Una escuela de cine sin escuela en Oviedo

Este mes comenzará a impartirse un taller de cine en El Manglar, inspirado en la vieja Escuela de Cine pública de España

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Desde que la Escuela Oficial de Cine de España clausurara su fundacional historia para los adentros de nuestro cine en 1976, habiendo cerrado su última promoción escolar en el año que vio morir al dictador cuya administración la fundó bajo la primera denominación de Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas (IIEC), en nuestro país no ha existido ninguna otra institución de una enseñanza creativa equiparable a la de entonces que estuviera vinculada y financiada por el Estado, dando paso a un retroceso paradigmático en nuestros tiempos nacionales en términos de derechos culturales y educativos para con las sensibilidades artísticas, si no específicamente cinéfilas. Con la llegada de nuestra anhelada democracia también vinieron los cimientos originarios del actual monopolio privado de la formación superior en las artes escénicas o cinematográficas, delegando su mayor aproximación a centros públicos de especialidades más generalistas como Bellas Artes o Comunicación Audiovisual, pues ahí está, por ejemplo, la Facultad de Ciencias de la Información donde la Complutense de Madrid heredó las funciones de la EOC y donde un Alejandro Amenábar todavía estudiante ubicó el rodaje de su Tesis aupado por un José Luis Cuerda ya consolidado.

En 1994 la Escuela Superior de Cine y Audiovisuales de Cataluña (ESCAC) abre su actividad docente bajo una titularidad privada aunque dependiente de la Universidad de Barcelona, en un municipio de fuerte tradición obrera ahora reconvertida en una suerte de polis universitaria, Tarrasa, con una productora particular que empieza a realizar películas de fuerte calado autoral muy cercanas al Dogma 95 danés de Lars von Trier o a otros movimientos europeos de renovación como el Free Cinema social de Ken Loach, es decir, a un espíritu de creación no precisamente academicista que podía recordar al pensamiento fílmico reformista y desacomplejado de muchos predecesores que coexistieron con Víctor Erice, Jaime Chávarri o Iván Zulueta cuando estos frecuentaron la originaria EOC y su consecuente Nuevo Cine Español. Véase la filmografía de Mar Coll, recientemente de visita asturiana para la presentación de su Salve María en el Filarmónica de Oviedo, por el MUSOC. Sin embargo, a día de hoy, la popular ESCAC es conocida por encima de todo gracias a Juan Antonio Bayona, uno de los alumnos de su primera promoción, que marcó un precedente comercial en las referencias de la escuela en clave interna y en las obras que sus nuevos alumnos empezaban a reproducir, sobre todo desde que Lo Imposible se conviertiera en 2012 en su primera película internacional y en la más taquillera de la historia de España, luego desplazada de ese podio por otro estreno del grupo Mediaset, Ocho Apellidos Vascos, con una incansable promoción televisiva equiparable al filme anterior. De hecho, el precedente que sentó uno de los nombres favoritos para la Academia del Cine Español fue tal para la ESCAC que el coste de matrícula actual por el Grado Oficial en Cinematografía asciende a los 12.590 euros, aparte de una nota de corte que se ha inflado casi tanto como lo ha hecho la revalorización económica de sus estudios, coronándose como la escuela de cine más cara del país. Personalmente, aún recuerdo a Jaume Macià, actual jefe de estudios, en una entrevista que le hice, reconociendo que el oficio de carpintería del padre de Bayona no le hubiese permitido ahora poder pagarse una matrícula tan distinta a la de antaño, cuestionando así la meritocracia que puede deducirse a partir de según qué entornos de la industria.

Por otro lado, la ESCAC ha estado en el centro de varias polémicas desde que en 2020 varias alumnas denunciaran en redes sociales la actuación presuntamente negligente de la coordinación ante denuncias internas por acoso sexual de dos hermanos que por aquel entonces estaban promocionando el estreno de su largometraje en la plataforma Filmin, una polémica secundada por otra posterior de una actriz que aseguraba omisión de responsabilidades por parte del centro tras un rodaje accidentado que la mantuvo encamada largo tiempo vía ingreso hospitalario. Todo ello ocurrido con anterioridad a las denuncias que se sucedieron al año siguiente contra trece docentes del Institut del Teatre, incluyendo al dramaturgo ya fallecido Joan Ollé, cuyas investigaciones fueron finalmente archivadas por la Fiscalía Provincial de Barcelona.

