Autoficción y recuerdos

"Misericordia" es un espectáculo sobre autoficción y recuerdos, ejecutado con plena solvencia, buen ritmo y unos intérpretes sobresalientes.

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Roberto Corte
Roberto Corte
Roberto Corte (Oviedo, 1962). Vinculado al teatro asturiano desde 1980, y ligado a la autoría y dirección en el ámbito escénico, en la actualidad colabora como crítico en revistas especializadas.

Misericordia

Texto y dirección: Denise Despeyroux

Intérpretes: Pablo Messiez, Virginia Muñoz, Cristóbal Suárez, Marta Velilla y Denise Despeyroux

Viernes, 24 de enero, Centro Niemeyer, Avilés

 “Misericordia” es la virtud que inclina el ánimo a compadecerse de los sufrimientos y miserias ajenas, pero también el nombre del barco en el que emigraron a España un montón de uruguayos que huían de la dictadura militar, y en el que viajaban la propia Denise y sus padres. En la pieza de Despeyroux está presente el exilio y la construcción de la identidad en el exilio -qué duda cabe, todos lo repiten, algo tiene que haber-, pero a menos que participemos de especulaciones simbólicas que cablean el exilio con el judaísmo, el exilio aquí no es más que un elemento subsidiario y anecdótico de una temática que centra su gravedad en el metateatro y la autoficción. Un discurso, el de la autoficción, que presenta tres o cuatro capas superpuestas y que no elude la ironía eutrapélica de los personajes, la intervención real de la autora en el espectáculo al par que lo hace como realidad citada, la proyección de una videollamada del padre teórico del invento, Sergio Blanco, y otros muchos elementos pertenecientes al mismo campo proposicional que un investigador forense no dejaría de señalar tras el despiece.

La dramaturgia de Despeyroux se ciñe íntimamente a la interpretación de los actores en una clave que sabe conjugar la naturalidad menos impostada con lo surrealista e insólito de sus parlamentos. Darío Durante es el alter ego de la escritora, un dramaturgo que vive inseguro y atormentado  tras recibir un encargo del CDN para el María Guerrero, un texto autoficcional que le trae por la calle de la amargura al no saber por dónde empezar a hincarle el diente. ¿Cómo partir de lo que se recuerda, o mejor dicho, tal y como le propone el pope de la autoficción, “de lo que no se recuerda”? Momento en que empieza a interesarse por un viaje de infancia realizado a Uruguay en un vuelo organizado por el gobierno socialista de Felipe González, en 1983, para que los hijos de emigrantes y exiliados pudieran pasar las Navidades con los familiares que vivían en el país de origen. En la pieza la realidad y la ficción se superponen constantemente en un ejercicio metateatral con alusiones a nombres propios como Francesco Garrido, Josep Maria Miró, Andrés Lima, Pablo Remón y ya rizando el rizo al propio Pablo Messiez, que es quien encarna a Darío. Los otros personajes representan también las múltiples facetas de Despeyroux, como si de una sesión de autopsicoanálisis o juego terapéutico se tratase. Delmira, a la que da vida Virginia Muñoz con gran eficacia y elegancia, es una psicóloga obsesionada por la cábala y los rituales judíos, ceremonias que quiere recuperar e imponer a sus hermanos. Mujer perfeccionista que oculta su parte emocional negándose a admitir sus sentimientos hacia Dante, el mejor amigo de su hermano. Dunia es la hermana menor, inocente y frágil, que se ha construido una realidad paralela en el mundo de los videojuegos, con una heroína de la que se disfraza en un hermoso final. Marta Velilla la interpreta aportando dulzura y mirada crítica al cuadro familiar, a veces cuestionando a sus hermanos y contemplando la acción desde fuera. Y el contrapunto a esta peculiar familia es Dante, el sujeto exógeno que los acompaña, laureado dramaturgo que ha ganado todos los premios, pero que ha abandonado la profesión al no conseguir estrenar. Cristóbal Suárez está excelente como autor fracasado en su relación de dependencia con Darío, al tiempo que se deja seducir por sus hermanas mientras trata de iniciarlas en la dieta Keto y la psiconeuroendocrinoinmunología (cojan aire, no es un chiste), disciplina de la que es un gurú en youtube.

Los mejores momentos son las escenas corales en la que cantan en hebreo (o yiddish, no distingo) con gran complicidad, donde aflora esa infancia perdida de manera entrañable, y las alusiones al mundillo teatral y a su política de estrenos, en que la autora sabe autoparodiarse con esa comicidad que la caracteriza. Tampoco falta otro elemento muy Despeyroux, como es la magia y lo sobrenatural en ese onírico final de cuento de hadas o teatrillo con los protagonistas convertidos en personajes de videojuego recreando una bella estampa de amor galáctico y trágico final. Por no hablar de la espléndida y acertadísima escenografía de Alessio Meloni, una casa esquinada con fondo de cocina y buhardilla que da firmeza y cobertura estética a toda la propuesta. Los cuadros donde se celebra el Yom Kipur son, en mi opinión, excesivamente didácticos, al igual que ocurre con otros pasajes un tanto verborreicos o el cierre que se apostilla con una violación. En cambio las imágenes reales proyectadas, donde aparece una niña Denise de nueve años, inteligente, reflexiva, prudente, respondiendo a una periodista que le hace una entrevista al llegar a Uruguay, aporta al montaje un plus de ternura y empatía inigualable. Misericordia es un espectáculo sobre autoficción y recuerdos, ejecutado con plena solvencia, buen ritmo y unos intérpretes sobresalientes. Una de las líneas más sugestivas del teatro contemporáneo.

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