De amor y muerte

Disquisiciones literarias aparte, La Celestina de Carolina Calema es un trabajo virtuoso por diferentes motivos.

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Roberto Corte
Roberto Corte
Roberto Corte (Oviedo, 1962). Vinculado al teatro asturiano desde 1980, y ligado a la autoría y dirección en el ámbito escénico, en la actualidad colabora como crítico en revistas especializadas.

La Celestina, de Fernando de Rojas

Dramaturgia y dirección: Darío Galo

Intérprete: Carolina Calema

MÚSICA
Composición: Renato di Prinzio
Arreglo e instrumentación: Alex Cid
Dirección musical: Mario García
Músicos en directo: Cristina Suey (cello) Charly Sánchez (percusión), Mario Garcia (guitarra) y Arturo Pueyo (clarinete)

Sábado 1 de febrero, Off Niemeyer, Avilés

Anterior al Lazarillo, La Celestina es el mito inaugural de la literatura española, la vieja alcahueta que concierta y encubre relaciones amorosas casi siempre ilícitas y con finales trágicos. Personaje arraigado y recurrente cuyo estereotipo formó parte del teatro y la novela hasta principios del siglo XX. La aparición en 1499 de la Tragicomedia de Calisto y Melibea supuso un éxito sin precedentes. En los años siguientes la obra fue traducida y divulgada por Europa, aunque no exenta de polémica. Lo explícito y libre de su lenguaje seducía a los lectores, pero se daba de bruces con la moral reinante. Hasta Juan Luis Vives llegó a desaconsejar su lectura porque “antes enseña a tener amores ilícitos que a rehuirlos”, y, corrido el tiempo, en 1792, fue prohibida. La grandeza de la Celestina consiste en su complejidad desconcertante. Estamos ante un personaje popular que nos conquista con su apología del amor libre, el carpe diem y la verdad destapada, pero al mismo tiempo nos desagrada su mezquindad pedestre interesada, prostibularia. El mito clásico lo es por ser modelo que perdura a través del tiempo, pero ese tejer y destejer relaciones de analogía entre el contexto referencial del que procede y el mundo contemporáneo, es lo que lo define como héroe o villano, virtuoso o malvado. La Celestina nos pone siempre en un brete. Su lado oscuro es indisociable de sus méritos como luchadora contra los poderes represores, siendo precisamente en esa dualidad que también comprende la pulsión malévola y mortal, donde radica su encanto humano. Humano, demasiado humano. Desconozco si la radicalidad de nuevo cuño, el enfoque de género siglo XXI, la salvará moralmente como mujer. En mi opinión, si sabemos mirar el pasado con el ojo crítico reconfortante que se esfuerza y disfruta al descubrir la complejidad de la vida, por supuesto que sí.

Disquisiciones literarias aparte, La Celestina de Carolina Calema es un trabajo virtuoso por diferentes motivos. Llama especialmente la atención el mimo, el detalle y la sobriedad con que fue concebido. No hay concesiones ni desmarques parateatrales fuera del marco de exposición proto-renacentista, o inmediatamente posterior. Todo es de una radicalidad y pureza artística exquisita, concluyente, que no consiente elementos espurios. El cuarteto musical en vivo, clarinete, guitarra, violonchelo y percusión, acompaña en todo momento la representación y Carolina Calema, como bululú, es todo un prodigio en gestos, acentos, matices y giros de voz para cada personaje. Calisto y Melibea son marionetas inspiradas en grabados de primeras ediciones, Sempronio y Pármeno están tallados en el báculo celestinesco como si del cetro de un bufón se tratase y a Celestina la encarna la propia actriz con mirada turbia y penetrante de hechicera, zarca y aguda, certera con el timbre que dispara cada palabra. Milagro de registros e intenciones. Otros personajes también salen nombrados. La adaptación de Darío Galo a setenta minutos es pertinente para el planteamiento de proximidad y el pequeño formato. La Celestina aún es lectura de instituto, su argumento archiconocido. He visto muchas –hasta la de Jeanne Moreau en el Grec 89 (lo digo para épater le lecteur, apenas la recuerdo)– pero esta me llama especialmente la atención. Teatro culto, arte mayor de rapsoda y titiritero que cuida las formas referenciales para que el espectador que se sabe la letra disfrute mucho más.

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