La Regenta a escena

Llevar a la escena del siglo XXI la disputa de un Don Juan y un Magistral por hacerse con el cuerpo y el espíritu de Ana Ozores, supone siempre un reto de difícil solución

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Roberto Corte
Roberto Corte
Roberto Corte (Oviedo, 1962). Vinculado al teatro asturiano desde 1980, y ligado a la autoría y dirección en el ámbito escénico, en la actualidad colabora como crítico en revistas especializadas.

La Regenta

Adaptación: Eduardo Galán

Dirección: Helena Pimenta

Reparto: Joaquín Notario, Francesc Galcerán, Álex Gadea, Ana Ruiz, Pepa Pedroche, Lucía Serrano, Jacobo Dicenta y Alejandro Arestegui

14 de junio, Centro Niemeyer, Avilés

Que la obra de Clarín es un referente extraordinario de nuestras letras lo corrobora un Niemeyer abarrotado hasta la bandera y unos espectadores que en su mayoría se han leído la novela. No es de extrañar, por tanto, la curiosidad del lector por descubrir hasta dónde la puesta en escena de Helena Pimenta coincide o se distancia de su imaginario, y hasta dónde el vasto y complejo universo de la narrativa clariniana está presente en el ceñido y apretado corsé que le impone la escena. La dificultad de llevar novelas al teatro radica precisamente en “materializar” en un plano de exposición frontal y fijo, y en unos actores concretos –en vivo y en directo–, ese estilo indirecto libre tan peculiar y genuino que campa y vuela a sus anchas por la mente calenturienta de los lectores. Tarea dificilísima si tenemos presente que la novela y el teatro son dos campos proposicionales bien diferenciados, por más que compartan elementos prosódicos afines. No es la primera vez que se lleva a las tablas La Regenta de Clarín, aunque ignoro si existen versiones anteriores a 1980. En mi memoria están las adaptaciones de Álvaro Custodio, Los sapos de Vetusta del laboratorio de danza de la Universidad de Oviedo, el atractivo enfoque unamuniano de Francisco Prieto Benito sobre Ana Ozores, su posterior La Regenta en el recuerdo con el grupo Margen, la versión “experimental” de Marina Bollaín en parangón con los realities televisivos y, más recientemente, las de Eladio de Pablo. Propuestas todas muy loables por la diversidad de enfoques acometidos, pero que me han llevado a pensar que la mejor manera de acercarse al tono y contexto del realismo crítico decimonónico no es la reproducción secuencial del argumento de la obra, sino el abordar de manera transversal y con criterios formales muy específicos, alguno de los muchos elementos que contiene.

La dramaturgia de Eduardo Galán, con sus momentos narrados, diálogos y soliloquios, concentra los acontecimientos y personajes principales en una acción dramática convencional con la intención de conseguir el máximo de coherencia y armonía, por más que la novela se desparrama libérrima y estructuralmente descompensada por narrativas de todo tipo, ironías, críticas, psicologismos descriptivos y sutilezas de toda clase y condición. La interpretación de Joaquín Notario como Víctor Quintanar se desmarca del viejo achacoso al que estamos tan acostumbrados y nos sorprende por su brío y energía, más canalizada hacia la caza y el Siglo de Oro, que en atender a su mujer, a la que trata paternalmente como es bien sabido. Asume también el papel de narrador, al igual que Pepa Pedroche, que brilla como Doña Paula, la madre de Fermín de Pas, intrigante, posesiva y maquinadora, dominante enfermiza con voz de trueno que tiene a su hijo en un puño. Ana Ruiz encarna a una Regenta demasiado ingenua y candorosa, sin la profundidad psicológica del personaje, aunque con mucha verdad en su sufrimiento. El Fermín de Pas de Álex Gadea es al principio más bonachón que ambicioso, tal como corresponde, y nos convence como hombre traicionado y violento a medida que avanza la acción. Jacobo Dicenta –que no es viejo pero lo parece– da vida a un Álvaro Mesía demasiado decrépito para ser un galán seductor al que ninguna mujer de Vetusta se resiste y el avilesino Alejandro Arestegui cumple con solvencia como Marqués de Vegallana (o más bien “el Marquesito”, por su juventud). Lucía Serrano simultanea con mucha gracia y salero a la casquivana Visita y a la traicionera criada Petra, que aquí aparece liada también con Don Álvaro, y Francesc Galcerán resulta muy divertido como Frígilis. La escenografía, compuesta por un suelo y una sencilla silueta como pared de fondo, se aleja inteligentemente del rancio mobiliario decimonónico y se convierte en un espacio abierto muy funcional, que hace de interior, catedral o casino. La dirección de Helena Pimenta imprime al conjunto un ritmo trepidante para que todo fluya de la mejor manera, aunque arropa la propuesta con unas proyecciones –pocas, todo sea dicho– a mi juicio innecesarias.

Un momento del montaje.

El realismo y naturalismo crítico de La Regenta de Clarín, psicológico, sobrio, irónico, intelectual, de espaldas a la empatía y sentimentalidad de la novela costumbrista de su época, la convierten en una obra singular de nuestra literatura. Llevar a la escena del siglo XXI la disputa de un Don Juan y un Magistral por hacerse con el cuerpo y el espíritu de Ana Ozores, supone siempre un reto de difícil solución. No obstante, La Regenta de Galán-Pimenta es un espectáculo de calidad y un complemento adecuado para festejar este 140 aniversario de su publicación.   

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