Nacido en Irak y criado en Valencia, Murad Odeh encarna la intersección de múltiples luchas: la resistencia palestina, el activismo queer y la constante búsqueda de identidad. “Durante mucho tiempo pensé que no podía ser gay y árabe al mismo tiempo, porque no tenía referentes donde mirarme”, confiesa el periodista y activista, quien el pasado sábado llevó su voz y su experiencia a Les Cigarreres de Xixón en un acto organizado por la Asamblea Moza d´Asturies con el título Resistencia queer frente a la ocupación israelí.
Murad desafía narrativas que buscan oponer lo árabe y lo queer. Según explica, esta dicotomía es “un legado colonial” y un arma del llamado pinkwashing, “la estrategia de Israel para presentarse como un bastión de los derechos LGTBIQ+ frente a sociedades árabes caricaturizadas hasta el extremo como retrógradas.”
Más allá de las estadísticas y las grandes cifras, Murad pone rostro a una realidad olvidada: la de las personas palestinas LGTBIQ+ que resisten, que existen, incluso bajo la ocupación israelí, las leyes homófobas creadas por el Imperio Británico aún vigentes y la corrupción de los políticos palestinos. “Conocí a personas como yo, árabes y queer, en Cisjordania. Fue sanador”. Su activismo busca precisamente esto: ofrecer referentes, mostrar que estas identidades no son incompatibles y que, al contrario, formar parte de ellas puede ser un acto revolucionario. Y necesario

Su charla se titula Resistencia queer frente a la ocupación palestina. Parece un título provocador ya que, en principio, lo queer no pareciera coexistir de forma evidente con la causa palestina.
La resistencia palestina tiene varias dimensiones, distintas fases. Históricamente, ha habido mucha resistencia pacífica mediantes huelgas y protestas. Un ejemplo reciente y notorio es la Gran Marcha del Retorno en 2018, que terminó con un ataque muy agresivo por parte de Israel. Pero también está la resistencia armada, que está reconocida como válida por el Convenio de Naciones Unidas en luchas anticoloniales.
Además de todo, hay una resistencia social, cultural y psicológica, especialmente desde el exilio. Esto incluye conservar elementos identitarios como la danza, la gastronomía y el dialecto árabe. Eso es parte de la resistencia porque esa cultura ha sido clave para que los palestinos resistan un intento de borrado étnico que comenzó en 1881 con la primera migración masiva de judíos hacia Palestina.
“Existe el llamado homonacionalismo donde parece que una persona tiene que renunciar a su identidad árabe y a ser musulmán para poder vivir como una persona LGTBOIQ+”
Añadir el rasgo queer a la resistencia palestina surge porque, en el último año, ha habido muchas críticas al colectivo LGTBIQ+ por defender la causa palestina. Efectivamente, parece que se quiere establecer una incompatibilidad entre formar parte del colectivo LGTBIQ+ y defender a los palestinos. Mi activismo busca desmontar esa narrativa, romper los estereotipos que se han creado sobre la sociedad palestina y las sociedades árabes en general, que en gran medida se resaltan para justificar un genocidio. Existe el llamado homonacionalismo donde parece que una persona tiene que renunciar a su identidad árabe y a ser musulmán para poder vivir como una persona LGTBOIQ+. Te dicen “si tú no vas a renunciar a esa cultura retrógrada y terrorífica no puedes ser ni defender lo queer”.
Las sociedades occidentales suelen centrarse en aspectos negativos de las sociedades árabes, como la homofobia o el machismo. ¿Cree que eso genera racismo o es una consecuencia del racismo ya existente?
Ese discurso, donde lo árabe es malo y retrógrado y terrible, y donde solo se pone el foco en los aspectos negativos, es un discurso que se ha sustentado durante décadas en Occidente y que genera racismo y xenofobia. No quiero decir que las sociedades árabes, como la palestina, no tengan problemas de homofobia o machismo, pero para entenderlas hay que considerar todos los factores que las han llevado a ser como son. En Occidente se utilizan prejuicios sensacionalistas y que se llevan al extremo para justificar ataques a los países árabes, consolidando la idea de que “los árabes son el mal” o “los palestinos son terroristas”. Y de esta lógica equívoca surge un racismo.