Cartel del taller.

Este servidor empezó a estudiar un curso anual en la ESCAC tras descubrir en el Bachillerato artístico que el cine era algo que se podía estudiar en España y no solo contemplar o admirar, así que rápidamente me puse manos a la obra con el objetivo de terminar los estudios preuniversitarios y la selectividad junto con un cortometraje amateur que pudiera optar al limitado programa de becas que ofertaba la escuela anualmente con previsión al periodo de matriculación. Finalmente, y pese a recibir después algún premio meritorio como autor joven en foros de competición, la beca no llegó, si bien se me emplazaba a acceder de igual manera al grado universitario al haber superado las pruebas de acceso con mi portafolio autodidacta. No quise comprometerme al grado sin una garantía de beca a medio plazo, así que me inicié en la ESCAC mediante un curso anual de iniciación que, pese a disfrutar en buena medida con buenos compañeros, buenas profesoras como Liliana Torres y buenos amores primigenios, no terminé de ver claro al reflexionar y comprobar que participaba más en los rodajes de primer curso de carrera que en los de mis compañeros de promoción. Mi desencanto sin una garantía con beca incluida para poder acceder al Grado, que es lo que realmente me interesaba, no fue bien recibida por el coordinador de estudios en un encuentro bastante tenso que me confirmó mi deseo de marcha anticipada al sentir un fuerte hedor elitista ante tanta palabra vacía cargada de indiferencia. Curiosamente, luego me enteré de que ese coordinador estudiantil era el cantante del grupo indie Mujeres, pero no puedo opinar sobre su faceta musical porque todavía no he escuchado ninguna de sus canciones. Sin embargo, con el paso del tiempo empecé a valorar lo que esa experiencia algo frustrada me enseñó, porque lo cierto es que de todo se puede aprender algo nuevo aunque sea desde un todo distinto, y ojo: en la ESCAC hay grandes profesores y grandes alumnos que han hecho buenas películas, de los que guardo un buen recuerdo y contactos en mi agenda. No se puede desestimar toda una trayectoria educativa por una mala experiencia, una valoración propia y particular no debería pretender hacerse más extensiva de la cuenta, no me gusta cuando se equipara el uno para todos con el todos para uno en lo que a crítica individual se refiere, sobre todo porque lo negativo que yo pueda considerar por mí mismo no quita las virtudes que me sigue mereciendo dicha institución de referencia para el cine catalán y español de actualidad. No existen buenas o malas universidades, solo cosas de todos los colores a sopesar dentro de ellas, por cuenta propia y sin entrar en generalidades contraproducentes para todos.

Aclarado el último matiz que es importante para mí subrayar, también apuntar que no fue el posgrado último con el que finiquité mi formación cinéfila lo que me llevó a aprender más y mejor el oficio, sino el tiempo que estuve estudiando en las aulas de la Escuela de Cine Bande à Part, especialmente por las clases magistrales que me mantenían despierto a primera hora de la mañana después de coger un tren mucho antes desde Tarragona, unas clases que impartía su director de origen leonés bastante reconocido en Barcelona, Luis Aller, colega de José Luis Guerín y maestro donde los haya acerca del lenguaje cinematográfico. Pese a no ser muy accesible por los pasillos de la escuela, bastante huidizo e introvertido como general, cuando se subía a su pequeña tribuna desde donde nos hablaba de la luz y de Godard y desde donde se despedía al salir de clase con su ‘’¡Que Dios bendiga a John Ford!’’ invocaba en la mayoría de nosotros una pasión, el deseo, que hacía reencontrarnos y recordar por qué estábamos allí y qué es lo que nos había llevado a sacrificar cualquier otra opción ‘’con más futuro’’ que el cine. Gracias a la proyección de muchas secuencias de muchas célebres películas pude redescubrir el cine con el realismo mágico de Erice y la mirada de Ana Torrent en El espíritu de la colmena, también con la Nouvelle Vague y las lágrimas de su musa por excelencia, Ana Karinna, contemplando La pasión de Juana de Arco.

