“El Frente Popular ha conseguido la victoria porque ha aparecido como una opción a la izquierda del Partido Socialista”

Miguel Urbán, de Anticapitalistas, pasó por la Semana Negra de Xixón para presentar su último libro: "Trumpismos".

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Diego Díaz Alonso
Diego Díaz Alonso
Historiador y activista social. Escribió en La Nueva España, Les Noticies, Diagonal y Atlántica XXII. Colabora en El Salto y dirige Nortes.

Miguel Urbán (Madrid, 1980) cofundador de Podemos y uno de los rostros visibles del partido Anticapitalistas, acaba de concluir su etapa como eurodiputado, iniciada en 2015. Especialista en extremas derechas, ha publicado en Verso Libros “Trumpismos”, un libro que presentó este martes en la Semana Negra de Xixón.

¿Aliviado por el resultado en Francia?

Evidentemente aliviado. Además creo que es bueno que la izquierda celebremos alguna victoria de vez en cuando. Pero a la vez, preocupado por el resultado. Me explico. La victoria del Nuevo Frente Popular (NFP) no es discutible, ha sido la coalición con más representantes electos, más allá de que en votos ganara Reagrupación Nacional (RN). Esta victoria más allá de los relatos del establishment sobre como el Frente Republicano ha frenado a la extrema derecha, creo que hay que poner en valor la gran movilización popular para la derrota parcial del RN. El gran beneficiado del Frente Republicano ha sido la coalición macronista de Renacimiento que ha conseguido una horquilla de representantes mucho mayor de la que le daban ninguna encuesta, pudiéndose recomponer de las sendas derrotas tanto en las europeas como en la primera vuelta de las legislativas. 

¿No tan aliviado?

A pesar de la victoria del NFP, no podemos obviar que los lepenistas ha mejorado con mucho los resultados de las ultimas legislativas del 2022, confirmando su tendencia al alza desde 2014. Se ha convertido en estas elecciones en el principal partido de Francia en número de diputados en la asamblea nacional y en el polo hegemónico de una derecha en descomposición, lo que le permite seguir teniendo un campo fértil para su crecimiento social y electoral. Creo que no ayuda nada los relatos grandilocuentes de hemos frenado al fascismo, se ha salvado la democracia, etc. Porque más allá de la caracterización del RN, al fascismo no se le para votando y a la extrema derecha tampoco o al menos no solo votando.

¿Qué va a pasar?

El resultado electoral arroja un escenario complejo en Francia que le puede ser muy beneficioso a Le Pen, me explico. La incapacidad para formar gobierno por parte de ninguno de los tres bloques en disputa abre dos escenarios plausibles: en primer lugar, un acuerdo entre macronistas y el partido socialista y ecolos para una gran coalición de gobierno de centro que excluya a la Francia Insumisa, esto no solo rompería el NFP sino que mandaría un mensaje terrible al electorado que se ha movilizado por la izquierda, “da igual lo que hagas al final nada cambia”, favoreciendo una vez más la desmovilización del campo popular; y la segunda opción es un gobierno de Renacimiento con los restos de la derecha Gaullista de Los Republicanos, pero esta opción no daría mayoría absoluta y generaría un escenario de ingobernabilidad que favorecería al RN. En ambos escenarios los de Le Pen no solo ostentaran la oposición, no se desgastaran de cara a las presidenciales y seguirán cultivando la imagen victimista de todos los partidos contra nosotros. Porque no lo olvidemos, las legislativas han sido un ensayo general de las presidenciales francesas de dentro de dos años y Le Pen no sale tan mal parada como podría parecer a simple vista.

El Nuevo Partido Anticapitalista ha apoyado la lista del Nuevo Frente Popular. ¿Ve a Anticapitalistas participando de una jugada similar en España?

Lo primero de todo, aunque pueda parecer una obviedad los paralelismos  el contexto francés y español no tiene mucho en común por lo tanto creo que no sirven los paralelismos. Si tú me dijeras, en el caso de que Anticapitalistas se encontrara actualmente en el contexto francés, ¿Qué habríais hecho? Pues sin duda lo mismo que nuestros camaradas franceses. Participar en el NFP, desde posiciones críticas, para frenar el auge de RN, impulsando la movilización popular desde la base. Comprendiendo la importancia del combate electoral pero desde la convicción de que a la extrema derecha no la vamos a frenar en las elecciones, esta concepción reduccionista es solo producto de la búsqueda constante de atajos políticos para no abordar la complejidad de la situación de retroceso en la que nos encontramos.

