Elecciones europeas. Culebrón, autenticidad y canal al aire

Un personaje que escenifique lo que te pide el cuerpo es como rascar un picor irritante. Y así se vota en las elecciones europeas sin que aparezca Europa.

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Enrique Del Teso
Enrique Del Teso
Es filólogo y profesor de la Universidad de Oviedo/Uviéu. Su último libro es "La propaganda de ultraderecha y cómo tratar con ella" (Trea, 2022).

España ha dejado de ser católica, dijo Azaña. España ha dejado de ser soberana, dicen en sus informes Draghi y Letta (España y los demás países europeos). La pandemia, la guerra de Ucrania, la situación límite en Oriente Medio y la vuelta a la tensión entre potencias dejó las estructuras de la UE desajustadas e ineficaces ante la presión de EEUU, Rusia y China. Con menos UE y más soberanía en las naciones, Europa será un puñado de países a granel que se relacionarán bilateralmente con alguna potencia en un nivel de vasallaje. La soberanía nacional sería una broma. La otra opción, la que proponen Draghi y Letta, es más UE hasta convertirla prácticamente en un estado federal. La soberanía nacional sería absorbida por esa nueva y robustecida UE. Desde la ultraderecha se recitarán mundos de soberanía y dignidad nacional, arreciarán historias del Imperio y, como decía Machado, se repintarán blasones, pero todo serán mundos de polillas y olor a alcanfor. O nos gobernarán más desde Europa, donde pintamos algo; o nos gobernarán más desde EEUU, donde no pintamos nada. En la agenda propuesta por Draghi y Letta están los temas que deberían debatirse, porque son los que van a marcar la vida de la gente. Pero son temas de onda larga, no se perciben más que mirando ciclos largos, no encajan en la mirada electoral. En las elecciones europeas se acentúa esta molesta sensación de que las elecciones son el pase infantil y que de las cosas importantes hablan después los adultos a solas.

José María Aznar y Alberto Núñez Feijóo.

Los votantes saben poco o nada de lo que proponen los partidos para Europa. El único mensaje discernible es justamente el antieuropeo. En España se votará como se votaría en elecciones nacionales. La oferta de las derechas es el desgarro, el odio y la hipérbole. Hace cinco días FAES colgó un artículo muy preocupado por la disolución del conservadurismo político en la ciénaga trumpista, representada por Vox en España. El artículo reclama para la ideología conservadora una actitud positiva más dada a conservar lo bueno que a apasionarse con la destrucción de lo malo y a «impresionarse por el éxito» más que a «escandalizarse por el fracaso». Se trataría de una disposición templada poco dada a la desilusión por «no ilusionarse demasiado de entrada». El vendaval ultra, sin embargo, «canaliza frustraciones, no aspiraciones» y en su mensaje resalta más el resentimiento que el compromiso. Lo curioso es que una reflexión así en FAES describa con tanta nitidez la actitud de su presidente Aznar. Nuestra conducta se suele instalar en la tensión entre la reacción y la previsión. Si alguien habla a voces en la barra del bar, la reacción nos empuja a decirle que no dé voces porque molesta. La previsión nos llevaría a dejarlo estar, por si nuestra intervención provoca una respuesta agresiva. La conducta se sitúa en esa tensión. La reacción es a lo que solemos referirnos como «lo que nos pide el cuerpo». La desmesura de las derechas, la zafiedad en sus formas y la hipérbole constante busca que la gente no vote según sus intereses y según lo que quiere que se haga, sino según lo que le pida el cuerpo. Cuanto más odio y aversión domine el ánimo del electorado, más fácil es que voten por lo que les pida el cuerpo con Puigdemont, que por la atención sanitaria que necesitan. El insulto constante y la acusación desmesurada y enloquecida busca una reacción inmediata en los oponentes, de manera que la acción política sea un griterío en torno a lo que no importa. El terrorismo se llama así porque busca provocar terror y sensación de indefensión en la gente. Nunca pasa desapercibido y siempre está en la parte más alta de las preocupaciones ciudadanas. En Cataluña no se habló de terrorismo en toda la campaña electoral. Nadie habló de tal cosa. Ni está nadie preocupado. Y sin embargo las altas instancias judiciales tienen abiertas no sé cuántas investigaciones sobre actividades terroristas en Cataluña. La amnistía sigue generando alaridos sobreactuados, a pesar de que no tiene más incidencia en la vida de la gente que la descompresión del sobrecargado ambiente político de Cataluña. Se unió a la campaña ultra el entusiasta Sanz Montes con una reflexión singularmente desquiciada. Somos un pueblo con quinientos años de convivencia «con sus altibajos y revueltas» que ahora se ve amenazada con la amnistía. Esos quinientos años incluyen guerras, ejecuciones, persecuciones y dictaduras y otros «altibajos». Pero es esta amnistía la que quiebra siglos de convivencia. El tío es un cachondo.

