Luis Carrión es Gandalf

En las gradas del Tartiere muchos pensamos que el elegido para volver a primera era el Cuco Ziganda.

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Javier Martínez
Javier Martínez
Es licenciado en historia, acupuntor y participa en Radio Qk desde los años 90.

Es una pena que el Oviedo no suba a primera, los aficionados nos perdemos la posibilidad de disfrutar del juego de Mbappé y él se pierde la experiencia de conocer la ciudad, dejarse seducir por su encanto y al volver a Francia votar sin dudarlo al Frente Nacional.

Oviedo es lo que tiene, te marca y de mano apesta. Con su ópera, su seminario metropolitano y su escuela filosófica. En la capital del Principado todo es como parece que debe ser y hasta los anarquistas son de derechas.

Para los que lo duden no sobra decir que en Oviedo todavía hay gente de izquierdas y somos buena gente. Lo mismo votamos a un señor del PSOE que todavía no sabemos cómo se llama o a Gaspar Llamazares, en los dos casos lo hacemos como una estrategia psicológica que nos permite votar al Partido Popular sin dañar el concepto que tenemos de nosotros mismos. En las faldas del Naranco todo va como tiene que ir.

Somos una ciudad conservadora donde nadie quiere cambiar de opinión y además no engañamos a nadie, como prueba nuestro alcalde. La única forma de explicarse el fenómeno Don Alfredo es eso que nos cantaba el Señor Chinaski sobre Lacan. “La verdad tiene estructura de ficción”, y las cosas son lo que son por la red simbólica en la que están integradas, para él un loco que se cree rey no está más loco que un rey que se cree rey. El rey es rey por porque lo sostiene una red de relaciones simbólicas y la comunidad lo identifica así. Si el rey se cree rey y olvida la red simbólica que lo sostiene es un loco. En el caso de D. Alfredo él ya era alcalde antes de serlo, la red simbólica que lo sostiene es el circo electoral de cada cuatro años, que podríamos dejar ya de hacer, pero que es lo que le da soporte para seguir gobernando para aquellos que le dijeron que era rey.

Con este panorama en Oviedo amanece que no es poco y el fútbol es como los latinoamericanos en la película de Cuerda, una válvula de escape o el último reducto, dependiendo del día en que lo mires. Lo que nadie puede negar en su capacidad para proyectar todos nuestros demonios.

En las gradas del Tartiere muchos pensamos que el elegido para volver a primera era el Cuco Ziganda. Su carácter ascético y ese toque a jesuita en las misiones conectaba con esa sensación que se respira al caminar por la ciudad, se inventó a algunos jugadores de la casa y purgó a otros. Acabamos séptimos empatados a puntos con el Girona que ahora está en Champions y él se fue como vino, serio y taciturno, reconocido merecidamente como un paisano más.

Nos volvimos a ilusionar con Álvaro Cervera, nos sacó del pozo y tenía todo lo que se necesita a priori para triunfar aquí, resultados. Rancio, amargado y repunante, parecía siempre enfadado con el mundo y fue incapaz de hacer que el equipo diera tres pases seguidos. Su legado son Masca y Bretones que subieron desde el Vetusta para quedarse. Se le veía sufrir, al parecer le pasaba como a la mayoría de nosotros que desearíamos estar jubilados en Cádiz, pero aquí estamos, comiendo techo mientras él cobra el finiquito.

En la última rueda de prensa lanzó una soflama que en la invicta, heroica y puta ciudad de Oviedo es subversiva “En la vida, el que arriesga todo acaba triunfando”

A Carrión no lo conocía nadie y ahora es Gandalf. Parecía una apuesta arriesgada, venía del paro y parecía una persona feliz. En Oviedo alguien que sonríe siempre será sospechoso. Para la hinchada local Homechenko es un media punta con llegada que tiene que jugar si o si, así que su propuesta futbolística del intercambio de golpes y el puerta grande o enfermería causaron más de un fallo respiratorio grave que sumado a las escaleras del talud convirtió la experiencia de ir a la Eria en un deporte de riesgo. A pesar de todo, la afluencia crecía cada jornada hasta culminar en el partido del Español, en un ambiente de futbol que no se recordaba desde la encerrona a Las Palmas en el antiguo Tartiere.

La realidad es un territorio en disputa donde el relato es fundamental y el entrenador no solo convenció a Dani Calvo de que podía pasarle la pelota a los de azul, consiguió algo más difícil como es cortar la neurosis colectiva que vivimos los seguidores del Oviedo, lo hizo de forma elegante y precisa como el cuchillo corta la mantequilla, algo solo reservado a un mago o a Carl Gustav Jung. En la última rueda de prensa lanzó una soflama que en la invicta, heroica y puta ciudad de Oviedo es subversiva “En la vida, el que arriesga todo acaba triunfando” y nos fuimos a Barcelona unos sin entrada, otros con las cenizas del hermano en el equipaje de mano, otros en coche, a partirnos la cara y liarnos a sillazos con quien hiciera falta.

El final lo sabemos todos, con el pitido del árbitro y la invasión de campo se nos vino a la cabeza el gran Anthony Blake y aquello de “todo fue fruto de vuestra imaginación”. Caímos como siempre, en la orilla, ante un equipo que no fue mejor que el Sporting en semifinales, que aquí lo tuvimos muerto y sólo lo pudo salvar el VAR, aunque pareció un accidente. Caímos con dos goles en cinco minutos donde nos comportamos una vez más como ese adicto incapaz de rechazar una copa o reprimir su impulso a meter la moneda en la tragaperras echando por tierra meses de represión de sus impulsos autodestructivos.

Se acabaron las velas a las vírgenes locales, las agujetas post-partido y las dietas milagro para entrar en los pantalones que llevábamos en la promoción contra el Ávila. Lo teníamos todo preparado para una celebración desbordante y necesaria en esta ciudad donde lo popular después de la pandemia tiene un carácter distópico. Un día la ciudad salvó al Oviedo, ahora necesitábamos ser salvados, pero no pudo ser, lameremos nuestras heridas una vez más y repasaremos “Mi Derrota” de Khalil Gibran, para volver a reírnos juntos en la tormenta y volver a cavar nuestra propia tumba, comprando el abono para la temporada que viene. Para celebrar todo lo que hay de inquebrantable en nosotros.

No sabemos si Carrión seguirá, los magos son muy de cantar su canción e irse, igual que los charlatanes son muy de irse, antes de que descubramos sus debilidades. Pase lo que pase, nos quedará el recuerdo encendido de su voz, fue nuestro huésped y le abrimos las puertas de par en par y le dimos las llaves de casa. Me lo imagino despidiéndose de la afición con aquella frase de Gandalf. “No diré no lloréis, pues no todas las lágrimas son amargas”.

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