No sé cómo nos hubiéramos formado afectivamente las niñas y niños de mi generación si a la relación que posiblemente mantenía la maestra del pueblo con la mujer con la que vivía le hubieran dado el nombre que nunca le dieron. Se decía que eran primas, y paseaban juntas del brazo por la carretera general, pendientes de los saludos respetuosos y reverenciales de los vecinos y vigilando la participación de las distintas familias en los servicios religiosos. De eso dependía nuestra nota en religión, una asignatura al margen de la fe de la que no podías desentenderte de ningún modo y que aquella maestra evaluaba en función de nuestra presencia en la misa del domingo. La maestra tenía un hermano militar del que nos hablaba algunas veces –compartiendo en voz alta su deseo de haber sido hombre para poder seguir la misma carrera que su hermano– y la prima, que tampoco puedo poner en duda que lo fuera, se encargaba de enseñar a leer y a escribir a los más pequeños, de revisar las tareas que hacíamos en la clase, de enseñarnos a coser y a bordar a las niñas. La relación de jerarquía entre las dos era obvia, al menos profesionalmente hablando, y la prima, que todos estábamos de acuerdo en que era mejor maestra que la maestra, se dirigía a ella por el apellido y buscaba su aprobación delante de aquellos treinta y tres niños que llegábamos a la escuela en zapatillas y chanclos. Faltaban cinco años para el final de la dictadura, el guion social era nítido y el vocabulario de las experiencias de vida igual de firme que si lo hubieran tallado en piedra. Un guion seguro y cómodo no solo para quienes pudieran seguirlo sino para cuantos no se atrevían a cuestionarlo o para los que no se podían escapar de él.
Ignoro si estas dos mujeres encajaban o no en esta estructura diseñada por el nacionalcatolicismo franquista, y reconozco que evalúo y reinterpreto esta memoria desde el lugar al que se ha llegado varias décadas después –numerosas luchas por el camino– de aquel tiempo de silencio.
No muchos años más tarde, ahora en una escuela mayor donde nos reunieron a mediados de los setenta a todos los niños del concejo, había otra maestra que vivía con una mujer. Cierto es que cada una de ellas tenía su propia casa, en pueblos distintos y a muy pocos kilómetros, pero hacían toda su vida social juntas. En el espacio público, estas dos mujeres eran inseparables y del espacio privado –para bien y para mal– no recuerdo que se hablara. Quizás por el aspecto visiblemente masculino de una de las dos, y porque era sabido que no las unía ningún vínculo familiar, como se decía que había entre las otras mujeres, había quien se refería a ellas como “la pareja”. No dejaba de ser un comentario accidentado, intranscendente y mordaz al mismo tiempo, porque la verdad es que nunca nadie le puso nombre a aquella relación que pedía a gritos que la nombraran. Una de ellas murió de cáncer bastante joven y la otra se fue a vivir a un monasterio donde murió de vieja. Ni los tiempos que llegaron después, ni la muerte de las dos, sirvieron para actualizar una historia tan clara como la historia de estas dos mujeres que tuvieron que haberse amado con un guion idéntico al de cualquier persona: una, a la que mucha gente se refería en masculino, era terriblemente alcohólica y la otra le aguantaba las borracheras con la misma paciencia y resignación con que lo hicieron tantas mujeres de aquellos y, también, otros años.
Quienes nos tocó vivir la década de los 80 siendo jóvenes, acabando de estrenar una democracia que quisimos creer que nos desbordaba, tuvimos con frecuencia la impresión de que nos estábamos comiendo el mundo y de que estábamos inventando la mayoría de las disidencias. Ni todo esto es verdad ni la sensación de ruptura es tampoco leyenda, porque en un país que salía de la grisura de la que salíamos, y que seguía determinando en buena medida nuestra manera de estar en el mundo, el más mínimo atisbo de color se vivió en ocasiones como un exceso. La necesidad de actuar en el contexto de un cambio sociopolítico tan importante como el de la Transición creo que hizo que muchos de nosotros no fuéramos tan modernos, ni disidentes, ni progresistas como queríamos ser y, aunque muchas puertas empezaron a abrirse, seguíamos sintiéndonos incapaces de ampliar el vocabulario que validara y acabara por documentar todas las experiencias de los afectos.
Salí de Asturias estando así las cosas. Era principios de los 90 y aterricé en una ciudad que se había atrevido en 1969 a enfrentar ese desorden social y jurídico que castigaba el amor entre personas del mismo sexo, pero en la que el matrimonio igualitario no llegó hasta junio de 2011, cuando me imagino que alguna de las parejas que se había casado en nuestro país en 2004 ya se había divorciado. España, y son datos a celebrar, es hoy uno de los países que más protege las divergencias afectivas en Europa, pero me arriesgaría a decir que las leyes se han adelantado a una parte de la sociedad que aún tropieza con sus propios prejuicios para dar cabida a todo mundo. Me temo que demasiadas historias siguen sin contarse y mucha gente solo se atreve a hablar cuando los cuentos no rozan su biografía o cuando suceden en otras casas. Esto, en los mejores casos, porque viendo la serie de caminos que empiezan a forjarse da miedo reconocer que no hayamos tenido el coraje suficiente y la valentía necesaria para educar a nuestros jóvenes. Sería lamentable, y a la vez inconcebible, regresar a aquel lugar en el que era preferible pensar que las maestras del pueblo se habían quedado solteras porque no eran físicamente agraciadas –más de una vez lo escuché– a contemplar la posibilidad de que no lo hubieran hecho porque sus intereses sentimentales fueran otros.
Soy lo suficientemente optimista para creer que esto no va a ocurrir, pero el optimismo no se sostiene con los brazos cruzados, celebrando unos logros tan serios como los que se han conseguido sin mantenimiento alguno. Por eso, cuando veo que a mucha gente joven se le siguen atragantando las palabras en la boca para no llamar a las cosas por su nombre, me da por preguntarme, desde la pequeña burbuja en la que vivo, si será verdad que hemos llegado tan lejos. Porque puedo entender que a la generación de mis padres le siga incomodando decir que su nieta es lesbiana, pero que esté pasando lo mismo con la generación que gestionará nuestro futuro inmediato resulta preocupante. Y entonces me rectifico y vuelvo a pensar que qué culpa tiene la gente joven, será porque le hemos vuelto a contar, como nos contaron a nosotros, que la mujer de la maestra no es su mujer sino su prima.



























