranero de mayo, Palestina finge el suyo con la declaración que España, Irlanda y Noruega han hecho del próximo reconocimiento al Estado palestino el 28 de mayo. Las palabras ayudan a recomenzar donde no recomienza nada. Ha dicho Pedro Sánchez en la Corte de los Leones este miércoles que la iniciativa no devolverá el tiempo ni las vidas perdidas, pero al pueblo palestino les dará esperanza y dignidad. Hay luz al final del túnel.

Hay una juventud instantánea en cada palabra del presidente, en cada aplauso de los diputados de la izquierda de nuestro país. Dignidad y esperanza. Nos abrazamos a Palestina como a un harapo zurcido de días sangrientos, recosido de alegría y llanto. Los políticos son la épica de nuestro tiempo, capaces de decir algo nuevo todos los días, en estos días salvajes, indecorosos, violentos. Suena algo nuevo aunque sea tan inveterado como el viejo tiempo del antiguo testamento.

Manifestación contra el genocidio en Gaza, anteayer en Uviéu. Foto: Kike Gallart

La Historia transcurre hoy majestuosa, con sus galas de sangre, de oro, de poder y muerte. Una parte minutísima de Europa está mirando de igual a igual a una nación sin estado. Las religiones se han hecho solubles en la sangre, el poder da continuidad a nuestros días y argumento a las civilizaciones. La muerte es sólo un punto y final que trasciende la gramática del tiempo, devolviéndonos vacío. Los demás vivimos segmentados, hilados por la luz de este sol de mayo que eslabona las horas, teje los días, entre artículos, amores, drogas, delirios, y eso que viene siendo la dislocada vida doméstica. Escribimos para seguir demorando el tiempo, para hacer acopio de tiempo, devastados y enfebrecidos. Escribimos para escuchar que el pueblo palestino será algún día libre, que todo lo que es o ha sido Occidente germina en un Estado nuevo, allá en Oriente, con fulgor democrático, con esperanza, dignidad y tiempo. Vivimos la política para conquistar el tiempo, esa paz perpetua de tiempo, extendida como el tapiz mediterráneo, más allá de nuestra orilla, al otro lado del mar, donde un día se abrieron las aguas y se forjó una mentira.

La guerra en Gaza es un novela que se aclara así misma, a medida que avanza. Tenemos claro que lo que hoy pugna en la franja es una guerra entre la civilización y el odio, entre la democracia liberal y el terror de un Estado. Mientras las otras potencias europeas se encogen de hombros, miran para otro lado o pasan total, colaborando tarde, mal y poco, Pedro Sánchez ha anunciado al Rey, a Úrsula von der Leyen, a las Naciones Unidas y al Congreso, que España reconocerá el próximo martes al Estado palestino. Tenemos una mirada distante, alejada, de lo que sucede en Jarkov o en Gaza, pero el PSOE y Sumar han convertido la política internacional en la agenda que une a la izquierda. Y en el extremo sur, Argentina.

El pueblo palestino, ha querido decirnos Pedro Sánchez, tiene la razón razón. Netanyahu y Biden tienen el mundo. La declaración de hace unas horas no cambiará los equilibrios del planeta, pero reverbera otras maneras de dibujar el mapa, en vísperas de unas elecciones europeas que encrespan la democracia. La rebelión de los pueblos sin Estado tiene que realizarse de una manera o de otra, porque la actualidad es hoy una montonera de cadáveres envueltos en bolsas blancas y la ruina sobre la que sólo se dibuja un páramo sobre la que pisan los supervivientes arrastrando a una legión de muertos que nunca se irán de la memoria. La destrucción de la franja de Gaza, la indiferencia de los aliados de Israel, solo nos devuelve el reflejo de un Estado terrorista, puntos finales que horadan la tierra como misiles, nihilismo, el horror, sin fingimientos.

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