Jesús Sanz Montes. Foto: Arzobispado de Oviedo

Todo esto deja en el limbo al informe de Draghi y Letta y cualquier cosa que tenga que ver con la realidad. Carga el ambiente de inquina y busca que vayamos a votar lo que nos pide el cuerpo y no lo que nos conviene. La actividad política cada vez tiene más estructura de culebrón que de relato. Cuando juntamos palabras en frases y frases en textos, hay algo que necesitamos para que haya sentido conjunto que es la coherencia. En una novela normal hay una coherencia puntual, por la que cada frase viene a cuento de lo que se está diciendo, y una coherencia global, por la que la novela entera es una historia unitaria. En una cháchara entre amigos tomando una caña, hay coherencia puntual, porque cada cosa que se dice viene a propósito de lo que se está diciendo. Pero no hay una coherencia global, la transcripción completa de la cháchara no registra una historia estructurada, es una deriva amnésica de un tema a otro. Los culebrones son así, amnésicos, cada episodio es coherente con el anterior, pero su sucesión no desarrolla una historia global. La política enfangada en el griterío es más parecida a un culebrón, es un rosario de episodios amnésicos. Un día Ayuso llama hijo de puta al presidente y poco después pide la dimisión de la vicepresidenta por decir «a la mierda». Un día el PP firma la derogación de leyes contra la violencia de género y al día siguiente afea al Gobierno que haga túneles porque en ellos es fácil acosar a las mujeres. Este estilo de crispación, que hace que la política sea una sucesión de estallidos sin vínculo entre sí, es especialmente funesto en unas elecciones europeas, donde los temas relevantes son de onda larga y se mueven en lapsos de tiempo más largos que los ciclos políticos normales. Y es especialmente funesto en un momento en el que la UE tiene que dar un paso complejo de integración y a la vez se va a envenenar con una ultraderecha en su torrente sanguíneo contraria a la UE y a la democracia. Los temas europeos son temas de fondo, no de portada, y muchas veces no son percibidos por la opinión pública. Por eso parecen unas elecciones de poca monta y les pasa como las elecciones a nuestra cámara parásita del Senado. Dado que sirven de poco, los votantes, especialmente de izquierdas, aprovechan para echar una cana al aire y votar extravagancias con las que dar la nota en las parpayuelas del día siguiente. Así se hizo el PP con la mayoría absoluta del Senado.

Foto difundida por la Casa Blanca de los Trump junto al Conejo de Pascua

En un ambiente de ansiedad y desconcierto hacen fortuna las tácticas que nos desahogan, los personajes que escenifican lo que nos pide el cuerpo, con independencia de lo que estén diciendo y haciendo. Los personajes desmesurados como Trump, Milei o Bolsonaro funcionan y no son tan improvisados como parece. Fijémonos en estas frases: «lucha contra gentuza, da la cara», «no se deja influir», «molesta porque va de frente», «es un bocazas, pero dice lo que piensa y sabes dónde está», «no es una marioneta». Están mezcladas frases de obreros de Michigan sobre Trump con frases de futboleros sobre Luis Enrique cuando fue cesado como entrenador de la selección española. No es porque Luis Enrique se parezca a Trump. Es que la construcción del mensaje ultra se nutre de pulsiones espontáneas que están en la vida normal de la gente. La mejor manera de proponer lo que te pide el cuerpo cuando las cosas solo empeoran es un personaje que lo escenifique, un personaje que sea «auténtico»: lo auténtico es simple e inmediato, es activo (son alérgicos a la reflexión) y es resistente. Lo auténtico es casi redneck, sin obligaciones de nadie con nadie. Un personaje que escenifique lo que te pide el cuerpo es como rascar un picor irritante. Y así se vota en las elecciones europeas sin que aparezca Europa.

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