Desarboladas

También mi padre, como mi madre y yo ahora, se tuvo que haber sentido desarbolado

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Paquita Suárez Coalla
Paquita Suárez Coalla
Escritora en asturiano y en castellano, traductora y profesora en el Borough of Manhattan Community College, de la Universidad de la Ciudad de Nueva York.

Mi madre se quedó viuda en octubre del 2023 y dice que se siente desarbolada. Mi madre llevaba viviendo 61 años con mi padre cuando murió, y en su vida jamás había habido otro hombre más que él. Tampoco, que yo sepa, había habido una mujer distinta en la de mi padre y siempre pensé que la falta de uno tendría que hacérsele insoportable al otro. Una falta, según las predicciones que ni siquiera me atrevía a hacer cuando mi padre aún vivía, imposible de superar. No voy a decir que mi madre haya llegado a superar la pérdida, porque eso es seguramente otra cosa, tampoco insinúo que la desaparición física de mi padre no se le haga en realidad insufrible, pero me sorprende que haya podido encontrar el orden que parece haber encontrado, y que haya sido capaz de organizar su vida, con una relativa paz, y de seguir viviendo aunque se sienta desarbolada.

También yo me siento desarbolada desde la muerte de mi padre, y no hay apenas un gesto de mi día a día que no me recuerde de manera porfiada su ausencia. Esta ausencia, que se impone de forma constante y que exige un esfuerzo supremo para llegar a suplirla con un instrumento tan frágil y poderoso a la vez como el del recuerdo y la imaginación, tengo que reconocer que agota porque el cuerpo, después de todo, es el único lugar en el que se asientan las fatigas del alma.

Cuando ya veíamos que los días de mi padre se iban recortando a cuchillazos, decidí viajar a principios de septiembre desde Nueva York para despedirlo. Mi padre era a finales de verano una persona prácticamente desahuciada y dependía del cuidado absoluto de mi madre y de otras mujeres que lo vinieron a atender. Pese a tanto deterioro y a lo mucho que me espantaba verlo en esas condiciones, me hice la ilusión nada más llegar a Grullos de que mi padre iba a mejorarse y de que seguiría siendo el refugio que entonces, más que nunca, yo estaba necesitando. Se murió a los doce días de haber vuelto a Nueva York –aliviado de morirse– sin que hubiera sido capaz una semana y media antes de despedirme de él. Tampoco sé bien qué hubiera significado despedirlo; probablemente nada muy distinto a lo que hice, acompañarlo y dejarme acompañar por aquella presencia suya que se iba adelgazando por momentos y que empezaba a dejarnos, como dice ahora mi madre, desarboladas.

Una noche, quiero recordar que la noche del 21 ó 22 de septiembre, soñé con él. Mi padre me preguntaba en el sueño cómo íbamos a sentirnos y yo, que no creo haberle contestado nada, me levanté pensando que era imposible anticipar lo que esa muerte tan cercana iba a significar para mi padre y lo que iba a suponer para nosotras. Cómo nos íbamos a sentir cuando él ya no estuviera era difícil saberlo. Pero había una cosa de la que creía estar segura: de que cualquier conversación pendiente con mi padre ya no iba a ser posible. Y eso, prescindir de esa humanidad suya que me servía para anclarme en la existencia, me producía un gran resquemor. Me atragantaba pensar en todas las preguntas que no se hicieron, en las respuestas que quedaron sin escuchar o no quisieron darse, en las palabras que no se llegaron a articular y no pudieron organizar nuestra relación mientras estaba vivo; también, en todos esos nombres de la tierra que él siguió enseñándome hasta aquel día de septiembre en que tuve que volver. La ansiedad desapareció en buena medida cuando mi padre murió. Sabiendo que nada podría ser ya de otra manera, dejé de presionarme para tener que recordar lo mucho que acabaría cayendo en el olvido, y me di permiso para sentirme bien con esas conversaciones que no tuvieron lugar y para atesorar en la memoria las que iban a permanecer. Pero una pregunta empezó enseguida a desazonarme, la única que hubiera querido hacerle de seguir viviendo: cómo se puede sobrevivir a la pérdida de un padre, cómo se acepta la desaparición de todas esas personas que no podemos concebir que hayan desaparecido, cómo se ajusta uno con su cuerpo y las emociones que este cuerpo contiene al desajuste enorme al que la muerte nos entrega.

Por unos días me obsesioné con esta pregunta. Empecé a hacer un escrutinio de toda la gente que veía –en la calle, en el metro, en el trabajo– intentando averiguar si se le habrían muerto sus padres o algún otro ser querido, sintiéndome reconfortada cuando tenía la seguridad de que sí, y consolándome con el desconsuelo seguramente superado de los demás. Saber que otros habían podido seguir con su vida, disfrutarla, reírse y alegrarse con las pequeñas cosas que a todas y todos nos alegran y nos dan ganas de vivir, me producía un cierto alivio y una tranquilidad reparadora. Acordarme también de mi padre después de la muerte de sus hermanos, sabiendo que eso no le había impedido venir a vernos a Nueva York con la misma ilusión con que lo había hecho antes, ni dejar de preparar la huerta cada verano para cuando sus nietas llegaran, ni de hacer la sidra que tanto le gustaba hacer cuando llegaba el otoño era una referencia vital importante. Tal vez la más importante aunque nunca, me imagino que por miedo y porque me hacía muchísima falta esa seguridad, quise pensar que detrás de esa apariencia de orden y de sosiego se escondiera un hombre herido por la ausencia eterna de los hermanos muertos. Yo solo podía fijarme en su deseo de vivir, de pasar tiempo con la familia, de seguir disfrutando con tantas cosas como fue capaz de disfrutar en ese rincón del mundo en el que pasó toda su vida, y en el que en buena medida fue feliz, sin darme cuenta de que también mi padre, como mi madre y yo ahora, se tuvo que haber sentido desarbolado.

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