Cuando traté de imaginar una vida como la que han decretado los inmundos talibanes, en la que no se escucharan las voces de las mujeres en lugares públicos, me pregunté qué parte de mis días podría continuar inalterada en un lugar así. Recordé entonces una tarde de la semana pasada que transcurrió de la mejor manera posible, en conversación con una amiga. No sucedió en público, nadie escuchó nuestra voz porque ella había decidido llevarme a ver aves por senderos preciosos y retirados del interior de Asturias. Íbamos las dos solas en un coche y pensé, con algo de alivio, que esto seguiría siendo posible. Pero no, inmediatamente me di cuenta de que tampoco esto podría suceder, porque en la cárcel talibán a las mujeres no se les permite conducir.
Si pienso en mis días, divididos entre el lugar en el que vivo y de vez en cuando trabajo y el lugar en el que trabajo y de vez en cuando vivo, apenas unas horas se salvarían de la condena dictada por ese desecho humano que son los talibanes. Parte de mi trabajo consiste en dar clases, algo que se hace en público y no precisamente en silencio, y una gran parte de mi vida transcurre entre voces y risas de mujeres. Ya no puedo escuchar ni la voz ni la risa de mi madre, pero pude hacerlo tantas veces que me sigue acompañando. Lo mismo me ocurre con mi mejor amiga, y tanto como atender a su voz echo de menos poder hablarle yo (“nadie escucha como escuchaba Teresa”, me dice siempre nuestra amiga común, mi querida Silvia Ugidos). Con Silvia hace mucho que no hablo, pero recibo sus cartas desde diferentes lugares del mundo y siempre me arranca una sonrisa. Guardo como un tesoro su libro de poemas, Las pruebas del delito (Barcelona, DvD, 1997), en el que hay un verso con el que cada año hago reír a mis alumnos, cuando la maga enamorada, Circe, trata de que Ulises no regrese con la anodina Penélope: “Quédate Ulises: sé un cerdo”. No sé si las mujeres pueden escribir cartas en el infierno talibán, lo que es seguro es que no podrían publicar libros de poesía, libros en los que su voz ¡y hasta la de Circe! se escuchara.
Sin las voces de mis amigas, o de mis sobrinas, sin sus risas, quedaría en pie muy poco de los días de este verano. “A despecho del mundo, todavía me sonaba a amanecer”, así escribió en una preciosa dedicatoria a su hija Rafael Sánchez Ferlosio, recordando su voz, y así, a amanecer, es como suena la voz siempre alegre de mi sobrina Lucía, cuando la llamo cada sábado que no estoy en Asturias. No sé si la escoria talibán permite a las mujeres el uso del teléfono.
De mis días quedaría el tiempo que dedico a escribir y a leer. Es mucho, podría parecer que la vida, aunque mermada, sería todavía un poco vivible, pero, escribir ¿para quién?, leer ¿qué? No podría publicar (que no es que se pierda gran cosa, y no es la única finalidad de la escritura, pero…), ni estaría entre los libros que pudiera leer, porque no habría visto la luz, el volumen La mio vida ye una novela (Trabe, Oviedo, 2021, 2º ed.) de Paquita Suárez Coalla (la amiga a la que debo escribir aquí de cuando en cuando), un libro que recoge las voces de las campesinas asturianas del siglo XX, mujeres que sufrieron la guerra civil y la dura posguerra. Paqui habló con ellas, les preguntó por sus vidas, las grabó, y cada una de sus voces, de sus historias, que son las nuestras porque los seres humanos tenemos raíces como los árboles, merece la pena y el recuerdo. Así dice también Belén Gopegui, en otro libro muy recomendable, Ella pisó la luna (Random House, Barcelona, 2019), donde rescata la figura de su madre, un tanto relegada por el éxito de su padre, un físico muy reconocido: “Pregunten, sí, pregunten a sus madres, mientras puedan. Y si ya no están, o si han perdido la memoria, pregunten a las personas que las conocieron y que un día también dejarán de estar. Pregunten, porque cada historia tiene su valor irremplazable”. Ninguna de estas voces habría llegado a mí, ni siquiera en el silencio de la escritura, en el infierno talibán.
Existe un pasaje muy conocido del historiador griego Tucídides en el que se define a los atenienses como “espectadores de discursos”. Sabemos que pasaban mucho tiempo al aire libre escuchándose unos a otros, en el ágora, en la palestra, en las diferentes asambleas a las que acudían, en el teatro… Las mujeres no tenían voz en ninguno de estos lugares porque la estrategia ha sido siempre la misma, entonces y ahora: que no se crearan redes entre ellas, esas redes que nos ayudan a vivir. Pero hay algo más. Cuando he escrito “espectadores de discursos”, he traducido como “espectador” una palabra griega, un sustantivo, que tiene la misma raíz que la palabra “teatro” (théatron) y de la que deriva también el verbo theáomai, que significa “mirar”, o “contemplar”, si tenemos que traducirlo con una única palabra, pero que viene con regalo, como tantos términos griegos. Es un verbo que se emplea en voz media (en español sólo tenemos las voces activa y pasiva). Como no creo que nadie que no lo sepa ya quiera aguantar el rollo de para qué sirve la voz media griega, me limito a decir que la traducción de theáomai no es “mirar”, aunque recurramos a ella por comodidad, es mucho más: es contemplar algo que, al tiempo que lo contemplamos, nos transforma de modo que ya no somos las mismas una vez lo hemos contemplado. Esto es lo que nos pasa, idealmente, cuando vamos al teatro (o al cine). Incluso cuando escuchamos una buena conferencia. Perdonen el viaje al país de los diccionarios, pero es que así se entiende mejor de qué quedan privadas las mujeres cuando sólo los hombres son emisores y “espectadores” de discursos.
En fin, a la hora del naufragio y de la oscuridad, esa hora que cantaba la hermosa voz de Mercedes Sosa, que cada una piense quién ha venido al rescate para seguir cantando. En mi caso, recuerdo sobre todo voces de mujeres, a veces escuchadas, a veces leídas, algunas ya no están, otras están todavía, quiero imaginar que otras están por llegar. No imagino el mundo sin ellas. ¿Y las voces de ellos? Los hombres de mi vida son muy inteligentes y saben cuánto me gusta escucharlos. Ni reclamarán un día del hombre, ni lamentarán no ser los protagonistas de este texto y, sobre todo, no querrían un mundo sin nuestras voces.
Malditos sean los talibanes y quienes les abrieron camino, y maldita sea su abyecta sombra sobre la tierra. Ojalá su voz, la única que ahora se deja oír en Afganistán, mude a gruñido, acorde con su figura y con el mensaje que escupen. Vuelve, Circe, acaba tu trabajo, conviértelos en cerdos.



























