Las instituciones se colapsan cuando la confrontación totaliza el espacio político que queda totalmente sometido a la schmittiana lógica amigo-enemigo tan querida para los populismos. La ciudadanía sufre la toxicidad de esta lógica cuando la política se convierte en la guerra por otros medios con los que sólo se busca, en el mejor de los casos, la rendición de ese enemigo. Llevamos demasiado tiempo viviendo una política estatal que es un juego de suma cero y, por tanto, estéril. Así sólo ganan los extremos derechistas porque su horizonte está más allá de la democracia, en la superación definitiva de esta hacia el totalitarismo. Esta es la amenaza más grave y muy real que hoy en día padecemos.
“La democracia no es consenso”, enfatiza Mélenchon, que aspira a ser él el primer ministro francés sin acuerdo alguno con la derecha. Aspira a la eliminación total de la influencia conservadora en el campo institucional. Algo que va contra la naturaleza sociopolítica pero que no es extraño a ciertos racionalismos que siempre fracasaron plenos de razones indiscutibles. Mientras Mélenchón espera su victoria, la derecha de Macron, con una actitud de opuesto idéntico presidencialista, no reconoce a la izquierda democrática, desprecia la cohabitación y hace cada vez más débil a la democracia al vaciarla de sus obligaciones materiales: vivienda, empleo, derechos sociales, entre otras y aumenta el protagonismo de la extrema derecha.
El acuerdo político no rechaza la confrontación, sino que la sitúa como parte de un todo más complejo
El acuerdo político, por otro lado, no rechaza la confrontación, sino que la sitúa como parte de un todo más complejo. La democracia es, ante todo y, sobre todo, complejidad ética, moral, política, económica, jurídica. Es un mosaico de intereses y derechos que se contraponen y necesitan equilibrio. Está claro que sin confrontación y choque político no habría avances sociales, pero estos son más fuertes si se consolidan mediante un pacto que implique a distintas visiones ideológicas para que les den continuidad en el futuro independientemente de quien gobierne. El acuerdo define al demócrata porque es aquel que entiende que es lo que hace que la democracia institucional sea viable.
Hoy la democracia no funciona en aspectos sociales esenciales para la vida de las personas. Los derechos sociales están muy debilitados y, por eso, el sistema democrático está amenazado por ideas fascistas que vienen envueltas en nuevas y distintas formas. Hay que recomponer el pacto social del que el liberalismo y la derecha se han desligado apoyándose en la colaboración socialdemócrata. Hemos de comprometer a los sectores conservadores mediante la movilización social y el acuerdo. Algo sabe de esto el sindicalismo de clase mayoritario pieza indispensable de la democracia y en el que debe inspirarse la izquierda porque transforma el día a día de las personas y es la primera y última línea de defensa de los derechos cívicos y sociales.

Hoy en Oviedo lo primero que podemos decir es que Vox es un convidado de piedra en la política municipal. No pinta nada. No sucede lo mismo en muchas partes de España. La derecha mayoritaria tiene en nuestra ciudad una mirada democrática. Ha preferido, incluso en mayoría absoluta, mirar a su adversario de izquierdas y acordar. No significa esto que estemos de acuerdo sobre la orientación política del ayuntamiento ni sobre la gestión municipal. Sólo significa, y es lo importante, que estamos de acuerdo en que el marco de discusión sobre la estrategia municipal a medio y largo plazo tiene que hacerse entre demócratas que refuercen los esos valores.
IU es una izquierda que no está subordinada a nadie porque tenemos una mentalidad de proyecto político mayoritario. No nacimos para ser subsidiarios de otros. Nuestro proyecto se dirige directamente, no a través de otros, a toda la sociedad y no sólo a una parte ideologizada o militante de la misma, por eso, tiene que ser discutido con todos los actores políticos sin exclusión. Estamos instalados en la centralidad política y social porque nuestros objetivos afectan a las cuestiones centrales de la vida cotidiana de las personas: vivienda, empleo, medio ambiente, educación, salud, etc. Queremos transformar la sociedad mediante la reivindicación, la lucha social y, también, mediante el diálogo y el acuerdo con todos los demócratas sin excepción. Acordaremos con todos ellos cuando sea en beneficio de la mayoría social.
Estar en esa centralidad política significa dar prioridad a las políticas concretas que cambian la vida cotidiana, que antes mencionábamos, por encima del interés inmediato del partido, sobre todo el electoral, o del interés ideológico. Es decir, se da prioridad a la política a largo plazo y el reforzamiento de la democracia como sistema con capacidad para solucionar problemas sociales.
El populismo y el extremismo están interesados en el colapso democrático que llega siempre mediante la incomunicación entre adversarios que no son capaces de construir un proyecto democrático conjunto. Al contrario de lo que plantea Mélenchon, es con el competidor electoral, con el adversario ideológico, con el que tenemos que construir y preservar una política común que construya una sociedad donde ciertos derechos cívicos y sociales no sean cuestionados.
Las victorias electorales no pueden venir únicamente por el desgaste y el fracaso del gobierno de turno. De hecho, en Oviedo la izquierda, con esta estrategia unidimensional, ha perdido durante tres décadas. Los cuatro años de gestión polarizada la devolvieron a la oposición. El éxito electoral de la izquierda ovetense se producirá cuando la gente la perciba en una posición de centralidad política, es decir, de moderación democrática, que no es moderación en el pensamiento político, y de utilidad inmediata y, por tanto, como expresión de una alternativa sólida y fiable.
Una oposición desprovista de capacidad alguna de pacto es un lugar cómodo para quien la ejerce, no asume ninguna responsabilidad sobre el futuro y simplemente espera. Tampoco el que gobierna se ve excesivamente amenazado, suele aplicar el andreottinano adagio: el poder desgasta, pero desgasta más a quién no lo tiene. Izquierda Unida Convocatoria ha puesto en marcha en Oviedo una estrategia arriesgada e incómoda porque se realiza a contracorriente de la polarización populista, pero que es imprescindible para la regeneración democrática.
Se han puesto las bases para hacer posible un modelo de vivienda en alquiler que potencie nuestra vocación universitaria, hemos pactado una estrategia para la Vega, el Calatrava y la Fábrica de Gas. Hemos pedido que exista un análisis sobre la eficiencia de los servicios privatizados y queremos que se produzca una reforma de los servicios sociales. En lo inmediato, fracasaremos en muchos de nuestros objetivos, pero se han puesto en marcha y no tienen retroceso. El resto de los partidos entrarán a casi todos ellos porque son el mejor método para hacer avanzar Oviedo. No importa quién haga las cosas, sino que se hagan, decía Inguanzo. Vamos a demostrar que la izquierda puede gobernar porque gobierna desde el acuerdo y desde el centro de las preocupaciones de las personas. Haremos oposición a todo aquello que no entendamos acertado, pero nuestra carta de presentación será haber asumido responsabilidades en todo aquello que es central en la sociedad ovetense porque queremos ser mayoría.
Decía Dolores Ibárruri que no le gustaba el izquierdismo ya que lo entendía como una expresión del infantilismo. Hoy esa patología ha vuelto a infestar, e infectar, incluso a las izquierdas socialdemócratas, no es algo nuevo. Hay que recuperar esa izquierda interrumpida, porque lo mejor de nuestro pasado nunca desaparece y hay que empeñarse en reencontrarlo, aquella que dijo “primero democracia” y luego, a través de ella, todo lo demás porque entendía, como dice nuestro Coordinador General Antonio Maíllo, que la alternativa a la democracia es el totalitarismo, es decir la barbarie. No hay otra.



























