Imperio, dinero, cortesanos y bufones

Pretender quedarse con Groenlandia es una amenaza y una bravuconería, es decirle a Europa «a que te pego una hostia».

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Enrique Del Teso
Enrique Del Teso
Es filólogo y profesor de la Universidad de Oviedo/Uviéu. Su último libro es "La propaganda de ultraderecha y cómo tratar con ella" (Trea, 2022).

«Si es fuerte, lo reconocerán todos». Recordábamos hace unos días la frase de la película Iván el terrible en la proclamación del peligroso Iván IV como nuevo zar. A ello se atuvo Trump en su coronación. La exhibición de fuerza le sirve para que se le reconozca y acepte y además encaja con la furia confusa de quienes se sienten perdedores. En el desamparo, curiosamente podemos no pensar en derechos y libertades, sino en un líder sólido. Y cuando queremos liderazgo, lo que queremos es fuerza, dar caña. La fuerza se exhibe mostrando musculatura y armas. También amenazando. Pretender que un país no proteja su agricultura no es simpático, pero es política. Pretender quedarse con Groenlandia es una amenaza y una bravuconería. Es decirle a Europa «a que te pego una hostia» para que el mundo vea lo que veíamos en los recreos con los matones, a Europa colorada mirando para abajo y gimoteando déjame en paz. La fuerza se exhibe también mintiendo sin querer engañar. Se lo dice el poderoso y malvado senador Roark al derrotado policía Hartigan, en Sin City: «Mentiras y poder son uno: mentir y conseguir que todo el mundo pueda aceptarlo. Si finalmente aceptan lo que todo el mundo sabe que no es cierto, es que los tenemos cogidos por las bolas». La mentira desvergonzada que no se oculta, afirmar que es blanco lo que es negro a la vista de todos, es una variante de «a que te pego una hostia». Lo hacen los poderosos, pero también los quinquis de medio pelo. Ahí tienen a MAR, obligado a decir la verdad en un interrogatorio, y volviendo a mentir al salir de él, como buen macarra de barrio. Y se muestra fuerza con el cinismo provocador, la ostentación de desprecio a las normas comunes. Sacar de la cárcel a los violentos del Capitolio es como si hubiera sacado el rifle y disparado a alguien al azar o se hubiera bajado los pantalones y se hubiera masturbado ante el mundo: aquí mando yo. Y así lo reconocerán todos.

No crean que si el emperador hubiera hecho ordinarieces ante el ancho mundo sus seguidores se sonrojarían. Se sentirían redimidos porque lo verían fuerte y ellos sentirían que les acaban de quitar una faja opresiva. Ya dijo hace cuatro años que podía coger por el coño a una mujer o matar a alguien en la Quinta Avenida sin que le ocurriera nada. Ya dijo el Tribunal Supremo que es inmune como un Borbón. Con la fuerza pasa como con el dinero y la información. Cuanto más dinero crean que tienes, más crédito tienes y más dinero mueves. Cuanta más información crean que tienes, más cosas te cuentan y mejor informado estás. Y cuanto más fuerte te crean, más intimidas. Los efectos de la fuerza exhibida y atribuida a Trump no se hicieron esperar. De repente los poderosos magnates de Silicon Valley pasaron a cortesanos, en el sentido de la sexta acepción del DRAE: «persona que sirve obsequiosamente a un superior» (una maldad aparte; en la acepción séptima, en femenino, define cortesana como «mujer de costumbres libres»; y Pérez Reverte blandiendo la espada de Alatriste para defender al diccionario de la amenaza woke). Servir obsequiosamente es servir por gusto y Silicon Valley solo necesitó que Trump mostrara fuerza para ser inferior e ir moviendo la cola, obsequiosamente, a besarle el anillo (como en el chiste, pueden tomarlo como un diminutivo si quieren). Bernarda Alba decía que los pobres están hechos de otra sustancia. Y los ricos también. Se sienten poderosos. Hace poco la ingeniera Justine Tunney proclamaba que las tecnológicas deberían tener el poder político y que su director ejecutivo debería ser el CEO de EEUU. Así son en el éxito. Pero ante la fuerza de Trump, las carnes se les hicieron mantequilla y el culo azucarillo. El dinero se hace miedoso si no está con la fuerza. Así es la sustancia de los ricos. En 2021 Musk decía riéndose «¿los consejeros delegados? No valen para nada. Yo soy el tecnorey de Tesla». Y todos los consejeros delegados ricos insultados se reían. La sustancia de los ricos.