¿En qué consiste esa complejidad?

El contexto español es muy distinto, por mucho que torticeramente se esté retorciendo la realidad para intentar asemejar el gobierno de coalición del PSOE y Sumar con el NFP. En primer lugar, en el estado español no venimos de un ciclo de movilizaciones obreras sin precedentes en las últimas décadas en Francia como han sido la lucha contra la subida de la edad de jubilación que ha construido un proceso de unidad sindical y movilización unitaria sin la que no sería posible comprender el NFP; en segundo lugar, aquí no existe una fuerza de izquierdas que no se haya plegado al social liberalismo con audiencia de masas y por lo tanto homologable a la Francia Insumisa (FI); en tercer lugar lugar, la hegemonía del campo de la izquierda corresponde a la FI y no al partido socialista como en España, para que lo entienda la gente, en Francia la hegemonía está en el lado izquierdo de la coalición no por el derecho; en cuarto lugar, el programa del NFP, aunque de carácter reformista, incorpora medidas y reivindicaciones históricas del movimiento obrero como la bajada de la edad de jubilación a los 60 años y una colisión parcial con las políticas neoliberales de la UE o frenar el aumento del gasto militar,  nada que ver ni con el programa de gobierno del PSOE con Unidas Podemos ni mucho menos con el del PSOE y Sumar; Y por último, Vox no está a las puertas de gobernar en solitario España, de hecho dista mucho de tener esa posibilidad a corto plazo, la amenaza en el estado español es mucho menor que en Francia.

La clave de la victoria de la izquierda parece haber sido sumar muchos votos procedentes del centro y la derecha democrática: ¿Enmienda esto la idea de que a la derecha radical sólo se le puede ganar girando más a la izquierda?

Creo que todo lo contrario, tenemos que analizar como la izquierda francesa ha conseguido llegar a la segunda vuelta de las legislativas francesas como segunda fuerza construyendo la auténtica ventana de oportunidad para la victoria electoral del pasado domingo. Primero tenemos que retrotraernos a las movilizaciones sindicales y sociales contra la edad de jubilación y la unidad sindical que se creó en ese momento y que han sido fundamentales para comprender la pujanza del NFP electoral frente a Renacimiento de Macron, superando los resultados de la anterior alianza de izquierda conocida como NUPES en el 2022. Al conseguir convertirse en la segunda fuerza en votos en las legislativas, el NFP ha favorecido una situación de polarización izquierda derecha que ha obligado a los partidos y el electorado conservador a tener que elegir un voto táctico en la segunda vuelta de las legislativas. Un contexto inédito que no se hubiera producido sin la acumulación político electoral que ha ido construyendo el FI gracias a su distanciamiento del socialiberalismo, la radicalización de su programa político y su acertado posicionamiento en los diferentes conflictos socio/laborales de los últimos tiempos en Francia

Miguel Urbán y Raquel García en la Semana Negra. Foto: Pedro Timón

Además, tenemos que analizar como parte muy importante de la ecuación que ha posibilitado la victoria del  NFP la histórica participación electoral en la segunda vuelta que ha alcanzo un 66%, aumentando con respecto a las elecciones anteriores que ya fue más alta de lo habitual. Una participación favorecida por la movilización de electores de izquierda que permitió un resultado no previsto por los sondeos. Esta movilización del electorado de izquierda que permitió la victoria del NFP y a la FI mantener y aumentar sus parlamentarios se ha dado en un contexto de demonización por parte del stablishment y los medios de comunicación de FI y sus principales lideres, Melenchon pero también  a otros miembros como Rima Hassan (europarlamentaria de origen palestino y símbolo de la solidaridad con Palestina). Incluso muchos macronistas llamaron a realizar un cordón sanitario a los propios candidatos de la FI en la segunda vuelta. Creo que justamente el Nuevo Frente Popular ha conseguido la victoria en estas pasadas elecciones porque han aparecido ante el electorado como una opción a la izquierda del Partido Socialista, en donde la hegemonía y conducción política estaba, no exenta de problemas y contradicciones, en manos de la Francia Insumisa. 

¿Mejor hablar de trumpismo que de fascismo?