La cosa es que las escuelas de cine y su ecosistema cultural me politizaron y me convirtieron en un militante, literalmente, ya que tanto el eco de sus carencias como de sus ventajas me llevó a plantear la cultura como el gran asunto pendiente en las sociedades modernas en base a un punto de vista político, desde mis pronunciamientos en asambleas de partido hasta mis textos en artículos de opinión que publicaba en Cataluña donde me dejaban, también en radio o en los seminarios de cine que conducía en salas de cine no comerciales que trasladaban a la gente la relevancia de dos hechos que convierten el arte en un problema de clase: la centralización de sus espacios de socialización en las principales capitales territoriales y la privatización de su praxis en la vertiente de la enseñanza y en la del consumo mismo, este con relación al streaming y al cierre de muchos cines de pequeñas localidades de la España vaciada. ‘’El arte se ha disuelto en el interior de una cultura festiva y decorativa, o lo que es lo mismo, doméstica’’, según declaró el cineasta vasco de la famosa colmena en una de sus últimas entrevistas, en El País. Si a ello le sumamos el discurso que viene a demonizar el cine español como una profesión de rojos subvencionados por parte de las derechas españolas, ahí está el dardo de Almodóvar a García Gallardo de VOX sentado entre el público de los Goya 2024, la guinda del pastel está servida. Con una Ley del Cine pendiente de tramitación parlamentaria y con el Ministerio de Cultura de Ernest Urtasun que parece querer acercar el cine a las escuelas con el programa piloto ‘’Cine Escuela’’ por medio del Instituto de la Cinematografía y las Artes Audiovisuales (ICAA), también reivindicando fuertemente desde las instituciones gubernamentales el patrimonio nacional que representa una generación novel de cineastas cada vez más jóvenes, y cada vez más mujeres, es un buen momento para abrir este melón hasta el final.

Mi vocación, ahora también como periodista y divulgador, es clara: devolver el cine al dominio público de socialización. He escrito y dirigido varios cortos desde que tenía 17 años y estaba en el instituto, también alguna película, pero creo que no hay mayor tarea que me seduzca más a día de hoy que acercar lo que es de interés general, la cultura y el cine, a la gente, a través de foros no necesariamente académicos ni reglados en términos de escolarización. Ahora viviendo en la que siento como de una de mis patrias adoptivas, Asturias, nada me gustaría más que ver cómo se levanta de nuevo una escuela de cine pública en España, y si es por aquí cerca todavía mejor, pero, mientras no se hace realidad ese hito de momento bastante ilusorio, me voy a adelantar a los posibles e improbables acontecimientos empezando, en Oviedo y concretamente en El Manglar, un taller de cine que busca recuperar esa atmósfera creativa e inmersiva que vivieron los padres y las madres del Nuevo Cine Español con la Escuela Oficial de Cine en el centro, incluso a pesar de los desafíos y los aparatos de censura, si no de autocensura, que había que sortear en los años de plena efervescencia franquista en las administraciones. Dolor y Gloria son posiblemente las tres palabras que mejor resumen la historia del cine español que hoy podemos conocer y al que podemos acceder con escasa dificultad.

El taller de cine arrancará el día 13 de febrero, todos los jueves del mes como horario provisional a corto plazo, con sesiones de aproximadamente una hora que abarcarán las 18 y las 19 horas de la tarde. Tal y como indica el cartel, las especialidades que se ofertan son las siguientes: el guión cinematográfico y el storytelling, la dirección de actores y la puesta en escena, el lenguaje cinematográfico en todas sus especificaciones técnicas, la crítica de cine, la defensa oral de un proyecto y actividades prácticas de rodaje y de fotografía. El taller, excepcional en su modalidad, está concebido para que sea accesible económicamente hablando, sobre todo si se tiene en cuenta que no existe en España una formación integral en las artes cinematográficas fuera de la escolarización privada. Se trata de un curso no universitario e iniciático que integra la transversalidad en conocimientos del oficio, a partir de la teoría y de la práctica, adaptado de una forma extraordinaria a toda aquella persona que le interese el cine aunque no tenga conocimientos previos sobre el funcionamiento de la imagen y del sonido. Los datos de contacto, para formalizar inscripciones y para consultas de cualquier tipo, aparecen en la imagen de a continuación.

Que la excepcionalidad ibérica del cine se transforme en la excepcionalidad asturiana.

¡Viva el cine!

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