Santiago Abascal y Donald Trump

Y no solo Silicon Valley. Los ultraderechistas europeos, desde Meloni hasta Weidel, Ayuso y la tribu del Brexit, deberían ponerse un traje verde con cascabeles para subrayar su papel de bufones. Trump amenaza y humilla a Europa y ellos aplauden. El emperador da órdenes y advierte de que no quiere leyes nacionales y los nacionalistas patriotas se miran unos a otros asintiendo con satisfacción y aplauden, aplauden a rabiar la amenaza a la soberanía. Ayuso hace el ridículo ofreciéndose para explicar al emperador que España no es BRICS. Supongo que no llegará a oídos de Trump ni Musk, porque estaríamos oyendo las carcajadas. Trump amenazaba directamente a España y Ayuso le echa la culpa a Sánchez. Me imagino que, si bombardea Madrid, Ayuso aplaudiría y diría que es lo menos que había que hacer con Sánchez. No hacía falta esto para entender el patriotismo de los ultras. Su nacionalismo es simbólico y táctico. Las banderas en plazas, balcones y pulseras son expresión de odio. Cada bandera en cada balcón es de un ciudadano muy enfadado que odia a la mitad de sus compatriotas. La nación de los patrioteros siempre es una versión cutre y desaliñada de su país que usan como envoltorio de las imposiciones que pretenden. Detrás de todas las ultraderechas está un neoliberalismo rapaz que rendirá pleitesía a cualquier multinacional extranjera que se lleve por delante los intereses nacionales. Y miren cómo se prosternan ante el emperador que amenaza a su país y que, por cierto, retiró la lengua española de la web gubernamental (y no por el catalán). No pierdan de vista a la presidenta de México Sheinbaum. Compárenla con nuestros fachas nacionales y europeos.

No bromeen con los extremismos: Podemos no quiere nacionalizar la banca y Vox sí quiere eliminar la Seguridad Social

La desvergüenza de Trump muestra sin ambages lo que está detrás de todas las ultraderechas. Está el dinero, no la gente sencilla. Están los ricos que quieren ser los amos y que se note. Lo dijo Musk: los ricos son los que tienen que mover los recursos nacionales, porque saben hacerlo, no los gobiernos ineptos. Si sabrán los ricos asegurar la salud de todo el mundo, garantizar sus pensiones, desarrollar sus libertades y derechos y mejorar la justicia social. Quién necesita gobiernos, Florentino sabe de sobra qué escuela conviene a nuestros hijos. En España, por cierto, ya conocimos eso. El instituto de mi barrio era una sección filial regentada por La Salle. Cuando, estando yo en tercero, se normalizó como instituto público, los frailes pusieron el grito en cielo porque nosotros no necesitábamos ir a la universidad, que éramos un barrio obrero y lo nuestro era ser torneros, fresadores o caldereros. Miren la segregación creciente de Madrid y oigan a estos fachas deslenguados, los emperadores, sus cortesanos y sus bufones. Quieren que creamos que lo suyo es nuevo.

Elon Musk haciendo el saludo fascista en la fiesta de Trump.

El convencimiento de Bernarda Alba de que los pobres están hechos de otra sustancia implica que los ricos están hechos de la suya. Lo cierto es que los ricos y sus picapedreros políticos y todos sus bufones no tienen nada que ver con nosotros, con el grueso de la población. Los impuestos de los ricos son su justa contribución para que en la sociedad que los hace ricos todo el mundo tenga los servicios públicos que gestionan sus derechos. Quieren hacer creer que nuestra opresión es la democracia, de manera que sintamos cada brutalidad antidemocrática como un alivio y cada ordinariez como una rebeldía. Detrás está el dinero, por eso solo hay extrema derecha y no hay extrema izquierda, que ni tiene dinero ni superpotencia interesada. No bromeen con los extremismos: Podemos no quiere nacionalizar la banca y Vox sí quiere eliminar la Seguridad Social. No está creciendo nada violento en el entorno de Bildu ni de ninguna izquierda. Pero sí en las ciénagas ultras, desde los macarras que amenazan a periodistas hasta los fantoches de Desokupa, siempre con el formato de defenderse. Trump atacará Groenlandia para protegerse, como Putin invadió Ucrania para defender a Rusia y los soldados israelíes matan a niños en legítima defensa. El extremismo que amenaza la democracia, el único que hay, es el de los ricos. Los demás, la mayoría, somos de otra sustancia. Su propaganda es abatible. Y somos los más.

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