Defiende que la homofobia, tal y como se entiende hoy en Palestina, es producto del colonialismo occidental. ¿Qué quiere decir con eso?
Es cierto que las sociedades árabes tienen un alto grado de homofobia y, por eso, durante mucho tiempo, eso me planteó problemas para sentirme gay y árabe, algo que me llevó a reflexionar sobre distintos puntos de cómo y por qué se da la homofobia en estos países. Y la realidad es que la criminalización de la homosexualidad en muchos países árabes es una herencia del colonialismo. De los alrededor de 90 países que hoy la criminalizan la homosexualidad, unos 70 fueron colonias británicas o francesas. En Palestina, las leyes homófobas se instauraron durante el colonialismo, bajo el mandato británico a principios del siglo XX. Esas leyes no existían antes de que llegaran los europeos. Antes de eso, en el Imperio Otomano, las relaciones homosexuales no estaban penalizadas. La moral victoriana impuesta por los colonizadores contribuyó a perpetuar la homofobia en esas sociedades. En Gaza, bueno, en lo que queda de Gaza, la ley que condena la homosexualidad fue importada por los británicos en 1936. En Cisjordania esa ley desapareció en 1967. En esta parte de Palestina no hay ninguna ley que criminalice la homosexualidad, pero ocurre un poco como ocurría aquí en España durante el franquismo con la ley de vagos y maleantes. Allí también hay una ley, en la que caben muchas cosas, que se utiliza para vigilar y perseguir al colectivo LGTBIQ+.
Recientemente se ha estrenado un cortometraje palestino, Blood like water, de la directora Dima Hamdan, donde se expone que es el propio ejército israelí el que vigila a homosexuales para luego poder chantajearlos.
Efectivamente, las autoridades israelíes utilizan la información sobre la orientación sexual de las personas queer palestinas para chantajearlas y convertirlas en informantes. Si descubren que alguien es gay, amenazan con revelar su orientación sexual a su familia o comunidad si no colaboran. Este chantaje es una herramienta más en la opresión que sufre la población palestina.
“Israel utiliza su supuesta tolerancia como herramienta para lavar su imagen de estado ocupante. Esto se conoce como pinkwashing“
¿Puede decirse que el tabú sobre la homosexualidad en la sociedad palestina favorece los intereses de la ocupación israelí?
Claro, el tabú se convierte en una herramienta para la ocupación. Además, la Autoridad Palestina, conocida por su corrupción, a menudo trabaja en connivencia con el gobierno israelí para mantener un status quo que perpetúa estas prácticas.
Mucha gente dirá que Israel es una democracia donde se respetan los derechos LGTBIQ+, al contrario de en Palestina y otros países árabes. ¿Qué dice ante eso?
Esa afirmación es engañosa. Israel utiliza su supuesta tolerancia como herramienta para lavar su imagen de estado ocupante. Esto se conoce como pinkwashing. Hace dos décadas en Israel se dan cuenta de que no son considerados un buen sitio para el turismo debido al conflicto con los palestinos por lo que comienzan a tratar de revertir la imagen de la marca Israel y a atraer a los turistas desde otro punto de vista. Dejan de hablar de Israel y empiezan a hablar de Tel Aviv, como si fuera un sitio diferente. Así que desde 2008, Israel ha invertido millones de dólares para limpiar su imagen y el instrumento que se ha utilizado es el colectivo LGTBIQ+. Desde entonces han proyectado una imagen positiva de Tel Aviv como paraíso para el colectivo. Es cierto que Tel Aviv tiene muchos espacios seguros donde la gente se relaciona y vive tranquilamente, pero fuera de la ciudad existe una homofobia preocupante dentro de la sociedad judía. Es algo que no se ve, pero está ahí. Solo explotan la imagen de Tel Aviv que, además, usan como contraste con las sociedades árabes. Es la forma de generar la otredad, el diferente. Ellos, supuestamente, son la única democracia del Medio Oriente, así se venden ellos, aunque en realidad son una democracia selectiva. Ni siquiera en todo Israel los derechos del colectivo LGTBIQ+ están asegurados. Además, Israel tiene una de las tasas de asilo más bajas del mundo. Las solicitudes de asilo de personas queer palestinas casi siempre son rechazadas. Muchas de estas personas terminan en la prostitución o consumiendo drogas, y luego son deportadas de regreso a Palestina, donde son chantajeadas por el ejército israelí por su orientación sexual, tal y como hemos hablado antes.

