“Turismo de calidad es un eufemismo para hablar de turismo para ricos, y no hay ricos para todos”

Ernest Cañada hablará este sábado en Candás sobre el turismo social como alternativa progresista a la turistificación del planeta.

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Diego Díaz Alonso
Diego Díaz Alonso
Historiador y activista social. Escribió en La Nueva España, Les Noticies, Diagonal y Atlántica XXII. Colabora en El Salto y dirige Nortes.

Las movilizaciones contra los efectos nocivos del turismo de masas se suceden en todas partes: de Venecia a Barcelona, de Canarias a Baleares, de la verde Cantabria al castizo Lavapiés. Hemos tardado años en comprender esa cara B del turismo, y ahora nos enfrentamos a la contradicción de querer protegernos del impacto del turismo en nuestros pueblos y ciudades, al mismo tiempo que miramos las ofertas más económicas para poder irnos de vacaciones. Ernest Cañada, investigador postdoctoral en la Universitat de les Illes Balears (UIB) y miembro de la asociación Alba Sud lleva años trabajando en cómo resolver ese rompecabezas desde una perspectiva progresista, que tenga en cuenta la clase, el género y lo finito del planeta. “El problema no es el turismo, sino cómo y para quién lo hacemos” afirma el experto, que este sábado hablará en Candás sobre turismo social en un acto organizado por la diputada Covadonga Tomé y el grupo municipal de Somos Carreño. Será a las 12:30h en el Centro Polivalente La Baragaña.

Cada vez somos más conscientes de los problemas que genera el turismo, pero al mismo tiempo todos queremos irnos de vacaciones. ¿Cómo hacemos para resolver esa contradicción?

Hay que encontrar soluciones colectivas a los problemas colectivos. La izquierda no puede apelar constantemente a la responsabilidad individual del buen consumidor, del turismo ético o responsable… Hay que construir infraestructuras públicas para el turismo social, horizontes de deseo de viajes y vacaciones dentro de los límites del planeta, y salir así de esa contradicción que es quejarnos de que hay mucho turismo y al mismo tiempo ser nosotros mismos turistas. Hace falta potenciar un turismo de cercanía que nos permita disfrutar de lo cotidiano, ligado por ejemplo a la agricultura y a los espacios naturales más próximos. Un turismo que podamos muchas veces hacer en transporte público.

Reivindicas siempre el turismo social. ¿En qué consiste?

El modelo de expansión turística que vivimos también tiene límites y contradicciones. Más del 30% de la población española no se puede ir una semana vacaciones fuera de su casa, y eso hay que resolverlo. En la historia de España, de Francia, de muchos países y países latinoamericanos hay experiencias de turismo social muy importantes que permitieron a las clases populares acceder a las vacaciones.

¿Los viajes del IMSERSO formarían parte de ese turismo social?

El problema es que no haya una discusión política sobre el IMSERSO. Es una institución que tiene una potencia mucho más grande de la que hoy tiene. El turismo social no debería estar orientado olo a la gente mayor, sino a toda la población. Los refugios de montaña, los albergues, el INSERSO ya son infraestructuras públicas que deberían formar parte de una estrategia de turismo social destinada a los ciudadanos que pagan impuestos. Ahora mismo se destinan muchos recursos públicos, pero están dirigidos más a las empresas que al ocio y el descanso de la ciudadanía. El debate es quién es el sujeto de la política turística: las empresas o la gente. En la sanidad lo tenemos claro, pero en el turismo no.

¿Qué experiencias pueden ser interesantes para pensar ese turismo social?