Cien años después de que las camisas negras marcharan sobre Roma, una neofascista como Georgia Meloni se ha convertido en la primera ministra de Italia; cien años después del incendio del Reichstag, los bolsonaristas ocupaban el parlamento y senado brasileños negándose a aceptar el resultado electoral, esto es, la victoria de Lula da Silva; y más de setenta y ocho años después de la victoria contra el nazifascismo en la Segunda Guerra Mundial todavía hoy nos seguimos preguntando: ¿Se puede reeditar una suerte de totalitarismo neofascista en pleno siglo xxi?

¿Y qué piensa sobre eso?

El crecimiento exponencial a nivel internacional de las fuerzas de extrema derecha a raíz de la crisis económica del 2008 ha propiciado una gran cantidad de bibliografía –artículos, libros y otras formas de análisis– sobre el paralelismo de la nueva ola reaccionaria global y el viejo fascismo. Dos elementos alimentan fundamentalmente tal correlación: por un lado, la comparación entre la coyuntura del periodo de entreguerras europeo posterior a la crisis de 1929 (y el del paisaje global, especialmente el europeo, tras la crisis de 2008); por otro lado, de forma necesariamente relacionada, el paralelismo forzado entre las expresiones políticas del pasado y las actuales. Puede resultar comprensible que, en el marco de los debates apasionados contra esa derecha machista y racista que crece exponencialmente, hablemos de «fascistas» o utilicemos adjetivos similares como una forma de alentar la movilización o incluso como forma de fustigarlos. Pero no podemos caer en la banalización de que toda opción reaccionaria es fascismo, una consideración ingenua y reduccionista que no nos ayuda a entender y diagnosticar los retos del presente.

¿Mejor diferenciar de los viejos fascismos?

Naturalmente, la ola reaccionaria global tiene elementos comunes con los viejos fascismos e incorporan muchas de sus pasiones movilizadoras pero es fundamental aclarar que son muchas e importantes diferencias que separan este movimiento reaccionario del fascismo clásico. El fascismo es un producto histórico muy condicionado por el contexto, no solo de la crisis del 1929, también del ciclo de revoluciones y violencia del periodo de entreguerras. Este marco histórico no se ajusta del todo bien al fenómeno actual de irrupción de la extrema derecha lo que nos permite hablar de una ruptura de ciertos paradigmas básicos del fascismo y por tanto de encontrarnos ante un fenómeno nuevo. La figura de Donald Trump ofrece visos para contemplar de manera clara el nuevo ciclo en el que hemos entrado con esta carrera hacia el abismo en la que se ha convertido la crisis sistémica del capitalismo. De este modo, el aspecto más problemático de su política no es tanto la locura del propio personaje –que a día de hoy afronta siete cargos penales por llevarse documentos secretos de la Casa Blanca hasta su residencia privada y por negarse a devolverlos cuando se le solicitó– sino la irracionalidad del neoliberalismo que reproduce. En este sentido, no deberíamos ver a Trump únicamente como el Frankenstein de los republicanos, sino como la expresión de un fenómeno, el neoliberalismo autoritario emergente, que desborda las fronteras norteamericanas. A pesar de que la ola reaccionaria global en la que se inserta Trump es anterior al propio Trump, la victoria en los Estados Unidos favoreció́ su multiplicación e imitación a nivel global.

¿En qué consiste el trumpismo?

El trumpismo no puede ser analizado desde las categorías políticas, sociológicas y culturales clásicas. Es un proyecto autoritario radicalmente nuevo, compuesto por diferentes familias reaccionarias. Es, también, inestable y propio de la época neoliberal, pues combina aspectos del fascismo, del bonapartismo y de la plutocracia, aunque no se pueda reducir a ninguna de dichas categorías analíticas. El trumpismo es una forma política nueva, un pliegue reaccionario marcado por la crisis estructural del capitalismo, pero también por el impasse de la gobernanza neoliberal, la emergencia climática y el declive de la hegemonía mundial de los Estados Unidos, lo que le confiere, a su vez, unos rasgos determinados e idiosincráticos y un alcance planetario. Dicho esto, y a riesgo de trazar comparaciones históricas y geográficas a vuela pluma, podemos decir que Trump comparte más con Silvio Berlusconi que con Benito Mussolini.

¿Por qué estos trumpismos se han hecho tan atractivos?