En una entrevista mencionó que hace años, cuando salió del armario, sintió que tenía que elegir entre ser gay o ser palestino. ¿Cómo superó este sentimiento?
Crecer en un entorno donde la narrativa dominante te dice que ser árabe y gay es incompatible te lleva a una crisis de identidad. Yo nací en Irak durante la Primera Guerra del Golfo , pero crecí en España. Sentía que tenía que renunciar a mi identidad árabe para ser aceptado como gay. Con el tiempo, y gracias a referentes y al estudio, descubrí que esa incompatibilidad era falsa. Realicé un viaje a Cisjordania y conocí a personas como yo, que eran árabes y queer. Fue un momento sanador porque validó mi existencia. Comprendí que mi identidad es compleja y no tengo que renunciar a ninguna parte de ella. Hay que tener en cuenta que en los países árabes todo lo que tiene que ver con lo LGTBIQ+ es considerado una injerencia occidental, así que cualquier referencia queer árabe se borra, se ignora, no existe para estas sociedades. Ahora empieza a haber y es algo necesario para cuando la gente sale del armario que pueda encontrar referentes con los mismos rasgos identitarios que tú. Pero cuando salí del armario me vi ante un dilema: o soy un monstruo solitario o tengo que renunciar a mi identidad árabe. Así que, como he dicho, empecé a estudiar el asunto y me di cuenta de que muchos radicalismos del Islam, como los de Arabia Saudí, responden a intereses políticos y económicos que realizan interpretaciones de la religión. De hecho, empieza a haber imanes que han abierto mezquitas inclusivas y hablan de versículos del Corán, que hacen referencias a personas que hoy podríamos denominar queer, y que iban con el profeta Mahoma. A día de hoy no soy musulmán ya, pero no porque serlo sea incompatible con ser gay, sino por otras razones vitales que tienen que ver sobre mi comprensión del mundo. La clave son los referentes. Hace tiempo realicé un viaje a Cisjordania para comprender, para intentar ver si, efectivamente, había palestinos gays como yo. Y los había. Eso fue sanador para mí.
“Parece que hoy en día el avance solo se mide en términos de celebrar el Día del Orgullo y de cuánta gente acude a ellos”
¿Hay un colectivo LGTBIQ+ en Palestina?
En Ramala, la ciudad más grande de Palestina, descubrí que hay mucha diversidad sexual, un gran colectivo queer, si bien allí, el activismo queer se desarrolla más en ámbitos locales y privados, porque las muestras de afecto en público son un tabú, incluso entre parejas heterosexuales. No podemos medir el avance de derechos solo con eventos como los Pride porque el contexto cultural es diferente. Parece que hoy en día el avance solo se mide en términos de celebrar el Día del Orgullo y de cuánta gente acude a ellos. Lo importante es visibilizar y generar referentes, porque la validación de la existencia de personas queer en Palestina ayuda a romper narrativas colonialistas y homonacionalistas.
¿Y qué le diría que las personas queer árabes que todavía en España sienten que tienen que renunciar a su identidad para ser aceptadas en Occidente?
Muchas personas queer árabes pasan por ese dilema. Tenemos reivindicar nuestra identidad y mostrar que siempre hemos formado parte de nuestras culturas, aunque hayamos estado en la periferia. Es similar al trabajo de Rodrigo Cuevas en Asturias: no hay que renunciar ni al folclore ni a la tradición, porque también somos parte de ella.



























