Qué vergüenza que cientos de envíos de material militar al estado genocida de Israel, con origen en los EEUU, hayan hecho escala en puertos españoles entre mayo y septiembre.
Qué vergüenza que el Ministerio de Exteriores de España haya mostrado su apoyo a los hinchas del Maccabi de Tel Aviv, desplazados a Ámsterdam para ver a su equipo jugar contra el Áyax. La policía holandesa ha confirmado que quemaron banderas palestinas, entonaron cánticos deleznables (“no quedan escuelas en Gaza porque no hay niños en Gaza”, eso cantaban estos miserables), gritaron consignas contra los árabes, incluso interrumpieron el minuto de silencio por los muertos en la dana de Valencia. Pero, como siempre, las víctimas son ellos. Y si después de comportarse como unos miserables fueron agredidos, eso sucedió por antisemitismo, no por miserables. Y Albares los apoya y repite la infamia de que han sido víctimas de antisemitismo, la misma infamia que repiten otros gobiernos europeos.
La ONU reconoce que Israel usa fósforo blanco en Gaza. Se trata de un producto que arde instantáneamente al entrar en contacto con el oxígeno, que es difícil de extinguir, que produce gravísimas quemaduras que pueden llegar a los huesos. Hemos perdido la cuenta, pero debe de haber pocos crímenes de guerra que no haya cometido Israel (hambruna, violencia sexual, detenciones arbitrarias, muerte y mutilación de miles de niños…), pero Albares nos avergüenza a todas y se solidariza con estos pobres hinchas, “víctimas de un pogromo”, nada menos, a los que Israel “ha evacuado” enviado aviones al rescate.
Qué vergüenza que un acusado de delitos sexuales vaya a ser el nuevo presidente de los EEUU y que el primero en celebrarlo sea un acusado de genocidio. Esta misma semana cazas israelíes asesinaron a más de treinta palestinos, trece de ellos niños, en el norte de Gaza. Y esos cerdos del Maccabi cantan que no quedan escuelas en Gaza porque no quedan niños en Gaza. Sí quedan niños en Gaza, y quedan mujeres y hombres valientes, y voluntarios de UNRWA y Cruz Roja, y periodistas que se juegan la vida, aunque casi siempre la pierdan, para que no podamos decir que no lo sabíamos. Y mientras todos ellos queden, hay esperanza. Mientras no perdamos la capacidad de sentir vergüenza, responsabilidad ante los demás (Aidós), mientras no perdamos tampoco la capacidad de sentir indignación moral (Némesis), hay esperanza. Cuando Aidós y Némesis, poderosas fuerzas de poderoso nombre griego, abandonen a los hombres, ya lo decía el poeta Hesíodo, sólo quedarán lamentos y no tendremos remedio alguno para el mal.

El corazón de un bebé pesa entre 20 y 25 gramos. Muchos bebes en Gaza mueren, unos quemados por las bombas sionistas, otros a causa del hambre decretada por esos mismos sionistas. Pero esta semana vi la foto de uno que murió de un infarto por el estruendo de los bombardeos. Un corazón de no más de 25 gramos. Si no sentimos vergüenza ni indignación moral ahora, ¿cuándo lo haremos?
Las tropas de Israel sitiaron, hace días, los tres últimos hospitales que estaban en funcionamiento en el norte de Gaza, también atacaron un centro de atención primaria donde había padres llevando a sus hijos a vacunarse contra la polio. Estas atrocidades se hacen ante nuestros ojos, con nuestro conocimiento, con la complicidad de nuestros gobiernos, si no de palabra, sí de acción y omisión. Es insoportable y está socavando la vergüenza y la moral europeas. Cuando ya no haya niños en Gaza, será que Aidós y Némesis habrán abandonado Europa para siempre.



