No creo que podamos hablar de una única razón sino más bien de un elemento multicausal. Aunque si tuviéramos que destacar una sobre el resto, para mí sería su capacidad de aportar seguridades ante un mundo inseguro. Seguridades ficticias que no soportan el juicio de la razón pero estamos en momentos pasionales y la extrema derecha maneja estupendamente la política de las pasiones oscuras que decía Bensaid. En un contexto en donde ni el Estado ni el mercado ofrecen ya los medios de reproducción vital, expulsando del circuito laboral a cada vez más sectores sociales hacia una autentica condena social, a la pobreza y la exclusión. Esta situación produce una angustiante sensación de escasez no solo entre quienes la sufren directamente, también entre aquellas mayorías que, en una posición de inestabilidad y precariedad, temen perder su trabajo. Más aun en sociedades de consumo como la nuestra, donde el ámbito laboral va de la mano de un circuito de consumo. Estar excluido del primero supone quedar fuera del segundo, y probablemente tanto la muerte social como la perdida de derechos (entre ellos, pensiones o acceso a seguros médicos). De esta forma, la escasez se articula como coartada para la expulsión de cada vez más sectores de «humanidad superflua» (periferia) de las escasas «islas del bienestar» (centro), del acceso al reparto por los recursos limitados, del derecho a tener derechos. La brecha entre unos grupos integrados –cada vez más minoritarios– y otros excluidos –cada vez más numerosos– es una de las principales características de nuestro tiempo, cuyo resultado es un proceso acelerado de oligarquización del poder (político, económico, simbólico) y un aumento exponencial de las desigualdades, llegando a estigmatizar e incluso a criminalizar a quienes, como las personas pobres o migrantes, se quedan por el camino en esta competición salvaje.

En este contexto, la extrema derecha plantea soluciones y seguridades excluyentes, dirigir estas dinámicas de expulsión social, que diría Saskia Sassen, contra los sectores más fragilizados de la sociedad, los migrantes, desde una lógica nativista y de primacía nacional que cuestiona quien tiene derecho a participar en el reparto de los recursos escasos, quien tiene derecho a tener derechos. Y la izquierda dejo hace tiempo de cuestionar el reparto, asumiendo muchas veces el terreno de juego de la propia extrema derecha. Además, el momento reaccionario no solo se fundamenta sobre la crisis económica y el creciente imaginario de escasez, sino que lo conecta con la crisis ecológica que muestra la inviabilidad de la utopía capitalista del crecimiento indefinido sin límites. Immanuel Wallerstein planteaba en su trabajo que las crisis cíclicas del capitalismo se producirán de forma más seguida al toparnos con los límites del planeta. Un proceso proporcional al incremento de los fenómenos climáticos extremos producto de la propia crisis ecológica en marcha (sequias, inundaciones, calor extremo, hambrunas, etc.). Ante los miedos, las inquietudes, los límites del planeta, la crisis ecológica y su variante de crisis sistémica del capitalismo que construye una creciente subjetividad reaccionaria, la extrema derecha ofrece una respuesta y una alternativa, una vuelta reaccionaria a un pasado de seguridades conocidas. Un intento de «vuelta a la normalidad» propia del pasado que se expresa muy bien en el lema trumpista de «Make América Great Again» y en el del «Let’s Take Back Control» del Brexit. Una propuesta que se fundamenta sobre la promesa de seguridad en un mundo cada vez más incierto. Una seguridad a la contra, que pasa por la inseguridad del otro.

¿Hay antídotos?

En la lucha contra la extrema derecha, más aún en un momento como este, de auge de la ola reaccionaria global e inmersos en una crisis multidimensional, es más importante que nunca reconocer que no hay recetas mágicas. Tenemos que entender la política como un arte del contratiempo y del instante propicio, que no tiene ni una temporalidad lineal ni unos mapas precisos para transitar los caminos que se despliegan. Por ello, a la pregunta de cómo combatir a la extrema derecha, se debe responder con una expresión colectiva antifascista. La primera tarea es conocer la ola reaccionaria global, analizarla y categorizarla adecuadamente. Esto no es un debate teórico o académico alejado de nuestros problemas y entornos, sino un problema sociopolítico que nos afecta directamente y al que debemos plantar cara. En este sentido, no podemos enfrentar a la extrema derecha sin atajar sus causas; no podemos dejar de combatir de igual forma al sistema depredador de derechos, generador de desigualdades, exclusión y destrucción del territorio, que engendra las causas para la emergencia de los monstruos de la extrema derecha. Si la extrema derecha construye sus seguridades sobre una vuelta reaccionaria al pasado, la izquierda debe de recuperar un horizonte de emancipación, de superación del capital, que aporte soluciones a la crisis ecológica, una propuesta que permita imaginar el futuro y que reconstruya el principio de esperanza por el que merezca la pena luchar. De esta forma, Refugees Welcome y Capitalismo Go Home deberían ser dos patas indisociables de la resistencia de las mayorías sociales. No es una cuestión de solidaridad con las personas migrantes, sino una lucha de apoyo mutuo. Cuando se ponen en cuestión los derechos de las personas migrantes se están cuestionando los derechos de las mayorías. De lo contario, estaremos siendo cómplices de la instrumentalización de la escasez que lleva a cabo la extrema derecha para enfrentarnos en una lógica de guerra entre el ultimo y el penúltimo.

