Europa, España y democracia. Del oscurantismo a la desinformación

Decir que la mujer de Sánchez es corrupta y ladrona hace que esas palabras suenen a latón cuando las digamos del novio de Ayuso, que sí es corrupto y ladrón.

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Enrique Del Teso
Enrique Del Teso
Es filólogo y profesor de la Universidad de Oviedo/Uviéu. Su último libro es "La propaganda de ultraderecha y cómo tratar con ella" (Trea, 2022).

Ninguna forma de poder es viable sin el apoyo o inacción de la mayoría, incluso en sistemas totalitarios. El control de las mayorías tiene que incluir una relación eficaz de la propaganda con el saber y la ignorancia de la sociedad. Las oligarquías solían predicar el oscurantismo. Siempre se intentó mantener a las mayorías lejos del conocimiento bloqueando su acceso a escuelas y universidades (en ello estamos otra vez). Pero el oscurantismo es algo más íntimo que no poder pagar una matrícula. El oscurantismo es el temor al conocimiento, es desconfiar de las consecuencias de saber. Su arraigo cultural puede rastrearse sin dificultad en el cine: desde Parque Jurásico, donde la tragedia se desata por la falta de humildad de la ciencia ante el misterio de la vida; y Juego de Tronos, donde Qyburn, el científico de Cersei, debía sus poderosas y perversas artes al atrevimiento de indagar más allá; hasta En busca del arca perdida, donde los malos mueren por el mero hecho de ver lo que no debe ser ni siquiera mirado por ojos humanos; o El planeta de los simios, donde los científicos guardan el secreto de lo que saben porque su difusión es peligrosa. La Iglesia fue siempre la encargada de meter en la intimidad de cada uno las limitaciones que hacen dóciles a las mayorías, a través del delicado cultivo de dos emociones: el miedo y la culpa. Fue el agente del oscurantismo, de clavar en el interior de cada uno que el saber debe tener límites.

El poder necesitaba una masa analfabeta y sumisa, temerosa, necesitada de superiores. Por eso, necesitaba el oscurantismo. Los propios científicos gustaron muchas veces de proteger el secreto de su conocimiento hasta con recursos tan pueriles como esconderlo en jergas abstrusas e innecesarias. Todos aprendimos antes de los diez años lo que eran las palabras agudas, llanas y esdrújulas. En la facultad aprendí enseguida que podían llamarse también oxítonas, paroxítonas y proparoxítonas para que los demás no entiendan. Las técnicas léxicas oscurantistas se usaron enseguida, no para ocultar el saber, sino para impostarlo y esconder la pura vaciedad. Pinker propuso un ingenioso generador de jerga de ciencias sociales con tres columnas de palabras. Cogiendo al azar una palabra de cada columna, se obtienen secuencias abstrusas que suenan a ciencias sociales: síntesis agregadora multilateral, difusión homogénea dialéctica, equivalencia cooperativa integrada. La monda.

Steve Pinker

Los mensajes subliminales del poder en la curiosa película Están vivos son del tipo: no penséis, obedeced, conformaos, casaos, consumid. La película es interesante, pero se basa en un relato de los 60. Las oligarquías no predican ahora ser sumisos y conformarse. La gente que vive mal es fácil de incitar a la rebelión, y más cuando la Iglesia ya no influye lo suficiente para que acepte resignarse. Las oligarquías ahora quieren poner de su parte la furia que provoca la injusticia que ellos imponen. Ahora predican justo que seas rebelde, que no te conformes, que te cagues en ellos (nunca se sabe del todo quiénes son ellos). Ahora no les vale el oscurantismo. Ahora tienen otro truco mejor: la desinformación (sí, el fango). Ahora no quieren individuos resignados. Ahora los quieren arrogantes, con las ideas muy claras, vocingleros de tanta certeza, díscolos e ingobernables. Al contrario que con el oscurantismo, quiere que los individuos se sientan informados, críticos y con la convicción de que a ellos no se la dan. Quieren que por todas partes haya voceras que destrocen a Wittgenstein. Él decía que todo lo que se puede decir se puede decir claramente. Los bocazas sienten que hablan claro y despachao, con golpes en el mostrador del chigre. Por supuesto, la propaganda que induce estas conductas fachas está financiada por las mismas oligarquías que siguen necesitándonos ignorantes y analfabetos. Pero ahora el analfabetismo no se busca en la falta de estudios. Se busca en la prisa, en que no valgan razonamientos de más de 280 caracteres, en que valga más un zasca simplón que un dato, en que una concatenación de insultos parezca un razonamiento y hasta un repaso al oponente. Sus partidos extienden estas maneras a la vida pública, hasta convertir los discursos en onomatopeyas prolongadas. Quieren ruido y que no se hable de las cosas.

