Estoril-Oviedo: el golpe de Estado que iba a empezar en Asturias

Una avioneta debía recoger al general Sanjurjo, exiliado en la localidad portuguesa, y trasladarlo a la capital asturiana.

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Diego Díaz Alonso
Diego Díaz Alonso
Historiador y activista social. Escribió en La Nueva España, Les Noticies, Diagonal y Atlántica XXII. Colabora en El Salto y dirige Nortes.

Sucedió hace ahora 90 años. Un golpe de Estado contra la República estuvo a punto de comenzar en Oviedo en noviembre de 1934. Lo cuenta el historiador Eduardo González Calleja, profesor de la Universidad Carlos III, en un libro de reciente aparición “1934. Involución y revolución en la Segunda República” (Akal, 2024). Descontentos con la “indulgencia” del presidente Niceto Alcalá Zamora y los republicanos de derechas hacia los líderes de la huelga general de Octubre de 1934, militares monárquicos, falangistas y otros elementos ultraderechistas comenzaron a conspirar con las cenizas de la revolución todavía calientes para levantarse en armas contra una República que ya daban por amortizada.

El 18 de octubre el Ejército de la República sofocaba los últimos focos de resistencia en Asturias, fuera de control desde el día 5. En el resto del país la huelga revolucionaria ya había concluido y la represión posterior al movimiento liderado por una parte del PSOE y la UGT, abría para las derechas más radicales la posibilidad de transitar de una República liberal a algún tipo de régimen más autoritario, en sintonía con los diferentes modelos existentes en aquel momento en Europa.

Gil Robles, líder de la CEDA.

Ese era el plan de casi toda la CEDA, la Confederación de Derechas Autónomas, si bien no existía un consenso con respecto a los ritmos y la profundidad de este giro autoritario. Frente a la estrategia más institucional y gradualista de su líder, José María Gil Robles, que apostaba por algún tipo de reforma constitucional, otro sector de las derechas ya pensaba en recurrir a la vía militar, la dictadura y el regreso de los Borbones del exilio.

González Calleja señala que el detonante de los preparativos golpistas fue el indulto del presidente Alcalá Zamora a Joan Ricart, Federic Escofet y Enric Pérez, responsables de Seguridad de la Generalitat, militares próximos a ERC. Condenados a muerte en un Tribunal Militar de Zaragoza por unirse movimiento revolucionario en Catalunya, Alcalá Zamora ejercería toda su capacidad de presión para evitar su fusilamiento. Airados con la actitud del presidente, los militares más reaccionarios comenzarían a mover hilos contra una República que, incluso con un gobierno de derechas, volvía a imponerles límites. González Calleja apunta así a tempranos contactos entre el general Juan Yagüe y el general José Sanjurjo, exiliado en Portugal, para que este encabezara una sublevación militar contra Alcalá Zamora.

El presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora.

Sanjurjo, militar ultraderechista curtido en las guerras coloniales del norte de África, había protagonizado en agosto de 1932 un fallido pronunciamiento contra el gobierno de la República, en aquel momento en manos de una coalición de socialistas y republicanos de centroizquierda. Condenado a cadena perpetua, sería liberado tras las victoria de las derechas en las elecciones de noviembre de 1933. Desde el exilio portugués en la ciudad balneario de Estoril, Sanjurjo seguiría conspirando contra la República y en contacto permanente con los sectores más ultras del Ejército y la política española.

Una avioneta viajaría hasta Estoril para recoger a Sanjurjo y trasladarlo a Ovied

El plan, relata Calleja, consistiría en que una avioneta pilotada por el aviador Juan Antonio Ansaldo viajara hasta la localidad costera, en las inmediaciones de Lisboa, para recoger a Sanjurjo y trasladarlo a Oviedo. Allí, en la capital asturiana, el general se pondría al frente de las tropas enviadas al norte para reprimir la revolución de Octubre. Pensemos que en Asturias había en ese momento 15.000 soldados y 3.000 agentes del orden público, un abundante contingente con el que partir rumbo a Madrid, donde se esperaba que más militares se unieran al movimiento golpista. Con los sindicatos y partidos obreros ilegalizados, su prensa y locales clausurados, y sus dirigentes y cuadros encarcelados, cabía esperar que la resistencia de la izquierda a esta “marcha sobre Madrid” sería débil.

Ficha policial de José Antonio Primo de Rivera.

José Antonio Primo de Rivera también estaba conectado con las tramas golpistas de un Ejército que en palabras del corresponsal británico Henry Buckley tenía desde Octubre el poder real del país en sus manos “y ahora que la revuelta había sido sofocada no estaba dispuesto a soltarlo”. El líder de Falange acudiría entre finales de octubre y principios de noviembre a Asturias para dar varios mítines y calentar el ambiente para una sublevación militar.

Primo de Rivera, explica Calleja, era consciente de su debilidad para emular a los fascistas italianos, y por eso necesitaba de una alianza con una parte del Ejército para llegar a un poder que ni en sus mejores sueños podía atreverse a conquistar por medios propios. Provocar a los militares era por lo tanto estratégico en el plan falangista hacia la conquista del Estado.

Oviedo después de 1934.

El 1 de noviembre de 1934 los ministros de la CEDA abandonaban el Gobierno del Partido Radical en señal de protesta por la conmutación de 21 de las 23 penas de muerte dictadas por los tribunales militares a participantes en los sucesos de Octubre de 1934. A pesar de este desplante, la cúpula de la CEDA no abandonaría el parlamentarismo, tal y como querían sus bases más exaltadas y los sectores más radicales de la coalición. El 17 de noviembre, Primo de Rivera, diputado gracias a un pacto de la Falange con los monárquicos, se ponía en contacto con Sanjurjo para saber si estaba dispuesto a volar a Oviedo y ponerse al frente de un “movimiento nacional”. Un movimiento que para el cofundador del fascismo español debía ir más allá de la simple restauración monárquica, incorporando a “gentes nada derechistas, conquistadas al socialismo, al sindicalismo, al anarquismo, gracias a la fuerza inmensa de lo patriótico”.

Finalmente la trama asturiana sería abandonada, a pesar de la insistencia de los falangistas y otros sectores derechistas. Dos hombres jugarían un papel clave en frenar los diferentes planes golpistas diseñados en el otoño de 1934. Un político, José María Gil Robles, partidario de un giro autoritario, pero sin romper con el parlamentarismo, y un militar, Francisco Franco. Su recomendación: esperar.

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