Foto difundida por la Casa Blanca de los Trump junto al Conejo de Pascua

La lenta privatización y destrucción de espacios públicos por parte del neoliberalismo sirve de forma inmediata al capital –como nuevos nichos de mercado que colonizar–, pero no solamente, pues también terminar por aislar individuos y destruir cualquier sentido de colectividad favoreciendo la atomización social. La extrema derecha crece sobre esta atomización, se desarrolla en un clima de crisis de las solidaridades y vínculos comunitarios. De hecho, una de las grandes derrotas de la izquierda ha sido su incapacidad para restablecer las solidaridades de clase que el shock neoliberal ha destruido. Ante este vacío crecen los monstruos. Por ello es vital la reconstrucción del tejido comunitario, ya sea en forma de organizaciones de clase, de movimientos sociales, de sindicalismo social de plataformas como la PAH o el Sindicato de Inquilinos –en España–, la Coordinadora Nacional de Usuarios en Resistencia –en México–, el Movimiento de Trabajadores Sin Techo –en Brasil– y las nuevas formas de sindicalismo vinculadas a conflictos contra la acuciante precariedad laboral. Repitamos: no hay mejor antídoto contra el «aliento helado de la sociedad mercantil» en la que crecen los monstruos de la extrema derecha que oponer el aliento cálido de las solidaridades de clase. Fortalecer el poder social de la clase trabajadora en sentido amplio es también vital: no basta con pedir políticas redistributivas «para mejorar la vida de la gente», se trata de exigir reformas que favorezcan a la clase trabajadora, fortaleciendo sus posiciones estructurales en la sociedad y su capacidad de lucha. Y esto, en un momento de crisis ecológica donde están en juego los bienes comunes necesarios para el sostenimiento de la vida supone, como decía Daniel Bensaïd, «atreverse a incursiones enérgicas en el santuario de la propiedad privada» y construir un espacio público en expansión, sin el cual los mismos derechos democráticos estarán condenados a desaparecer. La urgencia ecológica es tal que es y será́ imposible evitar los peligros que ya afrontamos sin romper con la lógica de la acumulación capitalista.

¿Qué futuro ve a Vox y Se Acabó la Fiesta?

Quizás el titular más destacado de las pasadas elecciones europeas del 9J del 2024 fue el crecimiento de la extrema derecha que consolida una derechización de la UE que lleva tiempo gestándose. La actual dispersión de extrema derecha, en varios grupos en la eurocámara, difumina la imagen de su resultado electoral, pero no se puede obviar que  ha sido la segunda fuerza más votada de Europa con algo más del 20% de los votos por delante de los socialdemócratas. En el Estado Español Vox, a pesar de haber conseguido doblar su representación en Europa, no ha cumplido sus expectativas electorales, en gran medida por la aparición de la agrupación de electores “Se Acabó la Fiesta”, encabezada por el polémico influencer de la extrema derecha Luis (Alvise) Pérez, la auténtica sorpresa en estas elecciones.   Mientras surgen fenómenos como “Se Acabó la Fiesta” que amplían el espacio social y electoral de la extrema derecha, Vox por el contrario no consigue despuntar y aunque se mantiene estable como la tercera fuerza electoral a nivel estatal, no parece capaz de disputar la hegemonía de la derecha al Partido Popular. Además la marcha de Vox del grupo de Reformistas y Conservadores Europeos hegemonizados por Meloni para recalar en el nuevo grupo, Patriotas Europeos, auspiciado por Orban y Le Pen, parece responder a la estrategia de radicalización e impugnación impulsada por Buxade y que termino con Espinosa de los Monteros fuera de Vox. Veremos cómo evoluciona esta estrategia en los próximos tiempos y qué consecuencias puede tener sobre el PP, por el momento parece que está favoreciendo una lepenizacion de las posturas anti-migratorias de los populares.