La desinformación solo tiene ventajas. Como el oscurantismo, sigue siendo un cultivo masivo de la ignorancia, pero ahora pone de su parte la rebeldía y el inconformismo. Proyectan esa furia contra las vigas de la convivencia, siempre suaves y faltas de energía, siempre lentas, buenistas y blandas (protección al débil, reinserción, derechos de minorías); y contra los vividores mojigatos que las defienden y viven del cuento. La desinformación permite orientar la rebelión de la gente que sufre contra la democracia y contra los progresistas que reclaman la justicia social. Es como si viviéramos en la casa de la izquierda, con derechos civiles y protección, y si sufrimos en esta casa, hay que levantar los puños contra la casa y los progres. La izquierda siempre parece tener la carga de la prueba. La sociedad es injusta y, como es la izquierda la que predica la justicia social, es la que tiene que responder de que no la haya. Imputar al rival el defecto propio deja vacías las palabras del rival. Decir que la mujer de Sánchez es corrupta y ladrona hace que esas palabras suenen a latón cuando las digamos del novio de Ayuso, que sí es corrupto y ladrón.

Ludwig Witgenstein.

La desinformación consiste en que la aceptación de lo que se dice no dependa de su verdad sino de los estados emocionales que confirma. Se acepta que Begoña Gómez es culpable y que el informe de la Guardia Civil es falso, no porque se crea que Gómez es culpable y la Guardia Civil miente. Se acepta porque Pedro Sánchez es enemigo de España, etarra, dictador y no sé qué más. Se acepta porque esas palabras encajan en ese odio y lo confirman, importa el odio, no los hechos. Teniendo generadores de bulos, jueces dispuestos a abrir casos sobre bulos y medios que los repitan cada día, la labor periodística profesional, mucho más lenta, el conocimiento y el razonamiento son ineficaces. Esta estrategia de ruido donde cualquier verdad es una figura oculta entre ruidos y salivazos no funciona en cualquier contexto. Se necesita tener a la población en estado emocional intenso y eso es más fácil cuando la población sufre. Curiosamente, la injusticia que favorece a los ricos crea la zozobra que sirve de abono a la estrategia de la desinformación con que los ricos consiguen que la gente se olvide de ellos y peleen contra molinos de viento.

No es fácil combatir la desinformación, pero es fácil saber por dónde empezar. Se empieza haciendo piña con la víctima sin matices, sin lecciones y sin ajustes de cuentas, como cuando alguien recibe un balazo. Es la democracia lo que corroe la desinformación. Si atacan o matan a político y no se enfrenta el hecho, nada impide que otro día te toque a ti. Si la solidaridad y la bondad básica no son bastante, que lo sea el riesgo propio. La desinformación afectó a Errejón, a líderes de Podemos, al Bloque gallego, al PSOE, a Compromís y a otros grupos y personas. No es cuestión de cercanía o lejanía con Mónica Oltra, Pablo Iglesias o Pedro Sánchez. Cada episodio es una amenaza para todo lo que esté fuera de las derechas y sus terminales. Las derechas son el agresor y pueden agredir igual a Esquerra que a Podemos, el PSOE, Sumar o CCOO. De una en una las víctimas pierden. Si la reacción siempre es conjunta y contundente, cada conspiración es débil. La socialdemocracia es demasiado mainstream, se siente siempre cerca del poder y tiende a no rozar con los poderosos. Y así desapareció de Europa. La desinformación requiere señalar a los agresores: derechas, medios y jueces implicados. Y requiere contundencia y unidad en cada episodio, sea quien sea la víctima: mociones, concentraciones, manifestaciones. La propaganda contra la desinformación es compleja y tiene que ser metódica y estudiada. La mera verdad desmonta pocas veces un bulo. Una sociedad infectada de desinformación no puede ser una democracia funcional. Europa está infectada. Hay trabajo que hacer.

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