7291 voces como lirios

Cualquiera que lo haya vivido sabe que ingresar a los padres en una residencia es algo traumático.

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Marta González
Marta González
Traductora y profesora de Filología Griega en la Universidad de Málaga. Asturiana a distancia.

Hay un mito griego que asocia a los ancianos con las cigarras. Es una historia cruel, de esas que dejan ver que los dioses más poderosos tenían un discutible sentido del humor y pocos reparos en abusar de la ingenuidad, por supuesto de los mortales, pero también de otros dioses. El caso es que la diosa de la Aurora, Eos, se había enamorado de Titono, un ser de gran belleza, pero mortal, algo que con el tiempo sería un problema para la pareja, ya que Eos sí era una diosa y su destino era la eternidad. Ella le ruega entonces a Zeus que haga inmortal a su amado, a lo que Zeus accede. Pero había trampa en este regalo: Eos había rogado y obtenido la inmortalidad para Titono, ¡pero se había olvidado de pedir también la eterna juventud! Jóvenes e inmortales sólo son los dioses, Zeus podía habérselo recordado antes de concederle a la pobre diosa de la Aurora lo que le pedía, antes de condenar a su amante a no morir nunca, pero envejecer siempre. Algunas versiones del mito cuentan que se fue consumiendo y consumiendo hasta convertirse en cigarra.

En la Troya de Homero, además de grandes y belicosos héroes, hay también ancianos. No guerrean, la fuerza ya no está en ellos, pero, dice el poeta, son consejeros valiosos y su voz es escuchada con respeto y comparada con la de las cigarras, que aparecen de nuevo asociadas a la vejez. Se dice también de ellos que tienen voz de lirio. Como tantas veces nos ocurre con la lengua griega, aquí nos estamos perdiendo algo, voz de lirio… ¿por qué? Nos resulta extraña la comparación y por eso hay autores que se deciden por traducir “voz armoniosa”, o “delicada”. Pero lo que leemos en la Ilíada es “voz de lirio” y podemos dejarlo así e imaginar, y no hace falta tanto esfuerzo, que Homero pensaba en esas voces débiles que hay que escuchar muy de cerca, esas voces que el viento casi puede mecer y hasta quebrar, como si fuesen lirios, las voces de los ancianos. Todas hemos escuchado esas voces y están entre nuestros mejores recuerdos.

Estos días escribía en NORTES Rafael Cofiño, que fue director general de Salud Pública del Principado de Asturias y estuvo en este cargo, al frente de la gestión sanitaria asturiana, durante gran parte de la pandemia de COVID-19. En su artículo, “Cinco años desde que el mundo se paró”, repite la palabra “herida”, “heridas”, para hablar de cómo han quedado las personas que lucharon en esos momentos contra la enfermedad. También dice que la respuesta sanitaria en Asturias fue excelente y yo no lo sé, pero sí sé que eso fue lo que sentí. Y, aun así, no sólo los sanitarios, todas, todos, salimos heridos. Desde mi experiencia en un entorno que fue tan impredecible, angustioso y difícil como el de cualquier otra persona, pero en el que nunca desconfié de las decisiones que desde sanidad se estaban tomando, me resulta muy difícil imaginar siquiera el dolor de los familiares de las víctimas de la gestión madrileña de la pandemia, las hijas y los hijos de esos miles de ancianos de los que algunos habrían podido salvarse y otros haber sido derivados a hospitales para, al menos, morir acompañados y sin dolor.

Hubo otra decisión que no tomé, que no tomamos, pero de la que alguna vez hablamos mis hermanos y yo, la de sacar a nuestra madre de la residencia en la que estaba

En una situación absolutamente nueva en la que había que tomar decisiones casi a ciegas, yo sólo recuerdo haber tomado una, la de coger un avión para volver a mi casa, y lo hice sin saber que ese era el último día en el que hubiera podido cogerlo. Hubo otra decisión que no tomé, que no tomamos, pero de la que alguna vez hablamos mis hermanos y yo, la de sacar a nuestra madre de la residencia en la que estaba. Cualquiera que lo haya vivido sabe que ingresar a los padres en una residencia es algo traumático. Dan igual las circunstancias, no importa que sea una buena decisión, incluso buena no solo en términos relativos sino absolutos, es algo traumático y hay que asumirlo. Pero lo sucedido durante la pandemia, el aislamiento, la incertidumbre, no había sido algo previsible, iba más allá de cualquier escenario imaginable cuando esa decisión se tomó.

Autocovid del HUCA. Foto: Iván G. Fernández

Mi madre estuvo más protegida en la residencia de lo que hubiera estado en casa, y lo importante no es la certeza que tenemos ahora, sino la que tuvimos ya entonces, cuando tan pocas certezas había. Nunca dudamos de que si enfermaba sería trasladada a un hospital. No sé si, como dice Cofiño, la respuesta sanitaria en Asturias fue excelente, pero sí sé que así fue como la vivimos en aquello que más nos importaba.

Y precisamente porque, a pesar de todo, incluso en las mejores condiciones posibles, la experiencia fue traumática, provoca un dolor y una indignación moral sin límites la desvergüenza y la crueldad de los responsables de la comunidad de Madrid con los familiares de estos 7291 ancianos a los que se dejó morir desatendidos. Cuántas veces se habrán preguntado y se preguntarán todavía si deberían haber sacado a sus padres de las residencias, llevárselos a sus casas. Es muy injusto que sientan ese tormento porque todos estábamos en shock, sin capacidad de reacción, sin certezas. No podían saber en ese momento que quien tenía que haber cuidado de personas tan vulnerables, que quienes estaba al frente de la toma de decisiones eran unos absolutos inmorales, el tipo de gente que, sea cual sea la situación, sólo ve cómo llevarse dinero al bolsillo. La misma calaña de quienes ven ahora negocio urbanístico en la “Riviera” de Gaza.

Que la justicia haga rendir cuentas a las sabandijas que se lucraron en medio de la pandemia y que pusieron su avaricia por encima de la vida de los demás es importante, pero restituir un poco de paz a sus víctimas es imprescindible. Ojalá pudiéramos como sociedad abrazar a esos familiares, aliviar sus pesadillas, hacer volver a sus sueños la voz de lirio de sus madres, de sus padres, de manera limpia, sin dolor, sin remordimientos por decisiones tomadas o no tomadas. Somos más, muchos más los que sentimos su dolor que los despreciables que los insultan.

Hay una afinidad etimológica en la lengua griega entre la palabra para “anciano” (géron) y la palabra para “honor” (géras). Esta última significa, específicamente, el honor, el respeto que se le debe a alguien. A esas personas mayores se les debía ese respeto, se les debía todo y no se les concedió nada. No se iban a morir igual, no sólo de los jóvenes se puede decir que mueren a destiempo. Acabe como acabe la historia, los exabruptos y rebuznos de los responsables de tanto dolor no valen nada frente a la dignidad de esos familiares a los que se privó, antes de tiempo, de 7291 voces como lirios.

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