El anterior gobierno de Argentina hizo una apuesta muy fuerte por hacer accesibles las vacaciones a la gente. Era impresionante ver cómo la gente de clase trabajadora disfrutaba de unas vacaciones muy asequibles en la playa. La llega de Milei y la ultraderecha cortó estos programas. En Brasil desde 1946 hay una política de Estado por la que los trabajadores tienen acceso al tiempo libre y a las vacaciones a precios muy populares. Estamos hablando de alojamientos a unos 16 euros con pensión completa. Son además hoteles muy bonitos. No es verdad que el turismo social tenga que ser algo cutre. La paradoja de Europa es que aquí nació el turismo social, pero hoy día está muy de capa caída. Posiblemente Francia sea donde se ha mantenido una tradición más larga de turismo social y también sindical.

“En lugar de consumir por consumir para hacer check habrá que ir a experiencias más significativas”

En Asturies el discurso ahora es que tenemos que especializarnos en un turismo de calidad

Turismo de calidad es un eufemismo para hablar de turismo para ricos, y no hay ricos para todos. Es un discurso que ahora mismo se repite en todas partes: apostar por el turismo rico, de elites… Es un mercado mucho más pequeño que el de las clases medias y trabajadoras, y no hay tanto público para esta competición entre territorios que consiste en invertir enormes recursos públicos para vender las ciudades y los territorios a los pijos del mundo. Hay que pensar cómo reorganizamos el tiempo de las vacaciones desde criterios de clase porque ese “turismo de calidad” tampoco significa que se vayan a redistribuir mejor los beneficios. Una camarera de hotel va a cobrar posiblemente lo mismo trabaje en un hotel de lujo o en un hotel barato. Hay que reconvertir el sector turístico en favor de las clases trabajadoras, tanto desde el punto de vista del empleo como del disfrute.

Campaña de turismo asturiano en Madrid. Foto: Turismo de Asturias

Otro problema es el de los límites del planeta de los que hablabas antes

Las pautas de movilidad que existen actualmente no son universalizables. Vivimos una crisis ecológica y los vuelos baratos basados en las subvenciones a la aviación se terminarán en algún momento. Habrá que reorganizar el turismo de proximidad y limitar también esa idea de “Curro se va al Caribe”. Habrá que preparar mucho más los viajes y hacer menos. En lugar de consumir por consumir para hacer check habrá que ir a experiencias más significativas. Hay que pensar qué podemos descubrir al lado de casa. El reto es convertir en extraordinario lo cotidiano. Si estamos saciados de esas experiencias cotidianas quizá no tengamos tanto ansia por ir a lugares lejanos.

Sin embargo el turismo de larga distancia ya convive con un turismo de corta distancia. La sensación hoy es que hay turistas por todas partes.

Todo se ha vuelto atractivo turístico. Hemos pasado de un turismo fordista a un turismo postfordista. Pasamos de que toda la gente fuera en masa a unos pocos lugares preparados para el turismo a un turismo más diferenciado, mas fragmentado, que busca la distinción. Todo es susceptible de convertirse en atractivo turístico. Hasta la cotidianeidad de los barrios populares. Hay ahora mismo el catálogo de Airbnb te recomiendan Usera en Madrid como uno de los barrios del mundo que no te puedes perder. La paradoja es que la cotidianeidad se convierte en atractivo turístico a la vez que lo mata. Usera se convierte en una aventura, pero sacando de Usera a la gente real para llenarlo de de pisos turísticos.

¿Cómo lo evitamos?

El problema es que la gente de Usera sea objeto de política turística y no sujeto de la política turística. La forma de salir de esto no puede ser la elitización. Probablemente haya que limitar el acceso a ciertos lugares muy masificados, pero de una forma justa e igualitaria, no a través del precio. Hay que pensar criterios de selección justos y no limitar el turismo sólo para uso y disfrute de los ricos.

Última pregunta: la ecotasa.

Me parece positiva si sirve para financiar políticas de transición ecosocial, y mal si al final se reutiliza para financiar más promoción turística.

¿Qué tipo de políticas de transición ecosocial?

Pues por ejemplo financiar la diversificación económica de zonas con un monocultivo del turismo o para financiar actividades de turismo social. Eso tendría un componente redistributivo muy interesante.

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