Asturias, paraíso del brutalismo

Llega a los cines ‘El brutalista’, epopeya en torno a un estilo arquitectónico que desnudó a los edificios y que también está presente en el Principado.

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Arantza Margolles
Arantza Margolles
Es historiadora.

No se confundan: aunque el personaje interpretado por Adrien Brody en el papel principal de El Brutalista se llame Laszló Tóth, no tiene nada que ver con aquel que, en la primavera de 1972, destrozó a martillazos la Pietá de Miguel Ángel. Nada más lejos de la intención de Brady Corbet, el director de la película que estos días llega a nuestros cines. Su Tóth es un trasunto que bebe de las figuras de Marcel Lajos Breuer, Paul Rudolph o Louis Kahn, pero que también podría tener parte de nuestro Joaquín Vaquero Palacios, el arquitecto ovetense que se crió a la sombra de la muralla medieval, en las aceras de la calle Paraíso. Porque él, como el ficticio Laszlo Tóth, fue también un brutalista.

La grandeza de lo mínimo

La palabra suena árida, casi malsonante. Pero no. Viene la denominación del béton brut (“hormigón en bruto”, en francés). El mundo nuevo, el que nacía tras los horrores de la Segunda Guerra Mundial sin haber olvidado, aún, los de la Primera, debía exponer los materiales desnudos, sin embellecer; mostrando su realidad cruda e impactante. Se relamía la sociedad occidental de sus heridas cuando, en los años 50, en Gran Bretaña, nació el brutalismo. Una arquitectura que apostó por la grandeza de lo mínimo; por la belleza de los materiales sin aditamentos y la severidad de les formas poligonales. Un ideal que era, también, funcional: en un momento en el que todavía estaba reconstruyéndose Europa, el brutalismo permitía utilizar una materia prima que no por más barata dejaba de ser impactante (todo lo contrario).

Biblioteca Geisel, de William Pereira. San Diego, California, 1970.
Waldem 7, Ricardo Bofill, Barcelona, 1975.
Alexandra Road Estate, Londres, de Neace Brow, 1978.
Biblioteca Nacional de Buenos Aires, Clorindo Testa, Francisco Bullrich y Alicia Cazzaniga, 1971.
Hotel Fórum, Cracovia, de Janusz Ingarden, 1978.

Ni en lo estético, ni en lo ético: en una sociedad impostada, que mostraba más lo que quería ser -las imágenes azucaradas de la familia ideal de la posguerra- que lo que era, los edificios brutalistas serían los grandes incomprendidos de su tiempo. Para reivindicarlos y, en algunos casos, salvarlos de  la piqueta, nació, hace ya más de una década, la plataforma #SOSBrutalism. Aquí, en Asturias, se encuentran algunos de los ejemplos más destacables de este movimiento. Lo mismo que si Laszlo Tóth hubiera llegado, en 1947, a Proaza en vez de a Filadelfia.

Arte bruto en plena Senda del Oso

Y no solo ahí. Porque cuando Lászlo Tóth llega, en la ficción, a Estados Unidos, Joaquín Vaquero Palacios ya estaba mostrando su pericia arquitectónica en Asturias. Se ocupaba, en aquella segunda mitad de los años 40, en la construcción de la Central de Salime, un imponente edificio que fue la crema y nata de la arquitectura franquista en los mismos tiempos en los que, en Gijón, Luis Moya se afanaba en levantar la Universidad Laboral. Dos estilos contrapuestos, monumentales ambos; hechos para funcionar pero también para epatar.

Vaquero Palacios ya se había consagrado a poco más de  la treintena,  en plena II República, con el diseño de las dependencias de vivienda y almacenaje de la Fábrica de Gas de Oviedo, hoy amenazadas por la piqueta ora municipal, ora privada. La Central de Salime sería la espita que abrió paso a su genialidad, y, pocos años después, la de Proaza, en plena Senda del Oso, vino a confirmar que el artista, cuando trabaja libre, aún puede trascender más allá.

Central eléctrica de Proza, de Joaquín Vaquero Palacio, 1964.
Interior de la central de Proaza. Foto: Museo ICO
Imagen de la construcción.

Ocurrió a finales de los 60. La central hidroeléctrica de Proaza, que conecta el embalse quirosano de Valdemurio con su corazón para generar luz para más de 25.000 casas, vio la luz, desnuda como imponen los cánones del brutalismo, gris como las montañas que la rodean, con su autor ya libre de las imposiciones de los cánones de la autarquía, que había llegado a imponer la colocación (finalmente no ejecutada) de dos inmensos milanos en Grandas de Salime.