Se Acabó la Fiesta ha logrado lo que ha logrado sin salir en los grandes medios

A diferencia de las otras candidaturas que han conseguido representación parlamentaria, su líder no ha pisado ningún plato de televisión, no ha organizado ningún mitin político al uso y no ha participado en ningún debate importante en estas elecciones. Sin embargo, ha conseguido obtener los mismos eurodiputados que Sumar, socio minoritario de gobierno. Una muestra más de la creciente influencia de nuevas formas de comunicación política que, sustentadas en las redes sociales, no necesitan el refrendo  de los medios tradicionales de información para conseguir llegar a las instituciones. Se Acabo la Fiesta puede ser una candidatura nueva pero su principal figura pública e ideólogo no es ni mucho menos nuevo en política. Alvise Pérez tiene una dilatada carrera, desde trabajar para los liberales demócratas en Reino Unido, donde llegó a ser delegado de la Federación Internacional de Juventudes Liberales (IFLRY). Hasta convertirse en jefe de gabinete del grupo parlamentario de Ciudadanos en las Cortes Valencianas con Toni Cantó. Aunque su popularidad se la ha granjeado por difundir bulos contra dirigentes de izquierdas, que en muchos casos le han valido numerosas denuncias como la que interpuso Manuela Carmena por la que fue condenado a borrar el tweet, en donde difamaba con una noticia falsa a la exalcaldesa madrileña, y a pagar 5.000€. La pandemia exacerbó su papel como distribuidor de bulos a gran escala, separándose de Ciudadanos y acercándose a Vox, si bien nunca ha llegado a militar en la formación ultraderechista, si ha mantenido cercanía con el propio Abascal y su entorno como supuesto analista político. Aunque su notoriedad comienza a crecer al amparo de Javier Negre y Estado de Alarma durante la pandemia, con un recorrido parecido al de pseudo-periodista Vito Quiles, que a la postre ha terminado como jefe de prensa de Se Acabo la Fiesta en estas pasadas elecciones europeas.

El fenómeno de “Se Acabó la Fiesta” recuerda en bastantes aspectos a la Agrupación Ruiz-Mateos, que en las elecciones europeas de 1989 consiguió 608.000 votos y dos escaños. Ambas candidaturas se construyen en torno a polémicos liderazgos, sin un programa claro ni reconocido más allá de un discurso simple basado en el rechazo a la partidocracia, contra la corrupción, exacerbando el populismo punitivo y en defensa del valor del trabajo como elemento de promoción social. Con una concepción empresarial de la representación política, en el caso de Ruiz-Mateos erigió su candidatura como si fuera una más de sus empresas, y Alvise confeccionó su lista electoral eligiendo a gente “con capacidad de gestionar lo que yo considero una empresa. Porque yo considero que España es una empresa de 48 millones de socios.” Al igual que Ruiz Mateos, Alvise se alza en contra del gobierno del PSOE al que se le acusaba de estar arruinando España y de corrupto, coincidiendo ambas experiencias en no usar el nombre partido.  Apareciendo como anti-partidos y antipolíticos, utilizando la provocación para escandalizar, polarizar y granjearse una imagen de “outsiders” que canalice un voto de protesta conservador pero diverso.

A  la vista de los resultados, parece que no le ha ido tan mal la operación política a Alvise, recogiendo buena parta de lo que llevaba años cosechando entre el ecosistema ultraderechista de la “fachoesfera”. Todavía es muy temprano para poder analizar las diferentes derivadas del fenómeno “Se Acabó la Fiesta” e incluso para aventurar el recorrido que puede tener en otro tipo de comicios electorales. No sabemos si finalmente seguirá un camino similar a Ruiz Mateos, que además de las europeas se presentó a cinco elecciones más sin conseguir representación alguna y termino disolviendo su partido para no dividir el voto de la derecha. Desde luego, lo que está fuera de toda duda, es que en sociedades con malestares crecientes y una fuerte atomización social, el voto se ha convertido en una forma de expresión de protesta y hartazgo que no podemos menospreciar caricaturizando a su electorado y sus motivaciones. Hoy más que nunca es fundamental como decía Spinoza: ni reír, ni llorar, ni odiar, sino comprender.

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