Construcción de la presa de Grandas de Salime.
Construcción de la presa de Grandas de Salime.
Central de Grandas de Salime.
Mirador de Grandas de Salime, de

Siguiendo la línea de Hidroeléctrica del Cantábrico para unir en sus centrales funcionalidad y arte, algo que había ocurrido ya en Salime (con la mano, además, de Vaquero Turcios, hijo de su creador), Vaquero hizo de la de Proaza una obra atemporal. También Le Corbusier, precursor de esta escuela, fijó su atención en el potencial de las centrales hidráulicas como exponentes artísticos, basándose en la extraordinaria armonía de precedentes como la presa de l’Aigle, proyectada por André Coyne. No es de locos hacer una analogía entre las sinuosas formas de este lugar, bocetadas por Le Corbusier para desembocar en las ideas que llevarían al brutalismo, con las de la central de Grandas. En el caso de Proaza, hace un año la Fundación Docomomo Ibérico decidió incluirla en su registro.

Brutalismo en la ciudad

Quien lo ha visto, quien ha transitado a su lado, no lo olvida. La perfección geométrica del aulario de la Facultad de Geología de la Universidad de Oviedo, diseñada por Ignacio Álvarez Castelao en 1965, es la forma. Detrás, además, está el fondo: un tratamiento del espacio inmaculado; funcionalidad plena, una integración absoluta de las piezas que componen la facultad: la departamental y el aulario, hormigón puro;  la naturaleza que las circunda, verde y salvaje. No falla: como suele ocurrir en toda época, lugar y condición, también el aulario de Castelao generó críticas. Su fachada aséptica, el hormigón desnudo y la colmena de ventanas llenando la fachada con precisión milimétrica no gustó a muchos.

Ahora, tras la crítica, llega la añoranza: a lo largo del medio siglo que separa nuestros días de su construcción, el aulario ha sido modificado en demasía, sin atender a su peculiaridad arquitectónica. Los parasoles de las aulas han desaparecido; las vidrieras de diseño sobre las mismas han sido sustituidas por vidrios. La marquesina que unía el aulario y el edificio departamental ha sido sajada; hoy, una estructura de acero impersonal sustituye su función, pero no su alma. Como si se hubieran transfigurado, en el corazón del campus de Llamaquique, los dos Lászlo Tóth: el ficticio, y bueno, con el real y loco.

Facultad de Geología, de Castelano, 1965. Foto: David Aguilar Sánchez

Pero no todo está perdido. Bebe también del espíritu del brutalismo un edificio que se clava en la memoria del paseante, y que no se encuentra muy lejos del maltratado edificio de Geológicas: el que hoy alberga la residencia (ERA) de ancianos de la calle Santa Teresa. Este coloso brutalista nació de la mano de Espinosa Martín, encargado de diseñarlo en el solar que había dejado, en 1975, la demolición de la fábrica de chocolate de La Perla Americana. ‘Tempus fugit’: la chocolatera, construida en 1872, en plena Revolución Industrial asturiana, caía al albur de los primeros pasos de una Reconversión que más que reconvertir, demolió. En este caso, al menos, el resultado fue espectacular. Una perla blanca de béton brut que aparece al andar por pleno centro de Oviedo sin que nadie se la espere.

Chocolates “La Perla Americana”
Residencia de Santa Teresa. Foto: David Aguilar Sánchez

La esperanza de un futuro mejor

Detrás de la figura del Lázsló Tóth en El Brutalista se esconde, sobre todo, la esperanza. La de resurgir de las cenizas que colmaron de hollín la Europa de posguerra; la de empezar de nuevo para quien lo ha perdido todo tras el triunfo de la sinrazón nazi. Ese es el hilo que conduce al protagonista a desnudar los edificios, quitarles la pátina de artificiosidad que hasta entonces los había cubierto. A hacer frente, con valentía, a un futuro incierto. El mismo que tiene riesgo de correr el lugar que nunca se imaginarían encontrar si hablamos de un modelo arquitectónico que cambió el mundo: la Ciudad de Vacaciones de Perlora. Fundada por el Sindicato Vertical a mitad de la década de los 50, la hoy abandonada urbanización sirvió como destino vacacional para los funcionarios del régimen a lo largo de toda su duración y poco más. Duerme, hoy, un sueño del que tal vez no se despierte jamás.

Ciudad de vacaciones de Perlora. Foto: Alisa Guerrero
Ciudad de vacaciones de Perlora. Foto: Alisa Guerrero
Ciudad de vacaciones de Perlora. Foto: Alisa Guerrero
Edificios hórreo de Perlora. Foto: Alisa Guerrero

Y lo hace desnuda, como Marilyn Monroe y su par de gotitas de Chanel. Porque aquí, en Perlora, algunas, y no pocas, partes, apelan también al brutalismo que quisieron proyectar sus creadores, los hermanos Federico y Francisco Somolinos, en algunos edificios como el comedor. Lo hicieron, eso sí, fusionando el arte del béton brut con elementos del neorruralismo, como esas casas hórreo que, durante mucho tiempo, fueron perfecta muestra del ‘kitsch’ asturiano y que ahora, sin embargo, se empiezan a valorar. El complejo forma parte de la Fundación Docomomo Ibérico desde 2017, pero aún aguarda respuestas. Y el tiempo, para el que duerme desnudo al ras, puede llegar a ser letal.

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